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La
contribución de Shayj Abdalqadir
al entendimiento de la música en Europa
Abdulbasir Ojembarrena. Granada. Jueves 9 de Julio 2009.
En
una ocasión en que el Shayj hablaba sobre música en
su biblioteca con dos de sus fuqara´, surgió la pregunta
de cuál sería el mejor instrumento musical. El Shayj
no dijo nada, pero cuentan que se levantó, tomó un
CD, lo colocó en el plato y apretó el botón.
A los pocos segundos, una voz de soprano llenó hasta rebosar
el espacio de la biblioteca con una sonoridad deliciosa y penetrante.
El mejor de todos los instrumentos musicales era la voz humana,
una voz de mujer.
Esta respuesta del Shayj contiene los dos temas esenciales de su
profunda reflexión sobre la música de Europa: La música
habla, es una voz, primero; y, segundo, habla a los hombres sobre
las cuestiones que les conciernen como tales, es una voz humana.
Los libros en los que Shayj Abdalqadir formula su meditación
son también dos: The Ten symphonies of Gorka König (London,
1989) y The New Wagnerian (Granada, 1990). Ambos están firmados
con su nombre de familia Ian Dallas. El primero trata de la vida
y obra de un compositor del siglo XX imaginario, Gorka König,
en quien Shayj Abdalqadir encarna el desarrollo moderno de la música
clásica. El segundo trata de la obra de Wagner. De modo,
que sus libros son como el recorrido del salmón por el río
hacia la fuente que lo vio nacer.
Decíamos que el primer tema fundamental de la meditación
del Shayj sobre la música europea es que la música
habla; la música no es sólo un entretenimiento, una
delicia sonora que toca el corazón o, en el caso de la música
concreta, una emisión experimental de ondas sonoras que satisface
la mente, sino que habla filosóficamente, psicológicamente,
políticamente, que transmite un mensaje concreto.
Según explica Shayj Abdalqadir, particularmente en el capítulo
Cuatro de The Ten Symphonies y en la introducción de The
New Wagnerian, de los tres lenguajes que dispone el ser humano –visual,
verbal y musical- este último, el musical, es el más
complejo. A partir de sus inicios como música folklórica,
alcanza en el período Barroco una capacidad de comunicación
de largo alcance que en la música de Bach puede ya expresar
o describir patrones matemáticos muy complejos de comunicación
auditiva. El canon, la fuga, la inversión y transposición
de tono permitieron a la música comunicar estados de emoción
humana aptos para describir el sufrimiento, la muerte y una exaltación
espiritual de naturaleza trascendente; pudo inducir ciertos estados
que aunque eran emotivos contenían también series
de referencias intelectuales a la creencia y al espíritu.
La invención de la sinfonía en la última parte
del siglo XVIII por los compositores de Manheim proporcionó
a la música nuevas estructuras de todavía mayor complejidad
con las que, después, Mozart desarrolló una nueva
dimensión para hacer surgir en el corazón humano emociones,
anhelos y espiritualidad ocultos o inexistentes antes.
En el siglo XIX, en la época de Schubert, de Schumann, de
Goethe, Beethoven hace dar a la música un salto cualitativo.
Con él ya no es posible reducir la música a un entretenimiento
delicioso del corazón o de la mente. “La música
–escribe Shayj Abdalqadir- es la manifestación del
hombre. Beethoven, revolucionario, post-cristiano, solo, es la encarnación
heroica de la lucha y del rechazo del sufrimiento como la base de
la existencia del ser humano, del triunfo sobre el dolor y la mortalidad,
y sobre la injusticia social y la soledad. Tal es el diapasón
de humanismo victorioso que Beethoven vierte en su ópera
Fidelio, en sus sombrías y poderosas composiciones para piano,
en la búsqueda de sus nueve sinfonías, y en su propia
tras-valuación de todos los valores contenida en el íntimo
testamento de sus cuartetos, su legado al futuro.”
Poco después llega la gran contribución de Wagner.
Shayj Abdalqadir nos muestra cómo Wagner, siguiendo las huellas
de Beethoven, llevó la revolución musical de su maestro
un paso más allá. Wagner afirmó que el teatro
musical del futuro necesitaba sumergirse en las profundidades de
la psique humana y en su prehistoria hasta llegar al cimiento de
los mitos válidos que hablaran a la sociedad post-cristiana
sobre las crisis y los impulsos fundamentales de la vida de una
manera que les liberase de la fuerzas opresoras en su propia psique
y en su sociedad.
