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Es la Guerra
por Shaykh
Dr. Abdalqadir as-Sufi
Allah el Excelso ha dicho en Su Noble Corán (30: 38):

“Y lo que deis de más con usura
para que os revierta aumentado de la riqueza de la gente,
no crecerá junto a Allah.
Pero lo que deis como zakat buscando la faz de Allah...
A ésos se les multiplicará”.
En
la psicología existe un dibujo clásico que a primera
vista parece tener la forma de un conejo pero que, fijándose
con detenimiento, se transforma en un rostro humano. Para el psicólogo,
lo importante es que no se pueden ver las dos cosas al mismo tiempo.
Lo que se ve es un conejo o una cara.
Hace mucho tiempo y ya desde el principio, yo creía, junto
con otros millones de musulmanes, que estaba viendo el conejo. No
obstante, convencido de que todos estábamos sumidos en el
engaño, parecía inevitable que el momento iba a llegar
en el cual Allah nos daría la visión de cómo
eran las cosas en realidad, desde otra perspectiva y visto con nuestros
propios ojos. Sería una locura pretender que no estábamos
confusos y asombrados. Por un lado estaba un sistema corrupto y
usurero, pero en el otro, la Comunidad Musulmana Mundial, fragmentada
en Naciones-Estado y monedas ilegítimas, no podía
admitir la idea de un ÿihad bajo un liderazgo que no había
recibido el Bayat ni había enarbolado la Bandera del Islam,
sin mencionar tan siquiera que el ÿihad tiene reglas muy estrictas
y que los actos de suicidio, incluso en un contexto paramilitar,
están totalmente prohibidos.
Nuestra angustia creció aún más cuando los
informes de los servicios secretos mostraron que quienes estaban
detrás del terrorismo, tanto en la dirección como
en la ejecución, procedían de la extracción
social más baja y más dudosa, y que toda su retórica
no mostraba la más mínima indicación de una
identidad islámica sino que utilizaba el lenguaje de la política
radical. La angustia se agravó cuando vimos que, a velocidad
alarmante, esos actos aborrecibles daban lugar a una respuesta más
despreciable todavía. En un periodo de tiempo mínimo
y liderados por los EE.UU., Inglaterra y los Estados de la Unión
Europea, se tiraban por la ventana los principios fundacionales
de las leyes en los que se habían basado la sociedad europea
en primer lugar y la americana después, desde la época
de Henry VIII y François I. No eran acontecimientos islámicos,
pero cuando se asentaba la polvareda producida por las explosiones,
nosotros éramos el colectivo responsable de los crímenes,
un colectivo al que ahora se podía castigar y oprimir porque,
en el interior de nuestra Comunidad Musulmana Mundial de dos mil
millones de personas, se ocultaban unos centenares de terroristas.
Lo único que veíamos en el papel era la silueta del
conejo. Estábamos convencidos de que esta forma que percibíamos
no era la realidad de los sucesos ni la de las personas. Nuestro
conocimiento de las raíces clásicas del terrorismo
moderno en la Rusia Zarista, nos había permitido hacer una
observación. Incluía tres factores. Uno: los sucesos
terroristas se manifestaban en primer lugar con un ataque de un
salvajismo inusitado para luego, según el gráfico
que mostraba su progreso, disminuir en intensidad y enormidad. Dos:
como el terrorismo en sí era una manifestación de
las contradicciones internas del Estado tiránico, el anti-terrorismo
estatal encarnó la misma forma y el mismo carácter
de la fuerza contra la que combatía. Tres: Lo que presagia
la persecución exitosa del terrorismo es el derrocamiento
del Estado anfitrión. El impulso de estas tres fuerzas motrices
hacia un final ineludible ha sido analizado, tanto social como psicológicamente,
en las obras maestras de Dostoevsky y Turgenev.
