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"La Crisis Mundial"
por
Shayj
Dr. Abdalqadir As-Sufi
16/08/2009
Todo
el mundo sabe que el mundo está en crisis y todos se sienten
absolutamente impotentes al respecto. Se nos ha dicho que, con el
sistema democrático, NOSOTROS gobernamos. La realidad es
que vivimos, no bajo una tiranía, sino bajo un sistema de
muchas capas, inaccesible y predeterminado con el que garantizar
que el slogan del ‘cambio’ significa, como predijo Lampedusa,
que todo sigue igual.
Desde 1945 y el Diktat de Bretton Woods, se impuso una ruptura categórica
entre la economía y la política o, tal y como fue
presentado, entre el gobierno del Estado elegido entre varios partidos
y el mercado ‘libre’ de los productos básicos
y las divisas. Los ciudadanos cubrían con sus impuestos el
coste de los servicios sociales. De la clase financiera no se esperaba
cosa alguna. Sus beneficios eran sólo para ellos. El resultado
fue un sistema político que vivía de los impuestos
que pagaban las masas y que, políticamente, estaba bajo el
poder de la clase financiera. Poder y riqueza son sinónimos,
poder y Parlamento son antónimos. Los dos lenguajes resultantes
–uno para las ‘democracias’ y otro para las finanzas–
sumieron al mundo en la ignorancia. Cuando colapsó el sistema
monetario, la gente decía: “¿Cómo no
pudisteis predecir el colapso?”. No hubo respuesta satisfactoria
puesto que si la política era impotente a la hora de actuar,
las finanzas eran incapaces de pensar.
Como el poder en sí es riqueza y dado que la clase política
ha sido desenmascarada como esa escoria urbana que se alimenta de
los detritos de la anarquía social, ha llegado el momento
de examinar nuestra situación actual, dinero y discurso,
con un único vocabulario.
Nuestra primera tarea es eliminar los banales eslóganes morales
que pergeñó la democracia tras la conquista americana
de Europa en el año 1945. Todavía en uso por la clase
política de los EE.UU. en el 2000, el terreno moral bipolar
del mal absoluto contra las fuerzas del bien, utilizado por las
fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, nos llevó a
otra serie de guerras. Tal y como decía el Presidente de
los EE.UU. en su actividad intelectual más elevada, el enemigo
“¡eran los Malos!”. Mejorado por su equipo intelectual
de respaldo, el enemigo fue redefinido como “el Eje del Mal”.
Como ninguno de los protagonistas actuales en la lucha o el poder
siguen religión alguna, como ateos que son, carecen de fundamento
para estos imperativos morales. Hoy en día, los miles de
millones de Musulmanes que se extienden por el mundo y no están
afiliados al Estado, son los únicos que pueden evaluar las
acciones humanas desde una perspectiva Divina. Tal y como dijo Dostoievski
a una asombrada Europa: “Si se niega la existencia de Dios,
todo está permitido”.
En la perspectiva del capitalismo ateo de nuestros días debe
comprenderse que lo ocurrido desde 1900 hasta hoy, es una batalla
a escala mundial por la riqueza que suponen los productos básicos,
impelida por una economía sin valor alguno basada en meros
números que se esfuerza con denuedo por controlar esos productos
para encubrir su bancarrota fundamental. En Sudáfrica, Europa
comenzó con los británicos, los holandeses y los judíos
que arrebataron el oro y los diamantes a unos aborígenes
primitivos. La expansión europea saltó en pedazos
en su mismo centro con la segunda guerra europea de los Treinta
Años, de 1914 a 1945. El asesinato en masa fue la práctica
compartida por todos los participantes. La única diferencia
perceptible era cómo querías morir. ¿Preferirías
la cámara de gas, ser incinerado en una ciudad devastada
por bombas incendiarias o congelado en un archipiélago remoto?
¿Hay una estadística del genocidio que te haga ser
‘más’ malvado? ¿Auschwitz o Hiroshima?
La clase política decretaba las masacres que causaban las
guerras, pero la clase financiera las necesitaba por ese defecto
ineludible de la máquina capitalista: la ilógica función
del interés en la actividad mercantil racional.
Una vez identificadas como un solo sistema integrado estas dos autoproclamadas
entidades separadas, es preciso contemplar y evaluar todo lo demás
de manera diferente.
La guerra de 1914-1945 no solo atestiguó el fin del orden
europeo monárquico nacional sino también el del Estado
soberano como organismo diferenciado. La Organización de
las Naciones Unidas anunció el fin de las naciones y el comienzo
de las unidades supranacionales. En poco más de una década,
su Asamblea General era impotente (había sido el súper-Parlamento
en términos ‘políticos’). El Consejo de
Seguridad mostraba ahora cuál era el nuevo poder de control
de los nuevos Súper Grupos.
