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La Crisis del Líbano. II,
por
Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
25/07/2006
Allah
el Excelso dice en el Corán, en la Surat an-Naml:
“Di:
¡Id por la tierra y ved cómo acabaron los malhechores!
Pero no te entristezcas por ellos ni estés en apuro por lo
que traman.
Y dicen: ¿Cuándo se cumplirá esta promesa si
es verdad lo que decís?
Di: Pudiera ser que parte de aquello cuya venida urgís os esté
pisando los talones.
Verdaderamente tu Señor favorece a los hombres,
sin embargo la mayoría de ellos no agradece.
Y es cierto que tu Señor sabe lo que sus pechos esconden y
lo que muestran.
No hay nada oculto en el cielo o en la tierra que no esté en
un libro explícito.
Realmente esta Recitación les refiere a los hijos de Israel
la mayor parte de aquello sobre lo que no estaban de acuerdo entre
ellos.
Y ciertamente es una guía y una misericordia para los creyentes.
Tu Señor decidirá entre ellos con Su juicio;
Él es el Insuperable sin igual, el Conocedor.
Y confíate a Allah, es cierto que tú estás en
la verdad indudable.
Tú no vas a hacer que los muertos oigan o que los sordos escuchen
la llamada
cuando se apartan desentendiéndose.
Ni vas a guiar a los ciegos sacándolos de su extravío.
Tan sólo conseguirás que escuche aquellos que crean
en Nuestros signos y sean musulmanes.” (27: 69-81).
Esta no es solo la Crisis del Líbano. Se trata, mejor dicho,
de la Crisis de Israel. Pero en realidad, y hablando con propiedad,
es la Crisis Mundial que supone la terrible culminación de
la crisis capitalista cuyo primer nivel fue, tras la orgía
suicida y antinatural de la Primera Guerra Mundial, la división
arbitraria del mundo en una serie de Estados-Naciones. El segundo
paso fue la creación absurda, desde el punto de vista político,
del trinchado Estado de Israel junto con esos otros trinchados desastrosos
que en un periodo anterior habían dado lugar a otras pseudo-naciones:
Líbano, Siria, Iraq y Yugoeslavia. Lo que ahora contemplamos
es el fin de esa época.
La crisis mundial de nuestros días comenzó con el
colapso de Yugoslavia. Su fallecimiento anunció el fin del
sueño masónico americano de Woodrow Wilson y su democracia
global, en la que quizás todos hablaríamos el lenguaje
mundial inventado por los judíos, el Esperanto, y practicaríamos
una pseudo-religión unitaria inventada por una antigua familia
Shi’a, el Bahaísmo, cuyo cuartel general a escala mundial
estaría en Haifa, Israel.
Yugoslavia no fue solo un desplazamiento continental o un cambio
de fronteras. Fue la erupción volcánica del genocidio
de Srebrenica, un suceso que no fue evitado ni castigado. Fue el
fin de la fantasía del gobierno mundial y en consecuencia
el fin de la ONU. Tras el diplomático Pérez de Cuéllar,
el liderazgo de esta organización procedía de esos
niveles inferiores que comenzaban a dominar el escenario mundial.
En primer lugar, ahora parecía que teníamos a un taxista
egipcio, Boutros Boutros Ghali, al que luego sucedió un chofer
de autobús londinense, Kofi Annan. Entre el genocidio bosnio
y el genocidio libanés, ha habido una erosión, a escala
mundial, del absurdo sistema de las Naciones-Estado cuyo final no
es el resultado de crisis internas, sino de la globalización
de ese sistema económico que ahora detenta todo el poder
político.
En el tiempo transcurrido entre esos dos sucesos, ha habido crisis
fronterizas en África, Indonesia y el subcontinente indio.
