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LA ULTIMA BAZA DEL CRISTIANISMO
por Shayj Dr. Abdalqadir As-Sufi
“Han tomado a sus doctores y sacerdotes como señores
en vez de Allah,
igual que al Ungido, hijo de Mariam;
cuando se les ordenó que adoraran a un Único Dios.
No hay dios sino Él.
¡Glorificado sea por encima de lo que Le asocian!
Quieren apagar con sus bocas la luz de Allah,
Pero Allah rechaza todo lo que no sea completar Su luz,
aunque les repugne a los incrédulos.
Él es Quien envió a Su Mensajero
con la guía y con la práctica de Adoración verdadera
para hacerla prevalecer sobre todas las demás formas de Adoración,
aunque les repugne a los incrédulos. (9: 31-33)
En
estas aleyas bendecidas de la Surat at-Tawba, Allah, glorificado
sea, ha indicado el camino desastroso que han decidido seguir los
judíos y los cristianos. La condición esencial de
ambos grupos es que, para adoptar su postura, se han visto obligados
a negar el tawhid. Al enfrentarse al tawhid, la conclusión
es que están en la más absoluta oscuridad. El resultado
es una ineludible ambigüedad que hace enfrentarse al cristiano
contra el judío y al judío contra el cristiano. No
obstante, la naturaleza de esa confusión es que la situación
debe contener su opuesto. Y así fue como, en la primera fase
histórica de esa gran desviación del tawhid que fue
la iglesia cristiana, los judíos estaban considerados como
los grandes enemigos de los cristianos ya que, en la ficción
central sobre la que se basa esta falsa religión, los judíos
habían sido los verdugos de Sayyiduna ‘Isa, la paz
sea con él. La enemistad entre ambos grupos no podía
haber sido más profunda, y tomó la forma de una persecución
continuada de los judíos a lo largo de la historia europea,
con expulsiones cíclicas que ocurrían en las ciudades
de Inglaterra, llegaban hasta las estepas de Rusia y culminaron
con el espantoso genocidio perpetrado por la Alemania luterana del
Tercer Reich. Las doctrinas nazis que avalaron la persecución
procedían directamente de las ordenanzas de Martín
Lutero.
Un elemento crítico en este tortuoso conflicto es cómo
veían ambos bandos la prohibición de la usura. La
antigua religión de los judíos, revelada a través
de sus profetas, prohibía la práctica de la usura.
La religión moderna, el cristianismo inventado del genial
judío San Pablo, al principio también la prohibía.
El cristianismo era por supuesto una reforma. Lo que hizo San Pablo
fue inyectar un judaísmo reformado y universalizado en el
cuerpo político del Imperio Greco Romano. En vez del esperado
Mesías de los judíos, se ofrecía ahora la llegada
de Jesús, el Mesías. En vez del esperado rey de los
judíos se ofrecía el rey cósmico del Cristo
Resucitado. En el lugar de la celebración de la salvación
del pueblo judío que se conmemoraba en la Fiesta de la Pascua
judía, se ofrecía ahora la ingesta ritualizada del
pan ácimo. Pablo instituyó la universalización
de este rito. El pan ácimo del sacramento de la comunión
ofrecía la salvación a los que lo tomaban. Mientras
que en el pasado la galleta garantizaba la salvación histórica
de la raza judía, ahora aseguraba mágicamente la de
toda la raza humana.
Para conferir mayor intensidad al rito central de la religión
reformada, se tomó prestada la bebida ritualizada del vino,
un rito al que solo accedía una clase sacerdotal iniciada.
En la religión antigua, el rabino era en realidad lo que
podría calificarse de carnicero sagrado, ya que su misión
fundamental era sacrificar a los animales que iban a ser comidos
según la ley religiosa; el sacrifico se hacía de una
manera determinada, degollando al animal, y en lugar determinado,
el Templo de Jerusalén. Así fue como, en la nueva
religión, cuando el sacerdote bebía el cáliz
con el vino/sangre, indicaba el anterior sacrificio ritual de Jesús,
ahora metafísicamente redefinido como el Cordero de Dios.
