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Nuevas
reflexiones sobre Londres
Julio de 2005
por
Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
En “Globalia”, obra de Jean-Cristophe Ruffin en la que
expone su visión del Estado democrático moderno, el
autor define nuestra situación de la siguiente manera:
“Somos libres para poder actuar. Ahora bien, la tendencia
natural de los seres humanos es abusar de su libertad, es decir,
usurpar la de los demás. LA AMENAZA MAYOR DE LA LIBERTAD,
ES LA MISMA LIBERTAD. ¿Cómo puede defenderse a la
libertad de sí misma? Garantizando la seguridad de todos.
La seguridad es libertad. La seguridad es nuestra protección.
La protección es vigilancia. VIGILANCIA --¡ESO ES LIBERTAD!”
La versión oficial del fenómeno terrorista, tal y
como ha sido expresada por los procesos mentales, a todas luces
insuficiente, de un Primer Ministro dotado de poderes aparentemente
ilimitados frente a un Gobierno servil y una oposición obediente,
es la siguiente –aunque el mero hecho de repetirla nos hace
estremecer por su falta de realismo: El terrorismo no tiene causas
políticas o históricas, sino que ha surgido de una
extraña y secreta red de personas dementes y malignas cuyo
único objetivo es la destrucción de la sociedad. El
término “maligno” es lo que desvela la mentira
de esta fantasía ya que es un término ineludiblemente
vinculado al punto de vista religioso; ahora bien, las personas
malignas son las desobedecen las órdenes de Dios y nosotros
sabemos de sobra que la doctrina fundamental de la democracia moderna
es el rechazo de la autoridad religiosa, y esto es tan cierto en
Israel como en Washington.
Todo aquel que dude que Blair está siguiendo a pies juntillas
el “mensaje” con su doctrina de terroristas perversos
que surgen de un vacío sin valores, solo tiene que ir al
cine como un obediente ciudadano dispuesto a que se le interprete
el mundo en el mítico lenguaje de la Gran Pantalla. Un director
judío y una estrella de la cientología ofrecen en
nuestros días esta versión de la realidad en una nueva
producción de “La Guerra de los Mundos” del ateo
H.G. Wells. Por fin las masas ignorantes han salido de la duda:
este terror proviene de los espacios siderales.
Lo que en realidad estamos atestiguando es sin duda un desastre;
lo que ocurre es que mientras la sociedad colapsa en lo más
alto y se sume en la delincuencia en sus estructuras más
bajas, se están aprobando por un parlamento intimidado, una
serie de leyes sofisticadas y envolventes que atentan contra el
principio fundamental del gobierno parlamentario.
En al año 1920, Hilaire Belloc, el gran teórico político
del siglo XX, escribía una de sus obras más destacadas,
“La Monarquía y la Cámara de los Comunes”.
La naturaleza radical de su crítica política hizo
que fuera rechazada, pero aún así logró influir
a la gente inteligente. Lo que el autor pudo entrever no pudo demostrarse
como cierto hasta 1945, y desde ese entonces hasta la muerte de
Churchill. Su funeral marcó el fin de un proceso de rápida
desintegración desde 1945 hasta ese momento. Churchill había
nacido en Blenheim, ese palacio que simbolizaba la realidad de que
Inglaterra ya no estaba gobernada por una monarquía sino
por la oligarquía aristocrática y terrateniente.