La herencia de Beethoven era una sintaxis musical completamente
forjada que podía expresar la condición humana y por
sí misma comunicar la “idea”. Wagner tomó
esta sintaxis musical, la fundió con la sintaxis verbal y
la proyectó en vivo mediante un drama ante el público;
un drama que les conectaba de nuevo, al más profundo nivel
psicológico posible, con un material mítico de su
remoto pasado; una experiencia musical que daría al traste
con el intento por parte del estado de apartar a la gente de sus
propias raíces e identidad naturales y que, una vez vinculados
con su verdadera naturaleza, les capacitaría para destruir
el control del estado que les dominaba. Una música, cuyo
objetivo final era revitalizar en el ser humano su convicción
de que podía transformarse y transformar el mundo. El producto
de este desarrollo musical son Tristán e Isolda, Los maestros
cantores, El anillo de los Nibelungos y Parsifal.
Esta música gozosa y a la vez capaz de hablar, es decir,
de hacer germinar en las personas una visión del mundo y
una transformación de sus valores será el punto de
partida para la obra musical de Gorka König, que Shayj Abdalqadir
nos ofrece en The Ten Symphonies. Pero para poder entender el desarrollo
de este trabajo es necesario que acompañemos al Shayj primero
en su poderosa contemplación de la obra de Wagner y del Anillo
de los Nibelungos, aunque sólo sea de una manera sucinta.
En su introducción a la obra de Wagner, Shayj Abdalqadir
nos recuerda primero cómo Wagner vio que la humanidad se
enfrentaba a una crisis, cuya base era doble. Por un lado una función
irracional en un sistema lógico que llevaba a la autodestrucción.
Por otro, el hecho de que la función irracional que se manifestaba
en la estructura de la sociedad se basaba a su vez en la identidad
del ser humano.
Esto imponía una doble tarea: era necesario desmantelar el
sistema social o superestructura que había ocupado el lugar
de los previos sistemas naturales y, también, desmantelar
la infraestructura de la identidad individual, que era la que permitía
que el sistema social irracional continuara.
Según Shayj Abdalqadir, para Wagner, la función irracional
que sostenía el tiránico control del estado era la
usura. Si se destruía la usura, caía con ella el control
del estado, pero tal cosa no podía tener lugar si no se desuncía
al ser humano de su comportamiento robotizado. Esto sólo
podía hacerse creando un ser humano libre.
Este es el dilema fundamental, nos dice Shayj Abdalqadir, que reverbera,
evoluciona y es profundamente meditado por Wagner en el Anillo,
y a través de toda su obra.
Para resolverlo, como hemos visto, Wagner pondrá al hombre
ante su identidad genuina a través de una construcción
mítica que le habla directamente y que imbuye en él
una respuesta intelectual llena de un sentir directo y profundo,
una respuesta que restaura en él su dimensión puramente
humana, que ha sido anestesiada por la sintaxis muerta del control
estatal.
Sobresaliendo entre las cumbres de las altas composiciones de Wagner,
El Anillo de los Nibelungos es su gran construcción, su obra
maestra. Está dividida en cuatro partes, que el Shayj estudia
a fondo: El drama preliminar: El oro del Rin, y la trilogía:
La valkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses.
El oro del Rin da comienzo al mito, una narración legendaria
poblada de dioses, gigantes, enanos y hombres, pero en la que el
espectador se ve enfrentado desde el principio a los problemas de
la realidad de su tiempo: la psicología moderna, la tecnología,
el control estatal y el control del dinero.
La primera escena del Oro del Rin contiene ya el tema fundamental
no sólo de la tragedia, sino de la historia humana. Lo que
el Shayj llama el crimen original: la negación del amor;
una desviación de la corriente vital que se transforma en
ambición de poder político y que pone en marcha todo
el ciclo wagneriano.
Veamos cómo toma lugar. Las hermosas hijas del Rin, que juegan
en sus aguas, rechazan divertidas los avances eróticos del
feo enano Alberich. Éste lleno de rabia se revuelve entre
las rocas de la ribera. Entonces, milagrosamente, los rayos del
sol iluminan repentinamente el oro que yace en el fondo del cauce
del río. Las hijas del Rin saludan su aparición con
gritos exultantes de alegría. Alberich, fascinado por su
brillo, pregunta a la hijas del Rin, qué es, para qué
sirve. El hombre que, se apodere del oro, le responden ellas, y
haga con él un anillo, será el dueño de toda
la riqueza, el señor del mundo. Sin embargo, añaden,
para poder forjar el anillo, el hombre tiene que cumplir una condición,
tiene que renunciar al amor. Las hijas del Rin descubren su secreto
porque creen que no hay nadie que pueda vivir sin amor, pero se
equivocan. Alberich está dispuesto a hacerlo. Cree que la
astucia, el oro, es una pasión suficiente para vivir, declara
su renuncia al amor y roba el oro, con el que se sumerge en las
profundidades. Las consecuencias de este crimen se extienden por
doquier y se hacen sentir también en el otro extremo del
mundo, donde mora el dios Wotan y su corte de dioses.
Estos dioses, nos explica Sheik Abdalqadir utilizando una cita de
Wagner, no son divinos en un sentido metafísico, sino representaciones
del hombre en su estado de máxima conciencia e inteligencia
presentes, son los hombres que gobiernan el mundo, se hallan inmersos
en un dilema.
