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El Estado de la Umma
Shaykh
Dr. Abdalqadir As-Sufi
febrero 2006
Allah, glorificado sea, ha declarado en la Surat al-Ahzab (33: 35-36):

“Es verdad que a los musulmanes y a las musulmanas,
a los creyentes y a las creyentes,
a los obedientes y a las obedientes, a los veraces y a las veraces,
a los pacientes y a las pacientes, a los humildes y a las humildes,
a los que dan con franqueza y a las que dan con sinceridad,
a los que ayunan y a las que ayunan,
a los que guardan sus partes íntimas y a las que las guardan
y a los que recuerdan mucho a Allah y a las que recuerdan;
Allah les ha preparado un perdón y una enorme recompensa.
No corresponde a ningún creyente ni a ninguna creyente elegir
cuando Allah y Su Mensajero han decidido algún asunto.
Quien desobedezca a Allah y a Su Mensajero,
se habrá extraviado en un extravío indudable”.
La
responsabilidad primordial de los musulmanes es adorar a Allah,
glorificado sea, conforme a lo que Él ha decretado en Su
Revelación Divina del Corán junto con la Sunna del
Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, y su modelo fundacional,
esto es, el ‘Amal de la Gente de Madinah al-Munawwara, la
Ciudad Iluminada. Si los ateos materialistas, por mucho que pretendan
ser cristianos o judíos, aprueban procedimientos que interfieren
con la obligación de los musulmanes de glorificar a Allah,
ensalzado sea, que es un mandato divino, corresponde a los musulmanes
oponerse y eliminar el obstáculo que impide la práctica
del Din al-Haqq.
Los musulmanes debemos ser conscientes de que los enemigos del Islam
no pueden triunfar porque sus acciones se oponen a las leyes con
las que ha sido establecida la existencia. Las leyes de la creación
no son algo oculto. Son de sobra conocidas y fáciles de reconocer,
no solo por los científicos, sino también por cualquier
persona dotada de intelecto. El sistema económico de los
kuffar devora la energía natural de la tierra con una ambición
tan desatada, que la armonía del mundo natural, que está
establecida con ese equilibrio perfecto que es la Rububiyya de Allah,
acaba por ser destrozada. El kufr de los kuffar consiste en que,
a pesar de saber que la explotación de los recursos minerales
del planeta significa la destrucción del ecosistema, cubren
esa realidad produciendo con ello su destrucción y la de
todos los demás. El proyecto social de kufr es el suicidio
en masa, pero como su propia naturaleza es el encubrimiento de la
verdad, lo llaman sistema globalizado de paz y armonía regido
por representantes libremente elegidos por medio del sufragio universal.
En 1901, HG. Wells, el pensador más destacado del ateismo
materialista, escribió “Previsiones de los Efectos
del Progreso Mecánico y Científico sobre la Vida y
el Pensamiento Humanos”. En esta obra, Wells predecía
lo siguiente: “Con esa multitud de criaturas imbéciles
y despreciables, atemorizadas, impotentes e inútiles, infelices
u odiosamente felices en su plena y miserable deshonra, débiles,
grotescos, ineficaces, presas de apetitos irrefrenables, que crecen
y se multiplican mediante la incontinencia y la estupidez, los hombres
de la Nueva República tendrán poca compasión
y menor benevolencia”. AN. Wilson comentaba: “Uno de
los científicos que trabajó en el proyecto de la bomba
arrojada sobre Hiroshima, Leo Szilard, dijo que la idea de la reacción
nuclear en cadena se le ocurrió por primera vez al leer la
obra de Wells “El Mundo Liberado” (1914) en la que se
habla de bombas atómicas arrojadas en los años 1950
sobre ciudades del mundo entero y que matan a millones de personas”.
Wilson continúa diciendo: “El que autorizó el
bombardeo de Hiroshima no fue una especie de tirano napoleónico,
sino un abogado de pueblo, el Presidente Harry S. Truman, cuyo rostro
bien podía haber sido usado como imagen decorativa en la
portada de una comedia suburbana de HG. Wells”.
Y así es como se nos dice que los repetidos actos genocidas,
los asesinatos en masa, la destrucción de ciudades enteras,
Hamburgo, Dresden, Guernica, la contaminación química
del Agente Naranja en Vietnam y Camboya, la destrucción aparentemente
gratuita de naciones enteras, Iraq y Afganistán, es necesaria
para conseguir un mundo libre y listo para la democracia. Lo que
se deduce de todo esto, es que el principio determinante de lo que
sin duda alguna es la destrucción mutua sin paliativos, es
el principio categórico en el que se basan todos los actos
del horror. Lo que nos atañe a nosotros es saber qué
es en realidad, puesto que en la definición oficial para
las masas, es sorprendente constatar lo ambiguo y extraño
que son sus condiciones necesarias.