Cuando el paso del tiempo fue revelando que el modelo actual de
terrorismo copiaba casi al detalle el modelo ruso original, más
comenzó a evidenciarse –conforme los medios de comunicación
empezaron a utilizar el mismo vocabulario analítico y los
Estados mundiales comenzaron a desmantelar el gran legado legislativo
del Renacimiento, algo que no ha sido confrontado por ninguno de
los sectores más cultos– que se nos había utilizado
para confirmar una ilusión.
Allah el Excelso dice en la Surat ar-Rum (30: 40-41):

“La corrupción se ha hecho patente en la tierra
y en el mar
a causa de lo que las manos de los hombres han adquirido,
para hacerles probar parte de lo que hicieron
y para que puedan echarse atrás.
Di: ‘Id por la tierra y mirad cuál fue el fin de los
que hubo antes.
La mayoría de ellos eran asociadores’”.
Lo
que presentamos en este artículo, es que no existe el terrorismo
como tal. No es el producto de unos grupúsculos islámicos
aislados, minúsculos y desesperados. Ni tampoco es la puesta
en escena de la política siniestra y secreta de los republicanos
de los EE.UU.
Es una guerra. Y es evidente que no se trata de la guerra de un
Estado soberano contra otro. El fin de la Guerra Fría supuso
el fin de los conflictos entre los Estados. Y por supuesto que tampoco
es la guerra de una coalición de Estados soberanos que lucha
contra una misteriosa banda de nihilistas a los que se llama terroristas.
Es algo totalmente nuevo.
Nos encontramos en una situación completamente nueva. Pero
un cambio tan radical como el que ahora experimentamos no tiene
lugar de la noche a la mañana. No ha sido iniciado con la
destrucción planificada de dos rascacielos –a pesar
de que toda esa violencia ha sido la primera herida en las carnes
de un país que ha sembrado la destrucción desde Europa
hasta Asia– del mismo modo que la guerra suicida de las trincheras
en la Primera Guerra Mundial tampoco fuese el resultado del asesinato
del archiduque Franz Ferdinand. Se necesitó la Guerra de
los Cien Años para poner fin al sistema social del Feudalismo,
y se necesitó la Guerra de los Treinta Años y el genio
político de Enrique VIII para poner fin a la hegemonía
política y económica del Catolicismo Romano.
Para entender lo que ahora contemplamos en la situación mundial
de nuestros días debemos remontarnos a mediados del Siglo
Veinte. El esclarecimiento del caso que estamos estudiando, se descubre
en el tema central del famoso Discurso de Despedida del Presidente
Eisenhower de 1961. En el núcleo mismo de su discurso podemos
encontrar una resonancia clara del tema que nos ocupa y que anuncia
la era que vivimos ahora. En este asunto no es un mero accidente
que Eisenhower no fuese un político profesional, sino un
gran soldado que había conseguido su posición gracias
a sus éxitos militares. Veamos a continuación lo que
era el tema central del último gobernante soberano de los
EE.UU. antes del fin de la República; ese futuro que era
el objeto de su advertencia se ha convertido en nuestra realidad
actual:
“Hasta
el último conflicto mundial, los Estados Unidos no tenían
una industria armamentista. Si se les diese el tiempo necesario,
los fabricantes americanos de rejas de arado podrían también
fabricar espadas. Pero ahora ya no podemos arriesgar una improvisación
de emergencia en lo que respecta a la defensa nacional; estamos
obligados a crear una industria armamentista permanente y de enormes
proporciones. Sumado a esto, tres millones y medio de hombres
y mujeres están directamente relacionados con el aparato
defensivo. Cada año gastamos en seguridad militar más
dinero que los ingresos netos de todas las corporaciones norteamericanas”.
“Esta conjunción de un inmenso aparato militar y
una gran industria armamentista es algo nuevo en la experiencia
americana. La influencia total –económica, política
e incluso espiritual– se deja notar en cada ciudad, en cada
Estado, en cada casa y oficina del Gobierno Federal. La necesidad
imperiosa de este nuevo desarrollo es justificable. No obstante,
no podemos eludir sus graves repercusiones. Nuestro esfuerzo,
recursos y medios de subsistencia están involucrados; se
trata de la estructura misma de la sociedad”.