Wotan ha encargado a los gigantes Fafner y Fasolt la construcción
de un palacio magnífico, llamado Walhalla, símbolo
de poder político y residencia de los dioses y los héroes.
El palacio está acabado y los gigantes exigen que se les
pague su precio, la hermosa Freia, diosa del amor y la juventud,
cuyas manzanas mantienen a los dioses siempre jóvenes. Es
un precio mortal pero Wotan confía poder engañar a
los gigantes con la ayuda de Loge, el dios del fuego. El precio,
sin embargo, ha sido pactado de acuerdo con las leyes grabadas en
la lanza de Wotan, la lanza con la que ha establecido su poder en
el mundo. Su ambición política le arrastra por lo
tanto poniendo en peligro su propia existencia y la del mundo que
gobierna. Fricka, su mujer, se lo reprocha quejándose de
que Wotan haya encargado el palacio, sin consultarla; si lo hubiera
sabido no lo habría permitido.
El conflicto, escribe Sheik Abdalqadir, es moderno porque Wagner
pone de relieve la situación de la pareja actual y las consecuencias
que conlleva; no tanto que la mujer participe o no en la política
masculina sino que no pueda aportar a la política su contribución
natural, la compasión y el sentido de la realidad. Es la
falta de este amor entre Wotan y Fricka la que les condena y lleva
a Wotan a un gobierno moderno, en que el estado domina a través
sus leyes pero no se atiene a ellas.
Este es el momento operístico en que Loge aporta su solución.
Se trata de robar a Alberich el Anillo que ha forjado con el oro
del Rin y entregárselo a los gigantes, en vez de Freia, la
diosa del amor. Según resulta, satisface a todos y el círculo
de corrupción puesto en marcha por Alberich se extiende también
a los dioses.
Wotan y Loge descienden a Nibelheim, las minas de oro donde Alberich
tiene esclavizado a su pueblo los Nibelungos para alcanzar su objetivo
de dominio mundial a través del poder del oro. Es un programa
político que Alberich explica arrogantemente a Wotan. La
fascinación que tiene el oro es tan poderosa que dominará
a todos, dioses y hombres. Los dioses, los más inteligentes
de los hombres como hemos visto, liquidarán los valores tradicionales
de su civilización, a los que reemplazará su codicia
por el oro. Los hombres y mujeres sencillos harán lo mismo
después. Tal es el poder del Anillo.
Según se desenvuelve el mito, sin embargo, el poder del Anillo
no es suficiente para Alberich que se verá despojado de él
gracias a la astucia y el ingenio de Loge. Wotan se apodera del
Anillo como quería, pero no lo hará sin la maldición
terrible de Alberich. Con ello llegamos al final de El Oro del Rin.
Wotan se resistirá a entregar a los gigantes el Anillo y
sólo la aparición de Erda, antigua diosa terrestre
de la sabiduría le convencerá con su advertencia ominosa,
de que debe entregarlo para evitar un terrible mal para los dioses.
Nada más entregar el Anillo a los gigantes, la maldición
de Alberich tiene efecto, Fasolt mata a su hermano Fafner para quedarse
con el Anillo y con todo el oro de las minas de los Nibelungos apilado
como rescate de Freia. Pagado así el precio, Wotan, empujado
por su mujer Fricka, entra en posesión de Walhala. Cautivado
por su munificencia y por el poder que le confiere invoca un futuro
glorioso, mientras desde su morada en las aguas, la hijas del Rin
reclaman la devolución del oro a su lugar natural.
Ha sido necesario detenerse en la narración de principio
del mito para sentir mínimamente el modo como Wagner encarna
el dilema del hombre moderno. La fisura íntima amorosa que
le conduce hacia un programa político sin esperanza para
él. Porque, según los dioses triunfan, escribe Shayj
Abdalqair, abandonando a los demás mortales a su trágico
destino, la audiencia sabe que se engañan, y que a su poder
le espera un fin trágico, basado como está en el robo
del Anillo, en la fractura del orden natural.
Tras la introducción de El oro del Rin, La Valkiria es la
primera parte de la experiencia dramática del trágico
destino de los dioses –de los hombres que rigen el mundo moderno
presente según hemos visto- y la promesa de un nuevo orden
de cosas, de un nuevo ser humano representado por la figura de la
valkiria Brünnhilde. El centro de La Valkiria está ocupado
por los amores de Siegmund y Sieglinde, ambos hijos naturales de
Wotan. Ambos representan, a través de la fuerza misteriosa
de la antigua metáfora mítica del amor entre hermanos,
una clase de unión conyugal diferente a la que existe entre
Wotan y Fricka. Es una unión conyugal, una correspondencia
íntima amorosa, de la que nacerá Siegfrid, el nuevo
hombre –el Übermensch de Nietzsche nos dice Shayj Adalqadir-
el hombre libre del círculo vicioso en el que está
atrapado el mundo de los dioses, los gigantes, los enanos y los
hombres. Perteneciente a la familia de los que gobiernan el mundo,
engendrado por dos hermanos de una raza nueva de hombres especialmente
seleccionada por Wotan, será el que se pondrá en camino
para crear un nuevo heroísmo. Tanto Nietzsche como Wagner
–dice Sheik Abdalqadir- cada uno a su manera, localizaron
su búsqueda de una nueva fuerza histórica renovadora
fuera de la zona de las fuerzas políticas existentes en el
mundo, e incluso distinto del hombre que tomaba forma con el amanecer
de la técnica. La creación de un nuevo héroe
no es sólo la preocupación de Wotan, sino que Wagner
nos invita a que la hagamos intelectualmente nuestra.
