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El Fin de la Democracia
por
Shaykh Dr.
Abdalqadir As-Sufi
07/01/2009
Para
la gran masa analfabeta, la democracia significa el derecho al voto
con el que elegir, entre dos o más partidos que se enfrentan
entre sí, al gobierno de su país. La clase tecnócrata,
adiestrada por los medios de comunicación, cree además
que el gobierno no debe interferir con el mercado –es decir,
la distribución en manos de las grandes corporaciones y el
libre mercado– lo cual significa que está prohibido
poner freno a la expansión global de la gran empresa a costa
de la entidad privada. La riqueza no es gobernada. La riqueza no
se gasta en provecho de la gente. La gente paga por todo y paga
impuestos por todo lo que compra, conduce o utiliza para volar.
Pero ahora, el sistema de riqueza ha colapsado, racional e irremediablemente.
Y es a la gente a quien se le pide pague los miles de millones necesarios
para devolver la riqueza a los más ricos. Esta operación
sólo puede llevarse a cabo convenciendo a las masas que,
en realidad, es la forma de salvarle de la pobreza y no la receta
para endeudarle aún más.
En la obra maestra de Visconti, la película basada en la
novela de Lampedusa El Leopardo, se pone al desnudo la política
del poder. La ley que subyace en toda forma de gobierno se define
de la siguiente manera: “Para las cosas sigan igual, hay que
cambiarlo todo”.
Si el sistema financiero ha colapsado significa que el sistema democrático
también lo ha hecho; la función de la democracia ha
sido separar al gobierno (que controla a las masas) del ‘mercado’,
es decir, la riqueza basada en las materias primas y productos básicos
–mientras tanto, el dinero en sí, a pesar de carecer
de valor intrínseco, se había convertido en un producto
negociable.
En el 2005, los gurús de las grandes firmas bancarias/inversiones
sabían que la última baza del juego de futuros y de
los fondos de cobertura (1) (hedge funds)
estaba llegando al punto de fusión matemático. Esto
significaba que la democracia necesitaba un mandamiento dirigido
a las masas con el que ofrecer esperanza, salvación, salir
a flote y seguir como hasta ahora: resumiendo: el sueño no
iba a terminar.
Con una habilidad soberbia, se preparó el escenario para
el sueño/régimen, el líder del sueño
y el brillante engaño de convertir el final en la semblanza
del principio.
La ‘política’ de esta renovación tenía
una sóla palabra. ¿Y por qué no? En Iraq habían
muerto millones y otros tantos partieron hacia el exilio con sólo
tres letras: A.D.M. (2)
El mantra político se pregonó a los cuatro vientos:
“Cambio”.
No obstante, bien pudiera ser que, en la vasta naturaleza de esta
conmoción, no sea ‘su’ asunto lo que se renueve,
sino que todo –el sistema, el dinero y el personal–
desaparezca por completo. ‘Su’ cambio no va a garantizarles
la igualdad repetitiva.
La Segunda Guerra de los Cien Años, que comenzó con
la politización de la riqueza en Sudáfrica en 1910,
(la ‘solución’ del Dominio), por fin ha terminado.
Ha sido la era de la clase política. La era del gobierno
en manos de los siervos de la elite bancaria –no el derecho
al voto– que los encumbró en el poder.
No se pueden urdir una serie de medidas matemáticas (“económicas”)
que tengan éxito. La era del gobierno democrático
ya no tiene salvación. La banca no puede funcionar sin la
democracia. Y sin embargo, la crisis de la clase política
es aún mayor que la económica.
Ahora sabemos que, el dinero de papel, no funciona. También
sabemos que, el personal democrático, tampoco lo hace. Se
acabó. Se acabó. Se acabó.
Echemos un vistazo sobre el terreno.
Kenia: Los políticos de dos partidos pretenden la Presidencia.
Para conseguir la victoria, ambos dejan que decenas de miles de
su propio pueblo se maten entre sí. Y sigue sin solucionarse.
