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Una Reflexión sobre los Sucesos Recientes
Londres Julio de 2005
por
el Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
Allah el Excelso declara en la Sura al-Ahzab:

“¡Vosotros que creéis! Temed a Allah y hablad acertadamente.
Él hará buenas vuestras acciones y os perdonará
las faltas.
Y quien obedece a Allah y a Su Mensajero
Ha triunfado con gran éxito”. (33: 70-71)
Es
posible que la exigencia del gobierno inglés con la que impuso
a la nación dos minutos de silencio, marque el comienzo de
alguna claridad en el carácter turbulento de nuestros días
caracterizados por el terrorismo y la ocupación imperialista.
Es preciso recordar que este rito sin sentido del silencio colectivo
se inició frente, al también sin sentido, monumento
del Cenotafio. Un rito que pretendía silenciar a unas masas
que, tras la Primera Guerra Mundial, podían volverse contra
la clase política haciéndola responsable de la masacre
de las decenas de millones de personas que murieron en dicha guerra.
“Algún día lo entenderemos” –ese
fue el mensaje político del silencio. ¡No hagáis
preguntas! No harán más que aumentar vuestra confusión.
¿Qué había ocurrido? ¿Había sido
el militarismo de los Alemanes? ¿Había sido el perverso
Kaiser? ¿Había sido la bala de Princip, el estudiante
serbio nacionalista? La bala terrorista dio la señal para
soltar a los perros de la guerra, y Europa se suicidó. Y
al final, el bando vencedor se unió para destrozar el gobierno
monárquico de Turquía, Alemania y Rusia. ¿Veis
lo complicado que es? No hagáis preguntas. Permaneced en
silencio. Depositar la corona de flores. Tocad un réquiem.
Algún día lo entenderéis. Paul Morand lo resume
diciendo: “Menuda coartada --¡La Historia!”
Permítasenos en primer lugar manifestar nuestra oposición
y aborrecimiento más absolutos al terrorista y al acto del
terror. Son la expresión política del nihilismo. El
nihilismo es su propia filosofía, desprovista de consideraciones
morales e incluso de doctrinas políticas. La verdad es que
la función del acto terrorista no es la de matar a 50 o incluso
a miles de personas. Su única realidad es el esplendor escenificado
de todo su horror. Es la auto-mutilación individual en el
escenario teatral de la tecnología. El avión, el rascacielos,
el tren –no son más que la escenificación sombría
de un individuo desesperado que sólo puede decir: “Ahora
sí que lo podéis ver ¡Yo existo!” Pero
ni él ni ella pueden cambiar a la sociedad, no pueden corregir
la injusticia, no pueden hacer que surja un nuevo liderazgo; el
protagonista ha abandonado el escenario.
Los instigadores, los que los entrenan, los que proveen las armas,
esos son los intelectuales del nihilismo. Pueden concebirlo, pueden
instigarlo, pero nunca podrán crear un nuevo liderazgo, porque
son los cobardes que permiten que otros mueran por una causa por
la que ellos no están dispuestos a morir. Desde el punto
de vista moral, los que ordenan la masacre de los demás con
el acto del suicida, pero sin ser ellos quienes lo hacen, muestra
el defecto trágico y desesperado que contiene su causa. El
líder que envía a la muerte a los demás, mientras
él permanece aparte y a salvo del conflicto, es sin duda
la más despreciable de las personas.
No es un hecho accidental que los dos grandes escritores rusos,
Turgenev y Dostoyevsky, que intelectualmente habían definido
y aislado el nihilismo y su práctica política, el
terrorismo, eran temidos por el Zar y su régimen que incluso
llegaron a acusarlos de ser sus defensores. El motivo de que el
Zar temiese a estos grandes hombres, era que no podía eludir
la naturaleza de su diagnosis. Para ellos, cada individuo nihilista
destructor, era como una lupa que concentraba la perturbación
general de la degeneración social en un fuego que surge en
un solo punto, el lugar del acto suicida destructivo. Era una verdad
ineludible que había sido desvelada por esos grandes hombres.
