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EL HURACÁN KATRINA
por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
Allah
el Todopoderoso dice en Su Corán

“Consentí por un tiempo a los que se negaban
a creer
pero luego los sorprendí.
Y cómo fue Mi reprobación.
¡Cuántas ciudades que eran injustas hemos destruido
quedando en ruinas sobre sus cimientos!
¡Y cuántos pozos quedaron desiertos y cuántos
elevados palacios!
¿Es que no van por la tierra teniendo corazones con los que
comprender
y oídos con los que escuchar?
Y es verdad que no son los ojos los que están ciegos
Sino que son los corazones que están en los pechos los que
están ciegos. (22:42 - 44)
Dos
rascacielos fueron destruidos en el mismo centro de Nueva York.
Había sido una acción perpetrada por nihilistas. Pertenecían
a una secta extremista del Islam. Eran terroristas. Era la guerra
contra el modo de vida americano. América era la civilización
--¡y ahora, los bárbaros estaban a sus puertas!
Desde el punto de vista de la historia moderna, parece un hecho
sin excesiva importancia y, sin embargo, basándose en ese
ataque, el Gobierno Federal ha tirado por la ventana doscientos
años de legislación liberal, pasando a toda prisa
por el Senado una serie de Decretos, apenas discutidos, que anulaban
todos aquellos que habían defendido los derechos del individuo
frente al Estado desde los tiempos de los Padres Fundadores. Obligada
a obedecer, Inglaterra copió el procedimiento, rescindió
la Carta Magna y abolió sin reflexionar el principio que
afirmaba la “imposibilidad de la detención sin cargos”.
Mientras la Guerra de Vietnam había sido detenida por una
nueva generación de americanos que todavía creía
en la existencia de una Nación Americana, algo menos de un
siglo después, la juventud americana contempla con una indiferencia
casi absoluta el pillaje de los EE.UU. que asola Afganistán,
y la forma en que se sume a Iraq en una guerra civil brutal que
enfrenta a la religión shi’a contra los ex-Sadamitas
ateos.
Era evidente que algo extraño estaba pasando con la mayor
democracia del planeta, algo estaba mal en América, algo
malo le ocurre a la misma Democracia.
Y luego fue cuando ocurrió. Esta vez no era el “Otro”,
no eran los bárbaros a las puertas del imperio, no era una
amenaza procedente del exterior. Pensaron que estaban enfrentándose
a las fuerzas de la Naturaleza –su cultura atea no les había
explicado que, según la lógica de su visión
del mundo, no había tal cosa como la Naturaleza. La Naturaleza
carecía de identidad. No era un dios del tiempo. Los Musulmanes
son los únicos que comprenden que las fuerzas que actúan
en el universo físico están interrelacionadas, interconectadas
en una especie de red –una red compleja en la que no pueden
medirse su complejidad ni su perfección. Según la
metáfora del Rajá de Mahmudabad, que Allah esté
complacido con él: “¿Qué sabe la hormiga
de la complejidad del diseño de la alfombra persa cuando
avanza entre las enormes alturas de los nudos de lana?” Para
los mushriks era la Madre Naturaleza. Para los kafirun era un huracán
de fuerza cuatro que se dirigía hacia Louisiana. Era un frente
climático.
Pero no era ninguna de estas cosas. Era un Acontecimiento Divino.
Habían sido avisados. No habían hecho nada al respecto.
Los que eran conscientes de la realidad en la que vivían,
habían elaborado un presupuesto para elevar la altura de
los diques que contenían al océano. El Gobierno Federal
tenía otros planes. Tenía que restaurar el negocio
de la heroína en Afganistán para que la clase más
baja siguiese siendo inoperante. Tenía una guerra en Iraq
con la que salvar a un Israel que necesita las aguas de sus tres
grandes ríos para poder sobrevivir. Los fondos para salvar
a Nueva Orleáns se destinaron para matar a unas gentes en
tierras lejanas.
Allah desató el huracán con una fuerza devastadora
que arrasó un territorio mayor que el de las Islas Británicas.
El impacto físico fue tan abrumador que no sólo les
hizo incapaces de comprender su significado, sino también
el daño que había causado.
Los medios de comunicación estaban preparados para desempeñar
el Modo Tsunami –el desastre natural, la evaluación
de los daños, la llamada a los equipos de rescate, las emocionantes
historias sobre rescates milagrosos. Parte del destino del suceso,
es que Allah colocó a un hombre excepcional en circunstancias
también excepcionales. Tuvieron que ocurrir dos desvelamientos
para que la gente viese la verdad de lo que había sucedido.
