glosario de terminología islámica pensamiento

Mensaje durante el Hayy

por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi

Así ha de ser.

Allah el Excelso ha dicho en la Surat al- Hayy:

“Y cuando preparamos para Ibrahim el lugar de la Casa:
No asocies nada conmigo, purifica Mi casa para los que dan vueltas
alrededor de ella y los que rezan en pie, inclinados y postrados.
Y llama a la gente a la Peregrinación,
que vengan a ti a pie o sobre cualquier montura,
que vengan desde cualquier remoto camino.
Para que den testimonio de los beneficios que han recibido
y mencionen el nombre de Allah en días determinados
sobre los animales de rebaño que les ha proporcionado.
Así pues comed de ellos y alimentad al desvalido y al necesitado.
Luego, que se limpien de la suciedad,
que cumplan sus votos y que den las vueltas a la Casa Antigua.
Así ha de ser.
Y quien sea reverente con las cosas inviolables de Allah,
será mejor para él ante su Señor.
Son lícitos para vosotros los animales de rebaño
con la excepción de los que se os han mencionado.
Pero absteneos de la abominación que son los ídolos
así como de la palabra falsa.
Reconociendo la unidad de Allah y sin asociarle nada.
Quien asocia algo a Allah es como si se cayera del cielo
y las aves de rapiña se lo llevaran
o el viento lo remontara hasta un lugar lejano.
Así es; y quien sea reverente con los ritos de Allah...
ello es parte del temor de los corazones” (22: 26 – 32)

En este tiempo del Hayy se nos obliga a recordar que nuestro glorioso Din, que fue enviado por Allah el Excelso a la lengua de Su Mensajero elegido, a quien Allah bendiga y conceda paz, vino con el único compendio aceptable y purificado de la adoración de la humanidad hasta esa época. El Hayy nos hacer recordar que nuestro Din perfecto no es sino el Din al-Fitra, a su vez fue purificado y establecido por Sayyiduna Ibrahim, la paz sea con él. Así pues, en caso de darse algún tipo de reunión, tal y como muchos de los ateos fingen desear, deben comprender que tanto por la razón como por la historia, el asunto debe culminarse con la sumisión a ese Din puro al que Allah estuvo complacido de llamar Islam. Son ellos los que deben venir a nosotros, ya que para nosotros, el regresar sería volver a caer de nuevo en las antiguas corrupciones.

Dado que la Ley de la Abrogación nos confirma que, al ser desbancado por el tiempo lo abrogado debe capitular, de la misma manera es nuestro deber confirmar que el Din está a salvo de toda falsa adición y desviación. Lo que puede recibir con todo derecho el nombre de ‘Camino de los Salaf’, es lo que nuestros muttakallimun describen como el Madhhab de la Ahl al-Madinah, también llamado ‘Umm al-Madhahib’.

El gran defensor de la Escuela de Madinah era por supuesto Ibn Taymiyyah, cuyo tratado sobre la supremacía de este Madhhab sobre todos los demás, es una de las glorias de nuestra erudición. Su otro gran logro fue insistir con denuedo en que los gobernantes musulmanes tenían que recaudar la yizya de los no-musulmanes, un tema de importancia tan capital que fue probablemente el último mandato dado por el Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, a ‘Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él. Debemos recordar que la cantidad a pagar en el impuesto de la  yizya es, por un lado, menor que el IVA de la actualidad y, por el otro, constituye una prueba contundente de que a la Ahl adh-Dhimma se les garantiza la protección y la seguridad cívica cuanto están bajo nuestro gobierno. Los israelitas de nuestros días deberían tener presente que haber pagado la Yizya en la Alemania de Hitler ¡habría salvado las vidas de seis millones de los suyos!

Otra de las grandes percepciones de Ibn Taymiyyah fue observar que si se quiere corregir algo erróneo del Islam contemporáneo, es preciso regresar al origen para ver qué es lo que se debe rectificar. Siguiendo esta instrucción, el incidente de la Fitnat al-Kubra debe identificarse al comienzo del asunto.

Según nuestro entendimiento, esta Gran Fitna tenía dos elementos. El primero, era conseguir un gobierno que mantuviese unida a la mayoría de la Umma. En términos políticos, esta cuestión determinaría quién era el Jalifa. El segundo elemento era defender la regla islámica que postula que la Nabawiyya tiene que estar separada del gobierno político. Esta era la convicción profunda de Sayyideta ‘Aisha, que Allah esté complacido con ella. No era negar la forma de gobierno dinástica, sino más bien negar el vínculo entre dinastía y Nabawiyya. Cuando el Din asumió como fundamento central que la única Casa de Gobierno era la Casa del Mensajero, colocó una Religión Divina bajo la leyes inexorables del tiempo que, de forma inevitable, pondría fin a esa dinastía, lo mismo que había ocurrido con todas las dinastías anteriores. La consecuencia de este hecho es que, los que defendían esta fantasía, tendrían que ‘metafisicar’ al líder tarde o temprano. Y esto por supuesto es lo que ocurrió. Según ellos, algunos dicen siete otros nueve, la mayoría doce, se convirtieron en los líderes del Islam, aunque nunca gobernaron. Jamás gobernaron. Jamás administraron justicia. Jamás recaudaron el zakat. Jamás protegieron a los pobres. Nunca hicieron yihad en el Camino de Allah. El sistema temporal llegó a su fin y su decimosegundo líder se metamorfoseó mágicamente en el Mahdi que cuando llegue el fin de los tiempos descenderá y supervisará el castigo de la nación musulmana. No cabe duda de que se trataba de otra religión. No era una bida’, era una nueva construcción, y esa construcción empezó con el cuarto de los Julafa Rashidun, que Allah esté complacido con todos ellos, al menos en nombre suyo, aunque él se desvinculó de todo ello en los términos más enfáticos.

