glosario de terminología islámica pensamiento

EL FIQH RESPECTO A LOS QUE INSULTAN
AL MENSAJERO DE ALLAH,
A QUIEN ALLAH BENDIGA Y CONCEDA PAZ

por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi

Introducción

Allah el Excelso ha dicho en la Surat al-Ahzab (33-57):



“Los que ofenden a Allah y a Su Mensajero,
Allah los maldecirá en esta vida y en la Otra.
Ha preparado para ellos un castigo infame”.

Como veremos a continuación, en el Fiqh no hay opiniones, variaciones o excepciones. En el Din del Islam, la cuestión es clara y meridiana, esto es, en el Fiqh claro y activo que ha sido definido por nuestros cuatro Imams, Imam Abu Hanifa, Imam Malik, Imam Shafi’ e Imam Ahmad, que Allah esté compacido con todos ellos. Fuera de la fortaleza unificada y poderosa que es la Shari’at Islámica existe por supuesto –en cuestiones que deberían ser definitivas y sin apelación alguna– esa disminución, descenso y anhelo por desmantelar el Din que es la marca de los kafirun. En esta última categoría podemos encontrar a esa otra religión, el shi’ismo, que a pesar de vestir el manto del Islam maldice a los Califas y niega a su gente. Y también los modernistas que, bajo el manto del Islam, anhelan en secreto suscribir el contrato del escepticismo occidental; su distintivo en este caso, es el desprecio absoluto de la Ley del Zakat recaudado a la fuerza, la moneda Islámica y la aceptación de los Imams.

En el centro de la cuestión que nos ocupa, está el fracaso significativo de los kafirun a la hora de reconocer cuál es el quid de la cuestión. Esta incapacidad es lo que hace que, por un lado, carezca de significado la trivialidad de su respuesta y, por el otro, su malévola hostilidad hacia nosotros. El fondo del asunto es que nosotros, los musulmanes, amamos al Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz. Para nosotros es una cuestión que está basada en el amor. Millones de musulmanes cantan el famoso poema del Al-Busari “Al-Burda” que contiene una lluvia incesante de bendiciones sobre el Profeta, a quien Allah bendiga y conceda paz, y que llena de lágrimas los ojos de los muminun. De la misma manera, millones de musulmanes recitan el Dala’il al-Jayrat del Shayj Yazuli. Y existen miles de obras similares que han sido escritas a lo largo de los siglos por nuestra comunidad musulmana y que expresan nuestro amor y gratitud por su existencia, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Fijémonos de nuevo en la Surat al-Ahzab. La aleya que precede a la que sirve de base para el juicio legal que nos concierne, es la aleya que designa a la comunidad más elevada, superior y más excelsa: la de aquellos que aman al Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz. Vemos cómo Allah distingue a los musulmanes colocándolos por encima y en contraposición a las hordas paganas de las gentes ignorantes que insultan al Mensajero. Significativamente, la aleya siguiente, indica que los que insultan al Mensajero no sólo cometen una falta imperdonable sino que al mismo tiempo deshonran injustamente a los muminun.

Surat al-Ahzab (33: 56-58):



“Es verdad que Allah y Sus ángeles hacen oración por el Profeta.
¡Vosotros que creéis! Haced oración por él
y saludadlo con un saludo de paz.

Los que ofenden a Allah y a Su Mensajero,
Allah los maldecirá en esta vida y en la Otra.
Ha preparado para ellos un castigo infame.

Y los que ofenden a los creyentes y a las creyentes sin que lo que dicen sea cierto,
Habrán cargado con una calumnia y un delito indudable”.