“En los consejos de Gobierno tenemos que protegernos de
la adquisición de influencias no justificadas –deseadas
o no– por parte del Complejo Militar-Industrial. El potencial
para un desastroso alzamiento de un poder inadecuado existe y
seguirá existiendo”.
“No podemos permitir que el peso de esta combinación
ponga en peligro nuestras libertades ni el progreso democrático.
No podemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía
alerta y cultivada será capaz de moldear el hermanamiento
correcto de una enorme maquinaria militar e industrial con unos
objetivos y métodos pacíficos que permitan el progreso
de la libertad y la seguridad”.
El
hombre que la emergente Elite de Poder había elegido para
representarla en los sacrosantos salones del discurso político,
el Senado y el Congreso, era Richard Nixon. Ya había sido
posicionado en tiempos de Eisenhower, del mismo modo que su equivalente
monetarista, Pompidou, había sido impuesto a De Gaulle para
defender los intereses franceses. Recuerdo que en cierta ocasión,
la autora teatral Lillian Hellman me decía que los Juicios
de McCarthy no habían sido para purgar la amenaza comunista
sino más bien, para crear un escenario sofisticado de patriotismo
exacerbado con el que preparar el camino de la entronización
de Nixon. Nixon perdió ante Kennedy cuando la Mafia entregó
la Casa Blanca a este último.
Podríamos afirmar que Kennedy no era el hombre para ocupar
el cargo presidencial. Su fracaso a la hora de entregar Cuba a sus
amos oficiales, –el Complejo Militar-Industrial, junto con
la Mafia, sus señores ocultos– le había colocado
en una posición ante el Pentágono que le obligaba,
según sus propias palabras, a “darles Vietnam”.
Su asesinato puso en el limbo el nuevo programa de la Elite de Poder,
pero al poco tiempo, los imperativos de la guerra pusieron por fin
a Nixon en el poder. Con “su hombre” ahora al mando,
los acontecimientos comenzaron a moverse con rapidez.
El suceso más importante en tiempos de la administración
Nixon no fue el término de la Guerra de Vietnam ni la, extrañamente
admirada, Apertura hacia China. Fue el conflicto que se nos presentó
como teniendo lugar entre Chile y los EE.UU.
Un intelectual marxista de gran formación cultural, Salvador
Allende, fue elegido Presidente del Estado soberano de Chile. En
los términos de esa dialéctica, Allende vió
que su tarea consistía en liberar la economía del
país, y en realidad a todo el ámbito social, de la
presencia imperialista americana.
Una de las corporaciones transnacionales más amenazadoras
que dominaba la economía chilena era ITT, el gigante de las
comunicaciones. Su presidente, Geneen, un judío polaco americano,
fue a ver a Nixon y, tal y como sabemos por los archivos que salieron
a la luz tras la caída de Nixon, le entregó un maletín
lleno a rebosar de billetes de 100$ para activar la subversión
de la economía chilena cuya culminación sería
un Golpe de Estado. Este es el momento en el que tenemos que empezar
a redefinir por igual el vocabulario de los acontecimientos y los
elementos más relevantes de la narración de los sucesos.
La guerra estalló en Chile. Era la primera vez que en la
era moderna se podría afirmar de forma categórica
que no se trataba de una guerra entre dos Estados soberanos. Allende
declaró la guerra. Pero a pesar de ser el Presidente de Chile
no la declaró en nombre del pueblo chileno, sino en nombre
de los desposeídos, los oprimidos y los trabajadores esclavizados.
Por su parte y desde el Despacho Oval, Nixon declaraba la guerra
abiertamente y se lo comunicaba a su embajador en Chile. Pero no
actuaba en nombre del pueblo americano. Lo hacía en nombre
de los intereses de las grandes corporaciones americanas que operaban
en territorio chileno.
