glosario de terminología islámica pensamiento
Nuevas reflexiones sobre Londres
Julio de 2005
por Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi

En “Globalia”, obra de Jean-Cristophe Ruffin en la que expone su visión del Estado democrático moderno, el autor define nuestra situación de la siguiente manera:

“Somos libres para poder actuar. Ahora bien, la tendencia natural de los seres humanos es abusar de su libertad, es decir, usurpar la de los demás. LA AMENAZA MAYOR DE LA LIBERTAD, ES LA MISMA LIBERTAD. ¿Cómo puede defenderse a la libertad de sí misma? Garantizando la seguridad de todos. La seguridad es libertad. La seguridad es nuestra protección. La protección es vigilancia. VIGILANCIA --¡ESO ES LIBERTAD!”

La versión oficial del fenómeno terrorista, tal y como ha sido expresada por los procesos mentales, a todas luces insuficiente, de un Primer Ministro dotado de poderes aparentemente ilimitados frente a un Gobierno servil y una oposición obediente, es la siguiente –aunque el mero hecho de repetirla nos hace estremecer por su falta de realismo: El terrorismo no tiene causas políticas o históricas, sino que ha surgido de una extraña y secreta red de personas dementes y malignas cuyo único objetivo es la destrucción de la sociedad. El término “maligno” es lo que desvela la mentira de esta fantasía ya que es un término ineludiblemente vinculado al punto de vista religioso; ahora bien, las personas malignas son las desobedecen las órdenes de Dios y nosotros sabemos de sobra que la doctrina fundamental de la democracia moderna es el rechazo de la autoridad religiosa, y esto es tan cierto en Israel como en Washington.

Todo aquel que dude que Blair está siguiendo a pies juntillas el “mensaje” con su doctrina de terroristas perversos que surgen de un vacío sin valores, solo tiene que ir al cine como un obediente ciudadano dispuesto a que se le interprete el mundo en el mítico lenguaje de la Gran Pantalla. Un director judío y una estrella de la cientología ofrecen en nuestros días esta versión de la realidad en una nueva producción de “La Guerra de los Mundos” del ateo H.G. Wells. Por fin las masas ignorantes han salido de la duda: este terror proviene de los espacios siderales.

Lo que en realidad estamos atestiguando es sin duda un desastre; lo que ocurre es que mientras la sociedad colapsa en lo más alto y se sume en la delincuencia en sus estructuras más bajas, se están aprobando por un parlamento intimidado, una serie de leyes sofisticadas y envolventes que atentan contra el principio fundamental del gobierno parlamentario.

En al año 1920, Hilaire Belloc, el gran teórico político del siglo XX, escribía una de sus obras más destacadas, “La Monarquía y la Cámara de los Comunes”. La naturaleza radical de su crítica política hizo que fuera rechazada, pero aún así logró influir a la gente inteligente. Lo que el autor pudo entrever no pudo demostrarse como cierto hasta 1945, y desde ese entonces hasta la muerte de Churchill. Su funeral marcó el fin de un proceso de rápida desintegración desde 1945 hasta ese momento. Churchill había nacido en Blenheim, ese palacio que simbolizaba la realidad de que Inglaterra ya no estaba gobernada por una monarquía sino por la oligarquía aristocrática y terrateniente.

Cuando la Cámara de los Comunes fue purgada de esa oligarquía ya solo quedaba el proceso de eliminarla para siempre con la abolición de la Cámara de los Lores. En ese momento no fue un mero accidente el hecho de que el oponente a esa abolición instigada por Blair, esclavo obediente de la nueva oligarquía no elegida, fuese precisamente Lord Cranborne de la familia Cecil; esta familia era parte de la clase dirigente que de forma tan exitosa había gobernado Inglaterra desde los tiempos de Isabel I. Belloc exponía este tema en su inglés brillante y conciso:

“…La antigua organización del gobierno instaurada por una clase aceptada y autoritaria había desaparecido para siempre… La cuestión no necesita más explicaciones: es evidente para todos. El deseo de la mayoría de tener un gobierno aristocrático ha desaparecido, para bien o para mal, lo mismo que una religión perdida para siempre. Que ese deseo haya pasado, y con él la clase aristocrática a él vinculada, ha provocado que la naturaleza del Estado experimentase una transformación… La Cámara de los Comunes está descendiendo hacia una especie de tumba donde sobrevive como el mero ritual de lo que una vez fue un movimiento libre, y con sólo los nombres de lo que una vez fueron cosas reales”.

