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SOBRE EL LAICISMO
por Abdul Karim Viudes

Señoras, señores: buenas tardes.

Como disponemos de poco tiempo, lo emplearemos en aclarar el significado que los musulmanes damos a ciertas palabras clave en los temas concernientes tanto a la cuestión del Islam como de la laicidad; porque mi experiencia de más de veinte años de encuentros interculturales me ha hecho ver los desentendimientos insalvables que, a veces, se dan por falta de acuerdo en el entendimiento de algunos términos, cuyo uso varía en función de las distintas creencias o posiciones filosóficas de los participantes.

A mi modo de ver, los conceptos clave de este simposio son: la Naturaleza Humana, la dicotomía Religión/Política y, por supuesto, el Laicismo.

NATURALEZA HUMANA

Hasta nuestros días la cuestión sobre la naturaleza humana se planteó o bien desde la Teología o, a partir de la ilustración, desde la Antropología Filosófica. Hoy se espera que sea la Biología la que proporcione la respuesta adecuada en el campo de la Genética.

La pregunta inicial sobre la naturaleza humana la planteó S. Agustín de Hipona cuando quiso disipar su ansiedad, pidiendo directamente a Dios respuesta a su duda existencial en los siguientes términos: ¿Quién soy yo Dios mío? ¿Cuál es mi naturaleza? Esto acontecía a principios del siglo V d.J. Ni la patrística, ni la escolástica cristiana encontraron respuesta mejor que la de la “tabula rasa”: “la pizarra en blanco” en la cual no hay nada escrito, con la que se comparaba al neonato.

Kant replanteó la cuestión dividida en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre?

La discordia ontológica romántica, remitió la cuestión de la naturaleza humana al campo de la psicología con el resultado de una negación, más o menos explícita, del concepto mismo de “Naturaleza” que subyace tanto en el pensamiento existencialista como en el conductista o en el instintivista.

En el Corán, sin embargo, la naturaleza humana primordial –Fitrat- está definida de forma “biológica” como la capacidad propia del ser humano de trascender el ámbito limitado del mundo sensible para “volverse” hacia una fuente de energía, invisible e inmaterial, en virtud de una “particularidad divina particularizadora de los humanos”. [fitrata allahi itifatara an nassa] (Corán XXX, 29)

Según esta concepción coránica, lo mismo que hay una naturaleza vegetal que, por un tropismo congénito, se vuelve hacia la luz del sol y se puede dominar –para el cultivo intensivo– substituyendo la luz solar con una luz artificial; la naturaleza humana se “vuelve” hacia la “Luz Divina” y se puede enajenar por medio de ídolos que no sustituyen la función divina de disipar la humana ansiedad por adivinar el sentido de la existencia.

Como animal racional y político, el ser humano tiene una naturaleza social sobre la cual “cristaliza” el ego.

El fundamento de la convivencia es la dignidad que nos atribuimos y la que concedemos al prójimo. En el Corán esta dignidad se especifica, sin distinción de raza, sexo o religión, como la de vicarios (Jalaif) del Creador en la creación.

La tradición pragmática humanista ve al hombre histórico como “lobo para otros hombres” e imagina un utópico hombre altruista en la figura del “buen salvaje”.

La diferencia entre ambos conceptos acerca del egoísmo humano es que la arrogancia califal con la que nacemos como individuos portadores de derechos divinos se puede moderar por el autoconocimiento de nuestra humanidad, que conduce al dominio sobre las pasiones y a la autonomía de la conducta respetuosa con los derechos humanos del prójimo. Este fue el ideal antiguo del “NOSCETE IPSUM” (Conócete a ti mismo) que, en la práctica musulmana, se realiza por el cumplimiento continuo de los deberes del Islam que hace que nos conozcamos a nosotros mismos y, según el dicho sufi: “conozcamos a Nuestro Señor”.

El hombre lobo para otros hombres sólo puede ser moderado por medio de condicionamiento de la conducta por medio de premios, castigos y control social.