El segundo acto de La Valkiria, da entrada a Brünnhilde. Con
ella, Wagner encuentra a la nueva mujer que estaba buscando desde
su ópera Lohengrin y luego en Tristán e Isolda. Wagner
se había dado cuenta en Lohengrin que la mujer política
al estilo del hombre no podía resolver el dilema, precisamente
por eso, por repetir el modelo del homo politicus moderno mismo.
Tenía entonces que dar un paso más –escribe
el Shayj- que era el de la entrada de la mujer en el mundo del poder,
pero no como una imitación del hombre, sino como mujer, con
su singular identidad espiritual intacta, transformadora y no meramente
pasiva. Esta es Brünnhilde, liberada, independiente y que,
en el desarrollo de su relación con Siegfried, tendría
en sus manos la posibilidad de devolver al mundo su armonía
fundamental.
De aquí en adelante, no nos es posible aquí seguir
en detalle el desarrollo de la ópera hasta el final, por
lo que nos reduciremos a marcar los pasos principales –tal
y como los despliega Sheik Abdalqadir- de la experiencia mediante
la cual Wagner imbuye en el espectador una respuesta intelectual
llena de un sentir directo y profundo, una respuesta que restaura
en él su dimensión puramente humana, que ha sido anestesiada
por la sintaxis muerta del control estatal que le permitirá
dirigirse hacia la creación de un orden social nuevo y justo.
Wotan que ha intentado a través de Siegmund and Sieglinde
la creación de una raza libre de las trabas íntimas
y políticas de los dioses, se ve obligado a aceptar el argumento
de su mujer Fricka: estos nuevos hombres no son tampoco libres,
son simples instrumentos de los dioses. Esto sella el destino de
la pareja de hermanos. Wotan traiciona a Siegmund que muere en su
lucha contra Hunding, el marido de Sieglinde. En este momento parece
no haber ya esperanza ninguna para la entrada en el mundo del nuevo
ser humano salvador, del Übermensch, soñado por Nietzsche
y Wagner.
Sin embargo, la intervención de Brünnhilde hace avanzar
la ópera hacia la luz. Brünnhilde se da cuenta en una
conversación íntima con Wotan de la desesperación
de éste y decide salvar a Sieglinde, embarazada de un hijo
de Siegmund, un hijo a quien Brünnhilde pone el nombre de Siegfried,
el victorioso. La Valkiria entrega también a Sieglinde Notung
la espada rota en pedazos que Wotan mismo había procurado
a su hijo Siegmund. Brünnhilde dice a la viuda que un día
su hijo Siegfried la forjará de nuevo. En otras palabras,
Brünnhilde, sin dejar de amar profundamente a su padre Wotan,
y quizás por ello, se comporta ya como el ser humano nuevo,
libre de los dioses y de su destino.
Wotan, contra su sentir más íntimo se ve obligado
entonces a castigar a Brünnhilde por haberle desobedecido.
La lleva a la cumbre de una montaña, la priva de su inmortalidad,
besa sus labios, la cubre con su escudo y la sume en el sueño.
Sin embargo, cediendo a la petición lúcida y llena
de sentido de futuro de Brünnhilde, rodea el lecho rocoso en
que duerme la valkiria con un círculo de fuego: sólo
un hombre sin miedo, un héroe, será capaz de despertarla.
Siegried, la segunda parte de la ópera de Wagner, despliega
la personalidad del nuevo héroe. Siegfried –escribe
Shayj Abdalqadir basándose no sólo en la experiencia
misma de la ópera sino también en los escritos de
Wagner- es libre. Pero ¿qué es la libertad? La libertad,
nos dice Wagner, es integridad. El libre es el que actúa
conforme con su propio ser, en armonía con su propia naturaleza.
Integridad es esencialmente la verdad a la que aluden los libros
de teología y filosofía.
Para Wagner, el hombre libre es el que toma conciencia de la naturaleza
fluida de la existencia, de que sólo aquello que cambia es
REAL. Este descubrimiento le lleva al descubrimiento del amor, pero
no del amor como un concepto abstracto, invariable en su totalidad
sino del amor humano. El amor entre el hombre y la mujer. Sólo
en la unión del hombre y la mujer existe el verdadero ser
humano, y por lo tanto, sólo a través del amor pueden
el hombre y la mujer llegar a ser humanos.