Muchos de los agravios que han sido resultado del reciente incidente, proceden en realidad de unos medios de comunicación que pertenecen y son manejados por personas que suscriben una oposición militante, y de hecho militar, contra los pueblos musulmanes. El hombre que volvió a poner el asunto en el candelero al publicar las caricaturas en el “France Soir” fue un tal Armand Levey. La conocida y más que parcial cadena de televisión, BBC, envió a toda prisa a uno de sus empleados a la Mezquita Central de Londres. El periodista era un judío que deliberadamente eligió de entre la multitud que allí rezaba, al personaje más desgreñado e incoherente para así ratificar el perfil que se les ordena muestren ante el mundo. En la oración del Yumu’a, el periodista bien podía haberse mezclado con centenares de musulmanes de elevada cultura y refinada educación, pudiendo haber elegido a académicos, abogados u hombres de negocios que ilustrarían con otra cara la cuestión. No obstante, lo que el mundo ha podido ver, es que la Comunidad Musulmana Mundial, que ha tolerado el aluvión cotidiano de insultos por parte de los medios de comunicación, los gobiernos y los militares, esta misma comunidad que ha demostrado el ejercicio de su sagrada tolerancia hasta las mismísimas narices, no está dispuesta a tolerar un ataque contra nuestro amado Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz. Es posible que, en esta ocasión, descubran que son ELLOS los que tienen que practicar la tolerancia. Una tolerancia que reconoce la existencia de una enorme comunidad de hombres, mujeres y niños que no adoran lo que ellos adoran y que nunca adorarán lo que ellos adoran; y esto forma parte de la realidad de la existencia, y cuanto antes lo asuman, mejor para ellos.

De cualquier manera que deseemos configurar e interpretar la furia y la indignación de los miles de musulmanes del mundo entero, hay otro espectáculo que los kuffar deben confrontar: la miserable bancarrota espiritual y emocional del pueblo danés y lo que también es cierto, la de los asombrados y abatidos moradores de esa fortaleza que es la Unión Europea. Desde un punto de vista humano, desde un punto de vista psiquiátrico, el espectáculo de los burgueses daneses, –que viven en una realidad absolutamente subvencionada– sujetando sus estúpidas velas, demuestra claramente que son incapaces de entender que viviendo entre ellos hay personas para las cuales las realidades invisibles son superiores, más importantes y de hecho, son cuestión de vida o muerte. El pueblo danés se ha alejado mucho del escritor cristiano Kierkegaard. Ya no tienen miedo ni tiemblan ante el Señor Divino del Universo; sólo tiemblan y tienen miedo de su insulsa e impersonal existencia basada en el bienestar material, proveedores de alcohol para el mundo entero, especialmente para sus propios hijos.

En este asunto existe también una dimensión de la que debemos hacernos responsables. A pesar de que un análisis exhaustivo de sus causas es algo que nos compete a todos, está fuera del ámbito de este hukm. No obstante, estamos obligados a indicarlo a fin de poder obtener una visión clara del asunto que nos ocupa. Esta dimensión consiste en que los musulmanes somos una comunidad con una Ley, y que sólo podemos vivir bajo la autoridad de un Emir que, en nombre de su gente, defiende esa Ley. La asuencia de un Emir es lo que impide que, hablando con propiedad, la cuestión pueda abordarse de forma legal. Esto no significa sin embargo, que ante la ausencia de un Emir la cuestión desaparece. Lo que significa es que debe ser estudiada en relación a esta ausencia primordial de una autoridad que está al mando. Para comprenderlo mejor podemos fijarnos en dos ejemplos. Uno de ellos es la respuesta de un líder musulmán débil. El otro es la respuesta de un líder no-musulmán, un shi’a.

Hace unos años estuve en Abu Dhabi. Años antes había auspiciado la celebración de una Conferencia sobre el Fiqh Maliki en Granada, España. El, en aquel entonces, Qadi Supremo de los Emiratos Árabes Unidos, Shaykh Al-Mubarak, un reconocido erudito maliki, se ofreció a servir de anfitrión para una segunda Conferencia que tendría lugar al año siguiente en Abu Dhabi. En la Ceremonia de Apertura y ante un impresionante despliegue de eruditos expertos en el ‘Amal de la Ahl al-Madinah, el entonces Presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Shayj Zayed, pronunció un discurso de bienvenida. En el mismo anunciaba públicamente su intención de gobernar los emiratos conforme a la Shari’at del Islam.