Un hombre fue quien desveló la primera y terrible realidad
que debía ser transmitida a las masas americanas. Nadie más
podía haberlo hecho, y esta persona vió la tragedia
humana que se manifestaba ante sus ojos reconociendo que lo que
estaba sucediendo, era un sufrimiento sin precedentes y un ultraje
al mismo tiempo.
Siguiendo al periodista Anderson Cooper en su caminar entre las
víctimas, pudimos ver la tragedia en toda su terrible dimensión.
Compartimos con él el dolor por los sufrimientos de la gente,
y con él también sentimos despertar un sentimiento
de rabia cada vez mayor. Nada se estaba haciendo para auxiliar al
más de medio millón de personas. Fue entonces cuando
Anderson Cooper añadió a todo esto su propia ira.
Lo que no podía concebir, es que no solo al nivel estatal
ni al nivel federal eran incapaces de actuar, sino que además,
y este era el shock definitivo, no se sentían obligados a
hacerlo.
Anderson Cooper reveló ante la consciencia cada vez más
despierta de sus televidentes que la senadora blanca de Louisiana,
una Demócrata, consideraba su trabajo como el de un mero
“apaga fuegos”, el asegurar a la gente que a pesar de
la gravedad de lo sucedido, el asunto estaba en manos de los políticos
profesionales. No había por qué preocuparse, se ocuparía
de todo esa clase política e incluso los medios de comunicación,
ese colectivo definido por Joan Didion como “Un puñado
de enterados que inventan, año sí y otro también,
la historia de la vida pública”.
Lo que podía verse en la pantalla era el sufrimiento y la
ira de Anderson Cooper. Estaba conmocionado y era absolutamente
consciente de lo que ocurría, diciéndose a sí
mismo que no podía ser verdad. Nos dijo que había
visto guerras y desastres, pero que jamás le habían
afectado de esta manera. Pero estaba ocurriendo ante sus ojos, y
sus lágrimas y su ira justificada eran por los padres, las
madres, las esposas e hijos de esos soldados que mueren cada día
en Iraq y Afganistán. No tenía que haber sucedido.
Era como si en la Roma Antigua, Cicerón llorase por las condicionas
inhumanas de las familias de los gladiadores caídos en el
circo.
Cooper había establecido las nuevas reglas políticas
de la información en directo, y su cadena de TV no podía
evitarlo. Y sólo era una cuestión de tiempo antes
de que el suceso fuese redefinido según el modelo Tsunami.
Pero estas nuevas reglas eran demasiado poderosas y no iban a desaparecer
fácilmente. Cooper declaró:
1)
Esta gente ha sido abandonada, como si no merecieran ser rescatadas.
2) El Presidente ha sido incapaz de actuar. La Administración
no supo responder. El sistema político, el Gobierno, el
Alto Mando, no tenían relación alguna con las masas.
El
día siguiente, un comentarista de la CNN supo aprovechar
la ventana que Anderson Cooper había abierto a la realidad.
Aceptando su análisis, procedió a desvelar la terrible
conclusión que encerraba su argumento. Avanzó con
cautela. Condujo al público paso a paso hacia la verdad devastadora.
¿Cuál era la Verdad Devastadora? Era difícil
revelarla pues no se había hablado de ella durante más
de medio siglo. Por fin lo dijo: “Pero, ¿acaso no es
verdad que este medio millón de seres humanos abandonados
a su suerte en Nueva Orleáns, son negros?”
El genio había salido de la botella. Otros comentaristas
irrumpieron para suavizar el comentario. “¡No, no! ¡Son
los pobres!”. Peor todavía, eran negros y además
pobres. Y habían sido abandonados. Ahora se aclaraban las
cosas. Esta no había sido la política de la Administración
cuando tuvo lugar la crisis del World Trade Centre. Allí
hubo un Centro de Mando. Allí había un plan de rescate.
Pero en aquel entonces, eran parte del proceso político.