Desde el punto de vista wagneriano y también Nietzschiano,
escribe Shayj Abdalqadir- Siegfried es todo lo que nosotros no somos.
La introspección moral no le impide actuar. No es un pensador
en busca del conocimiento, no es un moralista. Es espontáneo,
viril, entusiasta, apasionado, confiado. Es lo opuesto a todo lo
que Nietzsche consideró una personalidad decadente. Tampoco
es el noble salvaje de Rousseau, puesto que no se contenta con permanecer
bajo la ley primitiva de las estaciones y la procreación.
Es el nuevo hombre, el Übermensch, o mejor, es la mitad del
nuevo ser humano, que espera completarse en su unión con
Brünnhilde.
Y así, en el último acto de la segunda parte de la
ópera, Siegfried atraviesa las llamas, retira el escudo que
cubre a la valkiria, le deshace el peto, y con un beso devuelve
a Brünnhilde a la vida. La conmoción le impide preguntar
a su novia qué significan las palabras que ella le dice:
“Siempre te quise, pues sólo yo adiviné el pensamiento
de Wotan.” Intimidados y temerosos al principio, pronto los
dos amantes se arrojan el uno en brazos del otro con enorme vigor
y abandono en un canto sublime de amor. Finalmente, extasiada, inspirada,
Brünnhilde predice el futuro: “Ocaso de los dioses, tu
oscuridad cae. Noche de aniquilación, descienden tus nieblas.”
Predice la tercera última parte de la opus de Wagner El ocaso
de los dioses.
Con la realización de El ocaso de los dioses el último
drama de la historia del Anillo del enano Alberich, toma cuerpo
el final de El anillo de los Nibelungos. Los ricos hilos temáticos
son tejidos en su compleja trenzado y el profundo significado resplandece
a través de la escena de la destrucción final que
deja en los espectadores una profunda emoción según
contemplan el nuevo principio.
En El ocaso experimentamos cómo Siegfried es el Übermensch,
el héroe libre, dotado de una animalidad espontánea,
el elemento fundamental que Nietzsche consideraba la verdad del
nuevo hombre. Y también cómo, a pesar de ello, Siegfried
es víctima de su propia inocencia y encuentra la muerte en
las intrigas políticas de los hombres a quienes entrega su
confianza, y con su muerte también la sociedad corrompida
por la sed del oro que le asesina se hunde en su propia destrucción.
Sólo Brünnhilde, en medio del caos, es capaz de dar
vida en el último acto de su existencia musical a un nuevo
destino esperanzador.
Justo en el instante en que Hagen, el hijo de Alberich, después
de matar a Siegfried, se abalanza para sacar el Anillo del dedo
del cadáver del héroe, aparece Brünnhilde. Fascinado
por el mundo que su inocente libertad no había sido capaz
de penetrar, Siegmundo la había traicionado con otra mujer,
pero Brünnhilde trasciende el papel típico romántico
de la amante y esposa traicionada. El asunto que está en
juego no es la infidelidad marital. Entiende perfectamente el alcance
de la trampa psíquico-social en la que ha caído su
marido. Con un dominio superior de la situación ordena que
se alce una pira funeral para su esposo, restaurando así
el honor de Siegfried, y se dispone a terminar la tarea heroica
que éste no ha podido realizar. Da fuego con su antorcha
a la pira funeral y montando su caballo Grane se lanza ella también
a las llamas. En ese instante, las aguas del Rin se alzan y las
hijas del Rin toman el Anillo que les ofrece Brünnhilde. Luego,
el fuego devastador consume a Brünnhilde y a Siegfried y se
extiende por la tierra devorándolo todo. También sube
al cielo donde los dioses son también reducidos a cenizas.
Este nihilismo –escribe Shayj Abdalqadir- es el preludio necesario
para la tras-valuación de todos los valores descrita por
Nietzsche. Traducimos aquí literalmente: “Según
Bakunin observó en el ámbito de la esfera social,
la nueva sociedad no podía ser construida mientras no se
destruyese la antigua. El acto de Brünnhilde no sólo
elimina el antiguo orden sino que es heraldo del nuevo, porque Brünnhilde
imbuye en los acontecimientos un principio nuevo. El gobierno y
las leyes de los poderes estatales externos de Wotan ha desaparecido.
En su lugar a ha aparecido la espontaneidad revitalizadora de Siegfried
y su inocencia. Pero Siegfried a su vez cae ante el descarado cinismo
de las intrigas políticas y su propia respuesta amoral a
la sexualidad. Wotan y Siefgried han traicionado a Brùnnhilde
doblemente. Sin embargo, ella, a través de estas experiencias
llega a comprender que los dos hombres que ama no podían
hacer nada más que lo que eran capaces. El sufrimiento que
siente rompe entonces la cadena de las propias limitaciones que
siente –la de hija rechazada y la de amante abandonada- y
entra en la esfera política con nuevas armas. De Wotan ha
aprendido a ir hasta el fin, de Siegfried, a ser, totalmente, ella
misma. A estas armas une ella una compasión que acaba de
descubrir. Todo ello transforma su final de mujer hindú quemada
en la pira funeral de su marido en un acto de liberación.