Esta adaptación, que Pablo tomó prestada de la conocida
práctica religiosa romana, en la que los sacerdotes comían
la carne y bebían la sangre del rey muerto para que su poder
pasase a ellos, aseguraba una profundidad antropológica y
una resonancia tradicional. Esto proporcionó el rito central
del judaísmo reformado. El judaísmo reformado tenía
que realizar dos ritos. En primer lugar, liberar a los judíos
del severo sistema de la Ley Divina. En segundo lugar, compensar
la abolición de las reglas morales y sociales con una garantía
metafísica de salvación ante el castigo divino propiciado
por la ruptura de la Ley al ingerir la carne y la sangre del Salvador;
pero esta ingesta era precisamente lo que purificaba al creyente
y lo absolvía de las acciones erróneas que ahora podía
comter al haber abandonado la Ley. Como este abandono de la ley
cívica y moral era anti racional, la liberación no
podía justificarse de forma racional. La autorización
se obtenía mediante un Misterio y una transferencia de la
creencia en el Creador a la creencia en una divinidad negociadora,
una realidad metafísica mediadora --¡Un Hombre hecho
Dios! “Hic est corpus... ya troceado para ti –tómalo,
cómelo y bébelo...” El misterio que lo envolvía
era que, para que ocurriese la transformación del pan y el
vino en carne y sangre, era necesario un clero iniciado, los obispos
o presbíteros de los antiguos griegos. Más adelante,
esta doctrina se definía como transubstanciación.
Desde el punto de vista histórico, era un cóctel genial
que unía el elemento unitario del antiguo judaísmo
con un rito central de la antigua Europa pagana. No hay duda de
que en sus orígenes, la Primera Reforma fue un gran éxito
que contribuyó en gran medida al derrocamiento del Imperio
Romano y la civilización vikinga.
La mezcla fatídica de una gran verdad y una gran mentira
no podía sobrevivir. La verdad era la realidad de Sayyiduna
‘Isa, y la mentira era suponer que el Rito Reformado de la
Pascua judía podía salvar al individuo del juicio
de Dios. A medida que se fue desvelando el engaño, las personas
comenzaron a darse cuenta de que la doctrina de un dios que suponía
la absorción en él de un hombre convertido en dios,
no sobrevivía al escrutinio de la razón. La solución
de la Iglesia fue muy sencilla –si no crees en la Trinidad,
mueres abrasado en la hoguera. Y así fue como la cristiandad
se encontró históricamente atacada por la sencillez
unitaria de la antigua religión judía por un lado,
y por el otro, por el movimiento anterior de la filosofía
griega y su práctica de la investigación racional.
Conforme pasaron los siglos, estos dos grupos amenazadores eran
cada vez más perseguidos; los judíos por haber crucificado
(en la interpretación cristiana) a Jesús, y los académicos
por la herejía fundamental de la cristiandad: afirmar que
“esto no tiene sentido”.
Históricamente hablando, la segunda parte de la ecuación
fue la que iba a arruinar a la Iglesia “Eterna” de Roma.
Lo que siguió a continuación fue la Segunda Reforma.
En ese sentido, la Segunda Reforma representaba un divorcio de la
herejía paulina y el retorno a la fórmula judaica.
Quienquiera que examine la literatura teológica anterior
y posterior a la Segunda Reforma, podrá ver con claridad
que la deconstrucción del Sacramento significaba la reconstrucción
de la tradición profética del Antiguo testamento,
o lo que es lo mismo, la supremacía de Isaías sobre
el Evangelio de San Juan. Pero al mismo tiempo que la Segunda Reforma
se libraba de sus sacrificios rituales, obtenía el permiso
para practicar la usura, liberándose así, en cierto
modo, de las dos religiones anteriores.
La Segunda Reforma consiguió dos “modernizaciones”
vitales del cristianismo. En primer lugar, tanto Lutero como Calvino
no sólo aprobaron, sino que fomentaron la usura como principio
mercantil. En segundo lugar, al abolir el poder elitista de los
obispos iniciados, es decir, los únicos que podían
transformar el pan y el vino en la carne y la sangre, los reemplazaron
por una clase docente de académicos. Dicho con otras palabras:
la enorme red de monjes y monasterios que formaba el sistema venoso
de la civilización europea, fue sustituido por una nueva
red de profesores y universidades. El Obispo iniciador se convirtió
en el Presbítero educador –términos sinónimos,
uno del latín y otro del griego— pero la situación
siguió siendo la misma.
