|
|
¡No, no podéis!
por
Shaykh Dr.
Abdalqadir As-Sufi
25/01/2009
El
último clavo del ataúd de la clase política
se rompía y caía. Ni siquiera iba a ser un entierro
honorable. ¡Incluso la tapa se había caído!
Iba a ser el resurgimiento ritualizado de esa ideología destrozada
que estaba presente en las ruinas de Abu Ghraib, el Acta Patriótica
y Guantánamo. La democracia iba a resurgir de sus cenizas
como el ave fénix. Se había construido un escenario
brillante que costaba millones. La ‘restauración’
de la democracia se había diseñado para garantizar
la salvación del capitalismo corporativista. Para evitar
dirigir la atención hacia un mundo en el que desaparecían
miles de millones y se endosaba a las masas la tarea de pagar una
deuda imposible, se había descubierto al último héroe
de la democracia, del Sueño Americano y la tolerancia racial.
El mantra de su nombre hacía desaparecer el antiguo mantra
de la clase política: Armas de Destrucción Masiva.
El último nos había permitido entrar en Iraq, el nuevo
nos daría Afganistán.
Estamos hablando del timo definitivo.
Echemos una mirada desapasionada a esa chusma.
Sarkozy, el enano húngaro Presidente de Francia, calificó
a los ciudadanos franceses musulmanes de “chusma”. Escoria.
Pero estos nombres se aplican a la clase política y a su
liderazgo. Tal y como suele decirse: “Eso lo serás
tú”. La clase política es la escoria de la tierra.
El ‘cambio’ en la Administración de los EE.UU.
pregonaba un nuevo régimen. Al fin y al cabo, ¿no
había votado el país por un Hombre Negro, por un Afroamericano?
¿Acaso no había pasado de ser Negrata a Negro a Afroamericano?
¿No es ésta la Tierra Prometida, el Sueño,
la Retórica encarnada?
Tenemos que entenderlo. La tragedia de América no es la opresión
de sus antiguos esclavos negros. El escándalo de América
es que ha rehusado aceptar que el futuro, y ahora el presente, es
marrón.
El apartheid de Sudáfrica, y ahora el ANC de Sudáfrica,
querían una nación con una sola raza. Israel quiere
una nación con una sola raza.
Los EE.UU. quieren una nación con una sola raza, pero una
que sea agradable bajo la doctrina esclavizante de la Tolerancia.
“Nosotros toleramos a los Negros. Fijaos, hemos votado a un
Presidente Negro”.
“Toleramos a los Musulmanes: Estamos cerrando Guantánamo”.
Faulkner conocía la enfermedad de América.
América nunca ha tenido el valor de leer a William Faulkner,
incluso cuando recibió el reconocimiento del mundo entero.
¿Por qué? Porque la visión que tiene Faulkner
de América, es que jamás podrá tener éxito
como proyecto social al estar basada en dos naciones masacradas
y esclavizadas: los esclavos negros y las tribus indígenas
americanas. Los primeros sumidos en la pobreza ineludible y los
últimos diezmados por el genocidio y confinados en zoológicos
humanos a los que llaman Reservas.
Pero de manera aún más profunda, Faulkner vio que
la conservación de las diferencias raciales garantizaba su
separación continuada. De Negrata a Negro a Afroamericano
es el célebre ‘cambio’ que hace que todo siga
igual.
Lo que constituye el núcleo mismo del racismo, es negarse
a admitir el resultado ‘marrón’ del mestizaje.
Es también la doctrina, opresiva socialmente, que fracasa
a la hora de reconocer que la persona ‘de color’ (mestiza)
es portadora de buenas noticias; es, en realidad, la salvación
genética de unos blancos y unos negros que están desapareciendo.
Hace que la infamia no legislada de los ‘matrimonios interraciales’
sea tan poderosa como las segregaciones sociales anteriores. Al
mestizo de Sudáfrica se le dice que se han abolido las diferencias
raciales y que ahora es negro. Negándosele el acceso a la
‘acción afirmativa’ y al ‘poder negro’,
con un pasaporte y un carnet de identidad que todavía le
define como un Apartheid, ve cómo se le niegan las
becas a la universidad y a aparecer en los listados de acceso a
la misma.
En el gran estudio sinfónico que hace Faulkner de este tema,
‘¡Absalom, Absalom!’, Charles Bon, el mestizo
protagonista de la novela, se enfrenta a Henry Sutpen, el blanco
sureño: “Así que no te asusta el incesto, sino
la mezcla de sangre… Henry no responde”.