Con las masas acorraladas y privadas de identidad, el verdadero
módulo de poder empezó a mostrar sus bazas. Las masas,
informes y mudas, se habían convertido en la amorfa ‘Comunidad
Internacional’, una ‘cosa’ pasiva controlada por
los medios de comunicación.
El sistema de poder ahora en actuación, a finales del 2009,
puede observarse en el periodo que va de 1945 hasta el año
2000. Es una oligarquía controlada y dirigida por los Cuatrocientos.
Los Cuatrocientos son esas personas (y familias) que conjuntamente
y a lo largo y ancho del planeta, gestionan la banca, las instituciones
bursátiles y los instrumentos de intercambio.
Los Cuatrocientos iniciaron inmediatamente el programa mundial de
fusiones y adquisiciones que implicaban, en primer lugar, la absorción
de los grupos comunistas que no pertenecían al sistema. La
operación clave de la nueva hegemonía se enfrentaba
a una sola y enorme entidad: China. Los últimos sesenta años
han sido el programa, prácticamente continuo, de la guerra
contra China.
La guerra comenzó con la invasión de Corea. Conllevaba
todas las nuevas características de la guerra pos nacional.
Tenía que presentarse como una actividad de las naciones
‘libres’ que se enfrentaban al totalitarismo.
Nació la Coalición. A partir de ese momento iba a
ser el instrumento de guerra de los Cuatrocientos. De 1937 a 1945,
la clase política de los EE.UU. andaba a trompicones entre
el criterio equivocado y la política desastrosa, permitiendo
al final que el comunismo tomase el poder gracias a la absoluta
ineficacia de los responsables del Ministerio de Asuntos Exteriores.
La polarización entre China y los EE.UU. no era uno más
de los muchos conflictos de la Guerra Fría, sino que era
la prueba que demostraba que, a partir de ese momento, todos los
programas políticos eran doctrinas económicas.
Con la caída del notorio General Chang Kai-Shek tuvo que
aceptarse la amarga realidad: China estaba al margen del nuevo orden
mundial de los Cuatrocientos. El Generalísimo tenía
en Washington el mote de ‘General Págame el Cheque’.
Puede que lamenten en vano no haber hecho lo que pedía.
Corea no sólo fue el primer conflicto de importancia entre
China y los EE.UU., sino también el primero en mostrar el
nuevo nexo de poder. Desde el interior de las antiguas formas nacionalistas
(EE.UU. como entidad política) que todavía sobrevivían
desde la Segunda Guerra Mundial, el General MacArthur fue el jefe
militar capaz de vislumbrar sin temor alguno la política
de la guerra en términos político/militares. Él
vio lo que todavía no podía ser confrontado: la nueva
situación de poder exigía la guerra, una guerra total,
primero contra el segundón y luego contra el verdadero enemigo,
China. Truman le ordenó detener la operación ‘militar’
para llegar a un acuerdo ‘político’. MacArthur
dijo que si los EE.UU. no llevaban la guerra hasta el final, Corea
del Norte, un mero apéndice de China, volvería a retar
a los EE.UU. Tenía razón, por supuesto, y hoy en día
una Corea del Norte nuclear juega un papel destacado en la política
de los EE.UU. con respecto a Asia; una amenaza que retiene a los
EE.UU. a un par de pasos de la invasión de China. Del mismo
modo que Polonia sirvió para retrasar y entorpecer la guerra
entre Rusia y Alemania, la Corea de nuestros días se alza
como un hito entre China y los EE.UU.
La fase siguiente de la guerra demostró ser una terrible
derrota y humillación moral para las fuerzas –de nuevo
en Coalición– que lucharon en Vietnam. Esto, más
aún que Corea, demostró que Viet Cong era un satélite
de China.
La continuación del conflicto hacia Camboya mostró
la forma cínica en la que los Cuatrocientos estaban dispuestos
a desestabilizar toda una nación en nombre de la ideología
de los banqueros. Con una debilitada Inglaterra entregando Hong
Kong a China en bandeja de plata, los Cuatrocientos establecieron
inmediatamente a Macao como ‘isla’ capitalista sustituta
disfrazada de casino. Ya habían arrebatado a Malasia el enclave
bancario de la península de Singapur. Los Cuatrocientos lo
habían basado en el modelo europeo de Luxemburgo, un principado
minúsculo que consiste de un castillo, un garaje y varios
bancos, pero con estatus nacional dentro de Europa e incluso alardeando
de ejercer el veto ante cualquier legislación.
Cuando China invadió el Tíbet, el Dalai Lama fue utilizado
como negociador oficial, lo mismo que los EE.UU. habían hecho
antes con Chang Kai-Shek. Cuando la oligarquía de los banqueros
fue a por Afganistán, todo su sistema estaba en peligro.