Zimbabwe: un Presidente medio loco, (“Zimbabwe es mío”),
que encarna la política socialista en su forma más
pura, se enfrenta a su oponente; éste, a su vez, es el elegido
por las inversiones de los EE.UU. Su negativa a colaborar ha producido
una inflación millonaria y una epidemia de cólera
con más de mil víctimas.
Bangladesh: dos Begums militantes luchan por el poder; sus políticas
son idénticas: Han paralizado al país durante toda
una década.
Grecia: dos partidos inmersos en la discordia durante dos décadas;
el equipo socialista de Papandreu maldice al equipo monetarista
de Karamanlis. Y ahora Grecia está al borde de la guerra
civil.
Se debe observar que el sistema de partidos tiende a producir un
monarquismo frustrado que sustenta a un liderazgo que se caracteriza
por su baja estructura del ADN: con los Roosevelts, Kennedys y Bushes
en el estado Republicano más crucial.
La patente disfunción de la democracia y su sistema de partidos
se achaca a la inmadurez del país, pero esto no puede defenderse
cuando nos fijamos en la Unión Europea.
El Primer Ministro de Inglaterra sumió, no sólo al
país sino también al gobierno, en una guerra que nadie
quería. El que ocupa su puesto en la actualidad jamás
ha sido elegido por el electorado, un auténtico ultraje dados
los poderes dictatoriales obtenidos por su predecesor.
Blair necesitaba con urgencia un psicoanálisis. Como Primer
Ministro, Brown es aún más inseguro. Está casi
ciego. A los Jefes de Estado que vienen de visita, se les pide que
no sean los primeros en estrechar la mano por miedo a que Brown
no la vea. Sus fajas no inspiran confianza. Los dientes superiores
no logran unirse con los inferiores. Tiene una misteriosa minusvalía
que hace que se caiga el maxilar inferior sin control alguno. Cuando
sonríe, su boca fruncida recuerda más al paro que
al placer. Y, sin embargo, desde los ojos dilatados por el miedo
de Blair a la ceguera de Brown, la palabra definitoria no es la
fealdad. Es la incompetencia. Los líderes democráticos
no están capacitados para desempeñar los altos cargos.
Esto es algo indiscutible en nuestros días. Incapaces. Brown:
incapaz. Bush: incapaz. Merkel: incapaz. Zapatero: incapaz.
¿Cómo se manifiesta esta incapacidad?
¡Está claro! Cuando a finales del 2007 colapsó
el sistema financiero y sus instituciones, los líderes políticos
no sólo estaban sorprendidos, sino que al principio inlcuso
lo negaban. Llegaron a declarar públicamente que ni siquiera
sabían CÓMO había sucedido. No ofrecieron solución
alguna. Adoptaron las recomendaciones de los banqueros (¡los
banqueros en bancarrota!).
Pero hay una incapacidad mucho más grave. El peor aspecto
de la clase política es su cobardía, que va unida
a la indeferencia más absoluta ante la masacre de los jóvenes
en guerras inútiles.
La negativa de un gobierno a estar en el frente de batalla en caso
de guerra, liderados por el Presidente y sus ministros, debería
producir su derrocamiento o un amotinamiento nacional o militar.
Menosprecian sin cesar el gobierno personal en manos del Monarca.
Pero el Monarca lideraba el combate sin dilapidar generaciones enteras
como han hecho Asquith, Lloyd George, Wilson, Roosevelt, Truman,
Blair y Bush. Asesinos y cobardes. ¿Acaso hay imagen más
repugnante que la de Blair y Bush visitando a los soldados en Iraq
o Brown en Afganistán? No debe extrañarnos que, en
París, el soldado francés se distanciase del Presidente
Sarkozy cuando depositaba unas medallas en los ataúdes procedentes
de Afganistán.
“¡Nuestros jóvenes en el frente: muriendo!”