El terrorista no tiene otra realidad. Es la imagen que refleja el
espejo, el hermano cegado por la miseria que no puede vernos y que
deja a los supervivientes aterrorizados y angustiados, incapaces
de verlo a él.
Volvamos ahora a la bala que, en la versión escolar del holocausto
que significó la Primera Guerra Mundial, puso en movimiento
a los trenes de la muerte con destino las trincheras. La primera
parte del suceso consistió en el intento deliberado, orquestado
por los poderes europeos, de acabar, territorio a territorio, con
el Dawlet Osmanli. Ese proceso, desde Kosovo hasta Bulgaria, iba
a producir el genocidio de más de cinco millones de personas
desde el año 1821 al 1922. Esta desintegración dio
lugar a su vez, a un alzamiento local de los serbios liderados por
los clérigos dementes e incultos de la Iglesia Ortodoxa.
Este hecho despertó las ansias imperiales del esclerótico
Imperio Austro-Húngaro que estaban teñidas con el
deseo natural de tener paz en sus fronteras. Como factor añadido
a esta mezcla peligrosa, estaban las de sobra conocidas Sociedades
Secretas de judíos de origen ruso; la más conocida,
la Mano Negra, fue la que engendró el minúsculo grupo
de estudiantes terroristas de Sarajevo. Introduzcamos ahora un nuevo
ingrediente en este potaje infernal. Cuando fueron juzgados, se
descubrió que tres de los terroristas estaban en la fase
final de la tuberculosis, prueba evidente de la degradación
y la pobreza en las que vivían los serbios post-osmanlis.
Recordemos también que el heredero al trono del Imperio se
había suicidado junto con su amante, una víctima más
de la corrupción y la decadencia del trono de los Habsburgo.
En consecuencia, lo que hicieron los terroristas de Sarajevo, puede
ser visto como la imagen reflejada en el espejo de lo que se estaba
haciendo a sí mismo el petrificado Imperio Austro-Húngaro.
No olvidemos que la hermosa y bulímica esposa del emperador
había sido apuñalada por un anarquista en Ginebra.
La realidad es que cada vez que nos encontramos con el terror, descubrimos
al mismo tiempo una sociedad corrupta y en plena desintegración,
con un colapso de los valores morales que está minando y
destruyendo la vida social. La trágica estadística
de las víctimas del ataque terrorista de Londres, es casi
idéntica a la estadística anual que contabiliza el
asesinato de niñas inocentes, desde la niñez a la
pubertad, en las calles y campos del verde y agradable territorio
inglés. No es el terrorismo lo que exige una legislación
contundente; lo realmente necesario es que, en los lugares devastados
por el terror, aparezcan legisladores y líderes políticos
de un calibre diferente que estén dotados de una nobleza
y valentía aún por descubrir. Será un liderazgo
que no actuará para salvar su pellejo político, sino
para elevar y revitalizar el nexo social.
Más terrible que ese monstruo con cabeza de hidra que es
el terrorismo que surge, como si dijésemos, de forma espontánea
en distintos lugares, sin un liderazgo, sin una doctrina y absolutamente
carente de principios morales –más terrible aún
que todo esto, lo es el fracaso y la descomposición de los
principales modelos de gobierno elegidos en ese sistema que se llama
democracia. Lo peor de todo, es que ese liderazgo surge de un sistema
electoral de masas que no es la libre elección de éstas,
sino la de una oligarquía elegida por la riqueza que financia
los sistemas de partidos políticos. Si el terrorismo es una
sincronización de actos horribles imprevisibles, la naturaleza
actual de la democracia se ha convertido en un rígido totalitarismo.
Mientras que todos los sistemas de poder del Estado democrático
obedecen a un líder investido con poderes dictatoriales,
hay dos elementos que caracterizan su aislamiento. El Presidente,
o Primer Ministro, no tiene un reto identificable que surge de las
instituciones internas, el Parlamento o el Senado, ya que los Ministros,
más aún que los miembros de esas instituciones mencionadas,
no son más que una serie de arribistas, absolutamente preocupados
con mantener su posición o, lo que sería mejor, con
ser elevados al rango Ministerial con todas sus compensaciones materiales.
