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Hukum sobre el futuro de Inglaterra
por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
La
necesidad de emitir este fallo se puso en evidencia después
de recibir por separado varios escritos de varios abogados musulmanes,
expresando sus inquietudes y pidiéndome que hablara sobre
la situación de la comunidad musulmana en las Islas Británicas.
Un asunto, en particular, sobre el que me consultan es el de las
actuaciones de una organización que se autodenomina Consejo
Musulmán de Gran Bretaña. Este comité, a pesar
de su nombre rimbombante, no tiene ninguna autoridad sobre los musulmanes
británicos. Tampoco tiene el ‘amr que lo legitimaría
según la ley musulmana, y ni siquiera tiene una autoridad
electiva, puesto que no ha sido elegido por un sufragio mayoritario.
Se trata de un Consejo, considerado desde siempre, como instrumento
dócil del gobierno británico y que, ya en el pasado,
se ha distinguido por respaldar programas gubernamentales, dudosos
o claramente perjudiciales para nuestra comunidad musulmana.
El escrito que este Consejo ha dirigido últimamente a los
“imames, ‘ulemas y presidentes y secretarios de mezquitas,
organizaciones e instituciones islámicas”, comienza
con una referencia “a la grave inquietud expresada por el
Primer Ministro y por las Autoridades de la Policía de que
existen grandes probabilidades de un inminente ataque terrorista
contra el Reino Unido”. A continuación, dice que “No
me cabe la menor duda […] que ustedes cumplen ya con el deber
islámico de ayudar a mantener la paz de la nación”.
Esta última frase quizá sea la que pone de relieve
la contradicción inherente de su posición. Mantener
la paz de la nación no es obligación de los musulmanes
británicos, si no de las fuerzas armadas. A lo que sí
están obligados los musulmanes británicos, una vez
que han declarado la Shahada, es a realizar las cinco oraciones
obligatorias, a nombrar un Emir que autorice la recaudación
del Zakat, a cumplir con el ayuno y a consumar el Hayy si es posible.
La aleya del Corán que citan en su escrito es totalmente
inapropiada para el caso.
Lo que el Consejo exige, básicamente, a los musulmanes es
que actúen como grupo de vigilancia gratuito en auxilio de
la policía y del servicio secreto. Y lo que es peor les insta
para que “desarrollen contactos activos con otras comunidades
de creyentes y con organizaciones cívicas para promover el
mantenimiento de la paz social y las buenas relaciones comunitarias”.
El escrito del Consejo no menciona los nombres de las organizaciones
cívicas. En cuanto a las otras comunidades de creyentes,
¿a cuáles se refieren? ¿A los budistas? ¿A
los adoradores de Ganesh? ¿A los de Krishna? ¿A los
de Kali? ¿A los Adventistas del Séptimo Día?
El Consejo pone la petición de “ayuda” a Allah
como punto siete del programa. Después, pide que el mensaje
del escrito sea transmitido en el “sermón del viernes,”
una expresión utilizada quizás para mostrar sus credenciales
neocristianas.
Además de esto, un mensaje por correo electrónico
ha sido enviado por el Consejo; y empieza diciendo: “Hemos
recibido notificación de varios departamentos gubernamentales
y servicios de seguridad…”. Lo cual, dado que la doctrina
oficial de los Estados Unidos y de sus satélites europeos,
es la secularización, que exige la completa separación
entre la iglesia y el estado; y que en Inglaterra, la conexión
con la función religiosa del monarca es puramente simbólica.
No deja de tener su gracia. También en Turquía el
excelente Primer Ministro ha sido, lamentablemente, forzado a hacer
lo mismo, después de las execrables explosiones de bombas
en Estambul. Un Jutba oficial fue enviado a todas las mezquitas.
Todo ello implica una infracción de la doctrina secular.
Si el estado pretende hablar desde la mezquita, la mezquita debe
tener libertad para hablarle al estado. Con lo cual, el aparato
gubernamental se sale del marco democrático. En este sentido,
el Consejo, echando mano de la misma estrategia que en Turquía,
dice que la orden procede de las Naciones Unidas. En su correo electrónico,
decía: “Parte de nuestra estrategia es marginar y desenmascarar
a los elementos radicales periféricos que están actuando
en nuestro medio, conscientes de que esto supone una estrategia
de alto riesgo”.
Una de las cartas que he recibido dice: “…y quien me
ha preguntado, me ha dicho que si yo, como abogado musulmán,
estoy dispuesto a poner en práctica tal estrategia”.
Y luego continúa, “Todavía es pronto, pero es
de prever que llegará el día en que los musulmanes
serán invitados a denunciar a los otros musulmanes a cambio
de su seguridad, del mismo modo que la Inquisición española
concedía “períodos de gracia” en los que
la gente podía denunciar a los “herejes” y salvar
el pellejo. Todos los denunciados eran encarcelados y torturados
para obtener una “confesión” y, por supuesto,
más nombres”.
“Veo ya, en muchas de las mezquitas que visito, musulmanes
que no saben ni lo que pasa, ni lo que tienen que hacer. Más
de un joven ha sido arrestado sin cargos bajo la reciente legislación
antiterrorista y no podemos saber si han cometido algún delito
o si, su detención, es parte de una estrategia intimidatoria
contra los musulmanes”.
Desgraciadamente, lo que temía este abogado musulmán
ya está ocurriendo. Según me informa otro abogado,
poco después de aceptar los casos de algunos presos de Guantánamo,
el personal de Seguridad visitó sus oficinas para advertirle
que tuviera cuidado, pues musulmanes relacionados con los terroristas
presos, habían sido vistos entrando en su despacho. El motivo
de esto era impedir una representación legal de los presos
ubicada en Gran Bretaña. Ahora, de una manera aún
más significativa, el paranoico Ministro del Interior, se
propone introducir disposiciones legales que permitan encarcelar
a cualquier convicto de relacionarse con gente que esté relacionada
a su vez con acusados de terrorismo.
Ahora bien, antes de pedir a la honrada comunidad musulmana británica
que actúe como guardián de su país, nuestra
comunidad debe ser informada de quién es el que de hecho
ya ha destruido la paz y el orden social. La contradicción
subyacente en el fondo de este asunto es que Inglaterra es un país
kaffir, ignorante y ateo, y que su religión mayoritaria,
verdaderamente activa, es el Islam. Gran Bretaña necesita
un nuevo aparato de gobierno. Su única fuerza social dinámica,
hoy, es su comunidad musulmana. Veamos pues, como es este gobierno.