Recuérdese que la masacre de Ruanda tuvo lugar porque a la
impotente entidad internacional se le impidió dividir a los
Hutu y los Tutsi en dos naciones; los banqueros del mundo rehusaban
aceptarlo porque decían que ¡sería imposible
dividir en dos partes la enorme deuda que tenían! Las líneas
rectas trazadas en las arenas desiertas del Sahel provocaron el
genocidio, jamás mencionado, perpetrado por los paracaidistas
franceses sobre la aristocracia Tuareg de Mali, además de
la pesadilla que asola en nuestros días al territorio Darfur.
El colapso del sistema de las Naciones-Estado, obligado a jugar
su última baza por el sistema económico globalizado
del comercio de divisas y los instrumentos corporativos supra-nacionales,
ha finalmente sucedido con lo que ahora se califica de Crisis del
Líbano. Como ya he mencionado anteriormente (La Crisis del
Líbano, parte I), la guerra contra el Líbano era la
indicación de que Israel había fracasado como Estado.
El Presidente del Líbano, en una elocuente entrevista televisiva,
confirmaba que el éxito económico del Líbano
corría paralelo a la bancarrota de Israel, y que lo que siempre
se había pretendido era la destrucción del Líbano.
El Presidente citaba a un general israelita que había dicho:
“¡Haremos que el Líbano retroceda veinte años!”.
El Estado de Israel ha eludido desde siempre el análisis
crítico, ya que está protegido por dos sistemas intelectuales
de defensa. El primero está basado en el control significativo
que Israel tiene sobre la prensa y la TV en Europa y en los EE.UU.
En París, por ejemplo, el diario de derechas Le Figaro, ha
sido comprado por los Rothschilds, y el semanal de izquierdas, Liberation,
ha sido comprado por Dassault (antes Bloch). Y justo esta misma
mañana, un comentarista judío preside un debate en
la BBC, al tiempo que un antiguo portavoz del Departamento de Estado
de la época de Clinton, y que parece tener una fisura en
el paladar, explica lo que ocurre en la cadena de televisión
Sky.
El segundo aspecto de ese sistema defensivo, es el enrarecido ambiente
anti-racional que califica de Antisemitismo a la mínima crítica
del código de valores judío. El sentido común
que contenía el término original, utilizado para defender
a los judíos de las persecuciones, perdió pronto su
base racional cuando en América quisieron definir dos lacras
sociales, el antisemitismo y el racismo, impelidos por el empeño
judío ¡de no ser mezclados con los negros! El peor
insulto para un judío americano es llamar a alguien ‘Schwarzer’
(en alemán: negro).
Es importante recordar que esta percepción distorsionada
que los judíos modernos y los ciudadanos israelitas tienen
de sí mismos, es muy distinta a la de esa generación
de supervivientes de los campos de concentración; y de hecho
es una cuestión abierta a una amarga reflexión por
parte de los intelectuales judíos que pueden constatar cómo
esos mismo supervivientes han defendido con frecuencia a los palestinos.
Un cambio radical en la percepción de uno mismo puede dar
como resultado una persona que ve el mundo según los términos
creados por ésta, pero que carece de sentido para el resto
de los seres humanos; esta condición se denomina psicosis.
Si nos fijamos en la conducta actual del Estado de Israel, de los
generales que gobiernan, de su élite económica y sus
políticos, podemos afirmar con certeza que estamos confrontando
lo que puede llamarse justamente la Psicosis Israelita. Ya de por
sí, el israelita no está al tanto de la realidad ordinaria
en la que vive la especie humana. Esto es fácilmente identificable
no sólo en su liderazgo, sino también en el asombroso
récord de crisis psiquiátricas entre los militares
israelitas y el alocado comportamiento de los ciudadanos israelitas
ante la casi totalmente ineficaz lluvia de misiles Katusha. Pregúntese
a cualquier anciano de Berlín o Hamburgo, o a cualquier joven
de Bosnia o Sarajevo, y responderán al unísono hablando
de la conducta estoica y heroica mostrada ante los bombardeos masivos
a los que estaban sometidos. Para una mayor inmediatez, fijémonos
en la valentía y el control mostrados por los libaneses cuando
una mezquita recibió una cantidad de explosivos superior
a la lanzada en Hiroshima —y luego comparémoslo con
la histeria de Haifa.
