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Islam e Inglaterra - un futuro
por
Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
Ya
no hay persona inteligente que lo dude puesto que, desde el fin
de la Segunda Guerra Mundial, la institución de la democracia
política ha demostrado con creces fracasar a la hora de funcionar
como instrumento del Estado que sirve para garantizar el bienestar
de las masas. Pero no sólo ha mostrado ser inadecuada como
instrumento de gobierno sino que, dada su naturaleza, en vez de
elevar a las mejores personas de la comunidad, lo que hace es promocionar
a las criaturas más bajas de la especie.
Uno de los factores fundamentales que impiden que la democracia
política gobierne con justicia y en el interés del
pueblo, fue que, cumpliendo fielmente los protocolos establecidos
internacionalmente a partir de 1945, junto con los nuevos super-bancos
que les siguieron a continuación, el vagón de las
Finanzas se desconectó del tren del Estado y pasó
a una vía muerta donde ha continuado funcionando sin conexión
o incluso la necesidad de participar en el viaje del tren estatal.
Inspirados por una doctrina, nueva e inventada, que se presentaba
como la forma de liberar a las masas del poder ejercido por el gobierno,
se dijo a la gente que los mercados tenían que estar a salvo
del Estado. La aceptación de esta, aparente filosofía
liberal, significó que el Poder Económico se iba a
convertir en una entidad global con su propio autogobierno, en la
que cada una de sus partes estaba cada vez más integrada
y regida por una elite secreta, prácticamente desconocida
ni elegida por sistema electoral alguno.
El éxito de esta política en la segunda mitad del
siglo veinte, ha reducido al gobierno por un lado y ya en este siglo,
al papel de mero encargado del sistema de alcantarillado, de un
sistema de salud con prestaciones cada vez menores y de un sistema
educativo prácticamente inexistente; por el otro, se ve obligado
a involucrarse en una serie de guerras que, a pesar de ser rechazadas
por las masas, son exigidas por las Fuerzas de Mercado.
El resultado de esta situación “liberal”, ha
demostrado ser un cúmulo de desastres sociales determinados
que, al manifestarse en esta época, han producido una ruptura
anárquica de la sociedad civilizada a lo largo y ancho del
mundo entero; en medio de este caos y en lugares estratégicos,
se alzan zonas con fortalezas de muros elevados donde la elite económica,
y su necesariamente privilegiada pero asalariada subclase de tecnócratas,
sirven fielmente a sus vitales industrias del dinero y el armamento.
De entre los desastres mencionados debemos destacar algunos: Es
importante constatar que cada uno de ellos depende de la aceptación
de una propuesta racional y sin embargo, todos contienen en su interior
el germen de la destrucción.
1. El rechazo de la Elite del Poder a la hora de aceptar las tesis
indiscutibles de los científicos sobre el calentamiento global.
Este rechazo es para que la doctrina liberal de la extracción
de minerales y el consumo de combustibles orgánicos siga
sirviendo a sus intereses más inmediatos.
2. La redefinición como pandémica de una situación
de pobreza extrema y malnutrición, que afecta a casi la mitad
del mundo, no ya de la enfermedad del Sida, sino la de una condición
médica discutible, la del VIH (Virus de la Inmunodeficiencia
Humana) que la provoca. Al hacerlo, se da como sobreentendido que,
en lo que eran sociedades tradicionales de alto contenido moral,
se ha dado una ola de relaciones sexuales sin límite alguno
y sin precedentes hasta nuestros días.
3. La explotación, por parte de la Elite del Poder, de una
entidad nacional relativamente joven, los EE.UU., obligándola,
en contra de los deseos de su población, a adoptar el papel
de un imperialismo nacional que ha propiciado la invasión
y ocupación de países enteros. Una práctica
esta que, a pesar de no beneficiar al estado-nación, garantiza
los procesos de expansión del control ejercido por esa Elite
del Poder.
4. El inicio del colapso del orden social que existe en el interior
de las zonas fortificadas que ocupa la Elite. Muestras de ello pueden
encontrarse en la incapacidad del gobierno de los EE.UU. cuando
tuvo que ayudar a la población negra de Nueva Orleans, que
ya estaba devastada por la pobreza, tras el azote del huracán
Katrina. Todos pudimos contemplar también la revuelta protagonizada
por la subclase de ciudadanos franceses que viven en los suburbios
de las grandes ciudades y que, privados de educación, casas
e incluso trabajo, se alzaron por todo el país incendiando
miles de coches y vandalizando los lugares de trabajo.