Debe recordarse que Allende hablaba con el lenguaje y la dialéctica
del marxismo-leninismo, instrumentos deteriorados del ejercicio
de la política, no solo por el colapso del comunismo soviético,
sino también, y no en menor medida, por el trágico
fracaso del gobierno de Allende. Su uso de este sistema trasnochado
no sólo logró inhibirle en forma alguna sino que,
debe admitirse a pesar nuestro, que le ayudó a comprender
el gran tema candente de la época. Debe recordarse también
que, a mediados del siglo veinte, la ONU no era un Consejo de Seguridad
fascista sino más bien la Asamblea de las Naciones Unidas,
un escenario activo donde se escuchaban las voces de las masas desposeídas
del mundo entero.
El 4 de Diciembre de 1972, el Presidente Salvador Allende se dirigía
a la Asamblea General de las Naciones Unidas en un discurso de extraordinaria
importancia histórica.
“En
la tercera reunión de la UNCTAD pude ya abordar el fenómeno
de las corporaciones transnacionales. Mencioné el enorme
crecimiento de su poder económico, de su influencia política
y su acción corruptora. Este es el motivo que hace saltar
la alarma con la que la opinión mundial debería
reaccionar ante una realidad de estas características.
El poder de estas corporaciones es tan enorme que trasciende todas
las fronteras. Las inversiones extranjeras de las compañías
de los EE.UU. se cifran en 32.000 millones de dólares.
Entre los años 1950 a 1970 crecieron a razón de
un 10% anual mientras las exportaciones de ese mismo país
sólo aumentaron en un 5%. Se aprovechan de los países
en vías de desarrollo obteniendo beneficios enormes y esquilmando
sus recursos”.
“En sólo un año, estas compañías
obtuvieron unos beneficios del Tercer Mundo que se han plasmado
en transferencias a su favor por un total de 1.743 millones de
dólares. De América Latina 1.013 millones, de África
280 millones, del Lejano Oriente 376 millones y de Oriente Medio
74 millones de dólares. Su influencia y radio de acción
están alterando las prácticas comerciales tradicionales
entre los Estados, la transferencia de recursos entre las naciones
y las relaciones laborales”.
“Tenemos ante nosotros una confrontación directa
entre las grandes corporaciones transnacionales y los Estados.
Las corporaciones están interfiriendo en las decisiones
fundamentales de los Estados, tanto las políticas como
las económicas y las militares. Las corporaciones son organizaciones
de ámbito global que no son controladas por, ni responsables
ante, parlamento o institución alguna que represente el
interés colectivo. Dicho con pocas palabras: la estructura
política mundial está siendo socavada. Los comerciantes
no tienen un país. El lugar donde residen no significa
vinculación alguna; lo único que les interesa es
dónde conseguir beneficios. Y esto no es algo que yo digo,
son las palabras de Jefferson”.
El
impacto que produjeron las palabras de Allende fue sobrecogedor.
Cuando se sentó, la Asamblea estalló en un increíble
número de vítores y aplausos. Cuando Allende se levantó
como muestra de agradecimiento, todos los miembros de la Asamblea
se levantaron al unísono, una y otra vez, confirmando con
sus aplausos que se había establecido un hito que anunciaba
la presencia de una nueva era.
Todo era diferente. La caída de Allende, y no la del Muro
de Berlín, es lo que define el fin del idioma del comunismo
como lenguaje de la lucha de las masas desposeídas del mundo.
Significó el fin de la política comunista y anunció
lo que podríamos calificar de nuevo ambiente y nueva valoración
de la naturaleza de la lucha política. Cuando el brutal Golpe
de Estado de Pinochet puso fin al gobierno de Allende, los tanques
rodearon el Palacio Presidencial de la Moneda. Enfrentado a la derrota
inevitable, Allende se suicidó teniendo a sus compañeros
de testigos. Años más tarde, y como si quisiera solidarizarse
con la lucha de Allende, su Secretario Político que era conocido
con el nombre de La Paya, también se suicidó. Hablando
del suicidio de Allende, los dirigentes comunistas de Chile dijeron:
“Lo necesitábamos vivo. Con su muerte hemos perdido
nuestro futuro”.