El marco parlamentario bicameral, nunca ha estado en manos de las
masas, siempre estuvo bajo el control de una aristocracia benigna
y paternalista. Esto proporcionó una notable estabilidad
hasta la Guerra de 1914-45 y la invasión de Europa por los
Estados Unidos, que fue su consecuencia. La segunda mitad del siglo
veinte, fue testigo del lento abandono de las soberbias mansiones
campestres y las tierras, pertenecientes a la aristocracia, debido
al sistema de exacción fiscal diseñado con este fin.
En paralelo, el poder fue pasando de las manos de los lords y de
la pequeña aristocracia rural, a manos de una nueva clase
empresarial emergente, en la que se daba un alto porcentaje estadístico
de ricos financieros judíos y de magnates del petróleo.
Desde los tiempos de Wilson a los de Thatcher se vio cómo,
esta nueva oligarquía, iba haciéndose con el control
de las viejas instituciones de Gran Bretaña, al tiempo que,
bajo el gobierno de los mencionados Primeros Ministros, se desmantelaba
la forma tradicional de gobierno basado en el Consejo de Ministros
–un sistema abierto que acabó con la muerte de Churchill–.
Para dar paso a una serie de Comisiones Especiales, bajo el poder
del Consejo al Primer Ministro, que permiten delegar ciertos poderes
y responsabilidades a entidades no gubernamentales dependientes
de entidades financieras. Aparentemente el poder parecía
residir, únicamente, en la oficina del Primer Ministro. Sin
embargo, tras la apariencia, el poder invisible de la oligarquía
dineraria, es el que dirigía el curso de la nación
al mejor estilo de las dictaduras. El efecto indirecto de estas
medidas fue que, el Parlamento, se empezó a llenar de gentes
distintas a las de antes, gente nueva, manejable y ambiciosa.
Con el descaecer del gobierno de Blair, se inició una nueva
etapa de derrumbamiento del orden social que, supuestamente, había
sobrevivido a la guerra mundial. En esta mutación, Blair
representa al nuevo tipo de líder democrático, sin
experiencia, sin ideología, sin antecedentes, y sin principios,
cualidades éstas que, sin embargo, según el nuevo
baremo de la política, son sus virtudes. Sus defectos, sin
embargo son otros: una falla en el carácter que le incita
a la búsqueda de una causa a la que obedecer en la figura
del padre, la envidia a ricos y poderosos y, lo que es peor, una
visión de las cosas limitada al presente, sin ningún
conocimiento del pasado.
Minusválido, por falta de imaginación, fue arrastrado
sin dificultad, por el presidente norteamericano a aportar varios
batallones al proyecto imperialista del sistema financiero mundial
afincado en los Estados Unidos. Le rodeaba, en aquel momento, lo
que un diputado ha llamado “su sinagoga”, su círculo
de confianza – Levy, Goldsmith, Weinstock, Jack Straw, etc.
– . En cuanto a su periferia estaba constituida por conventículos
del crimen, los hermanos Hinduya y otros clanes del mismo pelaje.
En esta circunstancia, como por irrisión, ante la impotencia
del Parlamento, nombró a un ciego como Ministro del Interior.
Cuando sucedieron los disturbios antimusulmanes de Manchester, un
dirigente local inquieto, me dijo: “No puedo decirle al Ministro
del Interior: venga usted aquí y vea lo que pasa por sí
mismo”. No es de extrañar que, dada la naturaleza temerosa
del hombre, incapaz de ver lo que le rodea, haya sido este ciego
el instigador de la legislación de corte fascista que, sin
duda, ha puesto punto final a la tradición liberal británica.
Si el arresto preventivo, y la detención acompañada
de tortura e interrogatorios, son malos, la condena basada en sospechas,
es incompatible con cualquier sociedad. De acuerdo con el derecho
islámico, por supuesto, un ciego no puede ser nombrado Ministro,
puesto que el requisito mínimo que se le exige a un Ministro
es que sea legalmente capaz de servir de testigo visual de los hechos.
Para cualquier musulmán, donde quiera que se halle, es evidente
que: a) no se está haciendo la guerra al terrorismo, sino
a la Comunidad Musulmana Mundial, b) ese terrorismo, no sólo
es repugnante, sino que no tiene antecedentes en ninguna sociedad
islámica en los mil quinientos años de su historia;
excepto en la conducta de la secta herética de los Ismaelitas,
que fue expulsada por ello de la comunidad musulmana, c) que parte
de ese terrorismo es probablemente organizado por los servicios
secretos kaffir, d) que es ampliamente reconocido que el terrorismo
actual tiene su modelo clásico en la Rusia zarista y que
es parte esencial de la crisis interna del capitalismo terminal,
e) que el terrorismo se ha transformado en el instrumento con el
que el presente poder mundial está machacando e intimidando
a millones de musulmanes para que abandonen el Din y abracen la
doctrina masónica de la Tolérance, y f) que las consecuencias
de una colaboración servil con los kuffar serán encarcelamientos
y asesinatos masivos entre la población musulmana del mundo.
Si a alguien le cabe alguna duda sobre estos asuntos, le remito
a la declaración hecha por un miembro del gobierno norteamericano
en la cadena de televisión CNN. Ante millones de televidentes.
Bob Kerry manifestó que, debía quedar bien sentado
que, no estamos luchando contra Al-Qaeda y contra el terrorismo,
sino que estamos luchando contra el Islam. Y añadió
que, en esta guerra, “los Estados Unidos (y es de presumir
que Inglaterra) son un ejército cristiano luchando en un
país musulmán”.
Como la doctrina que encubre este programa despiadado está
ya en marcha, es imperativo deducir, que lo que puedan pensar los
musulmanes esté fuera de lugar dentro del marco establecido
por la dialéctica interna kaffir. La oligarquía financiera
al mando en el mundo, hoy día, ha instruido a sus funcionarios
para que expongan una doctrina sui generis. Es una doctrina cuyo
objetivo busca distraer a las masas para que no se percaten de la
estafa que está cometiendo la economía usurera y su
sistema fiscal. Aunque no se trate de una conspiración se
nota la adhesión a una misma doctrina en la uniformidad que
se da en todas las declaraciones de los dirigentes, desde el Primer
Ministro hasta los obispos. La manifestación de Blair de
que el terrorismo no representa lo que él considera el “Islam
auténtico” debe entenderse a la luz de otra manifestación
suya afirmando que el Islam significa para él, derechos humanos
y democracia, una doctrina que ya ha sido adoptada en Pakistán
por el títere Musharraf.
