glosario de terminología islámica pensamiento

Hukum sobre el futuro de Inglaterra
por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi

La necesidad de emitir este fallo se puso en evidencia después de recibir por separado varios escritos de varios abogados musulmanes, expresando sus inquietudes y pidiéndome que hablara sobre la situación de la comunidad musulmana en las Islas Británicas. Un asunto, en particular, sobre el que me consultan es el de las actuaciones de una organización que se autodenomina Consejo Musulmán de Gran Bretaña. Este comité, a pesar de su nombre rimbombante, no tiene ninguna autoridad sobre los musulmanes británicos. Tampoco tiene el ‘amr que lo legitimaría según la ley musulmana, y ni siquiera tiene una autoridad electiva, puesto que no ha sido elegido por un sufragio mayoritario. Se trata de un Consejo, considerado desde siempre, como instrumento dócil del gobierno británico y que, ya en el pasado, se ha distinguido por respaldar programas gubernamentales, dudosos o claramente perjudiciales para nuestra comunidad musulmana.

El escrito que este Consejo ha dirigido últimamente a los “imames, ‘ulemas y presidentes y secretarios de mezquitas, organizaciones e instituciones islámicas”, comienza con una referencia “a la grave inquietud expresada por el Primer Ministro y por las Autoridades de la Policía de que existen grandes probabilidades de un inminente ataque terrorista contra el Reino Unido”. A continuación, dice que “No me cabe la menor duda […] que ustedes cumplen ya con el deber islámico de ayudar a mantener la paz de la nación”.

Esta última frase quizá sea la que pone de relieve la contradicción inherente de su posición. Mantener la paz de la nación no es obligación de los musulmanes británicos, si no de las fuerzas armadas. A lo que sí están obligados los musulmanes británicos, una vez que han declarado la Shahada, es a realizar las cinco oraciones obligatorias, a nombrar un Emir que autorice la recaudación del Zakat, a cumplir con el ayuno y a consumar el Hayy si es posible. La aleya del Corán que citan en su escrito es totalmente inapropiada para el caso.

Lo que el Consejo exige, básicamente, a los musulmanes es que actúen como grupo de vigilancia gratuito en auxilio de la policía y del servicio secreto. Y lo que es peor les insta para que “desarrollen contactos activos con otras comunidades de creyentes y con organizaciones cívicas para promover el mantenimiento de la paz social y las buenas relaciones comunitarias”. El escrito del Consejo no menciona los nombres de las organizaciones cívicas. En cuanto a las otras comunidades de creyentes, ¿a cuáles se refieren? ¿A los budistas? ¿A los adoradores de Ganesh? ¿A los de Krishna? ¿A los de Kali? ¿A los Adventistas del Séptimo Día? El Consejo pone la petición de “ayuda” a Allah como punto siete del programa. Después, pide que el mensaje del escrito sea transmitido en el “sermón del viernes,” una expresión utilizada quizás para mostrar sus credenciales neocristianas.

Además de esto, un mensaje por correo electrónico ha sido enviado por el Consejo; y empieza diciendo: “Hemos recibido notificación de varios departamentos gubernamentales y servicios de seguridad…”. Lo cual, dado que la doctrina oficial de los Estados Unidos y de sus satélites europeos, es la secularización, que exige la completa separación entre la iglesia y el estado; y que en Inglaterra, la conexión con la función religiosa del monarca es puramente simbólica. No deja de tener su gracia. También en Turquía el excelente Primer Ministro ha sido, lamentablemente, forzado a hacer lo mismo, después de las execrables explosiones de bombas en Estambul. Un Jutba oficial fue enviado a todas las mezquitas. Todo ello implica una infracción de la doctrina secular. Si el estado pretende hablar desde la mezquita, la mezquita debe tener libertad para hablarle al estado. Con lo cual, el aparato gubernamental se sale del marco democrático. En este sentido, el Consejo, echando mano de la misma estrategia que en Turquía, dice que la orden procede de las Naciones Unidas. En su correo electrónico, decía: “Parte de nuestra estrategia es marginar y desenmascarar a los elementos radicales periféricos que están actuando en nuestro medio, conscientes de que esto supone una estrategia de alto riesgo”.

Una de las cartas que he recibido dice: “…y quien me ha preguntado, me ha dicho que si yo, como abogado musulmán, estoy dispuesto a poner en práctica tal estrategia”.

Y luego continúa, “Todavía es pronto, pero es de prever que llegará el día en que los musulmanes serán invitados a denunciar a los otros musulmanes a cambio de su seguridad, del mismo modo que la Inquisición española concedía “períodos de gracia” en los que la gente podía denunciar a los “herejes” y salvar el pellejo. Todos los denunciados eran encarcelados y torturados para obtener una “confesión” y, por supuesto, más nombres”.

“Veo ya, en muchas de las mezquitas que visito, musulmanes que no saben ni lo que pasa, ni lo que tienen que hacer. Más de un joven ha sido arrestado sin cargos bajo la reciente legislación antiterrorista y no podemos saber si han cometido algún delito o si, su detención, es parte de una estrategia intimidatoria contra los musulmanes”.

Desgraciadamente, lo que temía este abogado musulmán ya está ocurriendo. Según me informa otro abogado, poco después de aceptar los casos de algunos presos de Guantánamo, el personal de Seguridad visitó sus oficinas para advertirle que tuviera cuidado, pues musulmanes relacionados con los terroristas presos, habían sido vistos entrando en su despacho. El motivo de esto era impedir una representación legal de los presos ubicada en Gran Bretaña. Ahora, de una manera aún más significativa, el paranoico Ministro del Interior, se propone introducir disposiciones legales que permitan encarcelar a cualquier convicto de relacionarse con gente que esté relacionada a su vez con acusados de terrorismo.

Ahora bien, antes de pedir a la honrada comunidad musulmana británica que actúe como guardián de su país, nuestra comunidad debe ser informada de quién es el que de hecho ya ha destruido la paz y el orden social. La contradicción subyacente en el fondo de este asunto es que Inglaterra es un país kaffir, ignorante y ateo, y que su religión mayoritaria, verdaderamente activa, es el Islam. Gran Bretaña necesita un nuevo aparato de gobierno. Su única fuerza social dinámica, hoy, es su comunidad musulmana. Veamos pues, como es este gobierno.