5. La entrada masiva en la Unión Europea de miles de jóvenes
procedentes de Latvia, Rumanía y Ukrania, para incorporarse
a la muy organizada industria del sexo que existe en el interior
de las zonas fortificadas y cuya función es la de servir
de mecanismo de liberación de una clase tecnocrática
consciente de que, al ser asalariada, jamás degustará
las grandes recompensas que obtienen sus amos.
6. El fenómeno macabro de la expropiación de un territorio
cuyo último estatus legal reconocido era el de provincia
del Dawlet Osmanli: Palestina. La sociedad liberal mundial que había
declarado de forma doctrinal que el Estado tenía que ser
laico y sin vinculación con la autoridad religiosa, y que
un país se fundamentaba en la legitimidad de sus ciudadanos
con respecto a la propiedad, permitió el establecimiento
del Estado de Israel basándose en dos cosas aparentemente
rechazadas por esta doctrina. Su Constitución declaraba que
era un Estado para los judíos de todo el mundo. Su legitimidad
se basaba en la pretensión mística e improbable de
que la tierra les había sido donada por Dios Todopoderoso.
No obstante, la creación de este Estado contenía una
verdad confusa que jamás fue confrontada. La naturaleza única
de Israel no es la ilegitimidad de la expropiación del territorio
árabe ni su casi cómica imposición de la Alianza
Divina a la organización atea de las Naciones Unidas; su
peculiariad es que puede demostrarse que la casta dominante de la
Elite Financiera pertenece a esa raza cuya cruel persecución
en el último siglo produjo su comprensible deseo de tener
un territorio propio, a pesar de que esto significara la expulsión
de sus habitantes históricos y legítimos. El mundo
teme a Israel no por su sistema político de constante coalición
unipartidista, ni tampoco por su involucración en la postura
racista que practican ambos bandos, sino más bien porque
su gente es la misma que ocupa las posiciones principales de la
Elite del Poder. Como ejemplo, y aplicando su activa doctrina y
lenguaje racista, podríamos decir que el jefe del Banco Mundial
NO es un Protestante Blanco Anglosajón.
Este es el escenario en el que tenemos que examinar la condición
de la Inglaterra de nuestros días. Chris Patten, esa cosa
tan extraña, un político con integridad moral, consta
como diciendo que Margaret Thatcher destruyó el Partido Conservador.
En la actualidad existe ya un consenso importante que afirma que
Blair ha destruído el Partido Laboralista. Thatcher destruyó
también los Sindicatos que, a pesar de ser entidades capitalistas,
permitían afirmar al Estado que todavía tenía
en consideración el interés de sus trabajadores. El
logro destructivo de Blair es mucho más profundo. Y esto
no es una referencia a la trágica participación en
la devastación de la guerra de Iraq y el caos letal producido
por ésta. La participación servil en una guerra cuyos
imperativos no eran exigencias de la necesidad ni del sentido común,
no sólo demostró que las democracias modernas son
una dictadura, sino que Estados soberanos como Inglaterra y los
EE.UU. se veían obligados a entrar en un modo de deconstrucción.
Esta deconstrucción puede definirse como un proceso involutivo
impuesto al Estado por la Elite del Poder que exige que se despoje
de su legado histórico, más de cien siglos en Inglaterra
y dos en los EE.UU., de su proceso evolutivo de legislación,
de sus instituciones y sus funciones, de todo eso que garantiza
la salvaguardia cívica del individuo.
La elección del Presidente de la Cámara de los Lores
por parte de Blair, demostró a ese pequeño grupo de
gente informada, en un país ahora ineducado, qué significaba
esta elección. Lo primero que mostraba, era que Blair era
un hombre sin el menor sentido de la extraordinaria continuidad
histórica que había preservado el reino insular, ni
tampoco la más mínima consciencia de que sus grandes
instituciones y funciones políticas se habían formado
mucho antes de las corrompidas exigencias del imperio y el capitalismo,
sino que había sido el surgimiento de una nación medieval
en el mundo moderno post-feudal. Estábamos contemplando al
líder de un partido incapaz de ser Primer Ministro –incluso
en un país privado del poder político de controlar
su propia riqueza– que además elegía a un Presidente
de la Cámara de los Lores igualmente incapaz de ocupar un
puesto de alta responsabilidad que exige experiencia legal y un
elevado compromiso moral con esos derechos civiles que se habían
conseguido a lo largo de los siglos y tras pagar un alto precio.