¿Cuál es pues la doctrina que ha conseguido meter
en la cabeza de la gente la idea de que la Revolución Francesa
fue una evolución inevitable, y no el paso del gobierno personal
a sistemas de gobierno inhumanos? ¿Qué hace que la
gente esté tan de acuerdo con el gobierno democrático,
cuando está probado que ha servido de instrumento para la
guerra total y genocida a través de todo el mundo? ¿Cómo
conseguir que la gente no se dé cuenta de que el dinero se
está devaluando sin parar en sus bolsillos al tiempo que
un número cada vez más pequeño de personas
está acumulando la mayor parte de la riqueza mundial? El
ideario que sirve para conseguir tales fines recibe distintos nombres
y es propagado en multitud de libros, muchos de ellos escritos por
miembros influyentes de la administración norteamericana,
e incluso por algunos magnates de las finanzas. El nombre de este
iceberg de conceptos que nos llega desde la titánica sociedad
liberal, mostrando sólo la mínima parte que sobrenada,
es postmodernismo y ‘presentismo’. Su medio de control
de masas se llama Corrección Política.
Como dice el profesor Jonathan Clark: “Un universo mental
privado de historia tiene que ser necesariamente ateo […].
El yo no nace “libre” en el sentido de atemporalidad.
La identidad personal es forjada en gran parte por la historia,
es decir, por la permanencia en el carácter individual de
la impronta marcada por un conjunto de experiencias y maneras de
reaccionar aprendidas. Perder la memoria no implica ninguna emancipación
sino un grave desorden mental, pues sin memoria no podemos funcionar
como “nosotros mismos”. Si una sociedad pierde su historia,
se produce esto mismo, pero a escala social: […] la existencia
de esta sociedad no sólo será insensible, sino que
habrá perdido toda cosa que le hicieron ser lo que es”.
También nos dice que: “mientras, por un lado, miramos
al pasado en busca de pautas de conducta, dando por hecho que, los
problemas con los que nos enfrentamos tienen una estructura histórica
y que sólo conociendo la historia, podemos tener una idea
sobre lo que tenemos que hacer. Por otro lado, miramos al pasado
con el prejuicio de que hay que escapar de él”.
A continuación, indica: “Una sociedad que se considera
liberada de su pasado –sin obediencia a lo debido, sin moralidad,
sin sentido del honor, sin costumbre o sin aspiración religiosa–
será una sociedad con muchos abogados y pleitos. Será
ciertamente la sociedad en la que vivimos”.
En resumen, dice: “Si olvidamos nuestra historia no seremos
libres, sino dementes. El olvido de la historia, lejos de hacernos
libres, nos incapacita para actuar con sensatez, porque lo que haríamos,
sin memoria, sería insensato”.
El profesor Clark nos ofrece esta desoladora visión de las
consecuencias sociales del postmodernismo: “Al reivindicar
un presente liberado del pasado, se produce un “presentismo”
que suprime también toda posibilidad de futuro, pues el futuro
no puede ser otra cosa distinta de lo que nos está pasando
en el presente. Cuando el mundo deja de ser una narración
de penas y alegrías, logros y fracasos, y se transforma en
una cultura de centro comercial instalado fuera del tiempo y sin
paisaje, las generaciones dejan de relacionarse entre sí,
ya que el desarrollismo hace que los valores consumistas dominantes
nos parezcan existir desde siempre. En esta circunstancia, las generaciones
pasadas no se relacionan con las generaciones futuras, pues en el
pasado las compras no se hacían en estos centros comerciales.
Las generaciones futuras no presentarán problema ninguno
de diferencia o continuidad con su descendencia, ya que, es de presumir,
continuarán haciendo sus compras en estos mismos centros”.
Lo que interesa a la comunidad musulmana, es no vivir distraída
por la turbulencia de las olas que se agitan en la superficie y
prestar atención a las profundas mareas subyacentes que,
bien comprendidas, permitirán conducir el barco de Gran Bretaña
hasta las seguras aguas islámicas. Es verdad, que los musulmanes,
no hemos inventado gran cosa en los últimos tiempos, pero
al menos no hemos ideado y arrojado las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
Esto más bien fue el logro terminal de la civilización
judeo-cristiana. Pues las bombas las inventaron judíos y
las tiraron cristianos. Y olvidándonos de esto, ya es hora
de que, tanto los unos como los otros, reconozcan, al menos, que
la arquitectura mogol es muy superior a la de los pedestres monumentos
de Lutyens.
Así pues, para poner nuestro Hukum sobre el futuro de Inglaterra
a salvo del discurso usual de los ciegos dirigentes kaffir, debemos
echar antes una mirada lúcida sobre el pasado singular de
nuestro país. Si este pasado es comprendido adecuadamente,
la comunidad musulmana podrá leer en él, la clara
señal de la autorización histórica para absorber
al resto de la comunidad nacional dentro de un nuevo orden dirigido,
gobernado y puesto a salvo por un liderazgo musulmán rico
y poderoso, cuya lengua será el urdu.
* * * * *
El
pasado de Inglaterra se inicia con una pequeña comunidad
autóctona, a la que se añade un grupo importante de
colonos procedentes del Báltico. A continuación sucede
el período de ocupación romana, cuyo territorio abarcó
desde el Muro de Adriano hasta el sur. La llegada de la cristiandad
desde Irlanda, a través de Iona, supuso el tercer cambio
de religión acontecido en los primeros años de su
historia. O mejor dicho, supuso una evolución que, desde
el druidismo, pasando por los dioses romanos, desembocó en
la cristiandad prerromana.
Cuando Beorthic, rey de Wessex, gobernaba a su pueblo (786-802),
las crónicas recogen ataques noruegos contra las costas de
Dorset. Northumbria cae entonces en manos de los noruegos. El reino
de Deira, con su capital en York, se hizo danés, así
como los cinco municipios de Lincoln, Stamford, Derby, Nottingham
y Leicester en las Midlands, y lo mismo hizo el reino de la costa
oriental, llamado Anglia.
Tanto la Gesta Danorum –Hazañas de los Daneses–
de Saxo Gramaticus, escrita en el siglo doce, como la anterior Historia
Normanorum –De los Normandos– de William de Jumièges
explican cómo, la población de Noruega y de Dinamarca,
aumentó al punto de tener que emigrar. Poco tiempo después,
los escandinavos se establecieron también en la península
noroeste de Francia, actualmente llamada Normandía. Inglaterra
no existía en este período y mucho menos Gran Bretaña.