La democracia declara que en un sufragio universal, los hombres
y las mujeres de una entidad nacional definida de antemano, pueden
elegir a los que van a regir sus asuntos. Y así es como,
a pesar de que el líder elegido y su gobierno ejercen la
autoridad durante un periodo de tiempo determinado en una zona también
determinada, la Nación-Estado, la cuestión no termina
ahí. Aparentemente, esta bendita perfección no se
alcanza cuando el régimen está solamente en manos
de un Presidente o bajo el gobierno de un solo partido. Para ellos,
esta situación poco satisfactoria, incluye esos países
gobernados por la monarquía, exceptuados aquellos cuyos monarcas
están sometidos a un parlamento, como es el caso de Inglaterra.
En la naturaleza de la fuerza motriz del torbellino democrático
está que estos grupos sean reestructurados, debiendo ser
considerados como algo transitorio. En la configuración definitiva,
la única excepción a la forma de gobierno democrática
serían la Ciudad del Vaticano para todos los cristianos (les
guste o no), y Kerbala para las religiones Shi’a e Islámica
definitivamente unificadas (les guste o no).
En la retórica de esta aparente urgencia del mundo unificado
por otorgar a las masas su derecho a elegir sus dirigentes y su
gobierno, hay una perspectiva histórica falsa diseñada
para acallar a los que intenten rechazar esta idea tan sublime.
Existe un escenario que ha sido ahora consagrado en todos los libros
de texto desde Helsinki hasta La Paz, en las publicaciones de Historia
desde Londres hasta Sydney y en cada uno de los Canales de Historia
de la TV emitidos a escala mundial, que narra el cuento de los monarcas
tiranos (Pedro el Grande que mató a su hijo, Enrique VIII
que decapitó a dos de sus esposas) y los aún más
terribles dictadores, Hitler y Mao, auténticos expertos en
el genocidio. Debe decirse que la versión actual de la historia
política, tal y como se difunde por los medios de comunicación,
es una clara invención que olvida cínicamente el rechazo
total de la cada vez menor clase de historiadores y la cada vez
más inaccesible evidencia contenida en los archivos históricos
de las Universidades elitistas.
Dicho con otras palabras: no es tan sencillo como parece. He tenido
la directa y amarga experiencia de trabajar con los líderes
de dos naciones musulmanas que intentaron conseguir la independencia
tras el colapso del sistema comunista. El 30 de Septiembre de 1996,
Ho_ajmed Noujaev, el entonces Primer Ministro en funciones, me nombró
Cónsul Honorario de la República Chechena de Itchkeria.
Debe recordarse que hubo dos guerras chechenas. En la primera luchó
el pueblo checheno, unidos por los vínculos de lealtad a
las Tariqas Sufíes que de forma tan exitosa les habían
protegido bajo el régimen comunista hasta tal punto que un
agente estalinista decía en sus informes a Moscú:
“¡Cualquier hombre del mundo puede transformarse en
un Hombre Soviético excepto el Sufi!”. La Primera Guerra
Chechenia terminó con una ratificación de jure del
estatus independiente de la República Chechenia. En esos
días dramáticos y apremiantes, finalizada ya la lucha,
surgió una súbita preocupación internacional
que iba a manifestarse en el deseo de que la nueva República
se estableciese sobre unos “serios principios democráticos”.
En aquella ocasión advertí a los líderes de
la Lucha Independentista que si la paz iba a ser definida mediante
un “proceso democrático”, la unidad que se había
conseguido en el campo de batalla sería destruida, los líderes
lucharían entre sí y el desorden resultante proporcionaría
los motivos para una intervención exterior. Traté
de decirles que la lógica de la guerra exigía que
el bando victorioso determinase su futuro político y que,
en caso de no hacerlo, le sería arrebatado de las manos.
En una visita a París, pedí al Maître Jacques
Vergès que nos ayudase urgentemente a esbozar un documento
fundacional del nuevo Estado independiente. Este gran abogado, cuya
vida ha sido una lucha continua para defender los principios legales
del individuo, ofreció inmediatamente colaborar sin coste
alguno.
Nos reunimos con Noujaev que empezó a reunir los documentos
necesarios. Vergès prometió presentar el asunto al
Ministro de Estado en su Ministerio de Asuntos Exteriores. Al final,
y a pesar de todos nuestros esfuerzos, ocurrió lo peor; y
ese peor, ya estaba planeado, organizado y tuvo éxito. Parte
de la trama consistió en separar a Noujaev de Yanderbiyev
y Aslan Masjadov; esto se logró relacionándole con
un judío polaco cuyo trabajo era apartarle del conflicto
político y ofrecerle una jubilación subvencionada
en la industria petrolera de Azerbaiyán, donde al menos ha
conseguido sobrevivir mientras el resto de los líderes, uno
tras otro, han sido asesinados. Lo que siguió a continuación
es de sobra conocido: la infiltración organizada por parte
del Movimiento Wahhabi y su cohorte de mercenarios de la peor especie
que no sólo ha producido la derrota sino también el
asesinato inconcebible de niños inocentes.