Cuando la Cámara de los Comunes fue purgada de esa oligarquía
ya solo quedaba el proceso de eliminarla para siempre con la abolición
de la Cámara de los Lores. En ese momento no fue un mero
accidente el hecho de que el oponente a esa abolición instigada
por Blair, esclavo obediente de la nueva oligarquía no elegida,
fuese precisamente Lord Cranborne de la familia Cecil; esta familia
era parte de la clase dirigente que de forma tan exitosa había
gobernado Inglaterra desde los tiempos de Isabel I. Belloc exponía
este tema en su inglés brillante y conciso:
“…La antigua organización del gobierno instaurada
por una clase aceptada y autoritaria había desaparecido para
siempre… La cuestión no necesita más explicaciones:
es evidente para todos. El deseo de la mayoría de tener un
gobierno aristocrático ha desaparecido, para bien o para
mal, lo mismo que una religión perdida para siempre. Que
ese deseo haya pasado, y con él la clase aristocrática
a él vinculada, ha provocado que la naturaleza del Estado
experimentase una transformación… La Cámara
de los Comunes está descendiendo hacia una especie de tumba
donde sobrevive como el mero ritual de lo que una vez fue un movimiento
libre, y con sólo los nombres de lo que una vez fueron cosas
reales”.
Esta separación entre las estructuras del gobierno asambleario
elegido y la realización del deseo de las masas, es la demostración
cotidiana de que el poder ha sido entregado, con el consentimiento
pasivo de las masas, a una nueva oligarquía no elegida que
carece de base nacional y que tiene en sus manos la totalidad de
la riqueza real de los productos del mundo, al tiempo que controla
ese sistema de números, sin aval de ningún tipo, que
representa el dinero abstracto.
Es importante continuar con este tema, pero de momento sería
más conveniente fijarse en la naturaleza cada vez más
dudosa del fenómeno terrorista. Lo que sigue a continuación
debe considerarse enmarcado en la perspectiva de nuestra clara posición
política, esto es, que el terrorismo es un fenómeno
perverso e improductivo que debe ser aborrecido, pero que forma
parte de la sintomatología de la epidermis de una sociedad
que indica la enfermedad que padecen los órganos de la misma,
una enfermedad que por un lado produce masas impotentes y sumisas
y por el otro, una nueva oligarquía del poder que controla
el sistema financiero sin prestar lealtad a nación alguna,
a ningún conjunto de valores morales, ni a ningún
grupo de personas, ni siquiera entre ellos mismos.
Vamos a estudiar los restos de los recientes y terribles acontecimientos.
En torno a los mismos, se puede descubrir en todos los sectores
y entre la gente más culta, una cierta insatisfacción
con lo que se ha contado, con cómo ha sido interpretado y
con la reacción oficial ante lo sucedido.
Poco tiempo después de la destrucción de las Torres
Gemelas, y dejando a un lado a los irrelevantes seguidores de la
Teoría de la Conspiración, surgió un número
importante de críticas a la versión oficial. Los elementos
más perturbadores de estos análisis están relacionados
con factores físicos en la destrucción de las Torres
que no concuerdan en absoluto. Por un lado están las afirmaciones
de los pilotos profesionales que afirman la imposibilidad de hacer
colisionar esas dos inmensas aeronaves con un rascacielos siendo
dirigidas desde las cabinas de las mismas. Esto significa que los
secuestradores se apoderaron del avión, pero fueron luego
guiados contra su objetivo desde el suelo, casi con toda certeza
desde el sótano de los rascacielos.
Esta posibilidad conecta con otra anomalía. Los arquitectos
de los edificios insistían una y otra vez que no tenían
que haberse derrumbado, aunque en este caso debemos tener presente
la importancia que tiene el tema de los seguros. Y sin embargo,
esto nos lleva a otro elemento. Hubo personas presentes en el lugar
de los hechos que afirman haber oído explosiones en la base
de los edificios, algo que, de ser cierto, haría más
convincente la causa del derrumbamiento de los mismos.
Estas cuestiones han dado lugar a la sospecha de que los autores
de este acto espantoso ni siquiera conocían la naturaleza
completa de su misión. Es posible que imaginaran estar en
lo que podría llamarse un secuestro clásico, sin saber
que iban a participar en la repugnante inmolación que tuvo
lugar. Lo que sí es evidente, es que la información
definitiva que tenemos de esos hombres pasando la noche anterior
al encuentro con su destino en compañía de prostitutas
y bebiendo vodka, no deja mucho margen a la creencia en Combatientes
Sagrados, ya que esas acciones no garantizaban su tan ansiado lugar
en el Jardín.