En vez del futurismo utópico de la política radical,
había aparecido una enfermedad terminal. El pueblo chileno
no había acudido a defender el Palacio de la Moneda. Lo cierto
es que no habrían podido hacerlo. Fidel Castro, el experimentado
marxista, les había advertido que no puedes ganar a no ser
que tengas tu propio ejército. La política se estaba
redefiniendo. Podría decirse que la Doctrina de la Revolución
Perpetua era el último y lógico final de la Lucha
Revolucionaria según las teorías de Trotsky. El perpetuo
reciclado del suicidio se convirtió en la última baza
lógica del movimiento anticapitalista del nuevo mundo. La
antigua dialéctica política de izquierda / derecha
se había disuelto en el centralismo globalizado de las, así
llamadas, democracias políticas que se veían obligadas
a someterse a la nueva Iglesia Católica del banquismo y su
mística doctrina de las “Fuerzas de Mercado”.
La política se había atrofiado en un centrismo que
la reducía a una supervisión minimalista de la salud,
la educación y el orden público. Mientras tanto, el
conflicto seguía presente en el mundo exterior. En el estadío
siguiente de la Guerra, surgió el terrorismo como un campo
de batalla en sí mismo. Mientras el suicidio seguía
siendo un pilar fundamental que encarnaba la resistencia frente
a la muerte, ahora comenzó a transformarse, pasando de la
derrota al estilo Allende a ser una fuerza activa de violencia.
Esto ha traído lo que ahora puede definirse como Terrorismo.
En este nuevo estadío de la Guerra contra el banquismo, podemos
ya exponer los elementos que lo componen:
1.
Propiedad centralizada de los bienes, sin limitación alguna,
definida como doctrina de comercio liberal sin subvenciones.
2. Comercio mundial basado en monedas de papel en el que algunas
se restringen y otras se definen como innegociables (Mali, etc).
3. Imposición global del IVA en todos los bienes transferidos
dentro de los Estados nacionales.
4. Transformación de las fincas y granjas familiares en
corporaciones agrícolas.
5. Guerras expansionistas para el beneficio único de los
recursos y que son rediseñadas como excusas para la producción
de módulos democráticos que separan la riqueza del
gobierno.
En
este nuevo nivel de la Guerra bancaria contra las masas, podemos
incluir bajo el término “las masas” los elementos
que constituyen su guerra contra el capitalismo:
1.
Oposición militante al expolio de los recursos que dejan
al país anfitrión totalmente empobrecido
a.
El petróleo a escala mundial, concentrado en áreas
tales como Asia Central y Oriente Medio.
b. Sangría de las reservas de oro mundiales con destino
los EE.UU. desde donde el oro no puede ser exportado.
c. Café: importado para le élite tecnocrática;
mientras tanto, los productores de café pasan hambre,
sin educación ni prestaciones sanitarias.
d. Uranio: produce un tercio de la electricidad de Francia;
mientras tanto, la población de Mali es devastada por
el hambre y las enfermedades.
e. Plutonio: Una riqueza enorme se extrae de Lesotho, país
donde un niño de diez años es sentenciado a diez
años de cárcel por haber robado una hogaza de
pan.
2.
Oposición militante a la política despiadada que
se aplica contra las poblaciones que abandonan sus hogares impelidos
por el instinto natural de supervivencia.
3. Oposición militante a la permisibilidad que goza el
Estado Israelí en su opresión totalitaria de los
pueblos árabes.
4. Oposición militante, basada en la percepción
de que el banquismo reconoce al Islam como su único y auténtico
enemigo, a las deportaciones en masa, la tortura y desaparición,
por todo el mundo, de hombres y mujeres calificados de terroristas
y sujetos a la deportación trans-estatal que los convierte
en no-personas.