“¡Nuestros políticos en la retaguardia: enriqueciéndose!”
Se acabó. Este es el único resultado positivo de la
Masacre de Gaza.
Hay otro desequilibrio importante: la falta de humanidad de la clase
política. Wagner dijo que la política arrebataba a
la mujer su poder como mujer. Es necesario que se desmujerizase,
que se convirtiese en un pseudohombre. Los aspectos vitales y sublimes
de la feminiedad, vale la fuerza que confirma la vida, la compasión,
la maternidad, ser hija, ser esposa, la sabiduría y el sentido
de la realidad– tienen que ser sofocados si quiere formar
parte de la clase política.
No es un accidente, y por supuesto tampoco una moda, lo que fuerza
a las mujeres políticas a convertirse en travestidas.
El traje de chaqueta y pantalón es el uniforme obligatorio
en el mundo de la política con el que se imita al varón.
Desde la Secretaria de Estado de los EE.UU. a la Canciller de Alemania,
representa la negación obligada del feminismo.
De forma similar, la elite de la Banca es una reserva del varón,
con una sóla excepción al más alto nivel, una
banquera cuyos maridos anteriores (quizás sea parte de sus
méritos) murieron en circunstancias misteriosas.
Burlarse de los políticos no es una simple frivolidad. Sirve
para enfatizar que no hay negocio por pequeño que sea, no
digamos ya las grandes empresas, que tan siquiera sueñe con
contratarlos para desempeñar un puesto de cierta responsabilidad.
Los políticos son las criaturas más bajas de la especie.
Tanto ellos como sus instituciones nacionales fueron incapaces de
detener la Masacre de Gaza. No han sido capaces de mencionar los
cientos de víctimas palestinas sin mencionar a continuación
el puñado de muertos israelitas. Nadie se atrevió
a decir que la proporción de seres humanos muertos de uno
por cada cien significa un desastre terminal del nexo social. ¿Declaración
de alto el fuego por la ONU? No. ¿Sanciones contra Israel?
No. Los políticos no representan al pueblo. Son los siervos
de los bancos.
¿Va a seguir así? ¿O habrá un cambio?
Y esto nos lleva a Barak Obama. Qué reparto de actores más
extraordinario. Se merece todo un Oscar.
Nada es lo que parece.
El nombre es musulmán. La religión, evangélica
cristiana. Se autoproclama negro. Su madre era blanca. Es el Michael
Jackson de la política. En ambos casos, la compañía
discográfica es judía.
“Para que las cosas sigan igual: Todo tiene que cambiar”.
El mito que postula la continuación del Sueño Americano
(¿quién inventó eso?) –la prueba ha llegado–
un presidente negro.
La verdad. La verdad histórica de América no ha sido,
ni puede ser, confrontada, del mismo modo que el nuevo régimen
de Sudáfrica no puede enfrentarse a su verdad.
Barak Obama no es negro. Es marrón. El Estado cristiano no
podría sobrevivir a su propio legado cultural. Los Sureños
se avergonzaban de lo que llamaban mestizaje. El diccionario Oxford
lo define de la siguiente manera: “Mestizaje: mezcla de razas;
la unión sexual de blancos con negros”. Los Afrikaners,
cristianos protestantes, también se avergonzaban. El segregacionismo
fue el intento inútil con el que impedir que los blancos
nórdicos se aparearan con los negros. ¡Era pecado!
En su primer contexto era el escenario de la supremacía racial.
Hoy nos enfrentamos a un nuevo ethos científico. Tanto la
raza negra como la nórdica están en plena decadencia
genética. La arrolladora política del SIDA-guión-VHI
enmascara el colapso genético de las comunidades negras.