Esta separación entre las estructuras del gobierno asambleario elegido y la realización del deseo de las masas, es la demostración cotidiana de que el poder ha sido entregado, con el consentimiento pasivo de las masas, a una nueva oligarquía no elegida que carece de base nacional y que tiene en sus manos la totalidad de la riqueza real de los productos del mundo, al tiempo que controla ese sistema de números, sin aval de ningún tipo, que representa el dinero abstracto.

Es importante continuar con este tema, pero de momento sería más conveniente fijarse en la naturaleza cada vez más dudosa del fenómeno terrorista. Lo que sigue a continuación debe considerarse enmarcado en la perspectiva de nuestra clara posición política, esto es, que el terrorismo es un fenómeno perverso e improductivo que debe ser aborrecido, pero que forma parte de la sintomatología de la epidermis de una sociedad que indica la enfermedad que padecen los órganos de la misma, una enfermedad que por un lado produce masas impotentes y sumisas y por el otro, una nueva oligarquía del poder que controla el sistema financiero sin prestar lealtad a nación alguna, a ningún conjunto de valores morales, ni a ningún grupo de personas, ni siquiera entre ellos mismos.

Vamos a estudiar los restos de los recientes y terribles acontecimientos. En torno a los mismos, se puede descubrir en todos los sectores y entre la gente más culta, una cierta insatisfacción con lo que se ha contado, con cómo ha sido interpretado y con la reacción oficial ante lo sucedido.

Poco tiempo después de la destrucción de las Torres Gemelas, y dejando a un lado a los irrelevantes seguidores de la Teoría de la Conspiración, surgió un número importante de críticas a la versión oficial. Los elementos más perturbadores de estos análisis están relacionados con factores físicos en la destrucción de las Torres que no concuerdan en absoluto. Por un lado están las afirmaciones de los pilotos profesionales que afirman la imposibilidad de hacer colisionar esas dos inmensas aeronaves con un rascacielos siendo dirigidas desde las cabinas de las mismas. Esto significa que los secuestradores se apoderaron del avión, pero fueron luego guiados contra su objetivo desde el suelo, casi con toda certeza desde el sótano de los rascacielos.

Esta posibilidad conecta con otra anomalía. Los arquitectos de los edificios insistían una y otra vez que no tenían que haberse derrumbado, aunque en este caso debemos tener presente la importancia que tiene el tema de los seguros. Y sin embargo, esto nos lleva a otro elemento. Hubo personas presentes en el lugar de los hechos que afirman haber oído explosiones en la base de los edificios, algo que, de ser cierto, haría más convincente la causa del derrumbamiento de los mismos.

Estas cuestiones han dado lugar a la sospecha de que los autores de este acto espantoso ni siquiera conocían la naturaleza completa de su misión. Es posible que imaginaran estar en lo que podría llamarse un secuestro clásico, sin saber que iban a participar en la repugnante inmolación que tuvo lugar. Lo que sí es evidente, es que la información definitiva que tenemos de esos hombres pasando la noche anterior al encuentro con su destino en compañía de prostitutas y bebiendo vodka, no deja mucho margen a la creencia en Combatientes Sagrados, ya que esas acciones no garantizaban su tan ansiado lugar en el Jardín.

Esto nos deja con dos posibilidades: O no sabían en lo que se habían metido o, de saberlo, lo hacían impelidos por esa destrucción nihilista de unos hombres con unas vidas sin sentido. Esta última posibilidad significa que ni siquiera era el intento de una acción de guerra islámica equivocada.