A continuación siguió lo que podríamos calificar
de Tercera Reforma. Consistió en una proclamación
abierta del ateísmo, una nueva religión cuya tarea
reformista era la abolición de los reyes ungidos y los sacerdotes
con potestades. Desde el punto de vista estructural, la monarquía
representaba a las dos religiones anteriores, el judaísmo
y el cristianismo. La ceremonia de la coronación suponía
el ungimiento del rey, un ritual que pertenecía a los reyes
de Israel, y la entrega del Orbe y el Cetro indicaban el gobierno
combinado de la Iglesia y el Reino. El papel cívico del sacerdote
cristiano, católico o protestante, se sustituía por
el del profesor docente que había asumido esa autoridad y
en consecuencia era llamado Domine, el término latino para
Señor. Esta Tercera Reforma alcanzó su clímax
en un proceso cuyo nombre, lejos de mostrar el papel triunfante
de la razón, y en consecuencia el fin de la religión,
indicaba mas bien la aparición de una religión completamente
nueva.
El nombre de la Reforma definitiva fue el de Ilustración.
Mientras que la religión anterior estaba compuesta de una
parte de verdad y una parte de mentira, la Ilustración y
su proclamación del fin de la religión, era la Gran
Mentira. Una Ilustración cuyo credo era la elevación
del discurso racional y el análisis crítico, pero
que al mismo tiempo se asentaba en la base metafísica de
la supremacía espiritual sobre las religiones de adoración
y agradecimiento a lo Divino. La nueva religión iba a ser,
nada más ni nada menos, que la adoración del Hombre.
Uno de sus sumos sacerdotes, Rousseau, había admitido a regañadientes
que, para garantizar la supervivencia del humanismo, no podía
negarse el elemento de la adoración. Y así fue como,
en un baño de sangre sin parangón con los excesos
de las religiones anteriores, en pleno Terror, Robespierre declaró
una nueva religión, la Adoración del Ser Supremo.
Una adoración totalmente desprovista de contenido moral o
cívico, que a su vez significaba que la usura no estaba prohibida.
La nueva religión del Ser Supremo, un mero concepto carente
de contenido moral, fue introducida junto con un nuevo calendario
que abolía la datación cristiana y se sustituía
con el Año Uno de la Revolución Francesa; y todo ello
acompañado por una auténtica masacre. En cada una
de las ciudades de Francia se instalaron guillotinas. Varias en
las ciudades más grandes, muchas en París. En una
ciudad, las esposas e hijas de los hombres que se suponían
en contra de la democracia y los derechos Humanos, fueron arrastradas
a la guillotina delante de toda la ciudad; el empedrado que rodeaba
la guillotina se había pintado de rojo para disimular la
sangre de las mujeres y los niños. El Humanismo y la Ilustración
emprendían su camino en el mundo.
La Ilustración propagó la oscuridad por toda la tierra,
y desde ese mismo momento comenzó a fallecer. Una especie
tras otra iban a desaparecer de la faz de la tierra, gracias a la
ahora fomentada doctrina de la usura, es decir, la banca. El aire
se hizo tóxico. Y los grandes océanos comenzaron a
pudrirse con la desaparición de las especies que lo limpiaban.
Dos Guerras Mundiales de proporciones cataclísmicas no sólo
acabaron con millones, sino que también borraron la memoria
y el eco de un orden cívico que había sido el patrimonio
de la criatura humana, ahora deificada y condenada.
En este escenario y en medio de esa confusión, los cristianos
hicieron un intento desesperado para sobrevivir y evitar lo evidente:
el fin de su religión y de sus bases doctrinales. Lo que
podría calificarse de bando extremo de la Segunda Reforma
comenzó a redefinirse en unos términos que no podrían
ser confrontados por la nuevas fuerzas de la Tercera Reforma. El
sacramento central había desaparecido. La transubstanciación
era rechazada por la mente racional, y la idea de ingerir trozos
de carne y sangre, por muy homeopática que fuese la dosis,
era repulsiva. La transubstanciación cedió el paso
a la consubstanciación, es decir “¡Es pero no
es!”. Y por fin llegó la nonsubstanciación “¡Por
supuesto que no es!” Al final se convirtió en un espantoso
servicio conmemorativo, pero ¿para qué servía
si no se obtenía el Perdón Divino?