En el norte, el reino de Northumbria se extendió haciendo
de los Gaels de Strathclyde y de los Scots de Argyll territorios
tributarios. Cuando su rey, Ecgfrith, invadió lo que hoy
se llama Escocia fueron, sin embargo, completamente derrotados por
el rey Brude, rey de los Pictos, en Nechtansmere, cerca de Forfar,
en el 685. El último rey importante de Northumbria, Aldfrith,
murió en el 704. Con él se acabó la estabilidad
dinástica norteña. En cuanto al sur, los hijos del
rey Penda aumentan en poder y llegan a gobernar una federación
de reinos que abarcaba desde Humber hasta el Canal de la Mancha.
El rey Offa estableció después la supremacía
del Reino de Mercia. La antigua dinastía de Kent se extinguió.
Sussex vino a ser una provincia mercia, así como Wessex.
Offa ordenó la ejecución de los dirigentes de Anglia
Oriental. Aunque se llamó a sí mismo “Rex totius
angolorum patriae” –Rey de toda la Patria Inglesa–,
su poder real no llegó más allá de Humber.
El rey Offa es famoso por la construcción de un foso, de
120 millas de largo, para resistir a los ataques de las fuerzas
de lengua galesa de Gwynned, Powys y Gwent que atacaban sus fronteras.
Los reyes mercios decían descender de Woden, que reinó
sobre Schleswig-Holstein, en las inmediaciones de la bahía
de Kiel, cuyo héroe legendario también se llamó
Offa. Esto pone de relieve la conexión lingüística
con los orígenes bálticos de Inglaterra.
Un signo de la riqueza creciente de Mercia fue la solidez de su
moneda de oro y plata. El rey acuñaba sus monedas de oro
según el modelo de los Califas de Bagdad, con la Shahada
en una cara y la titulación: Offa Rex, en la otra. El poder
se había ido desplazando, gradualmente, de norte a sur, desde
los reinos de Northumbria hasta Mercia, para después, inclinarse
hacia los sajones occidentales. En el 825 el rey, Egbert de Wessex,
somete primero a los mercios en Wiltshire y, más tarde, a
Kent, Essex, Sussex y Surrey. Anglia Oriental también se
somete por su lado a Egbert. La casa real de Wessex consiguió
mantener un reino en el sur de Inglaterra y conservó su identidad
durante doscientos años.
Comenzaron entonces las violentas embestidas marítimas de
las potentes naves vikingas. Los hijos de Ragnar Lodbrok tomaron
York en el 866. Los barcos vikingos ascendieron el Támesis
hasta Sheppey. Establecieron alianzas con los britanos en Cornwall.
Escandinavos y daneses realizaron incursiones a lo largo de las
costas del sur y del este. Kent fue atacado en el 850. Los vikingos
invernaron en Thanet y en Sheppey en el 854. En el 855 se trasladaron
a Shropshire. En el 851 llegaron hasta Londres por el Támesis
con 350 barcos.
Inglaterra soportó 200 años de agresiones escandinavas
y danesas. Conviene decir que éstas no fueron incursiones
de piratería o relámpago. Las invasiones, dirigidas
por Halfdan, Ubbi e Ivar, tuvieron como resultado la ocupación
de grandes territorios de Inglaterra.
En el 865, un enorme ejército escandinavo desembarcó
y se estableció en Mercia. En el 866 este ejército
había avanzado hasta tomar York. En el 869 ya había
cruzado hasta Anglia Oriental. En abril del 871, los barcos vikingos
ascendieron el Támesis hasta Reading. Halfdan, el soberano
danés, hizo acuñar monedas con su nombre en Londres.
Una década más tarde, Halfdan envió tropas
para atacar a los pictos en el norte y a los britanos en Strathclyde.
El rey Alfred de Vessex ganó paulatinamente fuerza hasta
poder firmar un tratado de paz con Guthrum, que reinaba entonces
sobre la mitad de Inglaterra, que hoy se conoce como el Danelaw;
todo el territorio comprendido entre una línea ideal que
cruza todo el país desde el norte de Manchester hasta la
boca del Támesis le pertenecía, mientras que el sur
del Danelaw, excluyendo Gales, pertenecía al Vessex dominado
por el rey Alfred. Desde allí tomó la concluyente
decisión de establecer la lengua anglosajona, decretando
que las escuelas enseñaran el inglés por todo Vessex.
Ordenó que los principales libros fueran traducidos, incluyendo
la Historia Universal del historiador español Orosius, y
la historia de Bede. Ordenó también que se llevara
a cabo la recopilación de los Anales Ingleses, conocida como
la Crónica Anglosajona.
Este es un hecho histórico que debemos entender relacionándolo
con nuestra presente situación lingüística. Sin
el rey Alfred, que murió el 26 de octubre de 899, los programas
de Microsoft estarían en alemán que, también
fue el idioma que perdió, por escaso margen ante el inglés,
en la votación que se hizo para elegir lengua en los recién
nacidos Estados Unidos de América.
En 921, cuando Ragnald de York, rey del Danelaw, murió, ésta
zona territorial se estaba fragmentando. En 978, un joven, conocido
más tarde como Ethelred el Negligente, ascendió al
trono de Vessex. Su negligencia consistió en no prever el
hecho de que Harald Bluetooth unificase Dinamarca y conquistara
parte de Noruega, acercándose con noventa y tres barcos poco
después a las costas de Folkestone, iniciando con ello la
conquista de Kent y Essex. En 1006, los daneses se encontraban ya
instalados en la Isla de Wight y se dedicaban al pillaje y a la
colonización del Hampshire y el Berkshire. Desde Reading
marcharon sobre el Chilterns hasta Avebury, dejando atrás
Winchester. La ofensiva danesa de 1009, dirigida por Thorkell el
Alto, fue más formidable aún. Invernaron sobre el
Támesis, quemaron Oxford y tomaron Cambridge y Northampton.