En
las décadas de la segunda mitad del Siglo Veinte, la Guerra
comenzó a tomar la forma de una lucha entre terroristas y
activistas callejeros contra las fuerza militares y policiales.
Debe notarse que a pesar de haber mencionado en la lista anterior
países tales como Francia, Israel y Mali esto ya no es una
explicación relevante de los acontecimientos. Donde se dice
Francia deberíamos decir Dessault, y donde se dice EE.UU.
debería decirse Halliburton, Mobil Oil y Monsanto.
En consecuencia, en este nuevo estadío ya no deberíamos
decir Alemania o Italia, sino que deberíamos identificar
la encarnación de la Guerra en el terrorismo del grupo Baader-Meinhof
en un país, y en el otro, las bombas colocadas en la estación
ferroviaria. Los infames grupos de la RAF, y los grupos pro-Mussolini,
además del terrorismo del IRA y el de la ETA, representan
una resistencia esporádica al sistema capitalista que va
incrementado su momento.
Y así fue cómo la Guerra pasó del primer nivel
de “guerra falsa”, en la que los activistas de Geenpeace
eran los héroes románticos, a un nuevo nivel propiciado
por el acercamiento de dos ramas de la resistencia. Las incesantes
matanzas de los palestinos y la brutalidad del régimen israelita
que durante la Intifada tenía como objetivo los ojos de los
niños –situación que obligó a los médicos
palestinos a suplicar al resto del mundo que donaran ojos de cristal
porque habían agotado sus existencias– comenzaron a
encontrarse con las peleas callejeras de los así llamados
Anti-Globalistas. Lo que se hizo patente a estos terroristas y activistas
callejeros es que tenían un único enemigo. Los terroristas
que pusieron las bombas en el Edificio Federal de Oklahoma consideraban
que su enemigo era un Gobierno Federal cuyo órgano de dominación
mundial, es decir, la esclavización de los pueblos americanos
y asiáticos, era la World Trade Organisation. El combustible
que alimenta el atropello despiadado de las legislaciones nacionales
por parte de la WTO son los protocolos establecidos por el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional que exigen la rendición
de la soberanía para someterse a los imperativos económicos.
El ataque contra las torres del World Trade Center proporcionó
a la Elite de Poder una oportunidad que no podía haber sido
más provechosa. En palabras de uno de sus grupos de expertos:
“¡Vamos a matar dos pájaros de un solo tiro!”.
Inmediatamente después, el Presidente Americano mencionaba
la palabra “Cruzada”.
La realidad es que la mejor manera de definir la verdadera identidad
de todos los modernistas, ya se hayan autoproclamado Islámicos
o sean así llamados por los EE.UU. y sus aliados, es la de
los intelectuales modernistas árabes que se ven a sí
mismos parte de la Guerra contra el Capitalismo Corporativo. Si
son cultos, es evidente que han sido adiestrados, de Bin Laden para
abajo, en el lenguaje y retórica de la guerra anti-globalista.
El resto del grupo representan esa subclase que siempre ha sido
utilizada en los asesinatos y la violencia política; no sólo
una subclase sino también, como es el caso del individuo
con la bomba en el zapato, los retrasados mentales.
Esta Guerra, cuya oscuridad se ilumina con las luces de muchas,
muchas causas justas y olvidadas, tendrá al fin dos víctimas
únicamente: La primera serán los EE.UU. en cuanto
nación-Estado. Se ha demostrado imposible defender a los
EE.UU. / Israel como nación-Estado base para las operaciones
policiales de las corporaciones supra y transnacionales. Ni tampoco
es posible, como ya sabe ahora todo el mundo, echar la culpa a los
judíos. Parte de la ironía que define la situación
actual de los EE.UU. es que malgastó los Años Reagan
calumniando a todos los intelectuales judíos que se habían
opuesto al papel jugado por América en el capitalismo mundial.
