glosario de terminología islámica pensamiento

La Crisis del Líbano. I,

por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi



20/07/2006

Allah el Excelso declara en la Surat al-Furqan:


“Es verdad que le dimos a Musa el Libro
y le asignamos a su hermano Harún como asistente.
Y dijimos: ¡Id a la gente que niega la verdad de Nuestros signos!
Los aniquilamos a todos.
Y la gente de Nuh cuando tomaron por mentirosos a los mensajeros;
los anegamos e hicimos de ellos un signo para los hombres.
Hemos preparado para los injustos un castigo doloroso.
Y los Ad y los Zamud y los dueños del pozo y muchas generaciones intermedias.
Todos fueron llamados con ejemplos y a todos los aniquilamos por entero.
Ellos pasaban junto a la ciudad sobre la que se hizo caer la lluvia del mal.
¿Acaso no repararon en ella?
Pero ellos no esperaban ser devueltos a la vida”. (25: 35-40)


Como musulmanes que somos, tenemos que examinar, no sólo una vez sino incluso varias más, el ámbito en el que se desarrollan los acontecimientos. O, para hablar con propiedad, tenemos que mirar primero con el ojo del Tawhid y luego con el ojo del Furqan. Si no estudiamos la cuestión con la gravedad y al mismo tiempo la iluminación, que procede de la luz del Tawhid, fracasaremos en la discriminación posterior.

Por muy angustiosa y alarmante que se nos presente la cuestión, debemos reconocer que este suceso es por Allah. Con Allah no existe la injusticia. Allah ha establecido la existencia con un patrón intrincado de leyes que nunca cesan de actuar en un momento dado. Todas las criaturas vivas actúan bajo los imperativos de esas leyes naturales que Allah ha programado en ellas. La organización del termitero y la de la colmena son de sobra conocidas. Del mismo modo, las leyes que determinan que cuando los organismos superiores colapsan, los más bajos toman el poder. Cuando un animal está vivo, lleva en su sangre y en sus tejidos una serie de micro-organismos. Cuando se le da caza y muere, se le cuelga para orearlo. Durante ese tiempo, mueren los organismos que podían infectar al ser humano. Si el cadáver permanece colgado durante un tiempo, surgen a la vida nuevos micro-organismos que realzan el sabor y la capacidad nutritiva del animal.

La especie humana es la única que alberga, entre los kuffar, la gran ilusión. Esta gran ilusión es pensar que el hombre puede hacer todo lo que quiera. La verdad, que se muestra claramente definida en el Corán, es que la criatura humana tiene una responsabilidad ante Allah, glorificado sea. Tiene un contrato intemporal que debe cumplir en el ámbito de lo temporal.

Allah el Excelso ha dicho en la Surat Al-‘Araf:


“Y cuando tu Señor sacó de las espaldas de los hijos de Adam
a su propia descendencia y les hizo que dieran testimonio:
¿Acaso no soy Yo vuestro Señor? Contestaron: Sí, lo atestiguamos.
Para que el Día del Levantamiento no pudierais decir:
Nadie nos había advertido de esto”. (7: 172)


La distancia, o en realidad el abismo, entre los que responden a un mandato que está vibrando a lo largo y ancho del patrón que conforma el sistema celular, y aquéllos que pretenden que no ha sucedido, es enorme. Allah el Excelso dice en la Surat Al-‘Araf:


“A quien Allah guía, es el que está guiado
y a quien extravía... Esos son los perdidos.
Hemos creado para Yahannam muchos genios y hombres.
Tienen corazones con los que no comprenden,
ojos con los que no ven y oídos con los que no oyen.
Son como animales de rebaño o peor aún en su extravío. Esos son los indiferentes.
Y Allah posee los nombres más hermosos.
Llamadlo con ellos y dejad a los que cometen aberraciones con Sus nombres.
Se les pagará por lo que hicieron.
Entre quienes hemos creado hay una comunidad
que guía por medio de la verdad y con ella hace justicia.
Y a los que niegan la verdad de Nuestros signos
los llevaremos a la perdición gradualmente,
de una manera que no adviertan”. (7: 178-182)