Esto nos deja con dos posibilidades: O no sabían en lo que
se habían metido o, de saberlo, lo hacían impelidos
por esa destrucción nihilista de unos hombres con unas vidas
sin sentido. Esta última posibilidad significa que ni siquiera
era el intento de una acción de guerra islámica equivocada.
El otro aspecto de los actos terroristas tiene una importancia política
aún mayor. La respuesta del Estado, su vocalización
y la visualización posterior en un intenso festival mediático,
estaba fuera de toda proporción con la tragedia en sí,
por muy lamentable que esta fuera. Yo no me siento indiferente ante
lo sucedido; de hecho, un amigo mío iba en uno de los aviones
que chocó contra el Trade Center. Pero nuestro aborrecimiento
de lo sucedido no debe impedirnos estudiar el desastre de forma
desapasionada. Parece como si los acontecimientos contemporáneos
estuviesen constantemente rodeados de una confusión entre
lo que ha sucedido y lo que se nos dice debemos pensar al respecto.
Iraq fue invadido porque Saddam poseía Armas de Destrucción
Masiva. Pero no las tenía. Israel sí las tiene, además
de una tendencia hacia el suicidio apocalíptico. El único
uso conocido de las ADM es cuando los EE.UU. lanzaron dos artefactos
nucleares que destruyeron por completo las ciudades de Hiroshima
y Nagasaki.
Cuando esta táctica fue desmentida, los dos líderes
de la Coalición afirmaron sin pestañear, que el objetivo
era desembarazarse del terrible dictador. Recuérdese que
en esa misma época, estos dos gobiernos habían estado
protegiendo al dictador genocida de Chile, el General Pinochet,
de tener que presentarse ante un Tribunal de Justicia. Un científico
iraquí calculaba que, en los últimos tiempos de Saddam,
se llevaban a cabo unas treinta ejecuciones al mes. En la situación
actual se ha estimado que hay cerca de treinta y cinco muertes por
semana, y a veces, cada día. The Lancet, la distinguida revista
médica, publicó hace unos meses una cifra resultado
de investigaciones minuciosas: el número de muertos iraquíes
rondaba los 100.000.
Lo que siguió a la destrucción del World Trade Center
fue una histeria cuidadosamente orquestada que tenía, en
su intención, una precisión psiquiátrica. Los
bomberos, como profesión, fueron ensalzados con la repetida
propagación de imágenes que mostraban su mítico
sacrificio en el centro de Nueva York. Se trajeron a cantantes de
pop judíos, con repercusión nacional, para incitar
a las masas a un estado de guerra, listas para enfrentarse al enemigo
invisible. Violoncelistas de fama internacional dieron recitales
antológicos de todos los grandes adagios. A las pocas horas
de la tragedia, Hollywood comenzaba a producir una serie incesante,
que aún sigue en nuestros días, de películas
antiterroristas en las que todas, sin excepción, dejaban
claro que el nuevo enemigo era Islam. Mientras que en el primer
plano los sonidos eran los lamentos de la música pop, detrás
de ese estruendo se estaban aprobando una serie completa de leyes
siniestras. En unos instantes, la sociedad liberal que tanto había
sido defendida desde Jefferson hasta Lionel Trilling, era abolida.
Del mismo modo que cada religión tiene sus mártires
y sus días sagrados, la nueva democracia atea mundial comenzó
a producir la necesaria iconografía pseudo-religiosa. Con
la Navidad y la Semana Santa abolidas, la nueva sociedad creó
su primer Día Sagrado con un sentimiento de gran consecución;
el nombre era ciertamente apropiado, el mismo que el de un código
bancario: 11/9.