El marco parlamentario bicameral, nunca ha estado en manos de las masas, siempre estuvo bajo el control de una aristocracia benigna y paternalista. Esto proporcionó una notable estabilidad hasta la Guerra de 1914-45 y la invasión de Europa por los Estados Unidos, que fue su consecuencia. La segunda mitad del siglo veinte, fue testigo del lento abandono de las soberbias mansiones campestres y las tierras, pertenecientes a la aristocracia, debido al sistema de exacción fiscal diseñado con este fin. En paralelo, el poder fue pasando de las manos de los lords y de la pequeña aristocracia rural, a manos de una nueva clase empresarial emergente, en la que se daba un alto porcentaje estadístico de ricos financieros judíos y de magnates del petróleo. Desde los tiempos de Wilson a los de Thatcher se vio cómo, esta nueva oligarquía, iba haciéndose con el control de las viejas instituciones de Gran Bretaña, al tiempo que, bajo el gobierno de los mencionados Primeros Ministros, se desmantelaba la forma tradicional de gobierno basado en el Consejo de Ministros –un sistema abierto que acabó con la muerte de Churchill–. Para dar paso a una serie de Comisiones Especiales, bajo el poder del Consejo al Primer Ministro, que permiten delegar ciertos poderes y responsabilidades a entidades no gubernamentales dependientes de entidades financieras. Aparentemente el poder parecía residir, únicamente, en la oficina del Primer Ministro. Sin embargo, tras la apariencia, el poder invisible de la oligarquía dineraria, es el que dirigía el curso de la nación al mejor estilo de las dictaduras. El efecto indirecto de estas medidas fue que, el Parlamento, se empezó a llenar de gentes distintas a las de antes, gente nueva, manejable y ambiciosa.

Con el descaecer del gobierno de Blair, se inició una nueva etapa de derrumbamiento del orden social que, supuestamente, había sobrevivido a la guerra mundial. En esta mutación, Blair representa al nuevo tipo de líder democrático, sin experiencia, sin ideología, sin antecedentes, y sin principios, cualidades éstas que, sin embargo, según el nuevo baremo de la política, son sus virtudes. Sus defectos, sin embargo son otros: una falla en el carácter que le incita a la búsqueda de una causa a la que obedecer en la figura del padre, la envidia a ricos y poderosos y, lo que es peor, una visión de las cosas limitada al presente, sin ningún conocimiento del pasado.

Minusválido, por falta de imaginación, fue arrastrado sin dificultad, por el presidente norteamericano a aportar varios batallones al proyecto imperialista del sistema financiero mundial afincado en los Estados Unidos. Le rodeaba, en aquel momento, lo que un diputado ha llamado “su sinagoga”, su círculo de confianza – Levy, Goldsmith, Weinstock, Jack Straw, etc. – . En cuanto a su periferia estaba constituida por conventículos del crimen, los hermanos Hinduya y otros clanes del mismo pelaje. En esta circunstancia, como por irrisión, ante la impotencia del Parlamento, nombró a un ciego como Ministro del Interior. Cuando sucedieron los disturbios antimusulmanes de Manchester, un dirigente local inquieto, me dijo: “No puedo decirle al Ministro del Interior: venga usted aquí y vea lo que pasa por sí mismo”. No es de extrañar que, dada la naturaleza temerosa del hombre, incapaz de ver lo que le rodea, haya sido este ciego el instigador de la legislación de corte fascista que, sin duda, ha puesto punto final a la tradición liberal británica. Si el arresto preventivo, y la detención acompañada de tortura e interrogatorios, son malos, la condena basada en sospechas, es incompatible con cualquier sociedad. De acuerdo con el derecho islámico, por supuesto, un ciego no puede ser nombrado Ministro, puesto que el requisito mínimo que se le exige a un Ministro es que sea legalmente capaz de servir de testigo visual de los hechos.

Para cualquier musulmán, donde quiera que se halle, es evidente que: a) no se está haciendo la guerra al terrorismo, sino a la Comunidad Musulmana Mundial, b) ese terrorismo, no sólo es repugnante, sino que no tiene antecedentes en ninguna sociedad islámica en los mil quinientos años de su historia; excepto en la conducta de la secta herética de los Ismaelitas, que fue expulsada por ello de la comunidad musulmana, c) que parte de ese terrorismo es probablemente organizado por los servicios secretos kaffir, d) que es ampliamente reconocido que el terrorismo actual tiene su modelo clásico en la Rusia zarista y que es parte esencial de la crisis interna del capitalismo terminal, e) que el terrorismo se ha transformado en el instrumento con el que el presente poder mundial está machacando e intimidando a millones de musulmanes para que abandonen el Din y abracen la doctrina masónica de la Tolérance, y f) que las consecuencias de una colaboración servil con los kuffar serán encarcelamientos y asesinatos masivos entre la población musulmana del mundo.

Si a alguien le cabe alguna duda sobre estos asuntos, le remito a la declaración hecha por un miembro del gobierno norteamericano en la cadena de televisión CNN. Ante millones de televidentes. Bob Kerry manifestó que, debía quedar bien sentado que, no estamos luchando contra Al-Qaeda y contra el terrorismo, sino que estamos luchando contra el Islam. Y añadió que, en esta guerra, “los Estados Unidos (y es de presumir que Inglaterra) son un ejército cristiano luchando en un país musulmán”.

Como la doctrina que encubre este programa despiadado está ya en marcha, es imperativo deducir, que lo que puedan pensar los musulmanes esté fuera de lugar dentro del marco establecido por la dialéctica interna kaffir. La oligarquía financiera al mando en el mundo, hoy día, ha instruido a sus funcionarios para que expongan una doctrina sui generis. Es una doctrina cuyo objetivo busca distraer a las masas para que no se percaten de la estafa que está cometiendo la economía usurera y su sistema fiscal. Aunque no se trate de una conspiración se nota la adhesión a una misma doctrina en la uniformidad que se da en todas las declaraciones de los dirigentes, desde el Primer Ministro hasta los obispos. La manifestación de Blair de que el terrorismo no representa lo que él considera el “Islam auténtico” debe entenderse a la luz de otra manifestación suya afirmando que el Islam significa para él, derechos humanos y democracia, una doctrina que ya ha sido adoptada en Pakistán por el títere Musharraf.