Y así, desde las cumbres majestuosas y poderosas de lo que puede y debe pensarse sobre Allah, glorificado sea, y del funcionamiento de Su Contrato Divino con los hijos de Adam, no cabe duda de que desde esta posición, todo lo que ocurre en el Líbano, Israel, Palestina, Siria, Irán, Iraq y los Emiratos Árabes Unidos, está sometido al reproche poderoso y a la advertencia ineludible de Allah, el Señor del Universo. Desde este punto de vista, los musulmanes de los Emiratos deberían tener más miedo y estar más avergonzados que la gente del Líbano, agazapados bajo sus cedros, bombardeados por un pueblo extraño que quiere vivir de la misma manera que ellos vivían hace apenas dos semanas.

Una vez comprendida la situación con la perspectiva coránica, estamos obligados a hacer una discriminación lo más acertada posible a través del humo y el fuego, la sangre y el sufrimiento de los niños. Fijémonos primero en los protagonistas del conflicto antes de examinar el escenario más amplio de la, así llamada, Comunidad Mundial, algo que no es una realidad política ni tampoco legal.

Según la configuración del escenario, los primeros disparos parecieron ser la respuesta a la captura de un miserable soldadito israelita en Gaza. Esto tuvo lugar en el epicentro de Palestina. La ‘Ummah se ha visto asediada desde hace tiempo con una versión de los acontecimientos que, según la terminología de la OLP, presentaba a una comunidad de musulmanes que estaba ocupada y que luchaba por sus “justos derechos nacionales”. El lenguaje era el del socialismo de Nasser y la causa era la liberación nacional. Y esto tenía lugar justo cuando el Estado nacional había dejado de existir tanto de facto como de jure. No obstante, se daba el ultraje añadido de una tierra que les había sido robada mediante una operación terrorista despiadada de la que el resto del mundo había sido testigo impotente.

Hasta la primera crisis del Líbano, todas las actividades de los palestinos, a pesar de haber sido calificadas de terrorismo, podían interpretarse como resultado de las medidas extremas que han sido impuestas a un pueblo oprimido. Durante la incursión israelita en el Líbano, los combatientes de Hamás se vieron atrapados durante un cierto tiempo en la zona fronteriza, teniendo a Hizbollah como anfitrión. Cuando regresaron a Palestina, su lucha contra Israel incorporó un elemento nuevo: el suicidio. A pesar de las exigencias coránicas, a pesar de los hadices aterradores que advierten sobre el suicidio, a pesar del consenso de toda la gente de la Sunna, se nos pedía que aceptásemos esta alteración inaceptable de la Ley inalterable contenida en la Shari’at. Esta práctica era fácilmente identificable como Ismailita, cuya existencia tuvo lugar en estas mismas montañas libanesas y que había sido utilizada en la historia para aterrorizar tanto a cristianos como a musulmanes. Los Ismailitas son, por supuesto, una rama de la religión Shi’a. La propaganda que procedía de esa región nos mostraba una imagen en la que combatientes musulmanes, libaneses y palestinos, luchaban contra el espantoso enemigo israelita. Pero las cosas no eran tan sencillas.