Si hay alguna duda cuando afirmamos que se trata de una doctrina
y no del luto personal, basta con observar las consecuencias de
lo que siguió a continuación. Los sucesos protagonizados
por las bombas en el Metro londinés pronto se transformaron
en el 7/7. Y de nuevo las bombas de Londres proporcionaban una extraña
identidad de carácter con el suceso de Nueva York, conectando
lo que había ocurrido con el significado que ellos le daban.
Inmediatamente después del acontecimiento, un testigo plenamente
coherente aunque obviamente alterado, abogado por cierto, nos hablaba
indignado y con todo lujo de detalles, de la ausencia de presencia
policial o de cualquier otro tipo de vigilancia. Le parecía
vergonzoso que durante un período importante de tiempo no
hubiese la más mínima indicación de las fuerzas
de seguridad o de los equipos de rescate. Esta extensa e importante
entrevista fue retirada de los medios de comunicación por
órdenes expresas para dar paso a la misma letanía
de exaltación de la policía y los equipos de rescate
que habíamos observado en Nueva York. El horrible asesinato
de un inocente turista brasileño, a quien dispararon varias
veces en la cabeza, no fue más que una gota de sangre en
el papel secante de la cobertura mediática.
Otro factor común en los dos acontecimientos fue la actuación
inadecuada de ambos líderes políticos. Mientras que
Bush se había sumido en una especie de trance, ahora inmortalizado
en la película de Michel Moore, Blair se desmoronó
y se le veía atemorizado. Su intento de defensa churchilliana
se vió obstaculizado no sólo por la ausencia de un
mentón visible, sino por su incapacidad a la hora de hablar
inglés, ya que está tullido con un defecto glotal
que le impide pronunciar la letra “t”.
En Inglaterra, a diferencia de los EE.UU., existe una comunidad
musulmana muy culta y políticamente sofisticada. El medio
millón de musulmanes que viven en el Estado de Maryland,
(JUL), encarnan todos los males de los árabes en sus países
de origen. Cuando fue entrevistado en la televisión, su portavoz
dijo abiertamente que los musulmanes habían venido a América
para disfrutar de una vida mejor, significando con ello la riqueza,
y que estaban muy contentos de ser ciudadanos americanos. Cualquier
sugerencia en el sentido de que alguien podía vivir en América,
no tener la menor intención de cometer un acto terrorista
y no obstante aspirar a la honrosa postura cívica de querer
una reforma radical de la sociedad política, se mostraba
como algo absolutamente inconcebible.
En Inglaterra la situación de los musulmanes es profundamente
diferente. A pesar de la deliberada y repugnante doctrina racista
del Gobierno Laborista, que desde sus primeros días insiste
en definir a los musulmanes como un grupo étnico en un acto
puramente racista que rechaza de forma categórica la noción
de la existencia de alguien llamado un Musulmán Británico,
el gobierno ha rehusado de forma continua y deliberada el reconocimiento
de un número considerable de musulmanes indígenas
que se consideran parte de la gran comunidad musulmana del Reino
Unido.
Otro paralelismo entre los dos acontecimientos: En el caso londinense,
las pruebas parecen ser más contundentes a la hora de sugerir
que los presuntos suicidas del metro no tenían la menor idea
de estar en una misión suicida, sino que parecen haber sido
engañados para tener la misma suerte que sus víctimas.
Una vez más, su comportamiento del día anterior no
parece ser el de unas personas que van a morir. De forma inexplicable,
fueron a encontrarse con su destino con billetes de ida y vuelta
en los bolsillos. Y lo que es aún más serio: las familias
de estos jóvenes rechazaron creer que sus hijos fuesen capaces
de cometer un crimen tan atroz. El testimonio de estos padres de
tomarse con gran seriedad. El otro aspecto de los sucesos londinenses
es que el segundo intento frustrado era el trabajo de hampones,
detritus urbanos con antecedentes delictivos.