Cuando la retorcida intriga de la novela, un estudio de los Estados
sureños americanos del siglo XIX, termina en un conflicto
sangriento, se pone de manifiesto el carácter de dicho conflicto.
Lo que está ocurriendo no es una lucha de blancos contra
negros.
La afrenta es el hijo de esa unión, amargamente llamada mestizaje;
una palabra que denota el pecado del que, tanto blancos como negros,
se avergüenzan sin remedio.
Bon saca un revólver con el que apunta a Henry.
“Henry miró el arma; en aquel instante, además
de jadear, temblaba. Cuando volvió a hablar, su voz no era
tan siquiera una exhalación, era una aspiración sofocada:
—Eres mi hermano.
—No, no lo soy. Soy el negro que va a dormir con tu hermana;
a menos que me detengas, Henry.
De pronto, Henry se apoderó de la pistola, arrancándola
de la mano de Bon y permaneció así, con el arma en
la mano, jadeante.
Bon vio nuevamente el blanco de sus ojos mientras, sentado sobre
el tronco, lo observaba con aquella débil contracción
de los labios y los ojos que apenas podía llamarse una sonrisa.
—Hazlo ahora, Henry.
Henry giró sobre sí mismo, arrojó lejos de
sí la pistola y se inclinó aferrando los hombros de
Bon con ambas manos, jadeando.
—¡No lo harás! —dijo—. ¡No
lo harás! ¿Me oyes?
Bon, inmóvil bajo las manos contraídas, conservaba
su leve mueca irónica; su voz sonó, más tenue
que el primer céfiro que balancea las ramas de los pinos:
—Tendrás que impedírmelo, Henry”.
Y entonces Henry Sutpen le dispara a Bon.
La épica enmarañada desenmascara la tragedia del Sur.
En la Guerra Civil los blancos habían matado a otros blancos
–pero en el Sur, los negros y los blancos estaban unidos,
condenados, avergonzados y eran culpables de hacer niños
marrones.
En el final apoteósico del libro, Faulkner proclama el destino
secreto de América; un destino que exige el colapso del Estado
racista, los EE.UU.
“De modo que fueron necesarios Charles Bon y su madre para
liquidar al viejo Tom; y Charles Bon y la cuarterona para eliminar
a Judith; y Charles Bon y Clytie para eliminar a Henry; y luego,
la madre y la abuela de Charles Bon lo eliminaron a él. De
modo que se necesitan dos negratas para eliminar a un Sutpen, ¿eh?.
Quentin no respondió; era obvio que Shreve tampoco esperaba
una respuesta, pues continuó sin hacer pausa alguna:
—Perfectamente, magnífico; todo queda arreglado, el
libro está en orden, puedes sacar todas las páginas
y quemarlas, salvo una sola cosa: ¿Sabes cuál es?
Quizás ahora esperaba contestación, quizás
hizo una pausa para conseguir mayor efecto o para dar mayor énfasis;
pero nada obtuvo de Quentin.
—Te queda un negro todavía: un negro Sutpen. Claro
está que no puedes atraparlo, y casi nunca lo ves y jamás
lograrás aprovecharlo para nada. Pero ahí lo tienes
todavía. A veces, por las noches, aún lo oyes, ¿no
es verdad?
—Si. —repuso Quentin.
—Pues bien, ¿quieres saber lo que pienso? —Ahora
sí esperaba contestación, y la obtuvo:
—No —dijo Quentin.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—No —repitió Quentin.
—Pues te lo diré. Pienso que, a la larga, los Jim Bonds
conquistarán el hemisferio occidental. Naturalmente, no lo
veremos nosotros y, a medida que avancen hacia los polos, ellos
se blanquearán otra vez, como los conejos y las aves para
no destacar tanto en la nieve. Pero seguirán siendo siempre
Jim Bond; y dentro de unos cuantos milenios yo, que te miro ahora,
habré nacido también de las entrañas de los
reyes africanos. Ahora quiero que me digas una sola cosa más.
¿Por qué odias el Sur?
—No lo odio —dijo Quentin con rapidez, en seguida, inmediatamente—.
No lo odio —repitió.
“No lo odio”, pensó, jadeando en aquel aire glacial,
en la férrea oscuridad de Nueva Inglaterra. “¡No!,
¡no! ¡No lo odio! ¡No lo odio!”.