Cuando se desató la guerra de Bosnia, volé a Ginebra
para prestar mi apoyo al Presidente Izetbegovi_. Durante esa guerra
ocurrieron dos incidentes que jamás podré olvidar.
El primero tuvo lugar mientras estábamos sentados en la suite
presidencial del hotel, tratando de comprender la historia terrorífica
que asolaba la antigua provincia Osmanli. Mientras hablábamos,
un joven soldado de caballería entró en la habitación
trayendo noticias alarmantes de la zona en conflicto. Cuando terminó
su relato, su rostro mostraba una expresión de asombro profundo.
Por fin consiguió decir: “¡No lo entiendo! Es
como si quisieran matarnos a todos”. Cuando por fin el completo
y definitivo ultraje del Acuerdo de Paz Dayton se puso ante nosotros,
comprendí que la exclamación del joven combatiente
era una verdad política. El genocidio es el siervo necesario
de una demografía aceptada, una verdad tan cierta para Bosnia
como hoy lo es para Palestina. El Presidente Izetbegovi_ se encontraba
en una situación intolerable. El sistema kafir mundial y
su ejército de mercenarios, la OTAN, no estaban dispuestos
a tolerar una República islámica en Europa. Era un
hecho inconcebible.
Tal y como aprendimos en Ginebra, las naciones musulmanas no estaban
dispuestas a entrar en la confrontación. Podía haber
Ayuda, pero no rescate. La Organización de la Conferencia
Islámica invitó al Presidente Izetbegovi_ a una Sesión
Especial. El Primer Ministro de Turquía puso a su disposición
su avión privado. Yo rogué al Presidente que no fuera.
Le indiqué que estaba exhausto y que esto aumentaría
aún más su condición cuando era tan necesario
para el conflicto futuro. En cierto modo, y esto lo digo sin culparle,
Izetbegovi_ creía en esas estructuras a pesar de que pronto
iba a descubrir el daño que podían causarle. Cuando
estudiábamos el mapa de los Balcanes, rogué al Presidente
Izetbegovi_ que transformase la lucha en una de carácter
islámico, en oposición a la liberación étnica
o nacional. Señalé en el mapa Bosnia, Kosovo y Montenegro.
Le supliqué que declarase la guerra en todos estos frentes
de forma simultánea asegurándole que, si no lo hacía,
serían elegidas una tras otra para su completa destrucción.
Sus propios políticos fueron quienes le detuvieron. Su traicionero
Secretario del Exterior, Haris Silajd_i_ conmocionó al mundo
musulmán con una declaración infame: “Yo no
soy un musulmán, soy un bosnio”.
En el último estadio del conflicto, tuvo lugar un incidente.
He hablado de este tema con nuestro gran General Alagi_, pero a
pesar incluso de consultar con sus colegas, no pudimos descubrir
qué había pasado. Lo menciono, porque he observado
que en las conclusiones vinculantes que ponen fin a un conflicto
armado, hay un momento en el que los protagonistas se encuentran
aislados con la fuerza de poder externa y dominante y, como continuación
a ese encuentro, se ven de alguna manera sometidos a una nueva situación
que no es en absoluto la doctrina radical y liberadora por la que
habían luchado. Esto ha ocurrido con Arafat, Mandela, Makarios,
Sukarno, Noujaev e Izetbegovi_.
El incidente que tuvo lugar en Bosnia fue breve, dramático
y, hasta hoy en día, inexplicado. En un momento dado de la
guerra, en el que hostilidades y negociaciones se sucedían
entre ambos bandos, Izetbegovi_, sumido en una negociación
y preocupado por el bienestar de su hija, se encontró de
forma inexplicable en el interior de una zona armada del bando contrario,
es decir, al otro lado de la línea del frente y en manos
del enemigo. De forma tan extraña como había sido
capturado fue más tarde puesto en libertad tras un periodo
de tiempo bastante considerable durante el cual pudo conferenciar
con el enemigo. Fue después de este suceso cuando el Presidente
Izetbegovi_ abandonó su previa y bien conocida postura de
un hombre cuya vida estaba dedicada a la creación de un Estado
islámico y se convirtió en alguien dispuesto a volar
a los EE.UU. para sentarse en un campamento militar, totalmente
aislado del resto del mundo, y firmar un acuerdo con el que se creaba
un Estado híbrido en el que la demografía garantizaba
al mundo que no podría ser gobernado por una mayoría
democrática musulmana.