Inmediatamente después de 1016, ‘Inglaterra’
se unificó bajo el cetro del rey danés, Canuto. El
rey Canuto dividió el país en cuatro condados, Northumbria,
Mercia, mientras que Anglia Oriental, siguió bajo el mando
de Thorkell el Alto, Wessex se puso bajo el gobierno directo de
Canuto. Gracias a los impuestos recaudados en el Danegeld, pudo
costear una flota y pagar su gobierno. La mayoría de los
condes que creó fueron daneses. Los daneses sabían
gobernar, mientras que los ‘nativos’ anglosajones tenían
madera de obedientes labradores. Canuto murió en 1035, después
de hacerse famoso por rechazar la adulación de sus cortesanos
y por haber colocado su trono frente a la marea para, una vez sentado
en él, ordenar en vano a las olas que retrocedieran. Estableció
el orden y la paz.
La herencia del reino fue eventualmente a parar a manos de Harold,
quien pronto hizo marchar su ejército hacia el norte para
enfrentarse una vez más a una nueva generación de
guerreros vikingos, a los que pertenecían el rey Harald Hardraba
de Noruega y Tostig, el enfrentamiento se dio en Stamford Bridge,
a las afueras de York. Sería la última batalla ganada
por el viejo reino anglosajón. De allí tuvo que salir
a marchas forzadas, con su ejército victorioso, para enfrentarse
a un nuevo invasor, Guillermo, Duque de Normandía.
Guillermo de Normandía desembarcó en las costas del
Canal de la Mancha, con un ejército de alrededor de 12.000
hombres. Trajo a Inglaterra hebreos procedentes del barrio judío
de Rouen, para con ellos aumentar, según se dijo, el flujo
de la moneda acuñada necesaria para pagar la deuda.
Los dos ejércitos se enfrentaron en la batalla de Hastings.
Harold cayó, murió con el ojo atravesado por una flecha,
y Guillaume (Guillermo) pasó a ser el rey William, el Conquistador
de Inglaterra, Para pacificar a los descontentos anglosajones, y
para prevenir futuras incursiones provenientes de los países
nórdicos, el soberano normando construyó 25 castillos
desde Carlisle hasta Dover. La conquista de Inglaterra esta vez
fue total.
William reinó sobre Inglaterra 21 años. La clase gobernante,
salvo un par de excepciones, quedó así constituida
por extranjeros desde el comienzo de su reinado. La nueva nobleza
y el alto clero debían lealtad al rey que los había
nombrado.
La revolución normanda impuso un sistema general de posesión
de cargos militares permanentes, y el feudalismo funcionó
como un arriendo por servicios prestados al rey. Un noble normando,
propietario de tierras inglesas, estaba obligado a proporcionar
al rey un determinado número de adiestrados caballeros siempre
que se lo pidiese; 150 barones proporcionaban aproximadamente 4.000
caballeros. Los obispos de Canterbury, Winchester y Lincoln tenían
que proporcionar 60 caballeros cada uno, y la contribución
total de la iglesia era de 780.
William ordenó en 1105 hacer un censo nacional acompañado
de una inspección de los recursos del reino y de las tenencias
de tierra. Se llamó el Domesday Book. Así, un sistema
nuevo y más desarrollado de gobierno consultivo, encabezado
por un rey-jefe militar, reemplazó al régimen danés
de los primeros invasores. Poco o nada quedó de la cultura
campesina anglosajona salvo algunas buenas costumbres sociales recibidas
de sus antiguos señores los legionarios romanos y la afición
por la cerveza. Durante el reinado de William, en todas las casas
de la élite inglesa, así como en la administración,
se hablaba en francés. Los “ingleses” hablaron
danés en el Danelaw, inglés bajo Alfred, y francés
después de la conquista normanda.
La lengua francesa fue dominante en Inglaterra a lo largo de ocho
o nueve generaciones. Con la conquista, llegó una oleada
de nobles de habla francesa, escuderos, comerciantes y comerciantes
de las clases inferiores. Puede decirse que, hasta el reinado de
Henry II y los primeros Plantegenets, el francés aún
era la lengua dominante. Sin embargo, la Peste Negra dañó
gravemente el sistema educativo de la clase dirigente y de la clase
media. La educación se abandonó a manos de criados
y monjes latinizados. El francés se mantuvo con firmeza hasta
cincuenta años después de la Peste Negra, para comenzar
a ceder sólo después de 1400. La mayoría social
estaba constituida por campesinos que pagaban derechos por una tierra
que era prácticamente suya. El esclavo asalariado del capitalismo
apenas existía entonces.
En 1401, la Casa de Lancaster usurpó el reino a los Plantagenet
y con ella apareció un nuevo régimen y una nueva lengua.
La siguiente usurpación, fue la de los Tudor, gloriosa por
su literatura, en la que Shakespeare juega el papel de propagandista
consciente del régimen político. En el centro del
dominio Tudor se esconde la dramática ruptura del mito de
la continuidad de la monarquía inglesa. Las tomas de poder,
primero por la Casa de Lancaster y después por Enrique II
Tudor, fueron dos rupturas dinásticas. Pero a la tercera
se instaló la ilegitimidad de la monarquía justo en
el momento que tuvo que doblegarse por primera vez ante la nueva
fuerza antimonárquica encarnada en la nueva aristocracia
emergente.
Este recóndito pasado, como el resto de lo que hemos examinado,
yace encubierto por los historiadores “oficiales” del
periodo en el que gobernó la aristocracia inglesa que, aunque
en la práctica comenzó con William Cecil, el primer
ministro de Isabel I, históricamente abarca desde 1688 hasta
la abolición de la Cámara de los Lores, encabezada
por Lord Cranbourne, otro Cecil.
Gracias al buen saber hacer político del gobierno monárquico,
el poder cayó, como por casualidad, sobre una pareja que
encarnaba tanto la hegemonía normanda como el linaje primitivo
anglosajón, que dio al país un hijo que fue Enrique
II, el primer rey Plantagenet de Inglaterra. Conviene recordar que,
hacia el año 1154, la clase gobernante de Inglaterra hablaba
francés. Los judíos que el Conquistador trajo a Inglaterra
por estas fechas, ya eran los financieros del reino. Sólo
ellos tenían el privilegio, con expresa autorización
real, de prestar dinero con usura. Se les llamaba “los judíos
del Rey”. Este monopolio obtenido por la protección
real les proporcionó riquezas fabulosas. Los historiadores
judíos se jactan, con razón, de que los grandes castillos
y catedrales de los siglos XII y XIII fueron “construidos
con dinero judío”. Un pequeño grupo de no más
de veinte mil familias, confinados en ciertos territorios y ciudades,
constituyó en aquel tiempo la gran fuerza financiera de Inglaterra.