RELIGIÓN / POLÍTICA

En lengua árabe el concepto “Religión” se contiene en los términos “Millat” y “Din”. Para el gran pensador musulmán del siglo X d.J. Alfarabi de Afganistán, estos dos términos querían decir, respectivamente:

- Definición de opiniones, y

- Determinación de acciones

Entendiendo estos términos en un sentido más próximo al uso marxista de los términos: Teoría y Compromiso, que al uso cristiano de las palabras: Fe y Culto.

La percepción Alfarabiana de la dicotomía Religión/Política, podemos resumirla de la siguiente manera:

‘Procurar la subsistencia’ y ‘liberarnos de la ansiedad por la existencia’ son los dos impulsos básicos de la actividad humana. Pero tanto uno como otro esfuerzo es lógico que se vean condicionados por la forma peculiar en que ve el mundo y la caducidad de la existencia cada individuo o grupo humano.

Esta visión es la que determina el ideal de felicidad bella y perfecta que todos anhelamos.

Es este ideal poético el que incita a imaginar los medios técnicos para alcanzarlo, ya sea como intento de liberación personal o como proyecto social.

Dejando aparte el proyecto personal –por definición: “no religioso”– El proyecto social está supeditado a la creencia o incredulidad en la “Otra Vida”. En el caso de creer en ella, el ideal de felicidad abarcará esta vida y la otra. En el caso contrario, lógicamente, sólo buscará la felicidad en este mundo.

Por tanto, la creencia en que vivimos –como último elemento constitutivo de la personalidad– es la que da razón del carácter individual y social de los humanos. La creencia en que vivimos es la que, en último término, condiciona la forma de la organización socio-política, el lenguaje, la ética, la estética, los usos y costumbres; y los ritos.

Los antiguos pueblos latinos llamaron a este entramado de relaciones vinculantes: “Religión”; los modernos europeos quizá por su preferencia del culto sobre la creencia: “Cultura”. Pero, en la hipótesis que estamos exponiendo, tanto “Religión” como “Cultura” se deben entender en referencia al proyecto sugestivo de vida en común que un pueblo transmite de generación a generación bajo la forma de una firme creencia.

Por esta creencia que encontramos difusa, de forma sutil y en mayor o menor grado, tanto en la mentalidad popular como en la intelectualidad de sus élites, podemos distinguir unas formas de civilización de otras.

La Historia es más o menos sagrada en tanto cuanto censura la memoria decidiendo sobre las cualidades buenas o perversas de los personajes que debemos recordar con alabanza o con reprobación. La continuidad de la creencia difusa en la que viven las gentes se mantiene por el recuerdo de mitos, por el sonido de cantos, por la observación de ritos y, sobre todo, por la lectura y relectura de los Libros que cada pueblo guarda como justificantes de su forma de ser y estar en el mundo.

Estos libros contienen, o bien, Revelaciones, o bien, fragmentos de memoria llegados del tiempo de los sueños. Pero, en el caso de los Libros canónicos –Revelados, jurídicos, históricos, o simplemente consagrados por su belleza formal o un uso inveterado- hablamos de libros elegidos que se leen y se vuelven a leer en busca de guía ética, estética o gramatical, religando a una sociedad de generación a generación, sin ser sometidos a crítica o elección de parte.

A la palabra latina “Religión” se le han dado estos tres significado: “Religación”, “relectura”, “reelección”. El primero proviene de Cicerón, el segundo de S. Agustín, el tercero de Tomás de Aquino. Hoy día “Religión” parece entenderse como “revisión”. Pero, toda revisión, mutilación o condena de los “Libros Sagrados” anuncia el germinar de una “neovisión” intelectual del mundo que presagia un cambio revolucionario.

Los cambios decisivos en el rumbo de la historia sólo acontecen por una mutación de la creencia en que vivimos.

Cualquier mudanza ideológica que carezca de la fuerza suficiente para llegar a tocar la creencia difusa en la que viven las gentes, sólo trae revoluciones que, tras un cambio de élites, retrotraen a la misma situación desesperada que movió al pueblo a un intento revolucionario.