Este último grupo de creyentes cristianos, desprovistos de
la transacción inicial instaurada por la iniciativa paulina,
necesitaba otra salida emocional que sirviese de factor aglutinante.
Este movimiento, un efecto secundario de la Segunda Guerra Mundial,
consideró un tremendo error la persecución de los
judíos perpetrada por la Iglesia cristiana. Influidos por
esa conmoción, pensaron que la Alemania luterana, siguiendo
el estandarte de la Cruz Torcida, había consentido el genocidio
de millones de judíos. Combinándose con esta culpa
cristiana, aparecía ahora la influencia revitalizada de la
judería mundial que preconizaba la restauración bíblica
de su gente en la Tierra Prometida y la de sus sagrados Templo y
capital, la necesidad culinaria de la clase rabínica. El
producto resultante de esta desastrosa mezcolanza de elementos,
ninguno de los cuales era necesario para el judaísmo o el
cristianismo, fue que el cristianismo se convirtió en la
morada de una ferviente escatología cuya misión era
apresurar la llegada del Último Día mediante la realización
de las señales que indicaban el Segundo Advenimiento. ¡Querían
saltar de la sartén escatológica para caer en el fuego
apocalíptico! El resultado fue que la misma Iglesia que durante
siglos había quemado, torturado y expulsado a los judíos,
se convertía ahora en ferviente defensora del Estado de Israel
en un arrebato emocional que los judíos cultos consideraban
repulsivo pero que, hablando con propiedad, había producido
un cambio. Era sumamente útil.
En el más corto periodo de tiempo, menos de medio siglo,
el derecho del sacramento fue reemplazado por el bautismo, un ritual
que pertenecía felizmente al judaísmo y al cristianismo.
El perdón de los pecados ya no necesitaba al obispo o al
presbítero, sino a una masa alelada y oscilante de creyentes
entusiastas que celebraba el acto de ‘Volver a Nacer’.
El resultado final, es la existencia de una masa pobre e inculta
de cristianos evangélicos en el mismo centro de los EE.UU.,
que no creen en el proceso evolutivo, ni en el surgimiento de nuevas
especies a lo largo de enormes periodos de tiempo –creen más
bien que aparecieron de la noche a la mañana--, y que creen
además que el Destino Manifiesto de los Padres Fundadores,
tarea encomendada a los ciudadanos americanos, consiste en reinstalar
a los judíos en una tierra patria desde la que ejercerán
el dominio mundial. En este movimiento entusiasta cuyo objetivo
es realizar estas extrañas profecías, podemos ver
a los EE.UU. gobernados por un Cristiano que ha Vuelto a Nacer y
que está rodeado de consejeros firmemente comprometidos con
el proyecto israelita.
No podemos eludir el hecho de que, formando parte de esta enfebrecida
encarnación del Libro de las Revelaciones del Nuevo Testamento,
está la calificación del Islam como fuerza satánica.
Jerry Falwell ha atacado e insultado el Islam de la forma más
salvaje posible. Su retórica está llena de interpretaciones
cómicas y fantásticas de nuestro Din, además
de un discurso ridículo, pero no por ello menos amenazador,
sobre el simbolismo de la luna y las estrellas al que da su propia
y esotérica interpretación.
En la Surat at-Tawba, Allah, glorificado sea, dice:
“Quieren
apagar con sus bocas la luz de Allah,
pero Allah rechaza todo lo que no sea completar Su luz,
aunque les repugne a los incrédulos”. (9-32)
Es
importante constatar que en la aleya que sigue a ésta, la
denuncia de Allah de los rabinos y los monjes, esto es, de los líderes
judíos y cristianos, declara que los errores por los que
serán castigados están relacionados con el uso y el
abuso de la riqueza material. Es evidente que los líderes
de los movimientos evangélicos del continente americano,
que necesitan templos para las masas y celebraciones histéricas
masivas, requieren una base capital de una enorme riqueza, que se
ve además incrementada por la propaganda mediática.