La otra, e incluso más grave, inhibición del, así
llamado, líder de una democracia, es que está bajo
las órdenes de la élite económica. Hasta tal
punto es así, que ni siquiera la frívola condonación
de las deudas ofrecida por los líderes democráticos
era una de sus atribuciones. Cuando la oligarquía bancaria
decidió qué cifra poner a su acto caritativo, fue
cuando los mencionados líderes se permitieron anunciar la
recompensa. La realidad es que ni la institución democrática,
ni su sistema de información --los medios de comunicación--
se han atrevido jamás a denunciar que la causa de la pobreza
en África no es el resultado de la corrupción y la
mala gestión, sino la naturaleza de la función usurera
presente en el sistema bancario mundial.
Sólo dos semanas después de que el Primer Ministro
de Gran Bretaña apareciese ante las cámaras de televisión
permitiendo que una fracasada estrella del rock de orígenes
dudosos le sermoneara sobre qué hacer para eliminar la pobreza
en el mundo, los medios de comunicación anunciaban que en
Mali no eran miles sino millones los niños que morían
de hambre. La democracia francesa tiene una presencia en Mali que
apoya al régimen de ese país y garantiza la exportación
de sus riquezas minerales a Francia. Mientras tanto, la Legión
Extranjera invade los poblados del desierto asesinando a la aristocracia
Tuareg bajo la pretensión de erradicar a los extremistas
islámicos de las profundidades del Sahara.
El papel del Presidente o Primer Ministro había representado
hasta 1945 el de un líder con poderes independientes. Lo
que luego hizo falta ya no era un político, sino un mero
actor. Se había convertido en el Hombre de Paja. Ya no se
le pagaba por su preparación política –se le
pagaba por el peligro que corría. El zafio y despreciable
cambio de motivaciones hecho por los ingleses y los americanos con
respecto a Iraq, es una prueba evidente de lo dicho. Durante meses
fuimos bombardeados con un mantra de tres palabras: Armas de Destrucción
Masiva. A fin de mantener este mito, los dos países tuvieron
que humillar e incluso perjudicar a sus Servicios de Inteligencia.
Más aún, el daño hecho a los grupos de Inteligencia
puede identificarse como una de las razones que motivaron el fracaso
a la hora de prever los ataques terroristas. Luego se nos ordenó
creer que la invasión se hacía para construir un mundo
mejor tras la desaparición de Saddam. Dada la naturaleza
totalitaria del parlamentarismo democrático, la responsabilidad
debe recaer únicamente sobre los hombros del, por muy fraudulento
que fuese el proceso, líder elegido, y sólo sobre
él.
Winston Churchill, en su gran estudio de la aventura imperial británica
en el norte de África, “The River War”, (1899)
en el que narra la campaña contra el Mahdi en Sudán,
escribía un asombroso y comprensivo relato de la revuelta
del Mahdi contra la autoridad egipcia. Decía: “Aquéllos
que lo practican definiendo a su nación como poseedora del
monopolio de la virtud y el sentido común, tienen por costumbre
calificar de fanatismo a toda empresa militar de las gentes salvajes.
Con la más absoluta tranquilidad ignoran los motivos obvios
y legítimos... En términos generales, no existe un
caso más justificado para la rebelión que el de los
sudaneses”. Churchill también combatió allí
a las órdenes de Kitchener, ya que formaba parte de la tradición
aristócrata que finalizó con su muerte.
El semillero, el suelo fértil del que ha surgido el monstruo,
es el siglo y medio de imperialismo brutal y el robo descarado de
las enormes riquezas de los territorios musulmanes. Byron-Farwell,
en su estudio sobre las guerras imperialistas victorianas, explica.
“En el último siglo, nadie que estuviera por debajo
del Primer Ministro controlaba el ejército del Imperio, e
incluso su capacidad para dirigirlo era dudosa. Hasta poco después
del Motín de la India, la mitad del poderío militar
británico estaba en manos de una compañía privada...