¿Cuál es pues la doctrina que ha conseguido meter en la cabeza de la gente la idea de que la Revolución Francesa fue una evolución inevitable, y no el paso del gobierno personal a sistemas de gobierno inhumanos? ¿Qué hace que la gente esté tan de acuerdo con el gobierno democrático, cuando está probado que ha servido de instrumento para la guerra total y genocida a través de todo el mundo? ¿Cómo conseguir que la gente no se dé cuenta de que el dinero se está devaluando sin parar en sus bolsillos al tiempo que un número cada vez más pequeño de personas está acumulando la mayor parte de la riqueza mundial? El ideario que sirve para conseguir tales fines recibe distintos nombres y es propagado en multitud de libros, muchos de ellos escritos por miembros influyentes de la administración norteamericana, e incluso por algunos magnates de las finanzas. El nombre de este iceberg de conceptos que nos llega desde la titánica sociedad liberal, mostrando sólo la mínima parte que sobrenada, es postmodernismo y ‘presentismo’. Su medio de control de masas se llama Corrección Política.

Como dice el profesor Jonathan Clark: “Un universo mental privado de historia tiene que ser necesariamente ateo […]. El yo no nace “libre” en el sentido de atemporalidad. La identidad personal es forjada en gran parte por la historia, es decir, por la permanencia en el carácter individual de la impronta marcada por un conjunto de experiencias y maneras de reaccionar aprendidas. Perder la memoria no implica ninguna emancipación sino un grave desorden mental, pues sin memoria no podemos funcionar como “nosotros mismos”. Si una sociedad pierde su historia, se produce esto mismo, pero a escala social: […] la existencia de esta sociedad no sólo será insensible, sino que habrá perdido toda cosa que le hicieron ser lo que es”.

También nos dice que: “mientras, por un lado, miramos al pasado en busca de pautas de conducta, dando por hecho que, los problemas con los que nos enfrentamos tienen una estructura histórica y que sólo conociendo la historia, podemos tener una idea sobre lo que tenemos que hacer. Por otro lado, miramos al pasado con el prejuicio de que hay que escapar de él”.
A continuación, indica: “Una sociedad que se considera liberada de su pasado –sin obediencia a lo debido, sin moralidad, sin sentido del honor, sin costumbre o sin aspiración religiosa– será una sociedad con muchos abogados y pleitos. Será ciertamente la sociedad en la que vivimos”.
En resumen, dice: “Si olvidamos nuestra historia no seremos libres, sino dementes. El olvido de la historia, lejos de hacernos libres, nos incapacita para actuar con sensatez, porque lo que haríamos, sin memoria, sería insensato”.

El profesor Clark nos ofrece esta desoladora visión de las consecuencias sociales del postmodernismo: “Al reivindicar un presente liberado del pasado, se produce un “presentismo” que suprime también toda posibilidad de futuro, pues el futuro no puede ser otra cosa distinta de lo que nos está pasando en el presente. Cuando el mundo deja de ser una narración de penas y alegrías, logros y fracasos, y se transforma en una cultura de centro comercial instalado fuera del tiempo y sin paisaje, las generaciones dejan de relacionarse entre sí, ya que el desarrollismo hace que los valores consumistas dominantes nos parezcan existir desde siempre. En esta circunstancia, las generaciones pasadas no se relacionan con las generaciones futuras, pues en el pasado las compras no se hacían en estos centros comerciales. Las generaciones futuras no presentarán problema ninguno de diferencia o continuidad con su descendencia, ya que, es de presumir, continuarán haciendo sus compras en estos mismos centros”.

Lo que interesa a la comunidad musulmana, es no vivir distraída por la turbulencia de las olas que se agitan en la superficie y prestar atención a las profundas mareas subyacentes que, bien comprendidas, permitirán conducir el barco de Gran Bretaña hasta las seguras aguas islámicas. Es verdad, que los musulmanes, no hemos inventado gran cosa en los últimos tiempos, pero al menos no hemos ideado y arrojado las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Esto más bien fue el logro terminal de la civilización judeo-cristiana. Pues las bombas las inventaron judíos y las tiraron cristianos. Y olvidándonos de esto, ya es hora de que, tanto los unos como los otros, reconozcan, al menos, que la arquitectura mogol es muy superior a la de los pedestres monumentos de Lutyens.

Así pues, para poner nuestro Hukum sobre el futuro de Inglaterra a salvo del discurso usual de los ciegos dirigentes kaffir, debemos echar antes una mirada lúcida sobre el pasado singular de nuestro país. Si este pasado es comprendido adecuadamente, la comunidad musulmana podrá leer en él, la clara señal de la autorización histórica para absorber al resto de la comunidad nacional dentro de un nuevo orden dirigido, gobernado y puesto a salvo por un liderazgo musulmán rico y poderoso, cuya lengua será el urdu.

* * * * *

El pasado de Inglaterra se inicia con una pequeña comunidad autóctona, a la que se añade un grupo importante de colonos procedentes del Báltico. A continuación sucede el período de ocupación romana, cuyo territorio abarcó desde el Muro de Adriano hasta el sur. La llegada de la cristiandad desde Irlanda, a través de Iona, supuso el tercer cambio de religión acontecido en los primeros años de su historia. O mejor dicho, supuso una evolución que, desde el druidismo, pasando por los dioses romanos, desembocó en la cristiandad prerromana.

Cuando Beorthic, rey de Wessex, gobernaba a su pueblo (786-802), las crónicas recogen ataques noruegos contra las costas de Dorset. Northumbria cae entonces en manos de los noruegos. El reino de Deira, con su capital en York, se hizo danés, así como los cinco municipios de Lincoln, Stamford, Derby, Nottingham y Leicester en las Midlands, y lo mismo hizo el reino de la costa oriental, llamado Anglia.

