glosario de terminología islámica pensamiento


Carta al Dirigente Principal

de los Musulmanes Alemanes

por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi

 

Texto de una carta enviada al director del ‘Islamische Zeitung’


09/09/2007


Tenía la intención de escribirle una carta que transmitiera, en los comienzos de nuestro sagrado mes del ayuno, mis oraciones al Creador del Universo y mis súplicas pidiendo que le bendiga a Ud. y a la enorme comunidad musulmana que existe en el Estado alemán. Es bastante lamentable ver que se haya escogido el comienzo de Ramadán para mostrar el eficiente trabajo preventivo de los servicios secretos de su país; me refiero a la publicidad que ha rodeado la detención de esos espantosos terroristas en este momento tan particular, algo que esperamos se haya hecho sin premeditación y que lamentamos no hubiera ocurrido un mes antes. Si bien no existe duda alguna sobre la necesidad de erradicar el fenómeno terrorista del Estado europeo, lo que me preocupa no tiene nada que ver con la eficacia o la delicadeza de las fuerzas especiales. Mi inquietud se basa en dos cuestiones: una, la atroz ignorancia de la clase política y sus consejeros pseudoacadémicos; y otra, el convencimiento de que las causas del terrorismo en Europa y en cualquier otro lugar, lo mismo que su fuerza motriz, no han sido comprendidas sociológica ni políticamente.

Permítaseme decir en primer lugar que el nombre ‘Terrorista Islámico’ es una ficción política absoluta. Los dos términos representan un sin sentido, puesto que carecen totalmente de compatibilidad. De un lado está un término que define la religión más grande del mundo, con el mayor número de seguidores y cuya única manifestación material ha sido la civilización más elevada, bien sea por la sublime arquitectura de Tamerlán y los Mogoles en oriente, o bien en occidente con sus filósofos, médicos y eruditos que produjeron una protociencia y el método legal más elevado de la historia.

La palabra ‘terrorista’ jamás ha tenido una manifestación en la sociedad islámica. Apareció como un subproducto de la religión Shi’a, la cual no es una secta del Islam sino una subreligión postislámica basada en convertir la historia postislámica en una metafísica. Me refiero, naturalmente, al célebre fenómeno Ismailita del terrorismo cuya reaparición puede identificarse en los siglos XX y XXI. El instrumento primordial de ese terror era el activista-suicida. A la desdichada víctima, ya que esto es lo que es, se le exige entrar en un estado de exaltación motivado por la promesa de que su acción le garantiza un lugar en el Paraíso. Una vez cometida su horrenda proeza, se le entierra a continuación en un cementerio especial reservado para los mártires. A este lugar se lleva después a los jóvenes seguidores cuyo turno sigue a continuación, para que mediten ante los rostros que han sido dibujados con tinta y colocados en la tumba y para que así puedan identificarse todavía más con todos ellos. Terminado el ritual, se dirigen a cometer el execrable acto del suicidio-asesinato. Fueron el terror de la población musulmana en tiempos del gran sultán Saladino (Salahuddin) y también de los reyes cristianos.

En nuestros días es posible ir a la Franja de Gaza y contemplar el mismo tipo de cementerio Ismailita y los jóvenes de ojos vidriosos que han sido preparados para la muerte por sus maestros cobardes y desvergonzados; una réplica exacta de lo que hacían los Ismailitas en la Edad Media. Para que no haya dudas sobre la procedencia de la inspiración y la doctrina, debe indicarse además que el liderazgo del terrorismo Ismailita estaba oculto y nadie lo conocía. El líder dirigía los asuntos desde un lugar escondido en las elevadas cumbres de las montañas del Líbano. Se le llamaba el Viejo de las Montañas. Hoy en día el mismo fenómeno está dirigido desde las montañas de Waziristan, una zona conocida por el Ismailismo fanático, donde el Viejo de las Montañas se ocultaba no hace mucho tiempo. Me refiero por supuesto a Osama bin Laden.