Durante mi estancia en los Emiratos, el periódico en lengua inglesa del país, publicó un artículo firmado por un médico indio en el que se insultaba claramente al Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz, e incluso al mismo Corán. Indignado, llevé el periódico a Shayj Al-Mubarak. Su respuesta fue inmediata. Ordenó que se tradujera el texto al árabe. Cuando recibió la traducción confirmó que debía actuarse legalmente. El hombre fue detenido y acusado de haber insultado al Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, y al Corán. El hombre era un musulmán modernista, pero lo más destacable es que la indignación procedía de la comunidad hindú que vivía felizmente en los Emiratos. El tribunal lo declaró culpable, pero aplazó la ejecución de la sentencia. El gobierno indio, que se declara laico pero que en realidad hace sus actos de adoración en templos con monos, elefantes y un hombrecillo azul, intervino en nombre de la famosa “Tolerancia”. El resultado fue que el despreciable médico fue despachado a la India antes de poder ejecutar la sentencia. El hecho de haber perdido un trabajo lucrativo, un buen salario y una casa maravillosa no significó para los musulmanes un final satisfactorio del asunto.

Todo ello había sido el resultado directo de la debilidad mostrada por un gobernante árabe; y sin embargo ya se sabía que no podría defender el honor del Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, puesto que había asumido el poder aceptando que los pagos del petróleo de Abu Dhabi se harían en papel moneda. Lo curioso es que su padre había sido asesinado por insistir en que tenía que pagarse con lingotes de oro.

El otro ejemplo es el caso ya olvidado del novelista indio shi’a. En aquella época, la postura del gobierno iraní era: “Todos somos musulmanes unidos”. Es posible que a fin de mostrarse, de alguna manera, como el Defensor de la Fe, el Imam Jomeini emitió un Fatwa que exigía la ejecución del despreciable autor. El resultado es de sobra conocido. Lo que ocurrió en realidad, es que estableció un cordón de seguridad en torno al criminal que, costando millones de dólares, no sólo garantizó su integridad física sino también su encumbramiento como icono entre los ateos. Como si esto no fuera suficientemente desastroso, un gobierno iraní posterior anuló el Fatwa. Luego, una vez más, se anunció que sí, que seguía operativo, pero que no debía ejecutarse.

Lo que esto pone en evidencia, es que la acción del Emir Shi’a, privada de la aplicación del Fiqh Islámico, no consiguió lo que había declarado ser su intención primordial.

El Shayj de los Ijwan al-Muslimun, Al-Qardawi, ha hecho un llamamiento a lo que describe como “Día Internacional del Enfado”, algo que ni siquiera es digno de desprecio.

Siguiendo su vergonzosa postura tradicional, el Presidente de Palestina apareció en la televisión para condenar el insulto, pero inmediatamente pidió a su pueblo que no cometiera actos de violencia. Dicho con otras palabras: está permitido que los palestinos maten a mujeres y niños israelitas y que envíen a sus hijos a suicidarse para recuperar una tierra que les ha sido robada, pero en lo que respecta a la defensa obligada del Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz, no debían levantar un sólo dedo.

Lo que podemos ver en este asunto es que la falta de un liderezgo musulmán, unido a la existencia de un falso liderazgo que pretendiendo ser musulmán no lo es, nos ha situado a todos en una posición muy vulnerable. Pero en lo que respecta al Fiqh sobre este tema no hay duda. No existe la menor duda al respecto.

* * * * *

HUKM

El juicio de la Shari’at con respecto a quien insulta o menosprecia al Profeta.