Por otro lado, las razas ‘mezcladas’ (según la
terminología del apartheid) proliferan por doquier,
superiores a sus privilegiados vecinos, destacando en los deportes
y el intelecto. En el mundo moderno, el niño ‘marrón’
de padres ‘mezclados’ representan una asociación
genética redentora que produce una generación, o re-generación,
dinámica y superior. El fracaso a la hora de enfrentarse
a esta situacion está condenando a Sudáfrica a una
‘doctrina del poder negro’ (que segrega a los todavía
‘deshonrosos’ coloreados) cuyo resultado ha sido, no
sólo el rebajar los criterios académicos, la selectividad
universitaria y las cualificaciones médicas, sino también
¡las notas de los exámenes de los pilotos de las líneas
aéreas!
En los EE.UU., la cuestión, jamás confrontada, de
los esclavos liberados política pero no económicamente,
ocultó la herida más profunda, y quizás incurable,
a no ser con el Islam: la nueva problación del futuro sería
de niños marrones. El lenguaje de la política Afroamericana
es el de un estado fracasado. Los EE.UU. eran un Estado que, en
1861 y según el Oxford Dictionary, era una nación
que al hablar de sus ciudadanos los llamaba: “Octronés:
mestizo en el que la octava parte de su sangre es de origen negro,
el vástago de un cuarterón (3)
y un blanco”. Los EE.UU. Fueron el padre de la Alemania nazi
y del Aparheid sudafricano. Y nada ha cambiado desde entonces.
Pero ahora nos políticos nos dicen que “llega el cambio”.
¿Cambio a manos de un hombre que no puede negar blanco y
negro para poder proclamar las buenas noticias genéticas,
o las estupendas noticias de que no es cristiano ni judío
sino hijo de un musulmán? Pero, ¡qué pena! Se
ha puesto el bonete judío y se ha arrodillado en la iglesia
cristiana racista… “Para que todo siga igual”.
Ha manifestado su “preocupación grave” por las
víctimas palestinas y judías. Este es el mantra de
Presidente francés judío, del Ministro de Asuntos
Exteriores francés judío y del Ministro de Asuntos
Exteriores inglés judío. Es el mantra de brillante
del ex–Jefe del Estado Mayor israelita que forma parte del
equipo de Obama. Una persona de verdad diría que la masacre
de 100 a 1 es una brutalidad pagana y su aceptación significa
el final de nuestra sociedad.
La guerra de Israel contra Palestina no es la del judaísmo
contra el Islam. La ciudad santa de Israel es New York y la de Hamas
es Kerbala; Israel está matando a palestinos para impedir
que la sangre árabe destruya la judería israelita.
Lo que temen no son sus proyectiles y sus túneles, lo que
temen son sus penes y sus úteros: Tienen miedo a que el cuarterón
ceda el paso al octronés y la judería racista desaparezca
para siempre, algo que ya está pasando, a pesar de Hollywood,
en los EE.UU.
Si Barak Obama no puede abrir las puertas de la realidad en Israel,
¿qué posibilidades tendrá de abrir las puertas
de la pobreza en los EE.UU. De permitir que la población
blanca y marrón entre en el dormitorio blanco del futuro?
Para lograr este cambio de valores tan radical, Obama tendría
que entrar en el Islam. Esta sería la verdadera renovación.
Y lo que conseguiríamos es “cambio”.
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(1)
- Hedge funds: Se denominan también fondos de cobertura.
Son fondos de inversión que nacieron en los años sesenta
para favorecer a las grandes fortunas de Estados Unidos. Están
especializados en la inversión de tipo especulativo, utilizan
técnicas sofisticadas, entrañan alto riesgo, exigen
una altísima inversión mínima a cada partícipe
y el gestor cobra su remuneración en forma de comisiones
sobre los beneficios obtenidos. (Nota del Traductor).
(2)
- Armas de Destrucción Masiva
(3)
- Cuarterón (del lat. «quartaríus»)
¬adj. y n. Mestizo de mulato y blanco. (Diccionario del uso
del Español. Maria Moliner. Ed. Gredos)
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