A principios del año 2006, invitamos a nuestra Conferencia Islámica de Ciudad del Cabo al Mufti de Jerusalén y al Mufti de Nablus. El Mufti de Jerusalén, enterado de que queríamos pedirle un fatwa que denunciase el suicidio, canceló su visita en el último minuto. El Mufti de Nablus nos dijo que ninguno de los dos podían emitir ese fatwa porque serían sin duda asesinados por Hamás. Luego añadió que si el Mufti de Jerusalén, persona por cierto muy respetada, emitiese dicho fatwa, la gente le seguiría. Al reflexionar sobre el asunto llegamos a una conclusión perturbadora. El espantoso espectáculo de las elecciones de Hamás con sus gorras de béisbol portadoras de eslóganes, los equipos pseudo-militares de las mujeres, la desconcertante similitud entre el aspecto social de los personajes y los de Hizbollah y Teherán —todo ello parecía indicar que el liderazgo, y casi con toda certeza el aparato de adiestramiento en el interior de Palestina, se habían convertido en Shi’a. Esta percepción se veía lamentablemente confirmada con los recientes desfiles celebrados en Palestina, donde los retratos de los líderes shi’a se blandían en lo más alto por la multitud histérica.

El mismo Líbano demostraba exitosamente el concepto original ateo de los franceses con el que fue inventado ese pseudo-país. Desde su creación como Estado moderno, el Líbano iba a ser la arena que con su programa daría testimonio, no sólo de la abolición del Islam, sino de algo mucho más sórdido que el mero desmantelamiento de la religión Divina. El Líbano fue diseñado para encarnar el modelo masónico perfecto con el que demostrar que “¡Todas las religiones son iguales!”. Por supuesto, y tal y como ha demostrado nuestro erudito Umar Pasha en su libro “La Desviación Esotérica en el Islam” (www.madinahmedia.com), si se proclama que todas las religiones son iguales eso significa que ninguna es verdadera y en consecuencia totalmente irrelevantes.

Los jesuitas franceses tradujeron textos cristianos al árabe, y cuando se encontraban con el nombre “Dios” lo traducían como “Allah”. Capaces de ofrecer una educación superior y puestos en el gobierno, pronto contaron con una población cristiana significativa a la que luego ingeniosamente definieron como cristianos maronitas para así otorgar una identidad histórica falsa a lo que era, casi por completo, un fenómeno colonialista. Hace ya tiempo que el Líbano estaba considerado como el burdel de los árabes más ricos. Y así fue cómo se manifestó que la imagen de ese Líbano representaba un microcosmos, no sólo para el mundo árabe, sino también para el mundo musulmán, en el sentido de que tenía un cuerpo revolucionario shi’a que convivía con lo que ellos describían como una “comunidad musulmana sunnita” que se llevaba de maravilla con los cristianos, con su forma de vida y con su apoyo entusiasta al capitalismo.

Este es el punto en el que debemos basar nuestra primera discriminación. El conflicto entre la religión Shi’a y la religión musulmana no tiene nada que ver con una división sectaria de una sola religión. Repitámoslo de nuevo. La religión Shi’a no es sólo una entidad diferente, sino que obtiene de esta distinción su significado, su metafísica y su razón de ser. El elemento que separa al Din del Islam de esta otra religión, no tiene nada que ver con su pretensión de que la justicia negó el califato a ‘Ali, y todos los odios que se desataron por este motivo; ni tampoco es el dudoso itinerario de los doce Imams que de forma extravagante se sometieron al asesinato, excepto el último que desapareció para volver cuando se acabe el mundo.

Oculto en toda esta invención medieval está el núcleo auténtico del fenómeno Shi’a —el rechazo de la Shari’at del Islam cuyo cumplimiento exige la existencia de un Califa. Los Shi’a no creen en el Califato. Si lo hicieran, tendrían que aceptar al Rey Muhammad VI de Marruecos como gobernante ya que él es, a través de Hasan, el heredero genealógico directo de la Ahl al-Bayt. Y sin embargo lo calumnian, lo mismo que hicieron con su padre, porque era un seguidor comprometido de Imam Malik, el Imam de Dar al-Hiyˆra.