El QADI ‘IYAD IBN MUSA AL-YAHSUBI, uno de los más destacados fuqaha de la Escuela del ‘Amal de la Ahl al-Madinah –que ha sido llamada ‘Umm al-Madhahib y a la que Ibn Taymiyya en un texto bien conocido otorgó a sus juicios la supremacía por encima de todos los madhhabs– DECLARÓ:

“Debe saberse que todo aquel que maldiga a Muhammad, a quien Allah bendiga y conceda paz, le culpe de algo o atribuya imperfección alguna a su persona, su linaje, su Din o alguna de sus cualidades, o alude a ello o a algo similar mediante cualquier medio, ya sea en la forma de una maldición, o como desprecio, menosprecio, o restándole méritos, encontrando defectos e incluso con la calumnia, el juicio que se aplica esa persona es el mismo que se aplica a quien lo maldice. Se le mata tal y como luego veremos. Este juicio se extiende a todo aquello que signifique una maldición o un menosprecio. No nos cabe la menor duda al respecto, haya sido de forma clara y manifiesta o bien por alusión indirecta.

Lo mismo se aplica a todo aquel que lo denigra, incita en contra suya, desea causarle daño, le atribuye algo que no le beneficia o bromea sobre su elevado asunto en la conversación, con una sátira, con palabras desagradables o mentiras; o le injuria por algunas de las aflicciones o pruebas que tuvo que padecer, o lo menosprecia por alguno de los acontecimientos humanos permisibles y de sobra conocidos que le acontecieron. Todo esto forma parte del consenso de los ‘ulama y los imams de los fatwas desde el tiempo de los Compañeros hasta nuestros días.

Abu Bakr ibn al-Mundhir dijo que el grupo principal de la gente de conocimiento suscribía que todo aquel que maldice al Profeta debe ser matado. Este grupo incluye a Malik ibn Anas, al-Layz, Ahmad ibn Hanbal e Ishaq ibn Rahawayh, y es también la postura de la escuela Shafi’i. El Qadi Abu’l-Fadl dijo que está basada en la declaración de Abu Bakr as-Siddiq. Y el arrepentimiento no es aceptado. Algo similar fue declarado por Abu Hanifa y su gente, az-Zawri y la gente de Kufa y al-Awza’i con respecto a los musulmanes”. […]

“Ibn al-Qasim dijo en la ‘Utbiyya: ‘Quien lo maldice, lo injuria, encuentra defectos o le menosprecia, debe ser matado”.

“Los fuqaha de Andalucía proclamaron en un fatwa que Ibn Hatim, el erudito de Toledo, debía ser matado y crucificado porque había un testimonio que afirmaba haber frivolizado con lo que se merece el Profeta, llegando incluso a declarar que su zuhd no era intencionado, y cosas por el estilo”.

“Los fuqaha de la Qayrawan (la gran mezquita y antigua universidad islámica cercana a Túnez) y los compañeros de Sahnun, emitieron un Fatwa para ejecutar a Ibrahim al-Ghazari, un poeta y maestro de muchas ciencias. Fue uno de los que asistieron a la reunión de Qadi Abu’l-Abbas ibn Talib para fomentar la discusión. Fue acusado de cosas muy desagradables, tales como burlarse de Allah, de Sus profetas y de nuestro Profeta. El Qadi Yahya ibn ‘Umar y otros fuqaha ordenaron detenerlo, crucificarlo cabeza abajo y matarlo. Uno de los historiadores relató que cuando alzaron el poste al que estaba atado, el cuerpo se apartó la qibla. Esto fue interpretado como una señal y la gente hizo Takbir. Luego vino un perro y lamió la sangre”.

“Habib ibn Rabi’ al-Qarawi dijo que la postura de la escuela de Malik y sus compañeros (esto es, la Escuela de Madinah) es que a todo aquel que insulta al Profeta se le mata sin tan siquiera preguntarle si se arrepiente de lo dicho”.

“Ya hemos mencionado el consenso que existe entre los ‘ulama. Con respecto a las tradiciones (hadices), al Husayn ibn ‘Ali relató de su padre que el Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz, había dicho al respecto: ‘Quien maldiga a un Profeta, matadlo. Quien maldiga a mis Compañeros, apaleadlo’. Esto puede encontrarse en at-Tabarani y ad-Daraqutni”.