Cuando surgió el terrorismo y su ira desatada, –un
fenómeno árabe enraizado en la aparentemente ilimitada
explotación y expropiación de los pueblos y los territorios
árabes– se impuso a la gente del planeta dos obligaciones
que, de no ser cumplidas, significaría que el terrorismo
anunciaba una época oscura con graves repercusiones para
la situación humana. ¿Cuáles eran estas dos
obligaciones? La primera era que la gente tenía que enfrentarse
al fenómeno irracional de una violencia terrorista en la
que el suicidio ritual era el resultado de causas sociales definidas
y reconocibles. La segunda era que, para evitar el triunfo de las
fuerzas anárquicas, la sociedad debía, por muy alto
que fuera el precio, preservar ese legado de salvaguardia cívica
del individuo que había sido el beneficio, probablemente
único, del proceso histórico.
Cuando Blair se vió en primera línea del escenario
de la Elite del Poder –donde se decidió que las causas
del terrorismo no debían ser confrontadas ya que sus líderes
consideraban a Israel como su patria simbólica aunque no
tuviesen la intención de vivir allí– se vió
también que esta nueva amenaza proporcionaba la oportunidad
de desmantelar el marco legal que defendía la supremacía
del individuo frente a los procesos tiránicos.
La Elite del Poder, mediante la manipulación de las divisas
y los mercados que carecen de garantías subsidiarias cuantificables,
poseía ahora –a través de sus grandes corporaciones–
la tierra, los productos y las mercaderías. No obstante y
a pesar de todo, se daban cuenta de que aún no poseían
a la gente. Pero aquí estaba la oportunidad histórica.
La Elite de los banqueros, los agentes de bolsa y los propietarios
de mercaderías podían ya hacer la opa definitiva.
La gente –sí, la gente– ¡iba a ser redefinida
como una propiedad más!
Con una uniformidad cada vez más perturbadora, comenzaron
a aparecer conjuntos de leyes casi idénticas en los marcos
políticos de los EE.UU., Inglaterra, Francia y Alemania.
Sin el menor reparo, sin tan siquiera un murmullo de resistencia,
el Ministro del Interior inglés, ciego el primero y a continuación
su sucesor carente de tal excusa, nos informaron de que la protección
del individuo que había prevalecido durante tantos siglos,
iba ahora a desaparecer, y, en lo que sería la prueba definitiva
de la propiedad legal del individuo por parte del Estado, cualquiera
podría ser detenido bajo la acusación de “poder
cometer” un delito.
En 1603 llegaba a Londres James I, el primer Rey de Inglaterra.
Cuando el Tren Real entraba en la ciudad, se detuvo a un ladrón
entre la muchedumbre que había robado una cantidad superior
al límite exigido para la pena de muerte. James envió
inmediatamente una orden al Magistrado de Newark para que el joven
ladrón fuera ejecutado. Al oir lo sucedido, Sir Harington
escribió lo siguiente: “¡Qué proceder
más extraño! Si los vientos soplan de esta manera,
¿Por qué no juzgar a un hombre antes de haber cometido
el delito?”. Casi cuantrocientos años más tarde,
el dictador democrático de Inglaterra se confiere a sí
mismo y a su sumiso gobierno el derecho de disponer a su antojo
del individuo. No es un mero accidente comprobar que, desde el punto
de vista legislativo, la última baza del humanismo marque
el fin de la criatura humana.
Esta es la situación en la que nos encontramos. Es evidente
que Blair es un hombre acabado tanto política como psicológicamente.
Es incluso dudoso pensar que su arruinado parlamento pueda cumplir
el periodo que le corresponde. Y ahora que hemos aclarado el fenómeno
del terrorismo, que tiene causas sociales ineludibles –causas
que son el resultado de las doctrinas irracionales del capitalismo
corporativo aplicadas a los más pobres y degradados del mundo–
es evidente que nosotros como musulmanes tenemos que apartarnos
de ello. Pero esto no significa que nos convirtamos en participantes
pasivos que estamos dispuestos a ver cómo el marco legal
sobre el que se basa la nación desaparezca bajo nuestros
pies.