Pero lo que más debe preocuparnos, no es tan siquiera que
los israelitas imaginen que podemos creernos su pretensión
de combatir a Hizbollah, cuando en realidad están destruyendo
una gran ciudad como Beirut, e incluso su turismo, el tesoro universal
de la antigua ciudad de Baalbek. El peor elemento de esta crisis,
es que Israel está mostrando al mundo cuál es su forma
de comportarse; y el mundo, con sus instituciones internacionales,
sus gobiernos nacionales, sus hombres de Estado y los medios de
comunicación, se muestran impotentes ante esta entidad psicótica.
Un comentarista, al tratar de justificar la situación, decía:
“¿Cómo podemos detener al tercer mayor poder
militar del mundo entero?” Esto es lo que debe motivar la
reflexión de las personas pensantes. ¿Por qué
y cómo es posible que un país minúsculo, con
una población similar a la de Togo, pueda chantajear al mundo
de esta manera? ¿Cómo es posible que los líderes
del mundo agachen la cabeza cuando los israelitas denuncian a voz
en grito la incapacidad del Líbano a la hora de implementar
una resolución de la ONU que le ordena refrenar a Hizbollah
cuando esa entidad estatal ha ignorado durante décadas la
de sobra conocida resolución de la ONU que ordena al Estado
judío retirarse a las fronteras que tenía en 1948?
La conclusión más urgente a la que nos vemos obligados
a llegar en la crisis actual, es que un país con una psicosis
de masas parece estar en libertad de invadir a otro país,
destruir su infraestructura y bombardear de forma indiscriminada
a su población matando a cientos de niños; y al mismo
tiempo, ese mismo país es poseedor de un inmenso arsenal
nuclear sin haber firmado tratado nuclear alguno. Ya no es una mera
especulación teórica el que Israel utilice o no su
armamento nuclear. Israel está fuera de la ley y de los límites
de la razón. El necesario acuerdo con Irán respecto
al armamento nuclear debe estar precedido por someter a disciplina
a este peligroso Estado ya que, de lo contrario, el resultado final
es obviamente inevitable.
Y a pesar de todo lo dicho, la culpa no puede recaer sobre Israel.
Sus gentes, impelidos por un destino histórico más
horrible que el de sus abuelos en los campos de concentración,
se encuentran de nuevo, no ya en los guetos de las ciudades, sino
en un gueto nacional rodeado por un enorme muro —lo mismo
que sus abuelos vivieron en Varsovia. Al otro lado de ese muro son
odiados, no con el odio psicológico y mental de los antiguos
rusos y alemanes, sino con el de todos sus vecinos: Egipto, Jordania,
Líbano y los pobres palestinos en su reducido enclave que
carece de Estado.
Estamos siendo testigos del fin de una era y, en consecuencia, del
principio del final del mayor de los desastres modernos: la democracia
política de partidos. El verdadero laicismo del mundo moderno
no es la separación de la religión del Estado, sino
la separación del sistema económico con respecto a
la autoridad gubernamental. La existencia de una forma de gobierno
político elegido por sufragio universal, es la indicación
de un poder absoluto de la riqueza económica y el control
mercantil que no sólo escapa al control del Estado, sino
que además cuenta con los medios para mandar al Estado. Esto
no es teoría de la conspiración, sino el resultado
directo de un patrón sistemático identificable cuya
evidencia es, por un lado, un liderazgo político “democrático”
totalmente impotente y por el otro, un sistema de poder económico
que ha sido puesto en su lugar por un sistema electoral desconocido
y cuyos nombres ni siquiera sabemos. Conocemos a “los hombres
más ricos del mundo”, pero éstos no son más
que meras estrellas de la película. La gran riqueza está
oculta en una red de Corporaciones relacionadas entre sí,
Sociedades Financieras y Compañías Subsidiarias. Los
que ejercen el poder en la cúspide de este sistema piramidal
son los que realmente gobiernan. No hace mucho tiempo, un banquero
trató de averiguar quiénes eran los “propietarios”
de la multinacional Monsanto. Valiéndose de su experiencia
acabó encontrándose ante un modelo de Monsanto en
el que las líneas de autoridad desaparecían en una
serie de distintas Corporaciones, Centros de Investigación
y Fundaciones académicas.