No puede mencionarse aspecto alguno del imperialismo británico
sin que se cite a la India y a esa institución tan peculiar:
La Honorable Compañía de las Indias Orientales...
No hubo un solo año del largo reinado de la Reina Victoria
en el que sus soldados no estuvieran luchando por ella y por su
Imperio”.
En 1838, Lord Auckland, Gobernador General de la India, promulgó
el Manifesto Simla en el que se anunciaba que las tropas británicas
iban a invadir Afganistán. Tres años antes, Lord Auckland
había escrito a Dost Muhammad, el Emir de Afganistán:
“Amigo mío, os supongo consciente de que no es la práctica
del Gobierno Británico el interferir en los asuntos de otros
Estados independientes”. El General Keene fue destinado a
ese país con un nuevo Emir títere, Shah Shuja, el
Hamid Karzai de su época. Shah Shuja fue instalado en Kabul,
pero su autoridad no salía de los límites de la ciudad.
La fuerza de ocupación pronto descubriría la amarga
verdad: No se puede comprar a un afgano, ¡pero sí se
le puede alquilar! Tras una lenta pero enconada resistencia, los
afganos hicieron la vida imposible a las fuerzas de ocupación.
En 1841 hubo un alzamiento general. El 6 de Enero de 1842, un ejército
inglés de 4.500 hombres, de los cuales 700 eran britanos,
acompañados de varias mujeres con sus niños y unos
10.000 advenedizos, salieron con rumbo hacia Jellalabad. Siete días
después, la fortaleza de Jellallabad vió cómo
se acercaba un jinete solitario. Era el médico William Brydon,
el único británico que logró acabar la marcha
desde Kabul.
En India es donde puede verse el vínculo indisoluble entre
la élite económica y sus obedientes sirvientes, los
parlamentarios. Cuando Lord Canning salió hacia la India
como Gobernador General, advirtió: “No debemos olvidar
que en el cielo de la India, a pesar de ser tan sereno, puede aparecer
una pequeña nube que, aunque al principio no sea mayor que
el puño de un hombre, puede crecer cada vez más hasta
llegar a amenazarnos con el desastre”. Tras el primer alzamiento
contra los ingleses, los musulmanes marcharon hacia Delhi. El Emperador
Mogol, Bahadur Shah II, lideraba la revuelta. Él era, por
supuesto, la autoridad y el poder monárquico legítimo
de la India. La respuesta civilizada de John Nicholson, descrita
en una carta de la época, expresa a la perfección
la postura inglesa cada vez que encontraba resistencia. Tras el
llamado Motín, escribía: “Propongamos un Edicto
que autorice desollar vivos, empalarlos o quemar a los asesinos
de las mujeres y los niños de Delhi. La idea de simplemente
ahorcar a los que cometieron esas atrocidades, es una locura”.
La respuesta real fue mucho más sádica y salvaje.
La Reina Victoria escribió al Rey Leopoldo, el horrible carnicero
del Congo: “Las atrocidades cometidas con las pobres mujeres
–mujeres y niños— son algo desconocido en estos
días y hacen que se hiele la sangre en nuestras venas”.
La Reina ordenó un “Día de Oración y
Humillación Nacional”.
Existen crónicas abundantes sobre el comportamiento despreciable
de la civilizada fuerza británica en su venganza. No obstante,
para nosotros es de vital importancia enfatizar el acto terrible
y desastroso perpetrado por el personaje más despreciable
de la historia de la India, el Mayor William Hodson (1821-58). Era
el hijo de un archidiácono y se había graduado en
el Trinity Cambridge. Formó parte del ejército de
la East India Company. Fue juzgado por un tribunal militar por exceso
de crueldad, luego degradado y por fin absuelto. Buscó y
encontró al Emir Mogol haciendo la oración junto a
la tumba de Humayun. Lo apresó y luego capturó a las
tres Shahzadahs, las Princesas Reales. Rodeado por una enorme multitud,
Hodson se sumió en lo que parece haber sido un estado de
frenesí sexual. Arrebató un rifle de las manos de
uno de sus hombres. Ordenó a las princesas que se desnudaran
y procedió a dispararles a sangre fría, una tras otra.