Estamos convencidos de que Inglaterra, y de hecho la mayor parte
del territorio europeo, acabará siguiendo el orden social,
la justicia y el bienestar que es el Camino Islámico, al
tiempo que el Antiguo Orden del capitalismo del siglo veinte se
desmorona a nuestro alrededor. Para conseguir este objetivo debemos
convertirnos en la voz de la razón y también en la
voz de la sabiduría; y tenemos que llamar a esas fuerzas
del país que mejor reflejan los elementos que nosotros los
musulmanes percibimos como beneficiosos.
Este proceso tendrá lugar mediante la transformación
social. No se dará bajo los términos humillantes y
condescendientes con los que el gobierno de Blair se reunía
con los musulmanes tras los despreciables atentados ocurridos en
Londres. Las tablas de la ley masónicas diseñadas
a toda prisa por el Partido Laborista son aborrecibles. Su Ministro
del Interior hablaba de trabajar “con todas las confesiones,
incluído el Islam, para construir y fortalecer la integración
de la fe en nuestra vida nacional”. Su discurso de trabajar
estrechamente “con las principales comunidades religiosas”
es inaceptable porque establece una condición que nosotros
como musulmanes debemos rechazar. La fe es Iman, no Islam. Su aceptación
masónica de las confesiones indica que aceptan las convicciones
internas de la gente, pero no el que éstas tengan una influencia
sobre el nexo social. Dicho con otras palabras: lo que hacen es
advertir a la comunidad musulmana de Inglaterra que no podrán
participar en una transformación social que consideran propiedad
única del gobierno.
Lo que no deja de ser irónico es que cuando pidieron a los
Imams que promulgaran un fatwa contra el terror, lo que hacían
era debilitar aún más el estado constitucional de
Inglaterra. Fijémonos en la extraordinaria ignorancia e incapacidad
mostrada para gobernar. Desde el punto de vista constitucional,
pedir un fatwa significa abrogar la autoridad del Estado Británico
ante una entidad cuyo juicio alcanza importancia capital –y
ello a pesar de que dicha entidad no ha sido elegida por los Musulmanes.
Desde el punto de vista musulmán, sólo los shi’a
están gobernados por sus Imams. En el Islam, el gobierno
no es una prerrogativa de los Imams, y aunque por supuesto pueden
aconsejar y guiar, no les corresponde emitir declaraciones de gobierno
que es el derecho único del Emir de los musulmanes.
Mayor ignorancia es la que muestra confundir un fatwa con un Hukm.
El Fatwa es un juicio basado en conocimiento, pero el Hukm es una
orden que se debe obedecer. Lo más importante ahora es que
nosotros, los musulmanes de Inglaterra, demos un paso al frente
y participemos en todos los aspectos del discurso político
y, por supuesto, la elaboración de las leyes.
Permítaseme ahora, en aras de la verdad, decir algo que no
es fatwa ni hukm, sino buen consejo; me lo permito porque, como
de sobra todos sabemos, el Din no es más que buen consejo
1.
Es inconcebible que un musulmán vote por el Partido Laborista
cuando se ve la deprimente trayectoria seguida en lo que respecta
a la preservación de la tradición británica.
2. La comunidad musulmana debe aprovechar la inesperada y rara
oportunidad que afecta al Parlamento con la posibilidad de un
líder del Partido Conservador. Por primera vez en medio
siglo, se nos presenta a un hombre de calidad, buena educación
y autoridad moral. Sus virtudes son las que respetan los musulmanes.
3. Los musulmanes deberían afiliarse al Partido Conservador
y prestar su apoyo activo a David Cameron.
4. Un cuerpo consultivo de ciudadanos musulmanes importantes y
liderado por un grupo distinguido de abogados de renombre, deben
ponerse a disposición del Partido Conservador en un primer
momento para luego hacer lo mismo con ese Partido en cuanto partido
del gobierno.
5. El resultado de todo esto es que la comunidad musulmana participará
de manera cada vez mayor y más importante en la formación
de una nueva Inglaterra en una Europa que puede presumir del Islam
como religión mayoritaria.
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