Desde Lionel y Diana Trilling hasta Norman Mailer, se vieron obligados
a abrazar de nuevo un judaísmo que habían abandonado
hace mucho tiempo, con la nueva amenaza de que negar su procedencia
era anti-patriótico, justo ahora cuando el Reaganismo veía
el matrimonio de la República con el programa de dominio
mundial de los banqueros.
La otra víctima de la Guerra es el desmantelamiento de la
tradición legal que defendía el carácter sagrado
del individuo frente al poder del Estado, tal y como defendía
la Carta Magna, el Habeas Corpus, la No Detención sin Cargos,
etc. El programa radical monetarista que convierte en deudor cada
niño del mundo nada más nacer, no podía conseguirse
sin la eliminación de ese excepcional respecto por la persona
que había sido logrado, tras pagar un alto precio, por la
civilización cristiana y de forma gloriosa por nuestra civilización
islámica.
En todo esto, el papel de la Comunidad Musulmana Mundial es volver
al Din. Allah el Excelso ha dicho en la Surat ar-Rum (30: 29-30):

“Mantén tu rostro sin apartarlo de la Adoración
primigenia (Din),
como creyente puro y natural (hanif).
La marca original de Allah,
con la que ha marcado a los hombres al crearlos.
No se puede reemplazar la creación de Allah.
Esa es la forma de Adoración genuina,
sin embargo, la mayoría de los hombres no saben.
Vueltos hacia Él.
Y temedle, estableced el salat y no seáis de los que asocian”.
Esto
significa que el rey Abdallah de Arabia debe abandonar la traición
que supone el wahhabismo, volver a la tradición de su país
y seguir la Escuela del ‘Amal del Ahl al-Madinah. Esto
significa que el Rey Muhammad de Marruecos no debe vender un solo
palacio a los que, al comprarlo, acabarán por derrocarlo.
Y debe además cumplir la promesa pendiente de su gran padre,
Hasan II, que Allah tenga misericordia de él por su defensa
de Marruecos en una vida entera de guerra soterrada por parte de
Francia cuyo objetivo era recuperar su antigua colonia. El rey Hassan,
en el último año de su vida, prometió a una
delegación de los Murabitun de Granada que le habían
entregado como regalo un Dinar de Oro Islámico, que iba a
reinstaurar la Recaudación del Zakat y que nombraría
a un grupo de ‘ulama para ponerlo en práctica.
Esto significa la abdicación de esos dinosaurios que son
los Ijwan al-Muslimun, la admisión de que su ‘aqida
es defectuosa, que siguen las doctrinas occidentales y que desconocen
por completo la dinámica de la economía moderna y
la relevancia del Zakat como mandato divino que debe ser recaudado
en Dinares de oro y Dirhams de plata. La acuñación
y distribución del Dinar de Oro Islámico es lo que
destruirá el poder imaginario del Dólar de Papel kafir
y eliminará para siempre el totalitarismo de la época
bancaria.
El 11/9 de 1973, Salvador Allende fue empujado hacia el suicidio.
El 11/9 del 2001, los anti-globalistas árabes se suicidaron
estrellando sus aviones contra las Torres Gemelas del World Trade
Center.
Esta es la Guerra, y no ha cesado de ocurrir en frente alguno. Pero
más allá de su oscuridad, reside para nosotros la
propagación de la Luz del Islam en el mundo entero, una gran
recompensa y un gran perdón.
Allah el Excelso ha dicho en la Surat al-‘Araf (7: 158):

“Di: ¡Hombres! Es cierto que yo soy para vosotros el Mensajero
de Allah,
a Quien pertenece la soberanía de los cielos y de la tierra.
No hay dios sino Él, da la vida y da la muerte;
Así que creed en Él y en Su Mensajero,
el Profeta iletrado que cree en Allah y en Sus palabras
y seguidle para que tal vez os guiéis”.
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