Tanto la Gesta Danorum –Hazañas de los Daneses– de Saxo Gramaticus, escrita en el siglo doce, como la anterior Historia Normanorum –De los Normandos– de William de Jumièges explican cómo, la población de Noruega y de Dinamarca, aumentó al punto de tener que emigrar. Poco tiempo después, los escandinavos se establecieron también en la península noroeste de Francia, actualmente llamada Normandía. Inglaterra no existía en este período y mucho menos Gran Bretaña. En el norte, el reino de Northumbria se extendió haciendo de los Gaels de Strathclyde y de los Scots de Argyll territorios tributarios. Cuando su rey, Ecgfrith, invadió lo que hoy se llama Escocia fueron, sin embargo, completamente derrotados por el rey Brude, rey de los Pictos, en Nechtansmere, cerca de Forfar, en el 685. El último rey importante de Northumbria, Aldfrith, murió en el 704. Con él se acabó la estabilidad dinástica norteña. En cuanto al sur, los hijos del rey Penda aumentan en poder y llegan a gobernar una federación de reinos que abarcaba desde Humber hasta el Canal de la Mancha. El rey Offa estableció después la supremacía del Reino de Mercia. La antigua dinastía de Kent se extinguió. Sussex vino a ser una provincia mercia, así como Wessex. Offa ordenó la ejecución de los dirigentes de Anglia Oriental. Aunque se llamó a sí mismo “Rex totius angolorum patriae” –Rey de toda la Patria Inglesa–, su poder real no llegó más allá de Humber.

El rey Offa es famoso por la construcción de un foso, de 120 millas de largo, para resistir a los ataques de las fuerzas de lengua galesa de Gwynned, Powys y Gwent que atacaban sus fronteras. Los reyes mercios decían descender de Woden, que reinó sobre Schleswig-Holstein, en las inmediaciones de la bahía de Kiel, cuyo héroe legendario también se llamó Offa. Esto pone de relieve la conexión lingüística con los orígenes bálticos de Inglaterra.

Un signo de la riqueza creciente de Mercia fue la solidez de su moneda de oro y plata. El rey acuñaba sus monedas de oro según el modelo de los Califas de Bagdad, con la Shahada en una cara y la titulación: Offa Rex, en la otra. El poder se había ido desplazando, gradualmente, de norte a sur, desde los reinos de Northumbria hasta Mercia, para después, inclinarse hacia los sajones occidentales. En el 825 el rey, Egbert de Wessex, somete primero a los mercios en Wiltshire y, más tarde, a Kent, Essex, Sussex y Surrey. Anglia Oriental también se somete por su lado a Egbert. La casa real de Wessex consiguió mantener un reino en el sur de Inglaterra y conservó su identidad durante doscientos años.

Comenzaron entonces las violentas embestidas marítimas de las potentes naves vikingas. Los hijos de Ragnar Lodbrok tomaron York en el 866. Los barcos vikingos ascendieron el Támesis hasta Sheppey. Establecieron alianzas con los britanos en Cornwall. Escandinavos y daneses realizaron incursiones a lo largo de las costas del sur y del este. Kent fue atacado en el 850. Los vikingos invernaron en Thanet y en Sheppey en el 854. En el 855 se trasladaron a Shropshire. En el 851 llegaron hasta Londres por el Támesis con 350 barcos.

Inglaterra soportó 200 años de agresiones escandinavas y danesas. Conviene decir que éstas no fueron incursiones de piratería o relámpago. Las invasiones, dirigidas por Halfdan, Ubbi e Ivar, tuvieron como resultado la ocupación de grandes territorios de Inglaterra.

En el 865, un enorme ejército escandinavo desembarcó y se estableció en Mercia. En el 866 este ejército había avanzado hasta tomar York. En el 869 ya había cruzado hasta Anglia Oriental. En abril del 871, los barcos vikingos ascendieron el Támesis hasta Reading. Halfdan, el soberano danés, hizo acuñar monedas con su nombre en Londres.

Una década más tarde, Halfdan envió tropas para atacar a los pictos en el norte y a los britanos en Strathclyde. El rey Alfred de Vessex ganó paulatinamente fuerza hasta poder firmar un tratado de paz con Guthrum, que reinaba entonces sobre la mitad de Inglaterra, que hoy se conoce como el Danelaw; todo el territorio comprendido entre una línea ideal que cruza todo el país desde el norte de Manchester hasta la boca del Támesis le pertenecía, mientras que el sur del Danelaw, excluyendo Gales, pertenecía al Vessex dominado por el rey Alfred. Desde allí tomó la concluyente decisión de establecer la lengua anglosajona, decretando que las escuelas enseñaran el inglés por todo Vessex. Ordenó que los principales libros fueran traducidos, incluyendo la Historia Universal del historiador español Orosius, y la historia de Bede. Ordenó también que se llevara a cabo la recopilación de los Anales Ingleses, conocida como la Crónica Anglosajona.

Este es un hecho histórico que debemos entender relacionándolo con nuestra presente situación lingüística. Sin el rey Alfred, que murió el 26 de octubre de 899, los programas de Microsoft estarían en alemán que, también fue el idioma que perdió, por escaso margen ante el inglés, en la votación que se hizo para elegir lengua en los recién nacidos Estados Unidos de América.

En 921, cuando Ragnald de York, rey del Danelaw, murió, ésta zona territorial se estaba fragmentando. En 978, un joven, conocido más tarde como Ethelred el Negligente, ascendió al trono de Vessex. Su negligencia consistió en no prever el hecho de que Harald Bluetooth unificase Dinamarca y conquistara parte de Noruega, acercándose con noventa y tres barcos poco después a las costas de Folkestone, iniciando con ello la conquista de Kent y Essex. En 1006, los daneses se encontraban ya instalados en la Isla de Wight y se dedicaban al pillaje y a la colonización del Hampshire y el Berkshire. Desde Reading marcharon sobre el Chilterns hasta Avebury, dejando atrás Winchester. La ofensiva danesa de 1009, dirigida por Thorkell el Alto, fue más formidable aún. Invernaron sobre el Támesis, quemaron Oxford y tomaron Cambridge y Northampton. Inmediatamente después de 1016, ‘Inglaterra’ se unificó bajo el cetro del rey danés, Canuto. El rey Canuto dividió el país en cuatro condados, Northumbria, Mercia, mientras que Anglia Oriental, siguió bajo el mando de Thorkell el Alto, Wessex se puso bajo el gobierno directo de Canuto. Gracias a los impuestos recaudados en el Danegeld, pudo costear una flota y pagar su gobierno. La mayoría de los condes que creó fueron daneses. Los daneses sabían gobernar, mientras que los ‘nativos’ anglosajones tenían madera de obedientes labradores. Canuto murió en 1035, después de hacerse famoso por rechazar la adulación de sus cortesanos y por haber colocado su trono frente a la marea para, una vez sentado en él, ordenar en vano a las olas que retrocedieran. Estableció el orden y la paz.