Mientras el fuego que ha prendido pone fin a un sistema político
del que nadie podía escapar –en palabras de Wagner
“este concepto demoníaco del dinero, con su terribles
secuelas de usura encubierta y al descubierto, de interés
y de especulaciones de los banqueros”- ella devuelve el Oro
al Rin, a su lugar propio, y devuelve también el mundo a
su armonía natural. Un nuevo orden es posible.
Como decíamos al principio, esta música gozosa y a
la vez capaz de hablar, es decir, de hacer germinar en las personas
una visión del mundo y una transformación de sus valores
será el punto de partida para la obra musical de Gorka König,
el segundo libro de Shayj Abdalqadir, The Ten Symphonies. Quizás
ahora, después de haber contemplado, aunque sólo haya
sido de una manera incompleta, el mensaje de la música, lo
que la música dice, nos sea posible acompañar al Shayj
hasta el final de su meditación sobre la música de
Europa, sin echarla a perder del todo.
The Ten Symphonies of Gorka Konig, son un músico y una música
imaginados por Shayj Abdalqadir; la continuación del habla
de la música clásica a través del siglo veinte;
un tiempo histórico en que el dilema psicológico y
político social al que responde Wagner en el siglo XIX, se
agiganta.
Gorka König nace en Zurich en 1920, en el seno de una familia
ilustre. Su padre, un alter ego del filósofo Heidegger, es
un profesor famoso. Su madre, actriz de teatro, es muy popular en
los círculos de teatro brechtiano y dadaísta de la
época. Su educación toma lugar, por lo tanto, en un
círculo de intelectuales avanzados de primera fila. Una visita
del famoso pianista Claudio Arrau a su casa cuando es todavía
un niño despierta en él una vocación de pianista
en la que descollará muy pronto como joven prodigio. Pero
no es hasta que se adentra en la interpretación de las obras
de Liszt, el padre de Cosima, la esposa de Wagner, que descubre
la verdadera naturaleza de la música, su capacidad de trasmutar
pensamientos, sentimientos y experiencias en un lenguaje musical
codificado. Comprende que la música es un habla que puede
expresar el sufrimiento, la soledad y la exaltación y la
dificultad de vivir.
En Viena, cuando tiene 15 años, en un concierto al que asiste
el famoso compositor Anton Webner, en medio del triunfo y de los
aplausos, anuncia su adiós a la carrera de intérprete
y su propósito de continuar su vida musical exclusivamente
como compositor. Pocos días después, tiene una entrevista
con el maestro Webern que determinará el curso de su vida.
Ha sido precisamente la música de Webern, su Opus 24 Concerto
el que le ha decidido a seguir su camino como compositor, por eso
lo que en un momento crucial de la entrevista le dice Webern, le
choca y le impresiona doblemente. Severo, con una mirada brillante
que los cristales de sus gafas transforman en dos puntos de luz,
el maestro le dice: “Wagner. No tienes otra elección.
Vuelve al punto donde todo terminó y comienza a partir de
allí. No tienes más remedio.” Gorka König
nunca olvidará estas palabras de su maestro.
La novela de Shayj Abdalqadir nos conduce a continuación
por la historia del siglo XX europeo, la segunda guerra mundial,
y la posguerra; hasta los años setenta cuando Gorka Konig,
después de una vida en la que ha cosechado los mayores éxitos
como compositor de música, se retira y desaparece junto con
su mujer sin dejar rastro. Esta vida constituye la primera parte
de la novela, Gorka König: su vida, a la que siguen siete capítulos
más: Las diez sinfonías, El mundo de ideas de Gorka
König, El mundo musical de Gorka Kónig, Una entrevista
con Frida Ludendorff, La décima de König, La decisión
de König. Todo ello ocupa un buen número de páginas,
de las que sólo daremos los hitos principales.
Nos detendremos sobre todo en el mundo de las ideas de König
y en su mundo musical.
De acuerdo con el consejo de su maestro Webern, König parte
de Wagner. König recupera la concepción wagneriana de
la música como medio para explorar la psique humana y, por
lo tanto, su política, planteando las cuestiones profundas
metafísicas que de acuerdo con Nietzsche son la raíz
de toda psique y de toda concepción y práctica políticas.
En este sentido, considera central el personaje de Brünnhilde.
Su demostración de que hay una voluntad de poder superior
a la voluntad de poder conseguida por la posesión del Anillo,
y esta es el deseo generoso –nacido del amor entre el hombre
y la mujer- de restaurar el equilibrio básico del mundo,
mediante la destrucción de la arena fantasiosa de la política
de dominación; la Valhala, la injusta esclavización
de la gente y sobre todo la eliminación de la minoría
que controla el poder. La devolución del Anillo al Río,
a su armonía primigenia.