En este punto es importante constatar cómo se tocan los dos extremos. Los wahhabis rechazan el Califato porque su versión de los acontecimientos les hace ser Muwahhidun, sin Jilafa. De esta manera, los wahhabis, una gente de bida’, adoptan la misma postura con respecto a la Jilafa que los Shi’a que se han salido del Din. Recuérdese que justo al principio del asunto, Hasan al-Basri, que Allah esté complacido con él, dijo en la mezquita al grupo disidente: “¡Os habéis separado de nosotros!”. No dijo: “¡No estáis de acuerdo con nosotros!”.

En lo que respecta a esta cuestión, es absolutamente esencial que nuestros fuqaha y nuestros eruditos organicen un Da’wa público y manifiesto con el que pedir a la gente de la shi’a que vuelva al Din del Islam. El primer paso de este proceso es que quede claro el abismo que hay entre ellos y nosotros. En la historia reciente y por segunda vez, un líder shi’a ha intentado hablar en nombre de todos los musulmanes. No puede hacerlo. Y más aún en el caso que nos ocupa, cuando las mezquitas musulmanas están siendo demolidas en el mismo Irán, además de perseguir a los musulmanes.

El segundo paso del proceso sería invitar a sus Mullahs más destacados a que vayan, quizás a la Qarawiyyin de Fez, para enterarse de lo que es el Islam verdadero, algo que desconocen por completo. Como ejemplo, debemos recordarles la guía prestada por Mawlana Rumi. En su texto el Maznawi, un asombrado viajero musulmán se encuentra con la población shi’a de una ciudad que flagela sus espaldas ensangrentadas; al preguntar, le dicen que están lamentándose por la muerte de Hussein. El musulmán dijo entonces: “Si lo que decís es cierto, ¿por qué os lamentáis? Si murió Shahid, irá sin duda al Jardín. ¿Acaso no deberíais hacer un ‘Id y celebrarlo?” Después tendríamos que explicar que nosotros no tenemos una clase de Mullahs que nos gobierna. El Estado Islámico es gobernado por un Emir. Está aconsejado por sus Fuqaha. El Qadi juzga, pero no gobierna.

Las conmociones de la política no pertenecen a este discurso sobre el Fiqh. Ahora que tenemos una conexión entre Palestina e Irán, esto nos permite conjeturar que Hamás recibió sus instrucciones de Irán: introducirse en Israel para tomar un rehén. No se trataba de un efecto colateral. Ese era el propósito de la operación. Dado el débil liderazgo civil de un Israel que es, a fin de cuentas, un Estado militar espartano, la respuesta era fácilmente predecible. Ahora sabemos que la entidad llamada Hizbollah tenía su armamento dispuesto mucho antes del suceso, razón de que pudiese reaccionar con prontitud. En un solo movimiento, Irán había asumido el control efectivo de todo el Oriente Medio, control que ahora parte de Irán, pasa por Iraq, por Siria, llega al Líbano y alcanza Palestina.

No cabe duda de que esto es malo para Israel. Es aún peor para el pueblo libanés. Y la verdad es que lo peor de todo es para la presencia de un Islam vivo en la ‘Ummah musulmana de nuestros días.

Fijémonos ahora en Israel. El Estado israelita ya ha fracasado. Su fantasía sionista original nació de la propaganda masiva desatada tras la Segunda Guerra Mundial y la repugnante revelación del genocidio que habían padecido. Lo que Hitler no había sido capaz de predecir, y lo que los regímenes democráticos no han podido estudiar ni comprender, es que el sufrimiento más atroz otorga a los supervivientes una fortaleza extraordinaria. El Asedio de Stalingrado hizo fuerte al pueblo ruso. Los ataques aéreos contra las ciudades de Inglaterra les dió fuerzas para sobrevivir. El bombardeo de Dresden y Hamburgo garantizó el liderazgo de la Alemania de la posguerra. La carnicería perpetrada por los nazis dió a los supervivientes el Estado de Israel, además de la oportunidad, a la clase banquera judía, para dominar los mercados financieros de la posguerra.