Fue algún tiempo después, sentado en Estambul con
el General Alagi_ y parte de Alto Mando bosnio, cuando formulé
la siguiente pregunta. “General, en la preparación
y firma posterior del Acuerdo Dayton, ¿podría Ud.
decirme quién o cuántos generales, de los que habían
luchado en la guerra, estaban sentados en la mesa de la paz?”.
Se produjo un silencio abrumador. Los oficiales bosnios se miraron
unos a otros y luego bajaron la cabeza. El general Alagi_ respondió:
“Esa es la cuestión, ¡No había ninguno!”.
El silencio se hizo interminable y luego añadió: “Esto
significa que el asunto no ha terminado todavía”. Este
es ese momento inolvidable que aún recuerdo en estos días.
Echemos ahora una mirada desapasionada a algunas de las “democracias”
del mundo musulmán.
Túnez: Se define oficialmente como una Democracia Presidencial.
El Presidente actual fue elegido por Bourguiba. Shayj Shadhili an-Nayfar,
el Sultán de los ‘ulama de su época, declaró
públicamente que Bourguiba era un kafir. El gobernante actual
encarceló a miles de musulmanes, declaró ilegal la
barba, controla a los ‘ulama, escribe los Jutbas y utiliza
la tortura de forma generalizada. La unión Europea y los
EE.UU. confirman su puesto.
Argelia: Los trágicos acontecimientos de Argelia fueron la
primera indicación manifiesta de que la definición
oficial de la democracia, como sumisión a la voluntad de
la mayoría del electorado, es una burda patraña. Tras
la elección de un Partido Islámico (mi aborrecimiento
personal de este Partido no es relevante en este examen del significado
y evaluación del proceso democrático), la respuesta
del Estado ateo, producto directo de los modernistas islámicos
Badisi, consistió en encarcelar a los dirigentes del partido
victorioso e iniciar la masacre de la clase política y el
inocente electorado. Los generales que controlaban el Estado ateo
no eran meros “militares”, eran también los propietarios
y los administradores del petróleo argelino. La persecución
sistemática del electorado argelino fue bienvenida con grandes
muestras de entusiasmo por el Estado Francés y con un silencio
aquiescente por parte de los EE.UU.
Pakistán: Un gobierno democrático con un Primer Ministro
legítimo. Podría decirse que representaba al país
y su legado histórico, tanto el de las virtudes como el de
los vicios. No obstante, iba a tener lugar una enorme operación
trans-nacional que no podría conseguirse a no ser que Pakistán
se convirtiese en vasallo del proyecto a punto de implantarse. La
figura cuidadosamente dirigida y atildada del títere Musharraf
recibió las órdenes pertinentes y tomó el poder
en medio de una retórica altisonante sobre el derrocamiento
de la corrupción. Las democracias necesitan idiotas al timón,
pero no deja de ser embarazoso oírles decir, tal y como dijo
Musharraf: “¿Quieren un referéndum? ¿Quieren
elecciones? ¡Eso es fácil!”.
Egipto: Todo el mundo sabe lo de Egipto. Incluso los americanos
lo saben. Con sus cárceles llenas a rebosar de opositores
políticos, el chiste que circula por El Cairo es que para
conseguir a alguien que se presentase como líder de la oposición
en las elecciones presidenciales, Mubarak tuvo que prometerle que
no le enviaría a la cárcel.
Y en los campos de exterminio de Iraq y Afganistán encontramos
de nuevo esa extraña condición: “La transición
hacia la democracia”.
Es evidente que el examen del término democracia demuestra
que no es lo que afirma ser. La realidad es que la democracia tiene
una serie de protocolos obligatorios que, a pesar de no ser secretos,
jamás son cuestionados, como si fueran parte de la naturaleza.
Por ejemplo, cuando Izetbegovi_ firmó el Acuerdo Dayton que
garantizaba el estatus democrático de la inventada entidad
política de Bosnia-Herzegovina, el primer párrafo
que seguía a la definición del nombre, era que la
mencionada entidad aceptaría un préstamo considerable
del Banco Mundial. A continuación, el Acuerdo obligaba al
nuevo Estado a imponer el IVA sobre todos los artículos,
garantizando con ello la estabilidad cotidiana del sistema bancario.
El mal pernicioso de la democracia no está solo revelado
en lo que dice, sino también en lo que olímpicamente
deja de decir en su elevada retórica Jeffersoniana de los
Derechos del Pueblo. El sistema democrático de las clases
políticas, ateo y materialista por definición, a pesar
de no negar las convicciones personales, elimina el control gubernamental
sobre dos cosas: el sistema económico supra-nacional y el
Complejo Militar-Industrial también supra-nacional, utilizando
la definición crítica del Presidente Eisenhower.
La Guerra y la Riqueza siguen siendo los únicos ámbitos
que pertenecen a una serie de grupos elitistas estrechamente conectados,
algunos de forma permanente (como la OTAN) y otros ad-hoc (como
la Comisión de Venezuela). Ningún sufragio universal
ha otorgado el mando al enano sub-humano que preside el banco Mundial,
o ninguno de los bancos mundiales.