La herencia del reino fue eventualmente a parar a manos de Harold, quien pronto hizo marchar su ejército hacia el norte para enfrentarse una vez más a una nueva generación de guerreros vikingos, a los que pertenecían el rey Harald Hardraba de Noruega y Tostig, el enfrentamiento se dio en Stamford Bridge, a las afueras de York. Sería la última batalla ganada por el viejo reino anglosajón. De allí tuvo que salir a marchas forzadas, con su ejército victorioso, para enfrentarse a un nuevo invasor, Guillermo, Duque de Normandía.

Guillermo de Normandía desembarcó en las costas del Canal de la Mancha, con un ejército de alrededor de 12.000 hombres. Trajo a Inglaterra hebreos procedentes del barrio judío de Rouen, para con ellos aumentar, según se dijo, el flujo de la moneda acuñada necesaria para pagar la deuda.
Los dos ejércitos se enfrentaron en la batalla de Hastings. Harold cayó, murió con el ojo atravesado por una flecha, y Guillaume (Guillermo) pasó a ser el rey William, el Conquistador de Inglaterra, Para pacificar a los descontentos anglosajones, y para prevenir futuras incursiones provenientes de los países nórdicos, el soberano normando construyó 25 castillos desde Carlisle hasta Dover. La conquista de Inglaterra esta vez fue total.

William reinó sobre Inglaterra 21 años. La clase gobernante, salvo un par de excepciones, quedó así constituida por extranjeros desde el comienzo de su reinado. La nueva nobleza y el alto clero debían lealtad al rey que los había nombrado.

La revolución normanda impuso un sistema general de posesión de cargos militares permanentes, y el feudalismo funcionó como un arriendo por servicios prestados al rey. Un noble normando, propietario de tierras inglesas, estaba obligado a proporcionar al rey un determinado número de adiestrados caballeros siempre que se lo pidiese; 150 barones proporcionaban aproximadamente 4.000 caballeros. Los obispos de Canterbury, Winchester y Lincoln tenían que proporcionar 60 caballeros cada uno, y la contribución total de la iglesia era de 780.

William ordenó en 1105 hacer un censo nacional acompañado de una inspección de los recursos del reino y de las tenencias de tierra. Se llamó el Domesday Book. Así, un sistema nuevo y más desarrollado de gobierno consultivo, encabezado por un rey-jefe militar, reemplazó al régimen danés de los primeros invasores. Poco o nada quedó de la cultura campesina anglosajona salvo algunas buenas costumbres sociales recibidas de sus antiguos señores los legionarios romanos y la afición por la cerveza. Durante el reinado de William, en todas las casas de la élite inglesa, así como en la administración, se hablaba en francés. Los “ingleses” hablaron danés en el Danelaw, inglés bajo Alfred, y francés después de la conquista normanda.

La lengua francesa fue dominante en Inglaterra a lo largo de ocho o nueve generaciones. Con la conquista, llegó una oleada de nobles de habla francesa, escuderos, comerciantes y comerciantes de las clases inferiores. Puede decirse que, hasta el reinado de Henry II y los primeros Plantegenets, el francés aún era la lengua dominante. Sin embargo, la Peste Negra dañó gravemente el sistema educativo de la clase dirigente y de la clase media. La educación se abandonó a manos de criados y monjes latinizados. El francés se mantuvo con firmeza hasta cincuenta años después de la Peste Negra, para comenzar a ceder sólo después de 1400. La mayoría social estaba constituida por campesinos que pagaban derechos por una tierra que era prácticamente suya. El esclavo asalariado del capitalismo apenas existía entonces.

En 1401, la Casa de Lancaster usurpó el reino a los Plantagenet y con ella apareció un nuevo régimen y una nueva lengua. La siguiente usurpación, fue la de los Tudor, gloriosa por su literatura, en la que Shakespeare juega el papel de propagandista consciente del régimen político. En el centro del dominio Tudor se esconde la dramática ruptura del mito de la continuidad de la monarquía inglesa. Las tomas de poder, primero por la Casa de Lancaster y después por Enrique II Tudor, fueron dos rupturas dinásticas. Pero a la tercera se instaló la ilegitimidad de la monarquía justo en el momento que tuvo que doblegarse por primera vez ante la nueva fuerza antimonárquica encarnada en la nueva aristocracia emergente.

Este recóndito pasado, como el resto de lo que hemos examinado, yace encubierto por los historiadores “oficiales” del periodo en el que gobernó la aristocracia inglesa que, aunque en la práctica comenzó con William Cecil, el primer ministro de Isabel I, históricamente abarca desde 1688 hasta la abolición de la Cámara de los Lores, encabezada por Lord Cranbourne, otro Cecil.

Gracias al buen saber hacer político del gobierno monárquico, el poder cayó, como por casualidad, sobre una pareja que encarnaba tanto la hegemonía normanda como el linaje primitivo anglosajón, que dio al país un hijo que fue Enrique II, el primer rey Plantagenet de Inglaterra. Conviene recordar que, hacia el año 1154, la clase gobernante de Inglaterra hablaba francés. Los judíos que el Conquistador trajo a Inglaterra por estas fechas, ya eran los financieros del reino. Sólo ellos tenían el privilegio, con expresa autorización real, de prestar dinero con usura. Se les llamaba “los judíos del Rey”. Este monopolio obtenido por la protección real les proporcionó riquezas fabulosas. Los historiadores judíos se jactan, con razón, de que los grandes castillos y catedrales de los siglos XII y XIII fueron “construidos con dinero judío”. Un pequeño grupo de no más de veinte mil familias, confinados en ciertos territorios y ciudades, constituyó en aquel tiempo la gran fuerza financiera de Inglaterra. Las altas tasas de interés, sobretodo gravosas para los nobles que necesitaban dinero para ir a las cruzadas, se hicieron pronto intolerables. La usura llevó la ruina a muchos Señoríos.