Luego ordenó que los cadáveres se amontonaran en un
carro de bueyes y, dando la media vuelta, cabalgó hacia Delhi
henchido de orgullo.
El resultado de todo ello es que los británicos convirtieron
a Delhi en su capital. Con ello finalizaba esa grande y civilizada
obra maestra de la organización social que era el Dawlet
Mogol. El Primer Ministro judío, D’israeli, persuadió
a la Reina Victoria para que fuese proclamada Emperatriz de la India.
Si se devolviesen a los musulmanes las joyas de la Corona Inglesa,
esta no sería más que la cofia de la Reina Victoria.
Hasta esta transición, India era un gran país de enorme
riqueza y especial bienestar. A partir de ese entonces, fue lenta
pero sistemáticamente despojada de su riqueza y de un ordenamiento
social muy superior al nimio sustituto recibido de los ingleses.
Ahora es fácil comprender que el trágico suceso del
asesinato de las Princesas dejó sumidos a los ‘ulama
musulmanes, no sólo bajo una tremenda impresión, sino
privados de un emirato con el que aprobar y ejecutar las órdenes
de los mufti. La crisis hizo que dos grupos importantes de fuqaha
abandonaran Delhi, la nueva capital de un ejército de ocupación
que constituía una importante amenaza. Un grupo fue a Barelwi
y el otro a Deoband.
Debe comprenderse que hasta el momento de la crisis, estos dos grupos
de eruditos tenían una visión clásica e idéntica
de la Ley Islámica según la tradición de nuestro
gran Imam Abu Hanifa, que Allah esté complacido con él.
Pero estos dos grupos de ‘ulama iban a separarse cada vez
más. Los de Barelwi se refugiaron en el amor por el Rasul,
a quien Allah bendiga y conceda paz, y en honrar las tumbas de los
awliya fallecidos anteriormente. Los hombres de Deoband buscaron
la exaltación de un tawhid puro, pero terminaron por aferrarse
al Tanzih, exaltando a Allah por encima de la creación pero
olvidando considerar el papel jugado por Su rububiyya a la hora
de gobernar el mundo creado. Ambas escuelas habían abandonado
el mandato coránico que ordena: “Entrar en el Islam
completamente”.
En este momento es cuando debemos confrontar algo que desde el punto
de vista musulmán es un asunto de suma importancia. Sólo
hay un Islam. El grupo que siguió a Sayyiduna ‘Ali
rechazó la entidad social del Dawlet Islámico y el
Emirato; en esa religión inventada no es necesario un Califa,
todo está en suspenso, como si dijéramos, y la gente
confía su guía a los Mullahs que lideran los actos
de adoración y enseñan en las mezquitas.
En el Islam, la función del Imam es liderar el salat y, si
es designado para ello, dar el Jutba. Existe además un grupo
más elevado compuesto por los hombres de leyes, los fuqaha
y los muftis. Pero estos a su vez, no pueden cumplir con sus cometidos
a no ser que exista un Emir que ordene la ejecución de sus
sentencias. Los Imams pueden aconsejar pero no ordenar. Entre los
musulmanes, el mandato está en manos de los hombres más
fuertes y las de aquéllos que han elegido para ser liderados.
La Jilafa es una obligación que atañe a todos los
musulmanes. Los, así llamados, expertos que aparecen en los
medios de comunicación definiendo lo que es nuestra religión,
han propagado por doquier el mito de que los extremistas y los terroristas
quieren establecer un Califato, mientras que los musulmanes moderados
son niños buenos que son felices viviendo bajo cualquier
tipo de gobierno laico.
Esto debe ser rechazado con toda contundencia. La Jilafa jamás
ha sido abolida. El último Califa partió hacia el
exilio llevando consigo el Manto de Poder. Los terroristas no quieren
una autoridad, ya que su solitario acto político es anárquico
y carece de autorización alguna. No tienen ba’yat,
y en la ley islámica el ba’yat es un acto público
que se hace según las exigencias de la Sunna.