Pero hoy, después de medio siglo, todo ha cambiado. América ya no necesita a Israel. Ha elegido al Líbano como base mediterránea. Los mercados bancarios del mundo han sobrepasado con creces a sus distinguidos padres fundadores judíos. El banquero de hoy en día bien puede ser japonés, indonesio, indio e incluso alemán.

Conforme se desvanecía el sueño sionista emergía el sueño laicista. Preguntados ahora, la mitad de los israelitas responderían que su ciudad sagrada ya no es Jerusalén, sino Las Vegas. La tragedia humana de los israelitas es que el apoyo y las subvenciones dependen de un ataque procedente del exterior. La estrategia política del Estado israelita ha sido siempre la provocación. La provocación deliberada fue la madre del terrorismo. Si los palestinos hubiesen olvidado sus fantasías sobre la estatalidad enana, el sueño de Luxemburgo, y tomado en su lugar el Din del Islam y sus regalos ennoblecedores, esto es, aspirar a tener cuatro esposas y diez hijos, la pura demografía habría puesto en sus manos toda la región. Pero en lugar de hacerlo, abandonaron el Islam y hombres definitivamente perversos decidieron enviar a los hijos de otros hombres a que saltaran en pedazos —en consecuencia, y cada vez que esto ocurre, ¡hay un palestino menos!

Durante esta época en la que la dinámica Shi’a-Irán salía en tropel desde Teherán, los israelitas vieron con horror que América había elegido a Líbano como nación sustituta. Y vieron que el siguiente paso era apoderarse de la Siria Ba’atista. Una vez que, tal y como imaginaron, Iraq dejase de contar, Siria sería un juego de niños, especialmente teniendo al flácido hijo de Assad como Presidente. El nuevo Líbano ateo (“Todas las religiones son iguales”) era un éxito estrepitoso. Los turistas preferirían sin duda apostar y fornicar en una zona de recreo cristiana en la que no soportar la mirada desaprobadora de los rabinos ni las bombas en los mercados. Y la cocina libanesa es ciertamente superior a las conservas rusas en vinagre de las Deli israelitas.

Tal y como ocurre en la geopolítica que carece de un hombre de Estado, las implicaciones de la violencia no pueden ser comprendidas. Para Israel, Hizbollah es la excusa para destruir el Líbano. Para Irán, Hizbollah es la excusa para ejercer el control colonial sobre un territorio antes llamado Oriente Medio.

Los perros rabiosos de la guerra israelita están masacrando a la población civil con una indeferencia que es una réplica exacta de la de los nazis con Guernica y Varsovia; y sin embargo, es aconsejable advertir a los más inteligentes que miren más allá. Ahora que los truenos resuenan en las verdes colinas del Líbano y se hacen eco de las tempestades que asolan Iraq, no hay objetivo más evidente que los estúpidos y despreciables rascacielos de Dubai. Si el Líbano fue construido con la riqueza cristiana y ello lo convirtió en una amenaza contra Israel, Dubai no sólo está construido con riqueza árabe —no me siento capaz de decir riqueza musulmana— sino que está igualmente enredado en la economía judía. Es el lugar potencialmente más peligroso de toda la región. Es una diana a la espera de una flecha. Es un objetivo que espera ser alcanzado. Cuando suceda, no le extrañará a nadie. Si al mundo no le importa la pobre gente del Líbano ¿por qué iba a molestarse por los ricos de Dubai? Son una deshonra para el mundo musulmán y Dubai, con su gobierno desvergonzado y sus empobrecidos esclavos hindúes, tratados de forma vergonzosa, es un reproche a toda la nación musulmana. El problema de los gobernantes de Dubai es que no creen que el Corán también fue revelado para ellos.

Allah el Excelso ordenó decir al Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, en esta aleya de Surat al-Furqan:


“Di: ¿Qué atención os iba a prestar Mi Señor de no ser por vuestra súplica?
Pero habéis negado la verdad y el castigo será inevitable.” (25: 77)



 
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