Las fuerzas armadas no tratan con Senados o Asambleas, tienen sus
propias jerarquías internas que carecen de juramentos de
fidelidad, lo único que los guerreros de verdad pueden suscribir.
El motivo es que las fuerzas armadas tienen otras lealtades con
recompensas económicas muy considerables. Dicho con otras
palabras: ahora son los gemelos siameses del sistema armamentista
generador de riqueza, esto es, un Complejo Militar-Industrial. ¡La
gente puede elegir con libertad! El único experto de nuestro
Mundo Musulmán en la Ley Islámica que trata de la
economía moderna, Umar Pasha, ha dicho que la gente no puede
elegir su propia moneda.
En términos políticos, la dinámica de la existencia
humana depende de la activación de la guerra y la riqueza.
‘Amr es la capacidad de mandar sobre la riqueza y declarar
la guerra. El ‘Amr es lo que ordena que los recaudadores del
zakat cojan el zakat según las reglas establecidas, y el
‘Amr es lo que ordena a la gente que salga en Ghazwat —estos
dos hechos indican la presencia de un ‘Amir islámico.
La naturaleza oculta de los que mandan, y el mandato en sí,
es el kufr infernal bajo el que hoy vivimos.
Fijémonos ahora en tres países musulmanes sobre los
que acaba de caer la maldición de la democracia.
Palestina: Bueno, ahora ya sabéis lo que pasa. Tras ver unos
palestinos que con sus ataques suicidas han traído la vergüenza
a la umma musulmana, tenemos que contemplar horrorizados cómo
los miembros de ese supuesto Partido Islámico corren gritando
por las calles destrozadas por los misiles cubriéndose con
gorras de béisbol americanas y vistiendo la última
moda de la democracia, un pañuelo con los colores nacionales
al uso, como si de un georgiano o ucraniano se tratase. Reflexiona,
oh juventud palestina, aunque sólo sea por un momento, sobre
lo que significa la victoria que llaman la “elección
del pueblo”. Se ha invertido la tradición islámica
centenaria de la Preferencia, que es el sello de la Futuwwa. En
el pasado, el Fateh era una persona de elevados principios y supremacía
moral; ahora, los combatientes de Hamás tienen otra preferencia.
Mientras que antes el padre estaba dispuesto a morir por salvar
a su hijo, para que su causa y su descendencia perdurasen, ahora,
por primera vez en la historia Islámica, los padres son los
que envían a sus hijos a la muerte. La dimensión suicida
es puro cinismo. Se ha demostrado que un 80% de los suicidios con
bomba podrían haber conseguido su objetivo sin necesidad
del suicida. La relevancia de la técnica suicida es que,
como resultado de la muerte del joven, la familia queda atrapada
en una vinculación con una causa política que jamás
habría suscrito a no ser por la muerte de su hijo. Esta era
la técnica Ismailita del terror y fue transmitida a los musulmanes
de Palestina durante su periodo de interacción con el Líbano.
Seamos claros al respecto. No existe un mandato que prohíba
combatir al enemigo. Ha habido épocas en la historia del
Islam en las que grandes líderes han sembrado el terror,
incluso entre los propios musulmanes, para llevar a cabo una purga,
como fue el caso de Tamerlán y la Guerras de las Ta’ifs.
Lo que no puede ser excusado ni aceptado, no digamos ya defendido,
es el acto consciente del suicidio sea cual fuese el motivo. El
conocido escritor francés, Henry de Montherlant, que se suicidó
por cierto, dijo que el suicidio era el acto supremo de ateísmo
cometido por el ser humano. En primer lugar, significa desesperar
de la misericordia de Allah. En segundo lugar, es un acto de nihilismo
que indica que la situación carece de esperanza. Significa
declarar –y que Allah nos perdone por tan siquiera mencionarlo–
que Allah no puede y no podrá, con todo Su Poder y Majestad,
resolver la situación. En tercer lugar, y quizás igualmente
ofensivo para los pueblos musulmanes, es la idea de que una nación
liderada por Arafat, –quien según la ley islámica
merecía la ejecución por sus insultos pronunciados
en público, en la ciudad de Oxford, contra ‘A’isha,
que Allah esté complacido con ella– y luego por las
horribles personas que forman la Autoridad Palestina, una mafia
según sus propias palabras, pueda de manera alguna presentarse
ante el mundo como una lucha islámica. Estando en la ciudad
de Madinah, me senté durante un día entero con un
‘alim mauritano; había rehusado moverme hasta que no
me diera una definición oficial del yihad. Cuando por fin
venció su reticencia a darme un juicio definitivo, dijo:
“La primera condición del yihad es que se alce el Estandarte
del Islam”.