La siguiente fase de nuestro estudio nos lleva a Arabia. Con la
ayuda del gran programa imperialista británico que presumía
de actores tan ilustres como Glubb Pasha, T.E. Lawrence y Winston
Churchill, la familia de Ibn Saud extendió la minúscula
autoridad que ejercía sobre la gente del desierto en el Nadj.
La decisión saudita de abrazar el wahhabismo, otorgó
a las fuerzas sauditas el sello de aprobación de los imperialistas
británicos que querían aniquilar por completo al gran
Dawlet Osmanli. Y como es ahora de todos conocido, el nuevo rey
de Arabia designado por Churchill tuvo a su vez que aniquilar a
las fuerzas wahhabi para poder relajarse como los nómadas
ignorantes que de hecho eran, y disfrutar las enormes riquezas que
ponían a sus pies la primero agradecida Inglaterra y luego
América. El nombre de la principal corporación petrolera
que detenta su riqueza es Aramco, una compañía que
une las dos políticas del reino del desierto y la democracia
imperialista.
A los wahhabis se les dio el control absoluto del sistema educativo
en Arabia. La institución de Rabita era una especie de sistema
de control global wahhabi de las mezquitas. Este patrón comenzó
a surgir en la última parte del siglo XX. Por otro lado,
el wahhabismo de Arabia inició un activo y despiadado intento
de erradicar el fenómeno Sufi. Esta actividad la hemos conocido
durante décadas y la hemos encontrado en las junglas de Tailandia,
en los desiertos del sur de Marruecos, en Europa y en Pakistán.
A continuación, y debido en parte al enorme despliegue de
riquezas por el liderazgo wahhabi, surgió un conjunto variado
de fuerzas que reverberaban en simpatía. Los wahhabis adoptaron
a los Deoband. Apoyaron a la Yamat al-Islamiyya tristemente liderada
por Maududi. Sus subvenciones llegaron hasta los Ijwan al-Muslimun,
y la solución al problema del sufismo fue sustituirlo por
la piedad beata de la Tablighi-Yamat.
Una vez más es imposible eludir la ambivalencia de las organizaciones,
las personas y los acontecimientos. El fenómeno imperialista
de la Tablighi-Yamat, tan elogiada por la revista The Economist
como el ejemplo en Inglaterra de lo que deben ser los musulmanes,
obtuvo carta blanca de actuación a nivel global. Mientras
que en las fronteras los musulmanes sufren retrasos sin cuento,
estos grupos deprimentes de almas perdidas atraviesan los controles
de la inmigración sin apenas un murmullo. Los franceses dicen
que los extremos se tocan. Y así fue cómo este pacífico
y emasculado grupo de jóvenes alienados que buscaban un refugio
temporal en su hermandad puritana, demostró ser el terreno
perfecto para el reclutamiento de un ejército que carece
de autoridad y liderazgo.
Otra hebra de esta historia nos lleva a esa tierra de nadie situada
entre el Líbano e Israel. En un momento determinado de esa
guerra incesante, un grupo de palestinos se encontró aislados
entre los dos países y al lado de las fuerzas shi’a
del Líbano. En ese extraño limbo militar fue donde
los palestinos adoptaron la estrategia ismailita del ataque mediante
el suicidio. En un solo movimiento, el ser humano, creado por Allah
para glorificarlo y ser el señor de la creación justo
y gobernante, se vio reducido al papel de mero software activo de
un artefacto explosivo.
Como debe prevalecer la razón, hay que reconocer que la Primera
Guerra Afgana que hemos estudiado está íntimamente
relacionada con la Guerra Afgana de nuestros días. La infiltración
de ese desequilibrado aventurero saudita en los extraños
lances del perro Musharaf, de los Jefes de la Inteligencia Pakistaní
y del ejército Talibán, condenaba el asunto a un trágico
final. La tragedia de Afganistán. Una vez más, un
país ocupado.