Otro aspecto de esta historia es el misterio de su muerte o su escondite. En Rawalpindi y las Fuerzas de Seguridad de París dicen que está muerto. Dicen también que los vídeos en los que aparece están trucados, un proceso digital bastante sencillo en nuestros días. Esto nos deja sumidos en una sombra política ineludible: la relación entre las doctrinas colonialistas de la OTAN y la necesidad de una cortina de humo ante una entidad indefinible, quasi-no-existente, de terror a escala mundial cuyo nombre es algo que dos mil millones de musulmanes han conocido a través de los medios de comunicación. En este punto debería añadir que, tras conocer a todos los dirigentes musulmanes del mundo, con la única excepción de China, ¡todavía no he encontrado a un ‘alim o líder musulmán que los haya conocido!

Cuando se emitió en los EE.UU. el análisis oficial del incidente de las Torres Gemelas, los musulmanes no pudieron evitar darse cuenta de que en la noche anterior al desastre –y debo añadir que una mujer a la que yo conocía personalmente murió en uno de los aviones– los secuestradores no pasaron el tiempo rezando ni ayunando ¡sino en la compañía de prostitutas y bebiendo cócteles de vodka! El hecho de que el epicentro de esta plaga llamada terrorismo esté sin duda en Palestina, y por extensión el vergonzosamente difamado Estado de Afganistán, no significa que podamos identificarlo como islámico.

He podido comprobar que durante toda mi vida y hasta los años 70, o incluso quizás a los 80, eso que ahora se llama ‘asesino en serie’ era algo que no existía. Y si lo hacía, era una anomalía social de tal magnitud que la gente conocía el nombre del asesino. ¡Jack el Destripador! Sin embargo y conforme progresaba la sociedad capitalista, también lo hacían sus crímenes. El término ‘asesino en serie’ y el fenómeno en sí, aparecieron por primera vez en los EE.UU. Luego se estableció como una nueva patología del autodesprecio tan generalizado (endémico) en el capitalismo. Si se dijera ‘los asesinos en serie cristianos’ surgiría una protesta clamorosa. ¿Por qué? Porque no es el término apropiado para describir la sociología de los asesinos en serie. No es preciso excavar demasiado para descubrir sus causas políticas. Forman parte de la naturaleza del humanismo ateo que desde sus orígenes ha sido brutalmente misógino. En los EE.UU. no existiría un movimiento de liberación de la mujer de no haber sido por una anterior persecución y humillación en el ámbito social. Las tan pregonadas declaraciones que afirman la igualdad entre el hombre y la mujer son de hecho negadas cuando vemos el papel que se ven obligadas a aceptar si quieren entrar en la política. La Secretaria de Estado Americana, la Canciller Alemana y la Ministra de Justicia francesa, no habrían podido actuar en el escenario absolutamente masculino de la política sin convertirse en trasvestidas, por muy bien que estén cortados sus varoniles trajes de chaqueta.

Cuando anoche zapeaba entre quince canales de TV y, nada más encender el receptor, una mujer estaba gritando, otra llorando, otra estaba siendo violada y, en nueve de los quince canales, otras cosas por el estilo. Cada noche es peor que la anterior. En lo que respecta a la elite banquera, sólo conozco a una mujer que ocupe uno de los puestos más elevados de la banca. Y es posible comprobar cómo, de forma quizás apropiada, su primer marido desapareció misteriosamente y el segundo fue asesinado en su cuarto de baño.

Pero fijémonos en el término ‘terrorista’ con mayor detalle. Para nosotros los europeos, existe una inquietante fractura entre el contenido intelectual de nuestra educación, que abarcaba la historia, la literatura y las artes, y la weltanschauung que nos ofrecen de forma cotidiana los medios de comunicación con su limitado vocabulario tipo esperanto, y los políticos con su gramática quebrada. La gramática fracturada de los ministros europeos de Alemania, Francia e Inglaterra es bastante escandalosa, pero nunca confrontada por los académicos ¡quizás porque han decidido entrar en el lucrativo negocio de presentarse como expertos en las cuestiones terroristas!