Lo que significa esta profunda definición, es que por muy
grande que sea la justificación, en términos humanos,
para combatir la tiranía, la opresión o la invasión,
estos motivos no pertenecen a la misma categoría que un yihad
que puede ser iniciado por alguna de estas razones pero que solo
puede expresarse de manera auténtica si asume la forma del
deseo de establecer el Din del Islam. Luchar fi-sabilillah no es
lo mismo que luchar bajo el lema kafir que proclama “los derechos
del pueblo”.
El pueblo palestino no ha conseguido nada ni tampoco lo va a conseguir.
La única batalla que luchó no fue contra Israel, sino
contra sus propios compañeros palestinos en Jordania. Esta
es la tragedia de Palestina. La gente ha votado ser gobernados por
la gente que envía a sus hijos a la muerte.
Y sin embargo aún hay esperanza. Existe una solución.
Consiste en extraer del pasado lo que se necesita para el presente.
Palestina era una provincia del gran Dawlet Osmanli. El más
noble de los Sultanes, Abdulhamid Jan II, fue obligado a exiliarse
porque se negó a entregar Palestina a los judíos.
La única resolución justa que puede aplicarse a la
cuestión de Palestina es que el pueblo palestino elija nuevos
líderes que no pertenezcan a la clase política y,
siguiendo sus auspicios, ir con humildad a Estambul para decir a
sus dirigentes: “Hemos fracasado. Nuestro sitio está
con vosotros. Venir y tomar nuestro gobierno, nuestras deudas y
nuestras necesidades. Protegednos y rescatadnos en el Nombre de
Allah”. Esta acción cambiaría el curso de ese
grande y maldito territorio que en su día produjo ‘ulama
que iluminaron el mundo entero, desde Alepo hasta Basora.
Iraq. Se nos dice que estemos contentos. Ya tiene una constitución.
Ya tiene un gobierno. Ya tiene incluso un acuerdo pendiente con
el Banco Mundial y el FMI. ¿Qué más podría
pedirse? Pero el meollo de la crisis iraquí no consiste en
si tiene o no un gobierno democrático. El meollo de la cuestión
es un asunto sin resolver. Dos acontecimientos que tuvieron lugar
en la todavía existente guerra iraquí desvelaron este
asunto. Dos ciudades iraquíes se rebelaron contra la fuerza
invasora extranjera. En el alzamiento de Kerbala surgió una
figura a la que se otorgó un respeto y preeminencia enormes.
La creación de este personaje fue un acontecimiento mediático
iniciado por la CNN pero que pronto fue asumido por esa nueva jauría
de perros rabiosos, los Expertos en Asuntos Islámicos. Se
trataba de un ‘alim shi’a que fue rápidamente
elevado a una especie de rango papal. Cuando se mencionaba su nombre
se hacía con una mezcla de temor y respeto: Su Eminencia
el Ayatollah Sistani. El otro actor principal era otro Mullah presentado
como el extremista y activista radical. En el drama que se desarrolló
a continuación, Kerbala era repetidamente definida como “Ciudad
Santa” y también “Uno de los grandes Santuarios
del Islam”. Al término del cuidadosamente orquestado
asedio de Kerbala, al líder militante que había estado
matando al Ejército de Ocupación, se le permitió
retirarse ordenadamente bajo el pretexto de que era una paz auspiciada
por Su Eminencia el Ayatollah.
El segundo asedio fue el de Faluyah. Se declaró que era el
escenario de la resistencia musulmana frente a las fuerzas de ocupación.
Esta vez los medios de comunicación tuvieron que definir
confusamente a sus habitantes como una mezcla de Sadamitas y lo
que ellos llaman Sunnis. Es posible que la redefinición política
más importante de la Guerra Iraquí sea la determinación
de acabar el conflicto con un Islam dividido en dos sectas: los
shi’as y lo que ellos llaman los sunnis. La aceptación
pasiva de esta nomenclatura es quizás el suceso más
pernicioso en la historia de los musulmanes modernos. Desde el punto
de vista político, es evidente para todo musulmán
pensante, que cuando el Islam se presente como algo viable bajo
alguna de estas dos formas, el próximo paso de los kuffar
sería decidir cuál de ellas podría asimilar
más fácilmente para luego, con toda gentileza, tolerarla
hasta poner fin a su existencia, tal y como antes ha hecho con la
cristiandad Católica y la Reformada.
Un Papa de Roma, económica y militarmente impotente, y un
Ayatollah paralelo en Kerbala, se ofrecen como la baza definitiva.
La respuesta al alzamiento de Faluyah fue justo lo contrario del
tratamiento que se dio a Kerbala. Con una absoluta indeferencia
ante la presencia de hombres, mujeres y niños en el interior
de la ciudad, y bajo la pretensión de que se había
pedido a los inocentes que la abandonasen, el asalto tuvo lugar.