Y desde esos días, esto ha sido un asunto inconcluso entre nuestra gente. La postura de la Nación Musulmana ha sido siempre demasiado pacífica, demasiado clemente y demasiado confiada. Decimos demasiado confiada porque en muchas ocasiones la Nación Musulmana fue amargamente traicionada por la religión Shi’a, dejándola a la merced de las fuerzas kafir – en Bagdad, en Egipto, en Túnez y en la India.

Y ahora, justo donde ‘Aisha montó su campamento de guerra con los dos grandes Sahaba a los que se les había prometido el Jardín, los musulmanes, una vez más, no sólo están siendo masacrados, sino que están a la espera de la venganza genocida que ha sido prometida por el líder Shi’a en Iraq.

Con respecto a este asunto, la postura de los sufíes ha sido siempre extremadamente cautelosa, aunque insistiendo siempre en que no deben hacerse concesiones ante la declaración de ‘Aisha. Y siempre han sentido la necesidad de hacer Da’wa a los Shi’a, confiando en que esta religión no puede resistir el análisis racional.

Pero la situación de Iraq no es propicia para el discurso racional. He conocido personalmente a dos Shi’a prestigiosos. Uno de ellos me dijo que al fin de su vida, y al no encontrar más que pruebas de amor y confianza entre Sayyiduna ‘Ali y Sayyiduna ‘Umar durante el extenso período del Califato de este último, había abandonado el alegato de la Shi’a para pasar sus últimos días inmerso en el amor por el Rasul, a quien Allah bendiga y conceda paz. El otro ya había abandonado la Shi’a en nuestro primer encuentro y después de intentar con denuedo asumir sus tesis, no parecía capaz de aceptar la doctrina de los Doce Hombres Perfectos. Un amigo de este último, un caballero iraquí con un progenitor musulmán y el otro Shi’a, me dijo que no era una cuestión de raciocinio. Es un sistema psicológico. Lo que presenta, es al padre privado de su legítimo legado y a la madre lacrimosa acompañada de sus hijos muertos, que ocupa su lugar.

El epicentro de la crisis está en Iraq. Hacia el norte está Siria. Siria es un país musulmán que, desde tiempos de Assad, ha sido un territorio ocupado, gobernado por una pequeña Junta Shi’a la cual, en una noche terrorífica, mató a veinte mil hombres, mujeres y niños para abortar un alzamiento musulmán.

Líbano, que había sido una joya de la erudición islámica bajo el gobierno Osmanli, fue destruida culturalmente tras su adquisición después de la Primera Guerra Mundial y la parálisis causada por un asentamiento franco-cristiano.

En Palestina, el régimen de Hamas, que ha adoptado la doctrina suicida Isma’ilita, ha convertido el país en un enclave Shi’a-Libanés. Los eruditos musulmanes han sido silenciados con el terror.

En este escenario de un antiguo conflicto, tenemos que renovar nuestro Din y nuestra Nación. Debemos dejar detrás nuestros errores como Nación y buscar la renovación en Allah. Nuestros hermanos árabes deben admitir lo mucho que se han precipitado hacia las fantasías materialistas del socialismo con esos dirigentes espantosos: Nasser, Assad, Saddam. Al mismo tiempo, muchos de nosotros que, perteneciendo a las hermandades sufíes, hemos tenido que soportar en el pasado los agravios e incluso la persecución del liderazgo wahhabi, debemos también olvidarlo. El movimiento wahhabi ha fracasado por su incapacidad de ofrecer a nadie una mano hermana – ni a los Shuyuj de las Tariqas Sufíes, ni tampoco a los herederos de Ibn Saud. Y han terminado como una banda condenada de delincuentes que se oculta en las montañas; su mera presencia en las mismas las ha maldecido con la terrible plaga de las fuerzas kafir, violadoras y asesinas, que ahora ocupan ese territorio. Ahora Bin Laden parece que está muerto y su, así llamado, sucesor proclama sus edictos por todo el mundo. Un hombre al que nadie ha dado el Bayat, nadie recauda su zakat ni tampoco autoriza a nadie a distribuirlo. No hay un solo musulmán en el mundo que pueda decir cuál es su formación intelectual o sus acciones cotidianas en el mundo de los acontecimientos. Para ser precisos, su ignominiosa organización no es más que una ficción en la cabeza de una nueva clase de pseudo-eruditos que declaran ser expertos en el terrorismo.