Pero al mismo tiempo, la referencia a la acaparación de la
riqueza es una definición directa del carácter de
la economía usurera. El banco en sí es una institución
de acaparación, y la doctrina de la inversión es una
práctica para retener la riqueza, no para gastarla.
Allah, glorificado sea, dice claramente en la Surat at-Tawba:
“¡Vosotros
que creéis!
Es cierto que muchos de los doctores y sacerdotes
se comen la riqueza de los hombres por medio de falsedades,
y apartan del camino de Allah.
A los que atesoran el oro y la plata
y no los gastan en el camino de Allah,
anúnciales un castigo doloroso:
El día en que, en el fuego de Yahannam, sean puestos al rojo
(el oro y la plata)
y con ellos se les queme la frente, los costados y la espalda:
‘Esto es lo que habíais atesorado en beneficio de vuestras
almas,
gustad lo que atesorabais’”. (9: 34-35)
No
cabe duda de que los EE.UU. es un país dividido. Está
políticamente dividido porque ha adoptado la política
de partidos adversos, eso que se llama democracia. En su naturaleza
está que cada parte mayoritaria denuncie a la opuesta calificándola
de indigna, corrupta o incapaz. Como ambas lo hacen, y además
gobiernan cíclicamente, podemos deducir que la gente que
vive bajo una democracia está gobernada por lo peor de su
sociedad. Está religiosamente dividida. La fuerza dominante
y vigorizadora es esa rabadilla post-cristiana que son los evangelistas.
Mientras tanto, los humanistas, en su pasividad y deslumbrados por
los medios de comunicación, contemplan a estos evangélicos
con una especie de perpleja impotencia. Desde el punto de vista
ruhani, es decir, desde un punto de vista espiritual y sufí,
ninguno de estos partidos son capaces de reconocer que el enemigo
es la usura y en consecuencia, la totalidad del sistema financiero.
Allah el Excelso dice en la Surat at-Tawba:
“Él
es Quien envió a Su Mensajero
con la guía y con la práctica de Adoración verdadera
para hacerla prevalecer sobre todas las demás formas de Adoración,
aunque les repugne a los incrédulos”. (9: 33)
En
este Ramadán, tiempo de iluminación verdadera, es
importante que recordemos un acontecimiento secundario que sucedió
en nuestro mes de ayuno bendecido. Osama bin Laden dirigió
un mensaje al pueblo americano. Decía que su seguridad no
estaba garantizada por ninguno de los dos candidatos presidenciales.
Dijo que la seguridad estaba en ellos mismos. Pero no es cierto,
la seguridad no reside en nosotros, sino sólo en Allah. De
hecho, uno de Sus Nombres Divinos es al-Hafiz. Él es nuestro
Protector, nuestro único Protector. Por lo que nosotros sabemos,
ese hombre no mencionó el nombre de Allah. No invitó
al pueblo americano a entrar en el Din del Islam. No pidió
a Allah que protegiera la gran comunidad musulmana de los Estados
Unidos. Ni tampoco dijo a los americanos que Allah había
enviado un Mensajero para toda la humanidad. No recitó el
Libro de Allah para dar a la nación americana las Buenas
Noticias y la Advertencia.
Nuestro mensaje de Ramadán para el pueblo americano es que
en el Noble Corán, Allah, el Creador del universo, cuenta
cómo habló Jesús desde la cuna. En la Sura
Maryam, Allah el Excelso relata la respuesta de Jesús cuando
preguntaron “¿Cómo puede hablar un niño
que todavía está en la cuna?”
“Dijo:
Yo soy el siervo de Allah.
Él me ha dado el Libro y me ha hecho profeta.
Y me ha hecho bendito dondequiera que esté
y me ha encomendado la Oración y la purificación mientras
viva.
Y ser bondadoso con mi madre;
No me ha hecho ni insolente ni rebelde.
La paz sea sobre mí el día en que nací, el día
de mi muerte
y el día en que sea devuelto a la vida.
Ese es ‘Isa, el hijo de Maryam,
la palabra de la Verdad, sobre el que dudan.
No es propio de Allah tomar ningún hijo. ¡Gloria a Él!
Cuando decide algo, sólo dice: Sea, y es.
Y verdaderamente Allah es mi Señor y el vuestro, adoradlo pues.
Este es un camino recto”. (19: 29-35)
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