El otro aspecto de los actos terroristas tiene una importancia política aún mayor. La respuesta del Estado, su vocalización y la visualización posterior en un intenso festival mediático, estaba fuera de toda proporción con la tragedia en sí, por muy lamentable que esta fuera. Yo no me siento indiferente ante lo sucedido; de hecho, un amigo mío iba en uno de los aviones que chocó contra el Trade Center. Pero nuestro aborrecimiento de lo sucedido no debe impedirnos estudiar el desastre de forma desapasionada. Parece como si los acontecimientos contemporáneos estuviesen constantemente rodeados de una confusión entre lo que ha sucedido y lo que se nos dice debemos pensar al respecto. Iraq fue invadido porque Saddam poseía Armas de Destrucción Masiva. Pero no las tenía. Israel sí las tiene, además de una tendencia hacia el suicidio apocalíptico. El único uso conocido de las ADM es cuando los EE.UU. lanzaron dos artefactos nucleares que destruyeron por completo las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Cuando esta táctica fue desmentida, los dos líderes de la Coalición afirmaron sin pestañear, que el objetivo era desembarazarse del terrible dictador. Recuérdese que en esa misma época, estos dos gobiernos habían estado protegiendo al dictador genocida de Chile, el General Pinochet, de tener que presentarse ante un Tribunal de Justicia. Un científico iraquí calculaba que, en los últimos tiempos de Saddam, se llevaban a cabo unas treinta ejecuciones al mes. En la situación actual se ha estimado que hay cerca de treinta y cinco muertes por semana, y a veces, cada día. The Lancet, la distinguida revista médica, publicó hace unos meses una cifra resultado de investigaciones minuciosas: el número de muertos iraquíes rondaba los 100.000.

Lo que siguió a la destrucción del World Trade Center fue una histeria cuidadosamente orquestada que tenía, en su intención, una precisión psiquiátrica. Los bomberos, como profesión, fueron ensalzados con la repetida propagación de imágenes que mostraban su mítico sacrificio en el centro de Nueva York. Se trajeron a cantantes de pop judíos, con repercusión nacional, para incitar a las masas a un estado de guerra, listas para enfrentarse al enemigo invisible. Violoncelistas de fama internacional dieron recitales antológicos de todos los grandes adagios. A las pocas horas de la tragedia, Hollywood comenzaba a producir una serie incesante, que aún sigue en nuestros días, de películas antiterroristas en las que todas, sin excepción, dejaban claro que el nuevo enemigo era Islam. Mientras que en el primer plano los sonidos eran los lamentos de la música pop, detrás de ese estruendo se estaban aprobando una serie completa de leyes siniestras. En unos instantes, la sociedad liberal que tanto había sido defendida desde Jefferson hasta Lionel Trilling, era abolida.

Del mismo modo que cada religión tiene sus mártires y sus días sagrados, la nueva democracia atea mundial comenzó a producir la necesaria iconografía pseudo-religiosa. Con la Navidad y la Semana Santa abolidas, la nueva sociedad creó su primer Día Sagrado con un sentimiento de gran consecución; el nombre era ciertamente apropiado, el mismo que el de un código bancario: 11/9.

Si hay alguna duda cuando afirmamos que se trata de una doctrina y no del luto personal, basta con observar las consecuencias de lo que siguió a continuación. Los sucesos protagonizados por las bombas en el Metro londinés pronto se transformaron en el 7/7. Y de nuevo las bombas de Londres proporcionaban una extraña identidad de carácter con el suceso de Nueva York, conectando lo que había ocurrido con el significado que ellos le daban.

Inmediatamente después del acontecimiento, un testigo plenamente coherente aunque obviamente alterado, abogado por cierto, nos hablaba indignado y con todo lujo de detalles, de la ausencia de presencia policial o de cualquier otro tipo de vigilancia. Le parecía vergonzoso que durante un período importante de tiempo no hubiese la más mínima indicación de las fuerzas de seguridad o de los equipos de rescate. Esta extensa e importante entrevista fue retirada de los medios de comunicación por órdenes expresas para dar paso a la misma letanía de exaltación de la policía y los equipos de rescate que habíamos observado en Nueva York. El horrible asesinato de un inocente turista brasileño, a quien dispararon varias veces en la cabeza, no fue más que una gota de sangre en el papel secante de la cobertura mediática.