Joan Didion lo había definido de la siguiente manera: “En
las elecciones del 2000, tal y como señaló Mr. From
con lo que parecía un entusiasmo auténtico, el 53%
de los votantes tenía (“por primera vez en nuestra
historia”) ingresos superiores a los 50.000$. El 43 % residía
en las afueras de las ciudades. 74% tenían educación
superior. 42% tenía títulos universitarios. 70% admitían
invertir en Bolsa. La admisión de que este no era el perfil
democrático del país en su totalidad, de que la mitad
de los ciudadanos del país SOLO TENÍAN UNA RELACIÓN
DE SERVILISMO con el gobierno bajo el que vivían, y que la
Democracia que tanto queríamos propagar por el mundo entero
era en nuestro propio país una mera idealidad, se habían
ahora manifestado ante la prioridad absoluta de mantener el proceso
en las manos de quienes ya lo tenían”.
Los ciudadanos de Nueva Orleáns eran personas que no figuraban
en el censo electoral, y si a pesar de todo habían conseguido
entrar en él, sus votos, como los de sus primos de Florida,
habrían sido sin duda tranquilamente eliminados. Era demasiado
tarde para decir que eran ciudadanos. La ciudadanía se había
convertido en un mito lejano y distante. Había comenzado
con los Padres Fundadores, amos de esclavos, hasta llegar a Faulkner,
el ganador del Premio Nobel cuya amarga conclusión afirmaba
que no podía fundarse un Estado con uno de sus pueblos genocidamente
diezmado y el otro formado por esclavos a los que se había
abandonado a su propio destino. La conclusión era ineludible.
El resultado final jamás podría ser Una Nación.
Las implicaciones políticas son contundentes. El Presidente
demostró ser incapaz de detentar el liderazgo. Y no es porque
fuera Bush. El chiste antiguo de Washington decía: “P:
Defina un vacío político. R: ¡Herbert Hoover!”.
La Presidencia no confiere el poder a una persona. El poder está,
y siempre lo ha estado, en las manos de quienes poseen la riqueza,
y el rostro repugnante del presidente del Banco Mundial no apareció
en las pantallas de la TV. El gobierno no estaba en su sitio a la
hora de ayudar a la gente. Sus prioridades eran las de la élite
que gobierna en realidad, la Oligarquía Financiera. El gobierno
estatal era irrelevante e impotente.
En la cadena de televisión, SKY, un analista político
de prestigio describía al gobernador de Louisiana, una mujer
blanca, cuando se enteró de la noticia: “Estaba hecha
papilla”. En Washington eran los republicanos. En el ámbito
estatal eran los demócratas. De forma muy astuta, Bush llamó
en su ayuda a Clinton y a Bush, su padre republicano. Las apariencias
eran las del mito del bi-partidismo. La realidad era que el crimen
de la clase política tenía que ser encubierto, para
los Republicanos en el ámbito federal por el Presidente,
y para los Demócratas en el ámbito estatal por Clinton.
Con esa prepotencia de la que sólo son capaces los políticos,
Clinton declaraba: “Esto es un desastre natural, no lo conviertan
en política”. Para ellos, se puede hacer política
de cualquier cosa, preferiblemente en la CBS.
El telón se hizo bajar rápidamente sobre la realidad.
La CNN hizo venir a Christianne Amanpour, la funeraria oficial del
capitalismo. Larry King hizo venir a los Animadores. Se cantarían
canciones. Se recaudaría dinero. Se desplegarían las
banderas. Mientras tanto en Washington corría un chiste:
A:
“Tenemos que hacer algo sobre los daños”.
B: “¿Te refieres a reparar los diques destruidos?”
C: “No. Hacer que el Presidente abrace a un negro”.
Pero
ahí estaba. Se les habían dado muchas oportunidades.
En repetidas ocasiones. No sólo la década de advertencias
sobre los diques. No sólo el medio siglo de Derechos Civiles
abandonados. Ni tampoco el más de siglo y medio de ocultación
de una verdad: La Guerra Civil no había sido para liberar
a los esclavos, sino para establecer el capitalismo bancario del
Norte.
No había Una Nación bajo un Dios. La población
original había sido eliminada incluso en las Reservas, primero
por la diabetes, causada por el Programa Federal de harina y azúcar
blanca y gratuita, y luego convirtiéndolos en gerentes de
casinos donde se juega las veinticuatro horas del día –una
cínica miniatura del comercio incesante que practica la élite
bancaria. La otra nación, la nación negra, estaba
de nuevo encadenada en el Sistema Penitenciario Federal –la
población negra encarcelada es mayor que la de Togo.