“En un hadiz verificado se narra que el Profeta ordenó la muerte de Ka’b ibn al-Ashraf. Para ello hizo la siguiente pregunta: ‘¿Quién se va a ocupar de Ka‘b ibn al-Ashraf? Ha perjudicado a Allah y a Su Mensajero’. Envió a una persona para que lo ejecutara sin llamarle al Islam, a diferencia del resto de los mushriks. El motivo de esta acción fue que había perjudicado al Profeta. Esto indica que el Profeta ordenó matarlo por un motivo diferente al shirk. Fue por el perjuicio causado”.

“En otro hadiz que habla de un hombre que solía insultar al Profeta, se relata que dijo, a quien Allah bendiga y conceda paz: ‘¿Quién me va a librar de mi enemigo?’. Jalid dijo: ‘Yo lo haré’. El Profeta lo envió y Jalid lo mató’”.

En este momento es importante comprender que cuando el Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz, ordena matar a esos enemigos, lo hace en defensa y protección de la Revelación Divina, además de la obligación de protegerse a sí mismo para poder completar su misión. A la luz de estos hadices podemos ahora comprender el grave error de Jomeini cuando emitió su fatwa. Un Emir está obligado a emitir un fatwa público e inmediato en defensa de los muminun, pero nosostros observamos una diferencia entre poner en peligro a los muminun y un ataque contra el Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz. Atacarlo no sólo es un ataque contra el Mensajero designado por la Divinidad, sino contra la Revelación en sí, razón de que nuestros ‘ulama lo distingan de cualquier otra forma de ataque. Está considerado como un acto de guerra.

En un hadiz de sobra conocido, el Profeta, a quien Allah bendiga y conceda paz, dijo: “La estrategia es parte de la guerra”. Lo que nosotros deducimos de ésto, es que cuando se da el caso de un ataque directo mediante el insulto contra el Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, debe aplicarse una estrategia que garantice la eliminación del enemigo. Por esta razón, el atacante debe ser identificado. Luego, una o varias personas son enviadas para aplicar la sentencia emitida. Luego, y sólo después de haber ejecutado al culpable, se hace pública la orden para así impedir que se cometan actos semejantes. El error de Jomeini es que hizo público el fatwa antes de haberlo ejecutado, hecho que lo convirtió en inútil. Claro que siempre existe la posibilidad de que éste fuera el objetivo del Fatwa desde el principio.

“En el hadiz de Abu Barza as-Aslami se dice: ‘Un día que estaba sentado con Abu Bakr as-Siddiq ví que se enfadó con uno de los hombres musulmanes’. El hombre había insultado a Abu Bakr. An-Nasa’i se le acercó y dijo: ‘Califa de Allah, déjame que le corte la cabeza’. Abu Bakr dijo: ‘Siéntate. Eso sólo se hace por el Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz’”.

“El Qadi Abu Muhammad ibn Nasr dijo: ‘Y no hubo nadie que estuviese en desacuerdo’. Los Imams toman ésto como prueba de que todo aquel que hace algo que pueda anojar, perjudicar o insultar al Profeta, debe ser ejecutado”.

“Está también la carta de ‘Umar ibn ‘Abdu'l-’Aziz a su gobernador de Kufa. Este le había pedido consejo sobre la posible ejecución de un hombre que había insultado a ‘Umar. ‘Umar escribió diciendo: ‘No es lícito matar a un musulmán por insultar a otro musulmán excepto en el caso del Mensajero de Allah. Si alguien lo insulta, que Allah lo bendiga y le conceda paz, su sangre es lícita”.

En este punto el Qadi ‘Iyad hace una observación importante: “Quien insulta o menosprecia al Profeta, muestra síntomas claros de que tiene una enfermedad en el corazón”.

Nuestros ‘ulama han confirmado de forma unánime que este juicio se aplica a los musulmanes, los dhimmi (los que están bajo la protección de los musulmanes) y los kafirun. Todos están sometidos a este juicio legal.