Cuando Eduardo I accedió al poder la situación entró en crisis. El combustible que alimentó el fuego de los alborotos populares, no fue la raza, sino la usura y el desahucio consecutivo de los deudores. La protección real tuvo que ser retirada y la usura impuesta sobre los dominios de la nobleza se detuvo. Hacia 1279, los judíos ya sufrían persecuciones civiles. En 1287 se produjo la crisis. Una multa monumental los arruinó. Al cabo de tres años, tuvieron que salir del país, con lo cual el rey se ganó, con esto, no sólo la popularidad, sino el apoyo del país. Los judíos no regresaron hasta que el dictador Cromwell, los invitó a volver.

En 1337, estalló la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. En 1338, la Peste Negra se propagó, asolando Europa y, como hemos señalado, con consecuencias importantes, para Inglaterra: el cambio de la lengua. Desde la migración normanda que precedió a la Conquista hasta la Peste Negra habían pasado 300 años.

No hay un punto crucial más importante para el futuro de Inglaterra que aquél en el que Enrique VIII engendró a Isabel Tudor. Para poder desposar a su amante Ana Bolena, embarazada de Isabel. Enrique tenía que conseguir del Papa el divorcio de Catalina de Aragón, hija de Isabel, la Católica Reina de Castilla. Su estratagema fue conseguir la anulación de su matrimonio. El Papa se negó. Parte de la intriga del caso se debió a Thomas Cromwell, de la familia del futuro dictador, que consiguió que el Parlamento reconociera a Enrique VIII como Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra.

El Arzobispo Crammer declaró de inmediato la ilegalidad del matrimonio con Catalina y por tanto su nulidad. Ana Bolena fue coronada reina el 1 de junio y Elizabeth nació el 7 de septiembre. El Acta de Soberanía Suprema fue aprobada el 3 de noviembre de 1534. Como resultado de este cisma con Roma, Enrique decretó la abolición del monacato. Lo irónico del caso, es que esta medida empobreció a la Corona por el incremento del poder de la nobleza que se hizo con las tierras de los monasterios. Al cabo de un siglo, esta misma nobleza acabaría con el poder personal de los reyes, para colocarse en su lugar. La riqueza de los monasterios fue entregada por Enrique a las grandes Casas de Inglaterra, para atraerlas a su causa.

Thomas Cromwell, enriquecido gracias a la expropiación de los monasterios, dotó expléndidamente a su sobrino, Oliver Cromwell que, con esta dotación se transformó en millonario. El Arzobispo Crammer proclamó el “Derecho Divino de los Reyes”, para suplir la supuesta autoridad divina que, de manos del Papa, pasó a manos inglesas. Enrique, con esto, fue Papa y Rey de Inglaterra. A continuación, el Arzobispo Crammer declaró nulo en su totalidad, el matrimonio que el mismo había consagrado tres años antes. Ana fue decapitada, dejando a Enrique libre para casarse con Juana Seymour. Esto hizo de Isabel una bastarda. Más tarde, cuando Isabel ocupó el trono de Inglaterra, William Cecil, chalaneando esta bastardía, se transformó, de hecho, en el verdadero poder del país. El fue el que planeó la separación de Inglaterra de la vieja religión romana para reemplazarla por el culto de la nacionalidad. La Mariología católica se reemplazó por una estudiada iconografía de Isabel en el papel de Reina Virgen. De este modo, el secularismo, el anglicanismo y la monarquía pasaron a ser la nueva Trinidad. Con su Reina bastarda puesta a la cabeza de un régimen usurpador, heredero a su vez de soberanos usurpadores asesinos, y con una nueva religión “protestante”, diseñada a propósito para racionalizar la ‘legitimidad’ de los gobernantes, los Cecil comenzaron una comandancia tutelar de Inglaterra que sobreviviría a la misma abolición de la monarquía reinante, procurando entronizar a un rey nuevo marioneta controlado por la propia familia Cecil. La historia oficial ha ocultado durante mucho tiempo el poder de los Cecil bajo la apariencia de una monarquía reinante.

La abolición del poder monárquico, sustituido por el Estado Aristocrático, se llevó a cabo por medio de otra ilegitimidad añadida. Cuando la nobleza envió al exilio a James II, el monarca legítimo reinante para ser sustituido por los reyes marioneta que se trajeron de Holanda, apareció una nueva forma de estado oligárquico, un país gobernado por una “clase alta”, es decir, por la aristocracia. Esta sociedad estuvo regida por una clase privilegiada que sobrevivió hasta 1945, momento en que, arruinada por la guerra civil europea de 1915-45 (De Gaulle la llamó ‘la segunda Guerra de los Treinta Años’), las instituciones del Parlamento fueron dominadas por nuevos amos, los banqueros y las grandes compañías de inversión.

Conviene indicar aquí que la época victoriana, que siempre se ha presentado como la fase absolutista de la monarquía británica, Inglaterra fue dirigida por una pareja de bastardos. Según se ha descubierto ahora, el Príncipe Albert era el hijo ilegítimo de un judío, y la misma reina Victoria era la hija bastarda de un cortesano. Después de la muerte de Victoria, el rey Eduardo VII se distinguió por su entorno de financieros judíos. Ellos le prestaban dinero y él les concedía títulos de nobleza. La primera parte de la segunda “Guerra de los Treinta Años” mostró hasta qué punto los políticos demócratas fueron capaces de enviar a millones de hombres a morir, sin arriesgar ellos su propia vida. El período de 1914-1918, representa el derrumbamiento de Inglaterra en un extraño ritual de suicidio en masa organizado por los poderes democráticos de Europa; en esta hecatombe perecieron, no sólo los mejores del pueblo, sino también los hijos de la aristocracia, lo que dejó a la clase oligárquica sin futuro.