El ataque fue devastador, con barrios enteros bombardeados y reducidos
a ruinas. La toma de la ciudad fue torpe, brutal y con una asombrosa
tasa de mortandad que los expertos han declarado excesiva.
En Enero de 1843, siguiendo las órdenes del Califa de todos
los musulmanes, Serasker Sadullah Pasha sitió la ciudad de
Kerbala con tres regimientos de infantería, uno de caballería
y veinte cañones. El motivo había sido el intento
deliberado de independizar el Iraq central del Dawlet Islámico
para establecerlo en torno a las dos ciudades sagradas shi’a:
Kerbala y Nayaf. El creciente poderío mercantil del Eje Irán-Iraq,
necesitaba una fuerza teológica que impulsara su expansionismo
materialista, de la misma manera que el expansionismo del norte
en la Guerra de los Treinta Años utilizó una base
teológica en aquella terrible confrontación. Fue a
comienzos del siglo dieciocho, con un Bahrain Safávida reactivando
las doctrinas shi’a, cuando la nueva religión comenzó
a redefinirse. La dialéctica entre las dos escuelas principales
shi’a dinamizó las exigencias del crecimiento político.
Explicado de manera simplista, los Ajbaris derivaban su enseñanza
del Ta’wil del Corán y de las palabras de los Imams
Shi’a; los Usulis, por su parte, representaban la tendencia
racionalista que suscribía cualquier reconsideración
pragmática de su religión. La tentación es
definir las dos escuelas de la siguiente manera: los Ajbaris dicen:
Los Imams nos han dado permiso para practicar la Taqiyya. Los Usulis
dicen: Eso no es racional. ¡Nosotros NO practicamos la Taqiya!
El conflicto interno en la religión Shi’a es mucho
mayor que su lucha contra la religión Islámica; pero
como ya he dicho, los cambios en el shi’ismo no fueron provocados
por consideraciones espirituales, sino por la necesidad de suministrar
un módulo para una economía en expansión. En
los primeros días de la religión Shi’a, los
musulmanes podían llegar a pensar que quizás era una
secta del Islam. Pero en 1501 el Shah Isma’il se convirtió
en el Shah de Irán e impuso el Shi’ismo en el país.
Ordenó la denigración ritual de los Sahaba y de los
awliyya musulmanes. Quemó mezquitas. Expropió las
tierras de los musulmanes. A mediados del siglo XVI, bajo la hegemonía
de los Safávidas, sus ‘ulama comenzaron a introducir
cambios importantes en la práctica del Shi’ismo. El
shayj ‘Ali al-Karaki (muerto en 1534) reinstauró el
Yumu’a, que había sido declarado inválido durante
la época de la Ocultación, y ordenó pedir bendiciones
por la dinastía Safávida desde el mimbar. Impuso el
Jaraj (impuesto) islámico, que antes se consideraba ilegal.
Ordenó el abandono de la Taqiya, ahora que estaban bajo la
protección de los Safávidas. E instauró la
denigración pública de los dos primeros califas del
Islam, que Allah nos perdone por decir estas palabras.
Cuando la religión Shi’a se separó del Din tal
y como había sido establecido por el Mensajero, a quien Allah
bendiga y conceda paz, la contradicción y la alteración
fueron inevitables, produciendo finalmente algo que es lo opuesto
de nuestro Din. Por ejemplo: en los años 1830, Sayyed Muhammad
Nasirabadi, el mu_tahid principal de Lucknow, dijo que podía
cobrarse interés a los judíos, cristianos, hindúes
y musulmanes (es decir, no a los shi’a). Sayyed Muhammad confirmó
que el interés podía cobrarse a los mushrik por consenso
y que los sufíes debían considerarse como tales, además
de impuros. La similitud de este juicio con el emitido por Muhammad
‘Abduh no es un hecho accidental; nos hace recordar que cuando
pronunció sus famosos juicios sobre la banca y la usura,
acababa de tomar café con Al-Afghani, el célebre iraní.
Fueron los invasores afganos los que con una furia purificadora
pusieron fin a la dinastía Safávida. Hechos como éste
nos hacen recordar que los destinos del territorio iraquí
y los poderosos emiratos afganos son cosas que no pueden ser determinados
por un puñado de jóvenes americanos graduados en geopolítica
que utilizan un lenguaje apenas comprensible, incluso para ellos
mismos, y que actúan bajo el patrocinio de un Presidente
analfabeto y el Sumo Sacerdote del Banco Mundial que escupe a escondidas
en su peine antes de acicalarse para las cámaras de los medios
de comunicación mundiales.