Vamos en consecuencia a recordar la aparición del terrorismo –el término, su aplicación política y su marco filosófico-. La palabra se utilizó por primera vez en el lenguaje de los grandes escritores rusos del siglo XIX. Es importante constatar que solían ir juntas dos palabras: terrorista y nihilista. En la práctica política de la época se consideraban sinónimos.

El terrorista-nihilista, tal y como lo entendían Turgenev y Dostoievsky, no se mostraba como un individuo radical que quería producir un cambio en el ámbito del poder. Era visto como alguien que, al no encontrar una solución a las condiciones terribles de la sociedad y sus fundamentos irracionales, decidía que el discurso político ya no tenía significado alguno. El resultado de este ‘nihil’ era que el terrorista llegaba a la conclusión de que un acto postremo totalmente carente de sentido era un acto de destrucción total –y la destrucción más contundente es la de uno mismo– un acto que retaba a la sociedad a enfrentarse al ‘nihil’ total de la situación contemporánea. Y con un empeño espantoso, los políticos democráticos procedieron a confirmar el acto de la autodestrucción del individuo sumiendo al mundo entero en el suicidio en masa que supuso la Primera Guerra Mundial de 1914-18. Virginia Woolf dijo: “¡En, o alrededor del mes de Diciembre de 1910, el carácter del ser humano cambió por completo!”

Ibsen y Wagner, los dos grandes gigantes del siglo XIX que habían advertido sobre la ruptura de la civilización y su destrucción final –que no sólo estaba cercana sino que era incluso deseada– declararon que todo estaba terminado. El Rosmer de Ibsen y su amante se arrojaron al canal del molino para ahogarse. Brünhilde se tiró al fuego del Valhalla. Tras la Segunda Guerra Mundial, un historiador alemán se dio cuenta de algo que nadie se había atrevido a decir: La guerra de 1914 a 1945 había sido una guerra civil europea absolutamente funesta. Peor aún, había sido una segunda Guerra de Los Treinta Años.

A partir de 1945, lo queramos o no, lo sepamos o no, y nos guste o no nos guste, la clase política descubría que su poder decrecía por momentos. El poder político se manifiesta mediante el control de la riqueza que tiene relevancia. Siempre ha sido así. Hoy en día, la clase política gobierna con la ínfima suma que les concede el presupuesto anual votado por los pagadores de impuestos; mientras tanto, la enorme riqueza de las materias primas, los bienes de consumo y la manipulación de las divisas, sigue estando en manos de una diminuta oligarquía jamás elegida por electorado alguno.

La elite culta europea debe comprender que lo mismo que el terrorismo del siglo XIX en Rusia, que es el auténtico, específico y único precursor moderno del terrorismo actual, tuvo lugar cuando los dos polos se conectaron con la corriente eléctrica de la violencia –el Zarismo y la miseria eran amantes fatídicos que participaron en la explosión– los terroristas de hoy en día son los amantes letales y suicidas que están ineludiblemente ligados a la alta oligarquía de esa enorme riqueza que tiene en su núcleo al sistema bancario y el sistema de materias primas con el petróleo y los metales preciosos. El encuentro de Brünhilde fue con los Dioses y las llamas del Walhalla. Cuando se arrojaba al canal, la Rebecca West de Ibsen acudía a una cita con la vergüenza de su pasado.

Estamos en una situación terrible y la detención de esos terroristas miserables e insignificantes apenas sirve para mostrárnosla. Hay que estudiarla con detalle. Europa necesita renovarse urgentemente. Esta renovación será islámica, y este Islam demostrará que es heredero de la sabiduría de Goethe, el primer gran musulmán europeo, de la sabia, y casi sufi, psicología de Schiller y de la guía e inspiración que se confirmaba en los escritos de Nietzsche y del sublime Rilke.

Mi ruego en este Ramadán es que, en esta encrucijada situada entre las ruinas de una gran civilización, no suprimamos el discurso político genuino entre los musulmanes europeos y todos los demás con una política fascista de intimidación dirigida contra los médicos que han venido con la medicina.

 
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