El mundo ha quedado poco más o menos aturdido ante la aceptada
impotencia de los, así llamados, líderes mundiales
en lo que respecta a la cuestión del Líbano. La mítica
Conferencia del G8 (mítica porque no gobiernan los mercados
que pretenden supervisar), en vez de quedarse reunidos en San Petersburgo
para castigar la rebelión de ese minúsculo Estado
contra la Ley Internacional, se dispersaron a toda prisa. Y así
es cómo un estudio fenomenológico del sistema mundial
posterior a 1945 nos revela que ha llegado a su fin con la trágica
y sangrienta destrucción de Srebrenica y ahora el Líbano.
Lo que se deduce, es que un estudio existencial de la elite política
mundial debe mostrar que son los productos incapaces de ese mismo
sistema político fracasado.
La realidad de la cuestión es que estamos siendo gobernados
desde abajo. Las ratas gobiernan el zoológico. Los análisis
marxistas, que siguen enseñándose en las universidades
occidentales por profesores designados por el Estado, sigue suministrando
con éxito un punto de vista que garantiza que la nueva generación
será incapaz de ver el dilema actual. Las doctrina marxista
produjo a Lenin y Stalin. Enalteció al Proletariado y luego
extrajo, de lo que Gorky llamaba “Las Profundidades Abismales”,
un liderazgo que, a pesar de proceder de la clase más baja,
pronto exigió el gobierno de la dictadura.
La situación en la que nos encontramos parece llevarnos a
un inevitable alto en el camino. El motivo es que pensamos que ese
Presidente o ese Primer Ministro en particular ya no sirve. Luego
pensamos que debe ser reemplazado por el líder de la oposición.
Pero no se trata de si es agradable o no, ni siquiera si es débil
o no. La realidad, es que el liderazgo político procede de
debajo de nosotros y cuando llega a las más altas esferas
sigue siendo gobernado por los que están por debajo: los
sombríos representantes democráticamente elegidos.
En el sistema aristocrático, las familias más destacadas
que se consideraban protectoras de sus gentes, responsable de ellas
y ante ellas, educaban a sus hijos para que desempeñaran
este servicio y mantuviesen la paz. “Noblesse obligue”.
¿Cómo es posible que las personas cultas e inteligentes
acepten ser gobernadas por gente que está por debajo? El
gobierno exige respeto.
Rusia: Putin era un oscuro funcionario que trabajaba en los sótanos
de la cárcel que la KGB tenía en Lubianka. No se encargaba
de las torturas. Su trabajo era el papeleo, pero oía los
gritos de los presos. Sustituyó en el puesto a un alcohólico
para luego convertirse en el Zar de Rusia que duerme en la cama
de Catalina la Grande.
Inglaterra: Blair, una no-entidad que no podría pasar el
test psicológico de admisión de cualquier empresa.
Gracias al elemento fortuito presente en el procedimiento estructural,
sucedió en el puesto a un alcohólico que a su vez,
y por casualidad, había heredado el puesto de un líder
tan desastroso que el propio electorado lo había rechazado.
En su inseguridad, Blair nombró Presidente de la Cámara
de los Lores a un individuo totalmente carente de experiencia que
se puso como objetivo la destrucción de quinientos años
de tradición legislativa.
EE.UU.: Bush, hijo de un antiguo jefe de la Policía Secreta
Internacional de los EE.UU. Prófugo cobarde y alcohólico
y cocainómano no rehabilitado. Tiene dificultades para construir
las frases.
Alemania: Angela Merkel. Sin experiencia alguna, ha aceptado la
vuelta de Alemania al sistema de gobierno de un solo Partido. Su
inseguridad la ha llevado a convertirse en una travestida.