LAICISMO

Sin entrar en la esencia del laicismo, su apariencia es la de un proyecto político que busca la concordia civil relegando las distintas opiniones “religiosas” al ámbito privado de la vida. Su forma de actuar es la de un régimen político que tiende a mantener el cuerpo social en buen estado de convivencia.

La cuestión del laicismo, como la de todo régimen terapéutico, es encontrar si es adecuado al mal que se quiere corregir. Por lo tanto, se impone una buena diagnosis que nos descubra el origen de la discordia civil que padecemos.

Los musulmanes europeos que vivimos, hoy, la creencia musulmana, después de haber intentado cualquier cosa para liberarnos de la ansiedad del modo de vivir occidental, podemos informar a los que buscan una alternativa al agobio de la economía mundializada, que el ideal de felicidad bella y perfecta que siempre han buscado los pueblos de occidente, sólo se puede intentar tras un cambio en la percepción del mundo y la existencia que dé lugar a la mutación de la estructura social clasista que ni el cristianismo, ni el humanismo, ni las revoluciones de Inglaterra y América, ni el terror francés, ni los subsecuentes regímenes liberales, socialistas o marxistas han logrado desmontar.

Y como el tiempo se nos ha pasado, sólo quiero terminar diciendo –como píldora terapéutica- que el mal que arrastran los pueblos europeos y americanos es una enfermedad hereditaria cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos: La división del pueblo en clases; varias veces condenada en el Corán que la identifica como “corrupción faraónica”.

El dogma trinitario no es más que una superestructura teológica, compuesta sobre el modelo piramidal invariante de la triada imperial: El poder físico -poder militar-, el poder económico -poder civil-; y el poder mágico -poder sacerdotal-.

Emperador – Banquero - Papa... y así, sucesivamente, hasta llegar a la actual trinidad “neocon” que pretende reordenar el mundo: Industria militar - industria financiera - industria de propaganda: Pentágono, Wall street, Hollywood.

El modelo de sociedad religiosa (Millat) que en el Corán se denomina “Abrahámica” está integrado por musulmanes y musulmanas, que no necesitan de sacerdotes ni letrados para cumplir su compromiso (Din) de hacer cinco veces al día la plegaria –Salat-, pagar, si se debe, la tasación –Zakat- (la purificación de la riqueza), ayunar el mes de Ramadán, peregrinar a Mecca –Hajj-, si se puede; y declarar que no dependemos de nadie ni de nada excepto del Creador.

Estos son los cinco pilares sobre los que descansa la forma de organización musulmana que ordena lo reconocido de siempre como bueno y afortunado, prohíbe lo reconocido por lo contrario (lo reprobable) y cree en Allah y la Otra Vida.

Por tanto en el sentido literal de la palabra latina “laico” la forma de la organización social musulmana tal como la estableció en Medina el Profeta iletrado (Ummi) -lego, seglar, profano-, Paz y bendiciones de Allah con él, al no estar estamentada en clases es básicamente laica.

La historia interna de la ortodoxia sunnita se distingue de la corriente minoritaria chiíta, precisamente por su preocupación constante por impedir la formación del estamento clerical.

Justo lo contrario es lo que buscan los ministerios francés y español en su empeño por estatalizar la función de unos imames a los que prudentemente la jurisprudencia máliki andalusí prohíbe cobrar sueldo por dirigir la oración o enseñar el Corán, como también desaprueba que usen ropas distintas del resto de los musulmanes.

Pero nuestro tiempo, me avisan, se ha pasado, y este asunto desborda mi intención inicial de aclarar el significado que el Kalam –Lenguaje especializado- de los musulmanes da a ciertas palabras claves para el buen entendimiento de la correspondencia “Islam y laicidad” que es el tema específico de este simposio.

Señores, señoras, gracias por su atención y muy buenas noches.

Hajj Abdul Karim Viudes
Granada, 29 enero 2004




 
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