“En ‘El Libro de Muhammad’, los compañeros de Malik nos han transmitido que él había dicho que todo aquel que, siendo musulmán o kafir, insulte al Mensajero de Allah o a cualquier otro Profeta, es ejecutado sin exigirle el arrepentimiento. Ibn Wahb relató de Ibn ‘Umar que un monje profirió un ataque verbal contra el Profeta, a quien Allah bendiga y conceda paz, y ‘Umar había preguntado: ‘¿Por qué no lo matásteis?’”.

“En ‘An-Nawadir’, obra escrita por Ibn Abi Zaid al-Qayrawani, el autor de la archiconocida “Risala”, de la versión de Sahnun, de Malik, encontramos que dice que todo judío o cristiano que insulte al Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz, de manera distinta a la que suelen rechazarlo, es decapitado a no ser que se haga musulmán”.

Este es sin duda el núcleo del asunto que nos ocupa. Los arrogantes kuffar tienen que aprender que este mundo contiene una comunidad de dos mil millones de personas que tienen leyes diferentes a las suyas y de las que nunca podrán renegar, puesto que mientras sus leyes están basadas en el miedo las nuestras lo están en el amor. El Qadi ‘Iyad transmite una narración muy interesante de Malik que podría decirse representa exactamente las emociones de los millones de musulmanes del mundo entero que han sido ofendidos con este asunto.

“Ibn al-Qasim dijo que preguntaron a Malik acerca de un cristiano de Egipto contra el que existía un testimonio de haber insultado al Mensajero de Allah, a quien Allah bendiga y conceda paz. El asunto era muy alarmante. Le preguntaron a Malik si debían matarlo para que la gente estuviese a salvo de él. Tras un cierto tiempo, Malik dijo que el hombre debía ser decapitado. Y luego añadió: ‘Casi no dije nada al respecto, pero luego me dí cuenta de que no podía callarme’”.

* * * * *

El Fiqh es claro. No hay discusión alguna. No puede haber opiniones. El juicio es que los kuffar están obligados a darse cuenta de nuestra existencia y que lo que es sagrado para nosotros jamás permitiremos que sea violado. Los kuffar deben darse cuenta –y puede que, si son inteligentes, lo hagan incluso con un trauma– de que a ellos no hay nada que les importe de esa manera porque están fuera del gran círculo formado por los que aman a Allah y a Su Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz.

La altanera indignación de los que tanto hablan de la libertad de expresión, una fantasía inventada, tiene que calmarse. No somos estúpidos. Nosotros sabemos, y ellos también, que no hay ni nunca ha habido libertad de expresión en sociedad alguna. Desde California hasta los Cárpatos, si hoy dices una sola palabra en contra de los judíos o propones ideas históricamente indefendibles sobre la no existencia del genocidio nazi, eres inmediatamente encarcelado. Europa solía enviar a la cárcel a los que defendían la misma absurda actitud al afirmar que la tierra era plana. ¿Quizás el periódico danés quiera ahora convocar un concurso sobre la mejor caricatura sobre Auschwitz, aunque sea solo para demostrar que lo que es bueno para tí también lo es para mí?

Existe la opinión fundamentada de que el asunto fue resucitado en Francia para desviar la atención de la desastrosa situación que vive Israel donde la gente se apiña impotente en torno a la figura moribunda, zombificada del viejo general que les ha dejado sin un líder. El asunto por supuesto que no ha terminado. A los débiles y extrañamente silenciosos gobiernos de los kuffar sería conveniente aconsejarles que aten los perros. Los gobiernos de los países musulmanes, que son los primeros a los que se debe culpar, sería conveniente que reflexionaran sobre el consejo de Ibn Jaldún inspirado en su estudio del Corán: “Ellos también pasarán”.

Allah el Excelso ha dicho en la Surat al-Kafirun (109: 1-6)
:



“En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo
Di: ¡Incrédulos!
Yo no adoro lo que adoráis
ni vosotros adoráis lo que yo adoro.
Yo no adoraré lo que vosotros adoráis,
ni vosotros adoraréis lo que yo adoro.
Para vosotros vuestra adoración y para mí la mía”.


 
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