La ‘Coalición’, ahora elegantemente disfrazada
bajo el módulo de rescate de la OTAN, tenía un argumento
de sobra convincente para explicar la guerra en esa zona. Estaban
persiguiendo al padre del terrorismo Wahhabi, Bin Laden, muerto
en realidad hacía varios años, además de combatir
a los satánicos Talibán, en realidad los jóvenes
de un país que luchan por su independencia. Los Cuatrocientos
consideraban que la ocupación de Afganistán era absolutamente
necesaria para su propia supervivencia. Afganistán era necesario
en el sentido descrito por el historiador griego Tucídides:
un ‘EPITEICHISMOS’. Según sus propias palabras:
“podemos fortificar una posición dentro de su propio
territorio”. Es decir, tomar militarmente un país FRONTERIZO
con China. Al hablar de esta táctica, Tucídides dice:
“La guerra no es algo que sigue reglas establecidas. Justo
lo contrario. La mayoría de las veces, la guerra toma sus
propias soluciones cada vez que se enfrenta a una eventualidad”.
En consecuencia, Afganistán es esa base fortificada situada
en su territorio (el de China) desde la que la oligarquía
de los Cuatrocientos puede desencadenar el próximo y quizás
definitivo conflicto.
Anticipándose y preparando las fuerzas de la Coalición
para alcanzar este objetivo, un General Británico dijo que
las fuerzas invasoras actuales deberían quedarse en la zona
durante cuarenta años.
¿Acaso no es una cuestión urgente que exijamos a los
Ministros de Defensa y otros políticos relevantes una respuesta
a esa afirmación? ¿Se ha garantizado de forma adecuada
la satisfacción natural (y contranatural) de las necesidades
sexuales de las fuerzas de la Coalición? ¿Sugieren
acaso que las fuerzas de la OTAN es el primer ejército de
ocupación de la historia que carece de impulsos sexuales,
algo que se acentúa aún más con las matanzas?
¿Se enviarán aviones llenos de prostitutas, tal y
como hizo Alemania trayéndolas de la Europa Oriental para
la Copa del Mundo? ¿Las tropas estadounidenses conseguirán
jóvenes de forma legal como hacen en América? ¿La
prostitución estará en manos del Estado o será
un negocio privado como exige el capitalismo? ¿Las prostitutas
legalizadas pagarán el impuesto sobre la renta y aplicarán
el IVA a los clientes? ¿Tendrán derecho a afiliarse
a un sindicato como hacen en Europa?
¿Podrá el gobierno de Coalición garantizar
a los afligidos padres que justo hasta el momento de su muerte se
hizo todo lo posible para satisfacer sus necesidades?
Este es un aspecto fundamental de la guerra contra Afganistán,
como lo ha sido en toda guerra prolongada anterior a esta destrucción
de un gran pueblo Musulmán.
¿Qué vas a hacer, oh Ummah Musulmana? Esta
situación es un producto de la banca, sí. Y de la
‘Banca Islámica’ en particular, puesto que suscribe
nuestra aceptación pasiva del kufr.
De momento, los dos grandes protagonistas nos ignoran por completo;
tanto la Coalición de los Banqueros como la Tiranía
China nos masacran sin que les preocupe ni les remuerda la conciencia.
Y sin embargo, del mismo modo que la oligarquía de Esparta
se embarcó en su larga guerra contra Atenas, distraida sólo
en parte por una Persia emergente, también en nuestros días
los dos poderes en conflicto, a pesar de estar distraidos de nuevo
por Irán, están tan empecinados en su programa de
dominio del planeta que no son capaces de ver el nuevo gran poder
mundial que está listo para emerger. Este poder es la forma
más elevada de la civilización humana que ahora está
roto y exhausto por las persecuciones y, lo que es aún peor,
por el dominio de una ‘Aqida falsa Ismailita/Shi’a
y por la maldición kafir del suicidio. Este poder
es la gran madre patria del amor Divino, el Islam.
El antiguo mundo de Esparta y Atenas fue barrido a un lado cuando
surgió Roma con su visión más elevada del ser
humano como legislador y administrador; del mismo modo, la fuerza
decadente de América, apuntalada únicamente por su
tecnología militar, y las masas incultas y subhumanas de
la China atea serán barridas por una comunidad mundial que
tiene una visión más elevada del ser humano. ¿Cuál
es esa visión más elevada que se necesita de forma
tan urgente? En el Islam, el hombre es el guardián del mundo,
de sus tierras, sus aguas, su aire y de todas las criaturas vivientes.
El regreso del Islam significará el rescate ecológico
de un planeta moribundo.
Allah el Excelso declara en la Surat al-An’am (6:
167):
“Y Él es Quien os ha hecho jalifas en la tierra”
Y en la Surat al-‘Araf (7:137):
“Así hicimos que los que habían sido
subyugados antes, heredaran
los orientes y los occidentes de la tierra que habíamos bendecido”
El rescate de Allah de la humanidad y la tierra entera, vendrá
de Samarcanda, Balkh, Kashi, Lahore, Kazán, Ajmer, Granada
y Sarajevo.
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