Otro factor común en los dos acontecimientos fue la actuación inadecuada de ambos líderes políticos. Mientras que Bush se había sumido en una especie de trance, ahora inmortalizado en la película de Michel Moore, Blair se desmoronó y se le veía atemorizado. Su intento de defensa churchilliana se vió obstaculizado no sólo por la ausencia de un mentón visible, sino por su incapacidad a la hora de hablar inglés, ya que está tullido con un defecto glotal que le impide pronunciar la letra “t”.

En Inglaterra, a diferencia de los EE.UU., existe una comunidad musulmana muy culta y políticamente sofisticada. El medio millón de musulmanes que viven en el Estado de Maryland, (JUL), encarnan todos los males de los árabes en sus países de origen. Cuando fue entrevistado en la televisión, su portavoz dijo abiertamente que los musulmanes habían venido a América para disfrutar de una vida mejor, significando con ello la riqueza, y que estaban muy contentos de ser ciudadanos americanos. Cualquier sugerencia en el sentido de que alguien podía vivir en América, no tener la menor intención de cometer un acto terrorista y no obstante aspirar a la honrosa postura cívica de querer una reforma radical de la sociedad política, se mostraba como algo absolutamente inconcebible.

En Inglaterra la situación de los musulmanes es profundamente diferente. A pesar de la deliberada y repugnante doctrina racista del Gobierno Laborista, que desde sus primeros días insiste en definir a los musulmanes como un grupo étnico en un acto puramente racista que rechaza de forma categórica la noción de la existencia de alguien llamado un Musulmán Británico, el gobierno ha rehusado de forma continua y deliberada el reconocimiento de un número considerable de musulmanes indígenas que se consideran parte de la gran comunidad musulmana del Reino Unido.

Otro paralelismo entre los dos acontecimientos: En el caso londinense, las pruebas parecen ser más contundentes a la hora de sugerir que los presuntos suicidas del metro no tenían la menor idea de estar en una misión suicida, sino que parecen haber sido engañados para tener la misma suerte que sus víctimas. Una vez más, su comportamiento del día anterior no parece ser el de unas personas que van a morir. De forma inexplicable, fueron a encontrarse con su destino con billetes de ida y vuelta en los bolsillos. Y lo que es aún más serio: las familias de estos jóvenes rechazaron creer que sus hijos fuesen capaces de cometer un crimen tan atroz. El testimonio de estos padres de tomarse con gran seriedad. El otro aspecto de los sucesos londinenses es que el segundo intento frustrado era el trabajo de hampones, detritus urbanos con antecedentes delictivos.

El trato que recibe la comunidad musulmana de Inglaterra, que recordemos no está compuesta de emigrantes sino por ciudadanos cuya mayoría ha nacido en el país, debe ser registrado como la actuación de un Estado totalitario torpe y brutal. Todas las detenciones e interrogatorios que han sucedido como resultado de los acontecimientos, están basados en una legislación y en una evaluación cívica que representan una copia exacta de la legislación y las actuaciones policiales de la Alemania nazi en los años 1933 al 1940. En este sentido, el escenario anti-terrorista, desde su retórica hasta su práctica social, es una fuerza mucho más destructiva que lo que pretende combatir. Mucho peor que la muerte de una persona por medios violentos, es la transformación de una persona en no-persona, inaccesible, torturada y encarcelada, en un no-lugar, apartado del ámbito de la investigación judicial, en el limbo del campo de concentración.

Mi nota final con respecto a la modalidad del suceso terrorista es quizás la más intrigante de todas. Me refiero a las bombas terroristas que explotaron en Bali. En Indonesia, donde conozco personalmente a la élite que gobierna el país, tanto en los círculos políticos, como los militares y los de la seguridad nacional, se abordaba la cuestión con un escepticismo considerable. La administración indonesia no podía señalar a grupo alguno, por muy conveniente que fuera para el caso, que cometiera o incluso intentara el atentado. A pesar de que el poder judicial fue incapaz de inculpar a un ‘alim como instigador, y una vez que ya había sido absuelto, se vieron obligados a procesarlo de nuevo con cargos secundarios al ser presionados por el Departamento de Estado Americano.