Conforme se va asentando la polvareda en el Oriente Medio, lo que es cada vez más evidente, es que la Guerra contra el Terror fue el último envite de los EE.UU. para conseguir el Imperio. Sus propios grupos de expertos confirman que el proyecto americano ha fracasado estrepitosamente. Y de forma rápida e inexorable, Méjico está recuperando sus territorios del norte.

Cuando el ataque procede de varias direcciones es preciso fortalecer el centro. Para conseguirlo, nuestro primer deber es rechazar por completo ese mantra persistente que aparece en los medios de comunicación de Europa y los EE.UU. y que define el conflicto iraquí como sectario. No puede haber dos sectas en el Din al-Haqq. Existe el Islam y es Una Nación. El Shi’ismo es otra religión.

Tenemos que poner tierra de por medio entre nosotros, los Musulmanes, y ellos, la Shi’a. Una vez que tengamos esto claro en nuestras acciones y conversaciones, debemos ver que nuestras diferencias no nos separan, además de recordar que el Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, dijo que estas diferencias son una misericordia para nosotros. Es importante que nuestra Comunidad se unifique en términos prácticos, no psicológicos. En consecuencia, la clave de esta unificación tiene que manifestarse en nuestro apoyo y decidida protección al Rey Abdullah de Arabia.

El mundo es ahora muy distinto de aquél en el que Roosevelt, terminada una gran Guerra Mundial, supo que tenía que visitar al rey de Arabia Saudita. Cualquier comentarista de Arabia se equivocaría de plano al imaginar, después de todo lo que ha ocurrido desde el establecimiento de Aramco, que los dirigentes de ese país no son conscientes de que, desde el punto de vista geopolítico, tienen un enemigo: los EE.UU.; y que al mismo tiempo, y desde ese mismo punto de vista, existe otro enemigo: la hegemonía Shi’a que ya ha conquistado todo Oriente Medio. El Rey Abdullah es un hombre sabio y en su calidad de gobernante tiene derecho a mantener buenas relaciones con los poderes que considere necesarios. El régimen de Bush califica de perversos a los demás, implicando que ellos son los buenos, y el resultado es que ahora el mundo entero se burla de ellos al verlos atrapados en su dilema militar. Los americanos están demasiado extendidos, demasiado alimentados y con demasiados impuestos. El Rey Abdullah, por su parte, puede reunir un ejército que proceda de las cuatro esquinas del mundo.

La primera protección al Rey ha de ser el reconocimiento de que cualquier intento de introducir el discurso suave de la democracia en el Reino debe ser interpretado como un sabotaje manifiesto contra la forma de gobierno musulmana de Arabia. La siguiente protección del Rey depende de su percepción, algo que puede hacer sobradamente, de que la Era de la Política ya ha finalizado y que, al ser este el caso, la Organización de Países Islámicos no puede causar perjuicio ni beneficio. La protección para esta monarquía musulmana sería transformar la OPI en un Palacio de Comercio y Negocios Musulmanes. Esto permitiría la creación de un forum con el que fortalecer la riqueza musulmana, una riqueza que ha sido despedazada en mil pobrezas por el sistema de la Nación-Estado. Este centro comercial debería tener una forma básica que permitiese a los hombres de negocios musulmanes comerciar con otros musulmanes en vez de fortalecer a los kuffar, al tiempo que se opera en el sistema económico actual del que, como todos sabemos, participamos y reconocemos. El segundo nivel operativo debería permitir que este Centro fuese un ámbito en el que los módulos y parámetros del comercio moderno se practicasen cada vez más siguiendo las modalidades del comercio Islámico que definen nuestro Fiqh común para todos. Esto, por supuesto, exige que en un momento dado, la monarquía suministre una moneda islámica basada en el Dinar de Oro y el Dirham de Plata.

En esta época del Hayy damos gracias a Allah el Excelso porque puede ser celebrada. Agradecemos a Allah el que sea protegida. Agradecemos a Allah que sus ritos estén supervisados por un gobernante Musulmán. Y al recitar estas aleyas pedimos a Allah, glorificado sea, que las convierta en el Du’a del Rey Abdullah de Arabia Saudita, para que Allah le preste Su apoyo como Protector de los Haramayn.

Allah el Excelso ha dicho en la Surat Ibrahim (14: 37-38 y 40-41):

“¡Señor nuestro! He hecho habitar a parte de mi descendencia
en un valle en el que no hay cereales, junto a tu Casa Inviolable;
para que, Señor, establezcan la Oración;
así pues, haz que los corazones de la gente se vuelquen hacia ellos
y provéeles de frutos para que puedan agradecer.
¡Señor nuestro! Tú conoces lo que escondemos y lo que manifestamos.
No hay nada que pase desapercibido para Allah ni en la tierra ni en el cielo”.

* * * * *

“¡Señor mío! Hazme establecer la Oración a mí y a alguien de mi descendencia.
¡Señor nuestro! Acepta mi súplica.
¡Señor nuestro! Perdónanos a mí, a mis padres y a los creyentes
el día en que tenga lugar la Rendición de cuentas”.

 

 
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