Y así sucesivamente. Esta incapacidad para el liderazgo,
producida por el sistema político actual de la casualidad
estructuralista, tiene su mejor expresión en la Secretaria
de Estado de los EE.UU. Su travestismo no le aporta dignidad o gravedad
alguna. Hay algo denigrante e inaceptable en sus intentos de representar
la autoridad de una nación poderosa. Debemos preguntarnos
a qué sonreía cuando se sentó en la mesa con
los dirigentes del Líbano e Israel. Los dirigentes de los
países no pueden evitar pensar que estaría mejor trabajando
como encargada de un Burger King pidiendo “una hamburguesa
doble poco hecha con queso y con cebolla”. Y la objeción
no está basada en ser mujer; de hecho, Madeleine Albright
demostró tener un éxito poco corriente gracias a su
superior cultura y a la autoridad natural de una matrona.
Ninguno de los miembros de la clase política serían
capaces de resistir más de cinco minutos en la cúspide
del sistema Corporativo que con tanto esmero examina a sus dirigentes
en lo que respecta a la eficacia y el saber estar.
Carl Schmitt, el legislador más destacado del último
siglo, indicaba que la crisis de la época moderna mostraba
las últimas bazas del sistema actual; y también predijo
que sobre las ruinas del antiguo Nomos surgiría uno nuevo.
Este Nomos no aparecerá de la noche a la mañana. Pero
es inevitable. El filósofo más grande del siglo pasado,
Heidegger, lo vió e insistió en que no sería
cristiano. El escritor más grande de la Alemania del pasado
siglo, Jünger, también lo vió y me dijo que podría
ser Islam. Me dijo: “Nosotros”, refiriéndose
a la sociedad occidental, “sólo hemos conocido al Mensajero
(a quien Allah bendiga y conceda paz) puesto que conocemos la cultura
y la historia de los musulmanes; lo que ocurre es que todavía
no hemos tenido el encuentro con Allah. Cuando la gente sepa más
sobre Allah, el Islam conquistará el mundo”. Esta es
la enseñanza correcta del Tawhid que los musulmanes modernistas
han abandonado. Atarse explosivos alrededor del cuerpo y suicidarse,
es una indicación de que muchos musulmanes ya no confían
en que la Misericordia de Allah les salvará, gracias a Su
Poder, de la situación en que se encuentran. Los modernistas
han tratado de enganchar su vagón al tren de los sistemas
occidentales, sin darse cuenta de que ya estaba precipitándose
al abismo.
En esta crisis que vivimos, los ‘ulama musulmanes han permanecido
vergonzosamente silenciosos. En Dubai, lugar lleno de extravagancias
de los nuevos ricos, los ‘ulama han sido callados por los
gobernantes ignorantes. En Egipto son simplemente torturados y matados.
En Túnez la mayoría están encarcelados. Y hay
muchos que han decidido seguir la postura wahhabi que prescinde
de la Segunda Shahada, razón de que ahora se encuentren en
una extraña alianza con la religión inventada de la
Shi’a. En esta postura contradictoria encontramos a la fuerza
rebelde de Iraq, los Ijuan al-Muslimun, y a la Yama’at al-Islamiyya
en el mundo entero.
De momento estamos suspendidos en la definición clásica:
“Un mundo que muere —otro incapaz de nacer”. Mientras
que esto dure, debemos, en la próxima década, prepararnos
para formar a una nueva generación de la que surgirá
un nuevo liderazgo —el de los mejores, no el de los peores.
Esta será la misión de los Shuyuj de Instrucción
correctamente guiados de las Tariqas Naqshabandi y Qadiri. Ellos
son los únicos que pueden enseñar la Futuwwa —
el principio aristocrático en la Comunidad Musulmana. Con
ellos vendrá una nueva vida.
Allah el Excelso dice en la Surat an-Naml:
“Y
di: Las alabanzas a Allah.
Él os mostrará Sus signos y vosotros los reconoceréis.
Y tu Señor no descuidará lo que hacéis”.
(27: 93).
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