La traición perpetrada contra los musulmanes de la India
por el cobarde e incompetente Lord Mountbatten y su esposa judía,
condenaron al Subcontinente a un constante forcejeo y a un incesante
número de muertos. En lo que respecta a Cachemira, jamás
se han oído las quejas de la democrática Inglaterra
o los democráticos EE.UU. exigiendo un censo democrático.
Y justo en el corazón de todos estos acontecimientos interrelacionados
e imperialistas, está la traición del Islam perpetrada
por los wahhabis y su enconada guerra tribal contra el Rasul, a
quien Allah bendiga y conceda paz.
¿Cuál es el camino hacia la seguridad y la cordura?
¿Cuál es la medicina para ese Hombre Enfermo que es
Europa? ¿Cuál es la esperanza y el programa constructivo
para la comunidad musulmana mundial? Yo pongo el asunto en manos
de los Príncipes de la Casa de los Saud.
En mis días de estudiante en Londres, residía en la
casa de unos amigos diplomáticos. En la mesa del desayuno
coincidía a menudo con la Princesa Romanov. Recuerdo que
ella me decía: “De la tragedia sufrida por nuestra
familia no puede culparse a Lenin ni al comunismo. No puede atribuirse
a las cosas que no hicimos por nuestro pueblo. Nuestra tragedia
fue que cuando llegaron las advertencias no escuchamos y no pudimos
ponernos a salvo”.
Mi propuesta va dirigida al Rey de Arabia y a los Príncipes
más jóvenes de la Casa Saudita, y más en concreto,
a los que tienen una posición más cercana a la sucesión
en el poder.
A los Príncipes de la Casa de los Saud:
Señores: Quiero proponeros algo que será la salvación,
no sólo de vuestra Casa Real, sino también de los
Haramayn y de los musulmanes de todo el mundo. Os pido, que al menos
de forma temporal, cerréis las Madrasas y las Universidades
Islámicas. Os pido que seleccionéis a los mejores
de las nuevas generaciones y los enviéis, bajo la protección
de Su Majestad el Rey Muhammad VI de Marruecos, a la gran Mezquita
Qarawiyyin de Fes para que realicen sus estudios. Allí deben
aprender y encarnar los principios operativos y el adab de la Escuela
del Imam Malik, el Imam de Dar al-Hijra. Pido al Reino de Arabia
que adopte esta Escuela como su única fuente de enseñanza
islámica, además del Corán, sus tafsires, su
Nasij wal-Mansuj y sus Ajkam. Seguid al-Muwatta. Permitid que Arabia
asuma lo mejor de su historia. Haced que la familia de Ibn Saud
se encargue de la defensa, la adopción y la propagación
de la Escuela del ‘Amal del Ahl al-Madinah.
Y por último, os pido que estos ‘ulama de las nuevas
generaciones, junto con los ‘ulama que están al servicio
del Rey Muhammad VI, busquen juntos la manera de ser ese grupo de
personas que, tras algo menos de cien años de vivir sin un
zakat legal, puedan por fin restaurarlo.
Os pedimos que restauréis un zakat legal cuyas exigencias
son que es cobrado en Dinares y Dirhams islámicos de peso
y estatus conocidos. Si no se exige su recaudación no es
zakat. No es zakat a no ser que vaya a las manos de los recaudadores
nombrados por el gobernante. No es zakat si no es distribuido entre
los pobres según las condiciones establecidas que todos debemos
obedecer. Donde hay un zakat halal no hay terrorismo. Donde haya
un zakat halal el Islam será revivificado, los Santos Lugares
estarán seguros y los musulmanes os honrarán del mismo
modo que hoy en día, más que nunca, sabemos que os
desprecian.
Allah ha dicho en Su glorioso Corán:

“¡Oh Profeta! Es verdad que te hemos enviado como testigo,
anunciador de buenas nuevas y advertidor.
Y para llamar a Allah con Su permiso
y como una lámpara luminosa.
Y anuncia a los creyentes la buena noticia
de que tendrán procedente de Allah abundante favor.
Y no obedezcas a los incrédulos ni a los hipócritas
ni hagas caso de sus ofensas y abandónate en Allah;
Allah basta como Protector”. (33: 45-48)
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