Las altas tasas de interés, sobretodo gravosas para los nobles
que necesitaban dinero para ir a las cruzadas, se hicieron pronto
intolerables. La usura llevó la ruina a muchos Señoríos.
Cuando Eduardo I accedió al poder la situación entró
en crisis. El combustible que alimentó el fuego de los alborotos
populares, no fue la raza, sino la usura y el desahucio consecutivo
de los deudores. La protección real tuvo que ser retirada
y la usura impuesta sobre los dominios de la nobleza se detuvo.
Hacia 1279, los judíos ya sufrían persecuciones civiles.
En 1287 se produjo la crisis. Una multa monumental los arruinó.
Al cabo de tres años, tuvieron que salir del país,
con lo cual el rey se ganó, con esto, no sólo la popularidad,
sino el apoyo del país. Los judíos no regresaron hasta
que el dictador Cromwell, los invitó a volver.
En 1337, estalló la Guerra de los Cien Años entre
Inglaterra y Francia. En 1338, la Peste Negra se propagó,
asolando Europa y, como hemos señalado, con consecuencias
importantes, para Inglaterra: el cambio de la lengua. Desde la migración
normanda que precedió a la Conquista hasta la Peste Negra
habían pasado 300 años.
No hay un punto crucial más importante para el futuro de
Inglaterra que aquél en el que Enrique VIII engendró
a Isabel Tudor. Para poder desposar a su amante Ana Bolena, embarazada
de Isabel. Enrique tenía que conseguir del Papa el divorcio
de Catalina de Aragón, hija de Isabel, la Católica
Reina de Castilla. Su estratagema fue conseguir la anulación
de su matrimonio. El Papa se negó. Parte de la intriga del
caso se debió a Thomas Cromwell, de la familia del futuro
dictador, que consiguió que el Parlamento reconociera a Enrique
VIII como Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra.
El Arzobispo Crammer declaró de inmediato la ilegalidad del
matrimonio con Catalina y por tanto su nulidad. Ana Bolena fue coronada
reina el 1 de junio y Elizabeth nació el 7 de septiembre.
El Acta de Soberanía Suprema fue aprobada el 3 de noviembre
de 1534. Como resultado de este cisma con Roma, Enrique decretó
la abolición del monacato. Lo irónico del caso, es
que esta medida empobreció a la Corona por el incremento
del poder de la nobleza que se hizo con las tierras de los monasterios.
Al cabo de un siglo, esta misma nobleza acabaría con el poder
personal de los reyes, para colocarse en su lugar. La riqueza de
los monasterios fue entregada por Enrique a las grandes Casas de
Inglaterra, para atraerlas a su causa.
Thomas Cromwell, enriquecido gracias a la expropiación de
los monasterios, dotó expléndidamente a su sobrino,
Oliver Cromwell que, con esta dotación se transformó
en millonario. El Arzobispo Crammer proclamó el “Derecho
Divino de los Reyes”, para suplir la supuesta autoridad divina
que, de manos del Papa, pasó a manos inglesas. Enrique, con
esto, fue Papa y Rey de Inglaterra. A continuación, el Arzobispo
Crammer declaró nulo en su totalidad, el matrimonio que el
mismo había consagrado tres años antes. Ana fue decapitada,
dejando a Enrique libre para casarse con Juana Seymour. Esto hizo
de Isabel una bastarda. Más tarde, cuando Isabel ocupó
el trono de Inglaterra, William Cecil, chalaneando esta bastardía,
se transformó, de hecho, en el verdadero poder del país.
El fue el que planeó la separación de Inglaterra de
la vieja religión romana para reemplazarla por el culto de
la nacionalidad. La Mariología católica se reemplazó
por una estudiada iconografía de Isabel en el papel de Reina
Virgen. De este modo, el secularismo, el anglicanismo y la monarquía
pasaron a ser la nueva Trinidad. Con su Reina bastarda puesta a
la cabeza de un régimen usurpador, heredero a su vez de soberanos
usurpadores asesinos, y con una nueva religión “protestante”,
diseñada a propósito para racionalizar la ‘legitimidad’
de los gobernantes, los Cecil comenzaron una comandancia tutelar
de Inglaterra que sobreviviría a la misma abolición
de la monarquía reinante, procurando entronizar a un rey
nuevo marioneta controlado por la propia familia Cecil. La historia
oficial ha ocultado durante mucho tiempo el poder de los Cecil bajo
la apariencia de una monarquía reinante.
La abolición del poder monárquico, sustituido por
el Estado Aristocrático, se llevó a cabo por medio
de otra ilegitimidad añadida. Cuando la nobleza envió
al exilio a James II, el monarca legítimo reinante para ser
sustituido por los reyes marioneta que se trajeron de Holanda, apareció
una nueva forma de estado oligárquico, un país gobernado
por una “clase alta”, es decir, por la aristocracia.
Esta sociedad estuvo regida por una clase privilegiada que sobrevivió
hasta 1945, momento en que, arruinada por la guerra civil europea
de 1915-45 (De Gaulle la llamó ‘la segunda Guerra de
los Treinta Años’), las instituciones del Parlamento
fueron dominadas por nuevos amos, los banqueros y las grandes compañías
de inversión.
Conviene indicar aquí que la época victoriana, que
siempre se ha presentado como la fase absolutista de la monarquía
británica, Inglaterra fue dirigida por una pareja de bastardos.
Según se ha descubierto ahora, el Príncipe Albert
era el hijo ilegítimo de un judío, y la misma reina
Victoria era la hija bastarda de un cortesano. Después de
la muerte de Victoria, el rey Eduardo VII se distinguió por
su entorno de financieros judíos. Ellos le prestaban dinero
y él les concedía títulos de nobleza. La primera
parte de la segunda “Guerra de los Treinta Años”
mostró hasta qué punto los políticos demócratas
fueron capaces de enviar a millones de hombres a morir, sin arriesgar
ellos su propia vida. El período de 1914-1918, representa
el derrumbamiento de Inglaterra en un extraño ritual de suicidio
en masa organizado por los poderes democráticos de Europa;
en esta hecatombe perecieron, no sólo los mejores del pueblo,
sino también los hijos de la aristocracia, lo que dejó
a la clase oligárquica sin futuro.
A este desastre siguió el final definitivo de dos instituciones
que fueron básicas en Inglaterra durante siglos: La Iglesia
y la Corona. En 1937, el nuevo rey Eduardo VIII abdicó el
trono a favor de su necio hermano Jorge para poder casarse con una
plebeya divorciada. Con esto perdieron su última oportunidad
los Hanover. A Eduardo lo querían las masas y estaba magníficamente
entrenado para el oficio de rey. Los políticos se dieron
cuenta del peligro que suponía este rey que había
demostrado que tenía capacidad para gobernar, cuando lo que
se exigía de un rey era más bien estupidez y obediencia.