Ante la crisis genética y social bajo la que ha sucumbido
el sistema capitalista, se presenta ahora como solución –no
sólo para América sino también para el sistema
financiero mundial– algo que no es un partido político,
ni siquiera el sistema político, sino un hombre. Este hecho
hace que finalice, de una vez por todas, la idea de que, un sistema
político estructurado con el que se eligen ciertas personas,
puede ser la solución.
Para los que creen en presagios –y estas cosas ocurren–
el comienzo no podía haber sido más aciago.
Primero: La Toma del Juramento. No ocurrió. El Presidente
del Tribunal Supremo descubrió, por Allah, que no podía
decirlo de forma correcta. El Presidente Obama le corrigió.
El Juez volvió a decirlo mal. Obama se rió con cierto
nerviosismo. Tuvo que repetirse en una habitación contigua
porque, desde el punto de vista legal, no había tenido lugar.
Segundo: En el Banquete Inaugural de la Presidencia, los
dos decanos de los partidos Democrático y Republicano cayeron
al suelo, el Demócrata presa de convulsiones. Tuvieron que
ser sacados en camilla.
Tercero: La primera declaración de la política
oficial desvelaba la desagradable verdad: en Washington, con toda
la riqueza de América desapareciendo por miles de millones,
su política exterior iba a continuar con la fantasía
de poder y humanismo apostólico.
Un hombre que declara que las muertes de palestinos y judíos
le afligen por igual, es que carece de norte moral. Los ‘derechos’
de los israelitas y, para nosotros, los agravios de los palestinos
no son el tema a discutir.
La cuestión moral, es que la proporción de uno a cien,
desequilibrio que comprende mujeres y niños, es totalmente
inaceptable, criminal y anárquico.
Si los EE.UU. quieren recuperar sus valores morales en lo que respecta
a la tortura ¿por qué no se intenta que Israel haga
algo parecido en lo que respecta a Gaza? Lo de Iraq ha terminado,
una retirada que, en realidad, ha sido decidida por Bush. La transferencia
de tropas a Afganistán es una medida política funesta.
No sólo como permiso para masacrar a miles de afganos, sino
porque, en la realidad política, es una operación
controlada por una organización que encarna la abrogación
de la moralidad. La evidencia más clara fue Srebrenica. Su
estatus legal es que está al margen de la ley: no puede ser
llevada ante un tribunal nacional acusada de crímenes de
guerra. Sus campos de concentración en Afganistán
siguen existiendo. Los bombardeos sobre el Estado soberano de Paquistán
todavía continúan.
Cuarto: En lo que respecta al endeudamiento de las masas,
la política económica no sólo suscribe el proyecto
de Bush, sino que lo incrementa en decenas de miles de millones.
Quinto: El mensaje que dirige a la ‘Ummah
Musulmana es un insulto manifiesto. Nosotros no somos terroristas
Ismaelitas (Qaeda). No somos Shi’a, esa
religión posislámica. Nosotros somos la gente de la
justicia, que advierte sobre el mal y recomienda hacer buenas acciones.
Mr. Obama, su padre era musulmán. Habéis negado su
ser más fundamental. Vuestra madre era blanca. Al vestir
el manto de Negro, estáis confirmando lo que consideráis
la vergüenza de vuestro nacimiento.
Ya que no os atrevéis a leer el Corán, al menos deberíais
leer a Faulkner.
Edmund Burke dijo: “La gente que no se fija en sus antepasados
jamás mirará hacia el futuro”.
Obama es un código cifrado, un engaño, un simple mote.
Es un producto político de tercera clase. Es aburrido.
No es espontáneo. El gesto que repite con frecuencia, es
el de alguien que coge una pizca de sal. Quizás esté
admitiendo algo al hacerlo.
¿Cuál es el futuro de América? Si el liderazgo
islámico del país no se enfrenta a la naturaleza verdadera
del Din –en Al-Muwatta del Imam Malik una mitad habla
de la ‘ibada y la otra mitad de las transacciones
comerciales– el camino se pondrá aún peor. Maldito
Mississippi. Ese será el diagnóstico de la nación.
Y mientras los musulmanes de América se ocultan bajo las
ruinas del sistema del dólar, ed., Islam sin Zakat
¿qué podría salvar al país? Si el poder
y el gobierno se hubiesen tomado por un hombre –no elegido–
durante la fase de la bancarrota y ese hombre fuese un Jefe Navajo…
ESO sí que sería un cambio. ¡Sí,
ellos pueden!
|
|