Nosotros somos los únicos que, a nuestra manera y cuando
elijamos hacerlo, podemos resolver el trágico dilema de Iraq;
la solución tiene que estar relacionada con las acciones
del Sultán Abdelhamid II cuyas órdenes a su Shayj
al-Islam fueron que había que hacer da’wa a los shi’a
y que el uso de la razón y el estudio de la historia los
traería de nuevo al Din.
En lo que respecta a Afganistán, tenemos que enfrentarnos
con los hechos cara a cara y no dejarnos intimidar por las declaraciones
fascistas de un Presidente de los EE.UU. que ya no sabe donde pisa.
Afganistán ha sido invadido de manera más abominable
e implacable que la practicada por los rusos. Los Talibanes eran
un ejército nacional. Su triste ignorancia demuestra que
su forma de tratar a las mujeres era algo que podíamos, y
de hecho debemos, poner en su sitio. En su breve periodo de gobierno,
habían eliminado por completo el ciclo de producción
y exportación de la heroína. No nos equivoquemos;
esta fue una de las causas necesarias y acuciantes de la invasión
americana. En menos de un año los invasores tuvieron de nuevo
a la heroína en plena capacidad de producción y comercialización,
algo que no podía haberse hecho sin una infraestructura militar.
Ahora es fundamental que nuestra gente envíe a ese país
sociólogos que examinen la extensión y el daño
causado por la creciente necesidad de una industria de la prostitución,
teniendo en cuenta que en el ejército de los EE.UU. no se
contemplan restricciones de género o edad a la hora de obtener
el placer sexual.
Las noticias de que el gobierno, en pleno colapso pero aún
sumiso, de Inglaterra va a enviar un contingente masivo a Afganistán
ha tenido como respuesta la entumecida sumisión del país
entero. Hay dos colectivos en ese país que deben oponerse
activamente a esta decisión. Uno de ellos es el pueblo escocés,
puesto que ya desde la Primera Guerra Afgana de mediados del siglo
XIX, han sido los regimientos escoceses los elegidos para ser los
Muertos Ilustres. Debería constatarse que en caso de declararse
una guerra, la clase política no solo rechazaría la
idea de que un Primer Ministro y su Gobierno fuesen a la línea
del frente, como solían hacer los reyes y los príncipes,
sino que incluso sonreirían cínicamente como si la
sola idea fuese una gran impertinencia. Para que las tropas regresen
a casa, los musulmanes británicos no deben salir a la calle
en manifestaciones inútiles sino que deben aprovecharse de
un Partido Conservador revitalizado y de su dirigente honesto, para
convertirse en un grupo de presión activo que puede influir
en el curso de los acontecimientos. Nuestra visión de la
democracia nos permite utilizarla de manera positiva y estar preparados
para actuar cuando lleguen los días inevitables de su colapso
total.
Resumiendo la situación de Afganistán: el país
ha sido invadido y un títere sin valor alguno ha sido entronizado
por un Ejército de Ocupación; y lo mismo que Quisling
en Noruega en tiempos de los nazis, tendrá un final semejante.
Las así llamadas ONG y Organizaciones Humanitarias deben
ser consideradas parte de ese aparato diseñado para destruir
la históricamente poderosa estructura social del país
y erradicar el Din del Islam. Los Talibanes cometieron un grave
error en sus comienzos al someterse a un Emir indigno. Este a su
vez, había sido seducido moral y económicamente por
un antiguo agente de la CIA, un soñador desprovisto de cultura,
Bin Laden. Los ‘ulama de Afganistán declararon su alejamiento
respecto al emir Talibán, y su juicio era correcto. Los combatientes
Talibanes son otra cuestión, y debemos rechazar con contundencia
la idea de que son terroristas —son musulmanes jóvenes
que necesitan nuestro liderazgo y nuestra protección.
La ahora acuciante necesidad de nuestros ‘ulama y nuestros
shuyuj de la Qadiriyya a ambos lados del paso de Jaybar es enseñar
que no se puede cooperar con los dos Presidentes títeres
y sus ineficaces gobiernos. Enseñar que consideran a la fuerza
de ocupación como brutal, inculta e indiferente ante el sufrimiento
de nuestro pueblo. Los shuyuj Qadiri deben proclamar con voz clara
la defensa de la supervivencia del Din del Islam en ese territorio.
Deben declarar que la Fataawa ‘Aal-‘Amgheeri, y no la
Constitución de Kabul, es el documento de gobierno bajo la
autoridad Coránica que debe prevalecer en la región.
Allah el Excelso ha dicho en la Surat al-Ahzab (33: 41-44):

“¡Vosotros que creéis!
Recordad a Allah invocándolo mucho.
Y glorificadlo mañana y tarde.
Él es Quien os bendice, así como Sus ángeles,
para sacaros de las tinieblas a la luz.
Y con los creyentes es Compasivo.
El día en que se encuentren con Él,
el saludo que recibirán será: Paz.
Y les habrá preparado una generosa recompensa”.
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