Años más tarde, cuando es ya un compositor famoso
y popular, una visita a Ezra Pound en el sanatorio donde le tenían
encerrado le hace comprender la naturaleza esencial de la política
de dominación y también las causas ocultas de la guerra
que le ha tocado vivir. Las explicaciones brillantes de Pound apuntan
en una sola dirección: la cuestión principal es la
naturaleza criminal de sistema monetario.
Finalmente es importante en la formación del ideario de König
la enseñanza de Webern mismo y de su música. Comprende
que Webern levanta un puente entre la nueva música dodecafónica
y la tradición anterior de la música alemana, es decir,
Bach y su espiritualidad. Las meditaciones musicales de Webern ofrecían
un camino para ascender a las realidades metafísicas del
Tiempo y el Ser. La nueva libertad dodecafónica no rompía
con la tradición goethiana del diálogo entre arte
e idea, sino que abría el camino hacia una posibilidad de
síntesis.
El mundo musical con el que König desarrolla y da vida a sus
ideas, son diez composiciones sinfónicas que Shayj Abdalqadir
describe en cada una de sus partituras con una brillantez técnica
que sólo puede ser debidamente entendida por un músico.
La primera composición de madurez y de libertad completa
de Kónig, una vez que ha asimilado en la composición
de sus piezas anteriores, tanto la tradición musical desde
Bach a Wagner, como la obra dodecafónica de Webern, es La
Sexta Sinfonía, de 1964. De hecho, esto es lo que impresiona
a la audiencia. Una expresión musical moderna y ansiosa,
en el estilo distante y sereno y a la vez exaltado tan característico
de la música Barroca. Es además una sinfonía
coral que consiste en el famoso Canto XIV sobre la Usura y el canto
LI de los Cantos pisanos de Ezra Pound y la llamada del poeta norteamericano
al sentido común: que era necesaria la abolición de
la usura y el retorno al oro y la plata como moneda de cambio. Que
una moneda sana era la base de una sociedad sana. Que la dialéctica
de izquierdas y derechas era falsa. Que las estructuras políticas
estaban separadas del poder monetario. Que la democracia, lejos
de ser un instrumento para la libertad era un instrumento de control
en manos de manos de unas estructuras financieras supranacionales.
Esta Sinfonía que alcanzó un éxito completo
musical por el nuevo camino de síntesis que ofrecía
a la música, constituyó sin embargo un motivo de frustración
para König, pues aunque convenció musicalmente fue incapaz
de conmover al público con el mensaje de su habla.
La Séptima, 1966, y Octava Sinfonía, 1970, son consideradas
como pura música, no hay texto coral que explique su significado.
Si concretamente en la Séptima la música de König
habla de la agonía del hombre contemporáneo luchando
por liberarse de las oscuras fuerzas monetaristas, este contenido
es recibido en términos de musicalidad, tono, armonía,
partitura.
La Novena Sinfonía, 1973, se titula “Sinfonía
Alemana”. Desde el punto de vista arquitectónico es
la obra más vasta de Kònig. La intención del
autor es una presentación de la música alemana desde
Bach hasta Wagner oída a través del medio de su propio
sonoridad, el sonido König. El milagro de la obra es que en
ningún momento aparece como “pastiche” de ninguno
de los estilos revisados en la sinfonía. No es pseudo-Bach,
ni pseudo-Mozart. La voz de König unifica y eleva la obra de
modo que aparece como su visión y valoración propias
de la música alemana. Es tanto una investigación y
una búsqueda como un homenaje, como si König tratara,
a través de sus abruptas transiciones de tono, de sus diferentes
patrones de armonías, o del modo en que disecciona el sonido
wagneriano, de llegar a un último acorde, patrón armónico
o curva rítmica que pudiera codificar el espíritu
alemán.
El cuarto movimiento es Bethoven. La tesis de König es que
ya que Beethoven rechazó el mito de la crucifixión-redención
cristiano, lo que le corresponde a su Missa Solemnis es un texto
que esté de acuerdo con la forma revolucionaria de la música.
König selecciona en consecuencia textos La voluntad de poder
de Nietzche. La fuerza de las palabras de este texto en estilo Beethoviano
es devastadora. El tenor inicia el canto con la declaración
“La vida es sólo un MEDIO para algo – es la expresión
del crecimiento del poder (VP706). Luego el Sanctus glorioso afirma:
“Valor es el quantum de poder más alto que el hombre
es capaz de incorporar –el hombre, no la humanidad. La humanidad
es más un medio que un fin. Es una cuestión de resultados.
La humanidad es simplemente material de experimentación,
un tremendo excedente de fracasos-un campo de ruinas” (VP713).