Permítaseme una nota final con respecto a los sucesos de Inglaterra. Formando parte de lo que ya debe ser reconocido como una persecución religiosa de unas características desconocidas para Europa desde los tiempos de la Reforma Luterana, surgió un coro de voces acusadoras que, procediendo del gobierno y de los medios de comunicación, exigían a los musulmanes que denunciasen el terrorismo, cuando la realidad era que cuanto más lo hacían, más se les decía que no era suficiente. En la más pura tradición estalinista, se pidió a los musulmanes que informaran sobre los otros musulmanes, y a las familias que se espiaran entre sí. La ignominia definitiva llegó en el punto más álgido de la histeria, cuando el gobierno exigió un Fatwa a los ‘ulama musulmanes.

Lo cierto es que si no hay un emir, los ‘ulama musulmanes no pueden emitir un Fatwa. Hace mucho tiempo que pido a los musulmanes que elijan un emir para que el Islam sea establecido, que no lo está, y en consecuencia, y desde el punto de vista de la ley islámica, ni siquiera representa una entidad. En el Islam no hay una clase sacerdotal, sólo en la religión shi’a. Esto significa que la declaración de un ‘alim no puede ser definida jurídicamente como Fatwa. Y como la orden procede de un dirigente kafir, debe deducirse que cualquier declaración al respecto queda invalidada.

A esto le siguió una exigencia aún más improcedente del Príncipe Carlos. Una vez más, la responsabilidad de arreglar el asunto recaía sobre la inocente comunidad musulmana, sin reconocer en absoluto que el terrorismo es un producto de la sociedad anfitriona. Lo más apropiado para el Príncipe de Gales sería pedir un Fatwa sobre sí mismo, sus herederos y la supervivencia de la monarquía.

Parte de la crisis que ha dado lugar al terrorismo, y de la que hemos hecho responsable al colapso del sistema parlamentario, tiene a su vez una causa subyacente más profunda que consiste en haber traicionado el principio del gobierno personal de un monarca. Esta traición fue perpetrada por el golpe de Estado que usurpó el poder al último gobernante legítimo de Inglaterra, James II, y lo entregó a la oligarquía del dinero que unió Inglaterra y Holanda.

Muy al contrario de la propaganda oficial que definía a Edward VIII como un playboy de los años 20 hechizado por una aventurera americana, se le habían reconocido una capacidad extraordinaria para ser un dirigente popular además de poder defender y proteger a los más pobres. A pesar de los intentos de Churchill por rescatarlo, la casa de los Windsor ha sido desde entonces una entrada usada.

Dada la terrible naturaleza de la situación actual, nos vemos obligados a jugar la baza con las malas cartas que se nos han dado. Tal y como están las cosas, no es demasiado tarde para el Príncipe de Gales, ahora que ya está estabilizado en el ámbito doméstico, para que ponga en marcha por vez primera sus capacidades, nunca probadas ni utilizadas, al servicio de a) la supervivencia y b) la restauración de la autoridad monárquica. La Casa Real ya ha sido definida por la administración actual como una fuerza “títere” que está a la espera de su despido en cuanto fallezca la Reina.

Es imposible abolir la Cámara de los Lores sin, por extensión, abolir la monarquía. Esto fue demostrado en 1789, cuando en plena crisis económica la aristocracia se alió con el nuevo sistema de poder económico y dejó indefensa a la monarquía. Es difícil creer que el Príncipe Carlos admita sin reservas la opinión que propugna que el papel de la monarquía corresponde al estatus de una mera celebridad. Si desea no ser eliminado, ya va siendo hora de que el Príncipe Carlos entre en el ámbito de la política y trabaje para conseguir la revitalización de la autoridad del monarca como preparación para la inevitable crisis que se avecina. En esta crisis, a la comunidad musulmana le interesa más tener un monarca cristiano que un ateo inculto, pero por favor, no se diga más que es el Defensor de la Fe puesto que es un insulto al Islam, ya que por su naturaleza pone fin a las religiones anteriores. En este momento es importante recordar que hace algunos años, en el Sultan Bahu Centre de Birmingham, invité en público al Príncipe Charles a que entrara en el Din del Islam. Es lo mejor que puede hacer en este mundo y en el que ha de venir.