La guerra, supuso también el fin de la Iglesia Anglicana,
en su papel institucional del cristianismo nacionalizado.
Irónicamente, la Iglesia Anglicana, que había sido
creada para facilitar un matrimonio real, llegó a su fin
cuando se negó a facilitar otro matrimonio real. Al final
del pasado siglo, la iglesia de Inglaterra, se vio sumida en una
mar de divorcios, transigiendo abiertamente con los adulterios confesados
en primer lugar por el heredero del trono y después por su
mujer. La hermana de la reina, su hija y sus dos hijos se vieron
envueltos en un remolino de divorcios y adulterios. Una iglesia
que tomó su origen de las tragedias del divorcio, la bastardía
y la decapitación, ha ido a terminar en las comedias de la
declinante casa de Hanoover. Así es como los pueblos y las
catedrales de las ciudades, se han encontrado con una feligresía
comulgante fantasma.
El Arzobispo de Canterbury que ofició en los escándalos
de los Windsor y que llamó, para irrisión de la sociedad
londinense, “cuento de hadas” al matrimonio de Carlos
y Diana, era el Dr. George Carey. Este hombre, representó
a su pesar, un papel de personaje cómico durante mucho tiempo,
a causa de su incapacidad gangosa de dominar los diptongos en los
que se basa el inglés bien hablado. Inseguro en su propio
medio social, había hecho todo lo posible por “aprender”
lo que la clase financiera dirigente requería de sus empleados.
Hace poco, en un discurso ampliamente divulgado, atacó con
rudeza al Islam para complacer a sus amos. El discurso estaba cocinado
con la terminología pasada de moda del diálogo islamo-occidental,
“Islam y Occidente” y, su consabida felicitación
a los musulmanes, por la invención del cálculo. El
arzobispo, no parecía saber que el álgebra no es parte
del Din. Su embrollada mente fue incapaz de ver que muchos de los
problemas de los países musulmanes son históricamente
el resultado directo de la interferencia “occidental”.
(“¿Dónde comienza occidente, me pregunto?”
se interrogó, en cierta ocasión, el rajá de
Mahmudabad).
El Dr. Carey había sido aleccionado para aventurar las siguientes
dos proposiciones cínicas y crueles (en el futuro, por supuesto,
deberá hablar con más consideración, ya que
parte de su discurso podría, ser examinado “in camera”
por los fuqaha, como es nuestra costumbre legal en tales casos,
y ser definido como insultante hacia el Mensajero de Allah, que
Allah le bendiga y le dé paz. En todo caso, su leguaje ramplón
y denigrante pone de manifiesto más su ignorancia que su
conocimiento del tema del Islam).
La primera es un error de bulto, que indica una postura completamente
inaceptable para los actuales musulmanes británicos. Consiste
en hablar de la comunidad musulmana de Inglaterra como extranjera,
oriental e inmigrante. Ahora bien, la comunidad musulmana inglesa,
hoy día, está constituida, en su mayor parte, por
ciudadanos ingleses. El párrafo siguiente: “la bienvenida
que hemos dado a los musulmanes, permitiéndoles practicar
su culto libremente y construir sus mezquitas…”, es
escandaloso. Y el acabóse es que, nosotros y algunos de nuestros
colegas, tenemos una genealogía escocesa e inglesa que se
remonta bastante más lejos que la de la familia del Dr. Carey,
que apareció en la época de Dickens sin saber de dónde.
Con esto el Dr. Carey niega la existencia de una comunidad significantiva
de musulmanes nativos. Sin embargo, cuando un Primer Ministro socialista
irritado dijo a una delegación musulmana en una de las habitaciones
del Congreso: “¡Si no les gusta este país, váyanse
ustedes a su lugar de origen! Hayy ‘Abdalhaqq Bewley, el traductor
inglés del Corán, replicó, refiriéndose
a sus antepasados normandos: “A dónde quiere usted
que vaya, ¿de vuelta a Normandía?”.
Su segundo atrevimiento, que no deja de tener su gracia, fue la
arrogante sugerencia de que ya era hora que Islam tuviera su Reforma.
Esta es la postura del ateísmo, hoy día. Lo cómico
es que lo que Carey quiere que hagamos es precisamente lo mismo
que hicieron los pobres cristianos para llegar a donde han llegado
con su Reforma: iglesias vacías, permisión de lo que
solían declarar prohibido, carencia total de liderazgo y
ausencia de cualquier guía moral. Sin doctrinas en las que
puedan estar de acuerdo, la Iglesia Anglicana está rota por
enmedio. La hostia consagrada ya no se transforma por milagrosa
en un trozo de carne rancia ya de dos mil años. Para los
reformistas, la eucaristía, no es más que un símbolo,
pero, a estas alturas, la Iglesia Anglicana Reformada no puede volver
a Roma. Al Pontífice Romano se le ha visto últimamente
poniendo su papelina en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén
que, ni siquiera forma parte del verdadero Templo de Salomón.
Como ha demostrado la arqueología, los judíos y los
cristianos han olvidado su enseñanza original, por lo tanto,
no tienen ni pasado, ni futuro.
Islam es el Din al-Haqq y es inmutable. Y contiene, al mismo tiempo,
toda la metodología necesaria y completa que permite a los
musulmanes poder juzgar cualquier fenómeno nuevo que se presente.
El “modernismo” de Carey, al que se ha adaptado servilmente
la Iglesia Anglicana, pertenece al pasado. El futuro de Inglaterra
será inevitablemente musulmán.
*
* *
Nuestra
intención, al revisar el pasado de Inglaterra, ha sido hacer
ver dos cosas obvias. La primera que la lengua no es una realidad
social fija e inmutable. El uso de una lengua lo determina la clase
dirigente culta que rige el movimiento del comercio y las transacciones
del poder. El inglés no es una realidad fija de la vida histórica
de Inglaterra. Gran Bretaña ha hablado picto, gaélico,
latín, danés, francés y, últimamente,
el inglés.
Hay que ser concientes de que, según van las cosas de este
mundo, la lengua inglesa, aunque aún sea la lengua dominante,
está entrando en una rápida e imparable decadencia.