A este desastre siguió el final definitivo de dos instituciones que fueron básicas en Inglaterra durante siglos: La Iglesia y la Corona. En 1937, el nuevo rey Eduardo VIII abdicó el trono a favor de su necio hermano Jorge para poder casarse con una plebeya divorciada. Con esto perdieron su última oportunidad los Hanover. A Eduardo lo querían las masas y estaba magníficamente entrenado para el oficio de rey. Los políticos se dieron cuenta del peligro que suponía este rey que había demostrado que tenía capacidad para gobernar, cuando lo que se exigía de un rey era más bien estupidez y obediencia. La guerra, supuso también el fin de la Iglesia Anglicana, en su papel institucional del cristianismo nacionalizado.

Irónicamente, la Iglesia Anglicana, que había sido creada para facilitar un matrimonio real, llegó a su fin cuando se negó a facilitar otro matrimonio real. Al final del pasado siglo, la iglesia de Inglaterra, se vio sumida en una mar de divorcios, transigiendo abiertamente con los adulterios confesados en primer lugar por el heredero del trono y después por su mujer. La hermana de la reina, su hija y sus dos hijos se vieron envueltos en un remolino de divorcios y adulterios. Una iglesia que tomó su origen de las tragedias del divorcio, la bastardía y la decapitación, ha ido a terminar en las comedias de la declinante casa de Hanoover. Así es como los pueblos y las catedrales de las ciudades, se han encontrado con una feligresía comulgante fantasma.

El Arzobispo de Canterbury que ofició en los escándalos de los Windsor y que llamó, para irrisión de la sociedad londinense, “cuento de hadas” al matrimonio de Carlos y Diana, era el Dr. George Carey. Este hombre, representó a su pesar, un papel de personaje cómico durante mucho tiempo, a causa de su incapacidad gangosa de dominar los diptongos en los que se basa el inglés bien hablado. Inseguro en su propio medio social, había hecho todo lo posible por “aprender” lo que la clase financiera dirigente requería de sus empleados. Hace poco, en un discurso ampliamente divulgado, atacó con rudeza al Islam para complacer a sus amos. El discurso estaba cocinado con la terminología pasada de moda del diálogo islamo-occidental, “Islam y Occidente” y, su consabida felicitación a los musulmanes, por la invención del cálculo. El arzobispo, no parecía saber que el álgebra no es parte del Din. Su embrollada mente fue incapaz de ver que muchos de los problemas de los países musulmanes son históricamente el resultado directo de la interferencia “occidental”. (“¿Dónde comienza occidente, me pregunto?” se interrogó, en cierta ocasión, el rajá de Mahmudabad).

El Dr. Carey había sido aleccionado para aventurar las siguientes dos proposiciones cínicas y crueles (en el futuro, por supuesto, deberá hablar con más consideración, ya que parte de su discurso podría, ser examinado “in camera” por los fuqaha, como es nuestra costumbre legal en tales casos, y ser definido como insultante hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le dé paz. En todo caso, su leguaje ramplón y denigrante pone de manifiesto más su ignorancia que su conocimiento del tema del Islam).

La primera es un error de bulto, que indica una postura completamente inaceptable para los actuales musulmanes británicos. Consiste en hablar de la comunidad musulmana de Inglaterra como extranjera, oriental e inmigrante. Ahora bien, la comunidad musulmana inglesa, hoy día, está constituida, en su mayor parte, por ciudadanos ingleses. El párrafo siguiente: “la bienvenida que hemos dado a los musulmanes, permitiéndoles practicar su culto libremente y construir sus mezquitas…”, es escandaloso. Y el acabóse es que, nosotros y algunos de nuestros colegas, tenemos una genealogía escocesa e inglesa que se remonta bastante más lejos que la de la familia del Dr. Carey, que apareció en la época de Dickens sin saber de dónde. Con esto el Dr. Carey niega la existencia de una comunidad significantiva de musulmanes nativos. Sin embargo, cuando un Primer Ministro socialista irritado dijo a una delegación musulmana en una de las habitaciones del Congreso: “¡Si no les gusta este país, váyanse ustedes a su lugar de origen! Hayy ‘Abdalhaqq Bewley, el traductor inglés del Corán, replicó, refiriéndose a sus antepasados normandos: “A dónde quiere usted que vaya, ¿de vuelta a Normandía?”.

Su segundo atrevimiento, que no deja de tener su gracia, fue la arrogante sugerencia de que ya era hora que Islam tuviera su Reforma. Esta es la postura del ateísmo, hoy día. Lo cómico es que lo que Carey quiere que hagamos es precisamente lo mismo que hicieron los pobres cristianos para llegar a donde han llegado con su Reforma: iglesias vacías, permisión de lo que solían declarar prohibido, carencia total de liderazgo y ausencia de cualquier guía moral. Sin doctrinas en las que puedan estar de acuerdo, la Iglesia Anglicana está rota por enmedio. La hostia consagrada ya no se transforma por milagrosa en un trozo de carne rancia ya de dos mil años. Para los reformistas, la eucaristía, no es más que un símbolo, pero, a estas alturas, la Iglesia Anglicana Reformada no puede volver a Roma. Al Pontífice Romano se le ha visto últimamente poniendo su papelina en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén que, ni siquiera forma parte del verdadero Templo de Salomón. Como ha demostrado la arqueología, los judíos y los cristianos han olvidado su enseñanza original, por lo tanto, no tienen ni pasado, ni futuro.

Islam es el Din al-Haqq y es inmutable. Y contiene, al mismo tiempo, toda la metodología necesaria y completa que permite a los musulmanes poder juzgar cualquier fenómeno nuevo que se presente. El “modernismo” de Carey, al que se ha adaptado servilmente la Iglesia Anglicana, pertenece al pasado. El futuro de Inglaterra será inevitablemente musulmán.

* * *

Nuestra intención, al revisar el pasado de Inglaterra, ha sido hacer ver dos cosas obvias. La primera que la lengua no es una realidad social fija e inmutable. El uso de una lengua lo determina la clase dirigente culta que rige el movimiento del comercio y las transacciones del poder. El inglés no es una realidad fija de la vida histórica de Inglaterra. Gran Bretaña ha hablado picto, gaélico, latín, danés, francés y, últimamente, el inglés.

Hay que ser concientes de que, según van las cosas de este mundo, la lengua inglesa, aunque aún sea la lengua dominante, está entrando en una rápida e imparable decadencia.