El Príncipe Carlos debe ser consciente de que el Primer Ministro actual, aparte de ser un individuo seriamente dañado desde el punto de vista psiquiátrico, desde el político ha sido una fuerza destructiva bastante considerable. Su régimen ha desmantelado de forma sistemática el aparato de gobierno que tan exitosamente había funcionado hasta finales del siglo veinte. Ha destrozado el parlamento. Ha politizado el papel de lo judicial colocándolo en manos de personas muy dudosas, tan ineptas que el Padre de la Cámara caracterizaba al círculo de Blair de cábala judía. Las instrucciones que recibió a la muerte de la Princesa Diana produjeron un daño considerable a lo que pudiera llamarse la psique de la nación y puede que también fuese un daño irreparable a la monarquía.

Dejando a un lado lo que pueda ocurrirle a la monarquía en Inglaterra, lo que sí es cierto, es que los jóvenes musulmanes de Inglaterra representan la esperanza de este país, y son los que impedirán que caiga en la anarquía, una caída que no podrá impedir ninguna policía del mundo. La anarquía la detienen aquéllos que establecen el orden social a partir de su propio comportamiento personal. Nosotros somos el único grupo de la sociedad que comprende el proceso que está ocurriendo, además de ser los únicos que sabemos donde está la cura. El diagnóstico del estado de la sociedad presente es conocido por un puñado de brillantes intelectuales. Pero los musulmanes son los únicos que tienen la cura.

Este diagnóstico ha sido definido por Jean-Cristophe Rufin de la siguiente manera:

“Las democracias liberales que se presentan como naciones separadas, distintas e incluso rivales, forman en realidad un sistema profundamente integrado, un espacio en el que las ideas, la información, los productos y las personas, entran y circulan con una dependencia mutua. Nosotros no consideramos las democracias como algo separado: la historia de cada una de ellas carece de interés, pero el destino de la civilización que forma su conjunto sí que lo tiene. La supervivencia de la civilización liberal no ha dependido de las debilidades de sus adversarios, sino que emana de una fuerza que le es propia. De esta fuerza surge la capacidad no sólo de conquistar a sus enemigos, sino también de prosperar con el combate. La civilización liberal obtiene su fuerza, podría decirse su sustancia, de la hostilidad a la que se enfrenta. Es la primera civilización de la historia que no solicita la aceptación voluntaria, que tolera e incluso alienta las oposiciones más radicales. Tiene el privilegio singular de alimentarse de todo aquello que le confronta, de convertir en energía para su propio sostenimiento todas esas fuerzas que parecen querer romperla. Hasta tal punto es así, que vemos cómo crea a sus propios enemigos y los apoya para beneficiarse de ello”.

Rufin cita a Jean Bordin cuando éste afirmaba en el siglo XVI:
“La mejor manera de conservar un Estado es proporcionarle rebeliones, sediciones y guerras civiles. Consiste en tener un enemigo que le sirva de prueba”.

Rufin continúa diciendo: “La presencia de un adversario serio permite un poder con el que amordazar a la oposición, contraer a la gente y a la nación y crear una sociedad disciplinada y obediente, la réplica exacta de un ejército... En un siglo, la civilización democrática ha sido metódicamente construida bajo la presión continua de sus enemigos. En esta visión paradójica, comprobaremos que todo es justo lo contrario: cuanto más serio parece el peligro, más grande es su contribución al desarrollo de la democracia”.