Fonéticamente, la lengua se está desintegrando según
una curva en constante declinación. No sólo es el
Dr. Carey el que habla un inglés que apenas se entiende,
sino que, lo mismo ocurre en una amplia zona social que abarca desde
el Primer Ministro hasta las masas educadas a la ligera. Como muestra,
el caso de la letra ‘T’ situada en posición media
o final, que ha desaparecido por completo del habla. Los diptongos
elididos, hasta parecer sonidos simples, o partidos en disonancia.
Los versos de Shakespeare sólo se pueden escuchar en la forma
desarticulada del uso urbano.
Semánticamente, el vocabulario y la gramática han
llegado a un alto grado de desintegración. La clase dirigente
de técnicos ya no habla inglés sino una especie de
Microsoft, incomprensible para las masas que han sido educadas por
los medios de comunicación que por su parte hablan en una
especie de criollo fragmentario y post-gramatical. Incluso, los
últimos Ministros se han hecho notar por el nivel ramplón
de su lenguaje.Y, pedagógicamente, no cabe esperar que Inglaterra
pueda disponer en el futuro de la clase dirigente culta y eficiente
que necesita, dado que el sistema educativo, desde la cuna hasta
la universidad, se halla en estado perpetuo de crisis.
*
* * * *
Lo
que hemos descubierto a lo largo de esta reflexión es que
Inglaterra o Gran Bretaña, no es más que un espacio:
un paraje, los que en él viven y mueren son su pueblo. El
‘inglés’ fue tan anglosajón ayer, como
puede ser anglohindú hoy. El territorio inglés, si
ayer estuvo habitado, por gentes llegadas de tierras germánicas,
romanas o danesas, hoy lo habitan, además, gentes que llegaron
desde el subcontinente asiático, que se vieron obligadas
a emigrar, por el reflujo de la marea colonial. Finalmente, es decir,
en nuestro tiempo, los ingleses salieron tan debilitados de la Segunda
Guerra de los Treinta Años y la consecuente invasión
norteamericana que no pudieron conservar la India. De este modo
Allah, glorificado sea, como explica en Su Libro, ha reemplazado
una vez más un pueblo que cesa de rendirle culto por otro
que lo hace.
El futuro de Inglaterra como isla musulmana depende sólo
de algunos factores. La cultura inglesa está acabada, pero
afortunadamente, Islam NO ES una cultura, sino un filtro para la
cultura que deja pasar algunas cosas y detiene otras. Esto es lo
que necesita la gente que habita en Inglaterra, adoración,
‘ibada, y guía, huda.
Para que ocurra esta transformación lo único que se
requiere es que la comunidad musulmana se sumerja en la corriente
general de la vida social inglesa, permitiendo que la dinámica
propia de los “nuevos ingleses”, los musulmanes, se
imponga por sí misma de forma natural. Debe terminar la importación
de esposas. Los hombres deben casarse con las mujeres del lugar.
Y empezar a vivir inmersos en la corriente de la sociedad. Deben
invitar a sus compatriotas a entrar en el Islam, guiando a la gente
para que puedan volver a una moralidad basada en la autoridad divina.
De este modo, podrán comprender que la terrible plaga de
asesinatos infantiles y agresiones sexuales que les aflije no ocurre
porque sí, sino porque, una vez que se permite todo, lo único
prohibido es esto y la naturaleza del hombre es tal que siempre
deseará lo prohibido. La derogación de toda norma
social que favorece un comportamiento justo han arruinado toda posibilidad
de matrimonio serio, y por lo tanto, de honor y de fidelidad. Cuando
no hay normas de comportamiento, y se juega con el amor, el honor
y la lealtad, la plebe se refugia en el consumismo.
Para conseguir el fin deseado: establecer una nueva sociedad en
Inglaterra, la gran lengua urdu debe activarse. Hoy en día,
en cuanto al uso mundial, la primera lengua es el inglés,
La segunda el chino, La tercera el urdu. Ahora que, la Comisión
Europea busca una lengua común, para la ampliada Unión
Europea, que puede ser el francés o el alemán. El
urdu, ya es una lengua franca entre los musulmanes. La enseñanza
del Din en urdu no ha sido contaminada, como el árabe, por
las fantasías reformistas de Carey. Debe ponerse en marcha
un programa revitalizado de enseñanza del urdu, y ofrecérselo
a las masas post-cristianas.
El Dinar de oro islámico y el Dirham de plata, y el fulus,
deben ser introducidos en el comercio de los mercados locales. La
libertad de elegir la moneda debe ser considerada una necesidad
básica del comercio, puesto que no hay libertad comercial
sin ella. Quizás haya algunos que consideren que esto es
imposible. Y es que no se han dado cuenta que el asunto está
ya bastante avanzado. Los dos únicos obstáculos en
su camino son: el aislamiento propio de la vida del gueto y los
“representantes oficiales” de los musulmanes patrocinados
por el gobierno. No es un accidente, sino una realidad social, que
la comida básica de las masas, en Escocia y en el Norte de
Inglaterra, sobre todo, sea el curry, que se empezó a introducir
a partir de 1945. Ahora hay miles de restaurantes de curry por toda
Gran Bretaña, cada ciudad tiene varios, e incluso los pueblos
pequeños tienen uno o dos. Existe incluso una gran Buena
Guía del Curry de Gran Bretaña.
Un cambio de cocina siempre ha sido reflejo de una transformación
cultural.
La lengua, capaz de restituir la capacidad de autoexpresión,
en toda su riqueza es el urdu.
Y, junto con ello, esta invitación a un mejor futuro:
Nosotros, los musulmanes británicos que estamos trayendo
a otros ingleses al Islam, traemos también una moneda musulmana.
Nuestro programa es suprimir el IVA y los demás impuestos
injustos. El lema de los antiguos almorávides que hicieron
que el Islam, fuera por primera vez en Andalucía, una religión
europea, fue y sigue siendo:
-- Invitación a la Verdad.
-- Establecer la Justicia.
-- Suprimir los impuestos injustos.
Allah, alabado sea, ha declarado en su Libro luminoso, en el Surat
an-Nasr (110:1-3):
“En el nombre de Allah, el Misericordioso, Compasivo.
Cuando llegue la victoria de Allah y la conquista,
y veas a la gente entrar por grupos en la adoración de Allah,
glorifica a tu Señor con Su alabanza y pídele perdón.
Él siempre acepta a quien a Él se vuelve”.
Traducido por Hayy ‘Abdalbasir ad-Darqawi
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