Antes de que se dijera una sola palabra sobre el rescate, sobre
alimentos para los niños, sobre los que estaban muriendo,
el Gobernador blanco de Louisiana y el Presidente blanco de los
EE.UU. mostraban su concepto de lo que significa el liderazgo declarando
al fin su posición: “No toleraremos las acciones de
los saqueadores”. Antes de proceder a la política genocida,
el lenguaje de la democracia califica de sub-humana a la minoría
que muestra algún grado de resistencia . Primero se califica
a los Vascos de matones y terroristas, y luego se procede a su ejecución
sumarísima. Primero se califica a los irlandeses del norte
de gamberros, y luego se les tortura y se les encierra en la cárcel
sin salida de Maze. Antes de la masacre de los chechenos perpetrada
por Putin, éste los había calificado de “lobos
hambrientos que debían ser exterminados”. Fieles a
la doctrina, los presidentes del Estado y de la Unión hablaban
de “rufianes y delincuentes”.
El huracán Katrina no fue el que con sus vientos los sumió
en un estado de anarquía, violencia, robos y violaciones.
Lo que lo hizo, ha sido una vida joven sumida en la más abyecta
pobreza y esa educación cero que el Estado prolonga con una
tolerancia también cero.
Allah el Excelso dice en la Sura Al-Hajj:

“A cuántas ciudades que eran injustas
dejamos seguir para luego castigarlas.
Hacia Mí se ha de volver”. (22: 46)
Del
gran huracán sólo se puede extraer una lección.
Esta es que la Nación Negra debe abandonar de una vez por
todas la derrota y unificarse como gente de Allah. Islam es la religión
natural de la Nación Negra. Es la religión natural
de su patria África, desde Tánger y Tombuctú
hasta Tanzania. Es su legado, y dondequiera que ha ido, ha elevado
a su gente y ha producido una elevada civilización y una
rica cultura.
Lillian Hellman, en su gran estudio sobre la psique capitalista,
“The Little Foxes”, hace que un financiero blanco, Ben
Hubbard, declare su postura:
“Yo
me digo a mí mismo: años de planificación
y obtengo lo que quiero. Pero a veces no lo consigo. Aún
así no me desanimo. El siglo está cambiando, el
mundo está abierto. Abierto para la gente como tú
y como yo. Preparado, esperándonos. Al fin y al cabo, esto
es sólo el principio. Han cientos de Hubbards sentados
en habitaciones como esta por todo el país. Sus nombres
no son Hubbard, pero todos son Hubbard y algún día
seremos los amos de este país. Y nos llevaremos muy bien”.
En
la misma obra, y hablando sobre los Hubbards, Addie, la criada negra
sureña, dice lo siguiente:
“Sí,
se lo hicieron muy bien engañando a los negros. Bueno,
son la gente que devora la tierra y a la gente que vive en ella,
lo mismo que las langostas de la Biblia. Y luego están
los que se quedan quietos viendo cómo lo hacen. A veces
yo pienso que no está bien callarse y ver cómo se
lo comen todo”.
Dada
la condición de la Nación Negra de América
en esta época, es posible que James Baldwin jamás
hubiera escrito cosa alguna, Nina Simone no hubiese cantado y Martin
Luther King no hubiese muerto.
Y luego Allah envió a Su huracán, y con él,
un mensaje de esperanza a la gente de color que aún sigue
esclavizada en América. Y ha sido confirmado con una señal.
¿Cuál fue la señal? Fue que, por primera vez
en la historia de los EE.UU. desde la Guerra Civil, una parte del
Sur estaba fuera del alcance de un Presidente americano. Bush no
pudo aterrizar en Nueva Orleáns. Fue a Mississippi, a un
lugar aislado. Iría a Nueva Orleáns en los próximos
días. ¿Por qué no podía ir durante la
crisis? El Presidente de los Estados Unidos de América tenía
miedo. Tenía miedo de enfrentarse a la furia de una gente
que no le consideraba su líder. Pero sí, iría
a Nueva Orleáns, luego, cuando la gente fuese evacuada. Todo
lo que le quedará entonces serán las ruinas de una
ciudad vacía.
Mientras tanto, en la Grand Central Station, Allan Greenspan se
sentaba y lloraba.
Allah
el Excelso ha dicho en la Sura al-Fatir:

“Allah es Quien envía los vientos que mueven
las nubes;
entonces las conducimos a una región muerta y así,
a través de ellas, devolvemos la vida a la tierra después
de su muerte”.
(35: 9)
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