Rufin declara que cuando Robespierre invocaba al “Despotismo de la Libertad”, tan sólo imaginaba al Terror en su forma clásica, es decir, una forma de dictadura arcaica. “Robespierre se habría asombrado al descubrir los medios con los que la civilización nacida de la revolución industrial y democrática, había conseguido instalar, paso a paso, una dictadura de la libertad”.

El teórico político católico-romano Giorgio Agamben habla de la enorme transformación que constituye la fase final de la forma Estatal y que está ocurriendo ante nuestros ojos. Dice:

“Es esta una transformación que está impulsando a los reinos de la Tierra (repúblicas y monarquías, tiranías y democracias, federaciones y Estados nacionales) hacia el estado del espectáculo integrado (Guy Debord) y hacia el “parlamentarismo capitalista” (Alain Badiou). Del mismo modo que la gran transformación que supuso la primera revolución industrial destruyó las estructuras políticas y sociales, además de las categorías legales del antiguo régimen, términos tales como soberanía, derecho, nación, pueblo, democracia y voluntad general, se refieren ahora a una realidad que ya no tiene nada que ver con lo que solían significar estos conceptos –y quienes siguen utilizando estos términos sin el menor criticismo, no saben de lo que están hablando. El consenso y la opinión pública tienen menos que ver con la voluntad general que la “policía internacional” que hoy combate en las guerras tiene que ver con la soberanía del jus publicum Europaeum. La política contemporánea es ese experimento devastador que, a lo largo y ancho del planeta, desarticula y vacía instituciones y creencias, ideologías y religiones, identidades y comunidades para luego refundir y reinstaurar su forma definitivamente anulada”.

Tenemos el diagnóstico. ¿Cuál es la cura? Es la adoración de Allah, el Creador del Universo, y la obediencia al Último de los Mensajeros, a quien Allah bendiga y conceda paz. ¿Qué significa? Significa adoración con las postraciones del cuerpo que han sido decretadas. Significa el ayuno del cuerpo en el mes de Ramadán, y significa el impuesto anual sobre la riqueza, un impuesto obligatorio que no es dado sino cogido, un impuesto que abarca los frutos de la tierra y sus riquezas minerales. Significa una peregrinación anual de toda la humanidad a la Casa de Allah, lo cual representa el único globalismo que es aceptable, el de la adoración Divina global.

Este zakat, que debe ser recaudado en oro y plata y no en papel moneda, confronta a la comunidad musulmana con la necesidad de acabar con el sistema mágico de la banca usurera, algo que todo el mundo sabe está destruyendo el planeta y esclavizando a las masas. El aumento de la riqueza de cada vez menos personas, significa el aumento de la pobreza de una masa cada vez mayor. El retorno al gobierno personal, práctica de la raza humana desde el inicio de los tiempos, reinstaurará de nuevo la posibilidad existencial del hombre digno de toda confianza. Ello significará el fin de los perros políticos, lo que a su vez garantizará la desaparición de sus amos banqueros.

No hay poder sino en Allah, el Poderoso, el Grande. Allah es ensalzado por encima de todo lo que Le asocian, incluido ese miserable puñado de nihilistas desesperados que quizás piensen estar haciéndolo en nombre del Islam, sin que, extrañamente, parezcan saber qué es el Din. Allah los juzgará, y con misericordia sin duda, puesto que ellos también son víctimas. Y Allah juzgará también a los que propugnan este sistema bancario usurero, puesto que no existe la menor duda al respecto.
Allah el Excelso dice en la Surat al-Baqara:



“¡Vosotros los que creéis!
Temed a Allah y renunciad a cualquier beneficio de la usura que os quede,
si sois creyentes.
Y si no lo hacéis, sabed que Allah y Su Mensajero os han declarado la guerra.
Pero si os volvéis atrás, conservaréis vuestro capital.
Y no seréis injustos ni sufriréis injusticia”. (277-278)
Nosotros, la grande y poderosa Comunidad Islámica del mundo, no necesitamos el terror, no necesitamos la democracia, y no necesitamos Constituciones.
Allah es suficiente para nosotros y Él es el mejor Guardián.


 
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