Fonéticamente, la lengua se está desintegrando según una curva en constante declinación. No sólo es el Dr. Carey el que habla un inglés que apenas se entiende, sino que, lo mismo ocurre en una amplia zona social que abarca desde el Primer Ministro hasta las masas educadas a la ligera. Como muestra, el caso de la letra ‘T’ situada en posición media o final, que ha desaparecido por completo del habla. Los diptongos elididos, hasta parecer sonidos simples, o partidos en disonancia. Los versos de Shakespeare sólo se pueden escuchar en la forma desarticulada del uso urbano.

Semánticamente, el vocabulario y la gramática han llegado a un alto grado de desintegración. La clase dirigente de técnicos ya no habla inglés sino una especie de Microsoft, incomprensible para las masas que han sido educadas por los medios de comunicación que por su parte hablan en una especie de criollo fragmentario y post-gramatical. Incluso, los últimos Ministros se han hecho notar por el nivel ramplón de su lenguaje.Y, pedagógicamente, no cabe esperar que Inglaterra pueda disponer en el futuro de la clase dirigente culta y eficiente que necesita, dado que el sistema educativo, desde la cuna hasta la universidad, se halla en estado perpetuo de crisis.

* * * * *

Lo que hemos descubierto a lo largo de esta reflexión es que Inglaterra o Gran Bretaña, no es más que un espacio: un paraje, los que en él viven y mueren son su pueblo. El ‘inglés’ fue tan anglosajón ayer, como puede ser anglohindú hoy. El territorio inglés, si ayer estuvo habitado, por gentes llegadas de tierras germánicas, romanas o danesas, hoy lo habitan, además, gentes que llegaron desde el subcontinente asiático, que se vieron obligadas a emigrar, por el reflujo de la marea colonial. Finalmente, es decir, en nuestro tiempo, los ingleses salieron tan debilitados de la Segunda Guerra de los Treinta Años y la consecuente invasión norteamericana que no pudieron conservar la India. De este modo Allah, glorificado sea, como explica en Su Libro, ha reemplazado una vez más un pueblo que cesa de rendirle culto por otro que lo hace.

El futuro de Inglaterra como isla musulmana depende sólo de algunos factores. La cultura inglesa está acabada, pero afortunadamente, Islam NO ES una cultura, sino un filtro para la cultura que deja pasar algunas cosas y detiene otras. Esto es lo que necesita la gente que habita en Inglaterra, adoración, ‘ibada, y guía, huda.

Para que ocurra esta transformación lo único que se requiere es que la comunidad musulmana se sumerja en la corriente general de la vida social inglesa, permitiendo que la dinámica propia de los “nuevos ingleses”, los musulmanes, se imponga por sí misma de forma natural. Debe terminar la importación de esposas. Los hombres deben casarse con las mujeres del lugar. Y empezar a vivir inmersos en la corriente de la sociedad. Deben invitar a sus compatriotas a entrar en el Islam, guiando a la gente para que puedan volver a una moralidad basada en la autoridad divina. De este modo, podrán comprender que la terrible plaga de asesinatos infantiles y agresiones sexuales que les aflije no ocurre porque sí, sino porque, una vez que se permite todo, lo único prohibido es esto y la naturaleza del hombre es tal que siempre deseará lo prohibido. La derogación de toda norma social que favorece un comportamiento justo han arruinado toda posibilidad de matrimonio serio, y por lo tanto, de honor y de fidelidad. Cuando no hay normas de comportamiento, y se juega con el amor, el honor y la lealtad, la plebe se refugia en el consumismo.

Para conseguir el fin deseado: establecer una nueva sociedad en Inglaterra, la gran lengua urdu debe activarse. Hoy en día, en cuanto al uso mundial, la primera lengua es el inglés, La segunda el chino, La tercera el urdu. Ahora que, la Comisión Europea busca una lengua común, para la ampliada Unión Europea, que puede ser el francés o el alemán. El urdu, ya es una lengua franca entre los musulmanes. La enseñanza del Din en urdu no ha sido contaminada, como el árabe, por las fantasías reformistas de Carey. Debe ponerse en marcha un programa revitalizado de enseñanza del urdu, y ofrecérselo a las masas post-cristianas.

El Dinar de oro islámico y el Dirham de plata, y el fulus, deben ser introducidos en el comercio de los mercados locales. La libertad de elegir la moneda debe ser considerada una necesidad básica del comercio, puesto que no hay libertad comercial sin ella. Quizás haya algunos que consideren que esto es imposible. Y es que no se han dado cuenta que el asunto está ya bastante avanzado. Los dos únicos obstáculos en su camino son: el aislamiento propio de la vida del gueto y los “representantes oficiales” de los musulmanes patrocinados por el gobierno. No es un accidente, sino una realidad social, que la comida básica de las masas, en Escocia y en el Norte de Inglaterra, sobre todo, sea el curry, que se empezó a introducir a partir de 1945. Ahora hay miles de restaurantes de curry por toda Gran Bretaña, cada ciudad tiene varios, e incluso los pueblos pequeños tienen uno o dos. Existe incluso una gran Buena Guía del Curry de Gran Bretaña.

Un cambio de cocina siempre ha sido reflejo de una transformación cultural.

La lengua, capaz de restituir la capacidad de autoexpresión, en toda su riqueza es el urdu.

Y, junto con ello, esta invitación a un mejor futuro:

Nosotros, los musulmanes británicos que estamos trayendo a otros ingleses al Islam, traemos también una moneda musulmana. Nuestro programa es suprimir el IVA y los demás impuestos injustos. El lema de los antiguos almorávides que hicieron que el Islam, fuera por primera vez en Andalucía, una religión europea, fue y sigue siendo:

-- Invitación a la Verdad.
-- Establecer la Justicia.
-- Suprimir los impuestos injustos.

Allah, alabado sea, ha declarado en su Libro luminoso, en el Surat an-Nasr (110:1-3):

“En el nombre de Allah, el Misericordioso, Compasivo.
Cuando llegue la victoria de Allah y la conquista,
y veas a la gente entrar por grupos en la adoración de Allah,
glorifica a tu Señor con Su alabanza y pídele perdón.
Él siempre acepta a quien a Él se vuelve”.

Traducido por Hayy ‘Abdalbasir ad-Darqawi

 

 
glosario de terminología islámica pensamiento