El finale de la sinfonía es extraordinario después
de la tumultuosa energía de la celebración exultante
del Übermensch. Es curativa y serena. Está hecho de
la afirmación wagneriana del don que hace la mujer al hombre,
el idilio de Sigfrido, los pasajes meditativos entre Brünnhilde
y Wotan, la savia de Los maestros cantores.
La Décima sinfonía. Si la Novena es un monumento al
pasado, la Décima es un mensaje para el futuro. No es sin
embargo una sinfonía coral en el sentido de la Novena. En
la Décima el texto es cantado por el coro y los solistas
de una manera que las voces humanas funcionan como parte de la orquesta.
La obra es una descripción del yo humano en su búsqueda
de conocimiento de sí mismo y de la existencia y de las etapas
de su camino. El texto está tomado de los Diálogos
con Nietzsche del padre del compositor Johann König. A pesar
de su título, la tesis no es nietzscheana, sino un intento
de presentar una visión post-nitzscheana para el mundo moderno
como ha quedado después de la destrucción de Alemania
por los internacionalistas. Emplea el difícil vocabulario
del cuestionar ontológico. Está dividido en cuatro
secciones. La primera sección describe al ser humano arrojado
a la existencia, puesto en inmediata confrontación consigo
mismo sin ningún conocimiento, salvo algunos brillos de falsa
información. El hombre se pierde en el mundo tal y como es,
sumergido y arrollado hasta el punto de que la conciencia de sí
mismo se transforma en un sentimiento de ser absorbido por los Ellos,
de estar en peligro de transformarse en Nada, o en No-cosa. Este
es el tema de la segunda sección. Se siente la pérdida,
la crisis, la curiosidad y trivialidad primeras se transforman en
una necesidad urgente y desesperada de enfrentarse a la propia muerte.
En la tercera sección, el ser humano llega a aceptar su finitud
y mortalidad y al hacerlo se siente revitalizado por una experiencia
del presente y del Ahora llena de significado. El fruto de esto
es la cuarta sección, un momento de visión clara,
de Luz, y con la luz una alegría consciente.
Las cuatro secciones son interpretadas sin interrupción.
La orquestación es simétrica como la de Bach y no
hay curva o deriva de sonido, sino más bien un ataque violento
de la música totalmente estructurado cuya sonoridad impacta
por impredecible y por la ausencia de un centro tonal fijo.
En el capítulo anteúltimo de su novela, La décima
de Kónig, Shayj Abdalqadir nos dice sobre esta última
composición de su música:
König se dio cuenta que la reducción de la música
a sus elementos esenciales realizada por Webern era el punto de
partida para una nueva música. También vio en ello
el peligro de caer en la trampa de matematizar la música
más allá de su capacidad de expresar la emoción
profunda y los conceptos. König se mantuvo dentro de los límites
de la tradición sinfónica en sus primeras cuatro obras.
Así ganó tiempo para contemplar lo que implicaba un
sonido post-Brahamsiano y lo poco relevante que era para expresar
la condición moderna, y también para ver la trampa
de un modernismo fascinado por la tecnología que podía
reducir la expresión musical al mero arte de emitir señales.
La música concreta y la música electrónica
y computerizada eran precisamente eso. Para él el futuro
de la música dependía sólo de la utilización
de su propia sintaxis establecida, o del desarrollo de esta. Y siguiendo
esta dirección, cuando llegó a la composición
de La Décima si bien estaba firmemente establecido en la
técnica post-dodecafónica de Webern, fue capaz a la
vez de encontrar una nueva expresión que daba cabida tanto
a la reflexión filosófica profunda como al material
emocional que su vida y su época habían generado en
él.
Su Décima, concluye el Shayj, llama a la juventud de la nueva
sociedad a enfrentarse a su insondable profundidad no apartándose
de ella con pesimismo budista sino a través de un viaje estructurado
interior que mire sin temor al oscuro vórtice del yo y a
su frágil impotencia en medio de los espacios cósmicos;
y entonces se arroje contra las rocas no de sus temores sino de
la completamente indiferente fuerza total y voluntad de poder del
Ser mismo que no hace contratos ni acepta asociados. Una vez aniquilado
a sí mismo y a la misma aniquilación, comienza otro
viaje, esta vez de la no-existencia a la existencia, ahora vestido
con un ropaje de honor, afirmándose no a sí mismo,
aunque ha llegado hasta la morada más íntima de su
propio secreto, sino afirmando al Ser mismo de cuya plenitud fluye
la miríada de objetos, sin ser como el Ser o producidos por
el Ser, o disminuyendo al Ser.
Con estas líneas de Shayj Abdalqadir sobre La décima
sinfonía de Gorka König, ponemos punto final a nuestra
incompleta exposición de su profundo pensamiento sobre la
música de Europa, mientras aún resuenan en nuestros
oídos el canto de las hijas del Rin, jugando en sus aguas:
“¡Weia! ¡Waga! Onda, tú ola, ondula a la
cuna! ¡Wagala wia! ¡Wallala wiala weia!”
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