El trato que recibe la comunidad musulmana de Inglaterra, que recordemos
no está compuesta de emigrantes sino por ciudadanos cuya
mayoría ha nacido en el país, debe ser registrado
como la actuación de un Estado totalitario torpe y brutal.
Todas las detenciones e interrogatorios que han sucedido como resultado
de los acontecimientos, están basados en una legislación
y en una evaluación cívica que representan una copia
exacta de la legislación y las actuaciones policiales de
la Alemania nazi en los años 1933 al 1940. En este sentido,
el escenario anti-terrorista, desde su retórica hasta su
práctica social, es una fuerza mucho más destructiva
que lo que pretende combatir. Mucho peor que la muerte de una persona
por medios violentos, es la transformación de una persona
en no-persona, inaccesible, torturada y encarcelada, en un no-lugar,
apartado del ámbito de la investigación judicial,
en el limbo del campo de concentración.
Mi nota final con respecto a la modalidad del suceso terrorista
es quizás la más intrigante de todas. Me refiero a
las bombas terroristas que explotaron en Bali. En Indonesia, donde
conozco personalmente a la élite que gobierna el país,
tanto en los círculos políticos, como los militares
y los de la seguridad nacional, se abordaba la cuestión con
un escepticismo considerable. La administración indonesia
no podía señalar a grupo alguno, por muy conveniente
que fuera para el caso, que cometiera o incluso intentara el atentado.
A pesar de que el poder judicial fue incapaz de inculpar a un ‘alim
como instigador, y una vez que ya había sido absuelto, se
vieron obligados a procesarlo de nuevo con cargos secundarios al
ser presionados por el Departamento de Estado Americano.
Permítaseme una nota final con respecto a los sucesos de
Inglaterra. Formando parte de lo que ya debe ser reconocido como
una persecución religiosa de unas características
desconocidas para Europa desde los tiempos de la Reforma Luterana,
surgió un coro de voces acusadoras que, procediendo del gobierno
y de los medios de comunicación, exigían a los musulmanes
que denunciasen el terrorismo, cuando la realidad era que cuanto
más lo hacían, más se les decía que
no era suficiente. En la más pura tradición estalinista,
se pidió a los musulmanes que informaran sobre los otros
musulmanes, y a las familias que se espiaran entre sí. La
ignominia definitiva llegó en el punto más álgido
de la histeria, cuando el gobierno exigió un Fatwa a los
‘ulama musulmanes.
Lo cierto es que si no hay un emir, los ‘ulama musulmanes
no pueden emitir un Fatwa. Hace mucho tiempo que pido a los musulmanes
que elijan un emir para que el Islam sea establecido, que no lo
está, y en consecuencia, y desde el punto de vista de la
ley islámica, ni siquiera representa una entidad. En el Islam
no hay una clase sacerdotal, sólo en la religión shi’a.
Esto significa que la declaración de un ‘alim no puede
ser definida jurídicamente como Fatwa. Y como la orden procede
de un dirigente kafir, debe deducirse que cualquier declaración
al respecto queda invalidada.
A esto le siguió una exigencia aún más improcedente
del Príncipe Carlos. Una vez más, la responsabilidad
de arreglar el asunto recaía sobre la inocente comunidad
musulmana, sin reconocer en absoluto que el terrorismo es un producto
de la sociedad anfitriona. Lo más apropiado para el Príncipe
de Gales sería pedir un Fatwa sobre sí mismo, sus
herederos y la supervivencia de la monarquía.
Parte de la crisis que ha dado lugar al terrorismo, y de la que
hemos hecho responsable al colapso del sistema parlamentario, tiene
a su vez una causa subyacente más profunda que consiste en
haber traicionado el principio del gobierno personal de un monarca.
Esta traición fue perpetrada por el golpe de Estado que usurpó
el poder al último gobernante legítimo de Inglaterra,
James II, y lo entregó a la oligarquía del dinero
que unió Inglaterra y Holanda.
Muy al contrario de la propaganda oficial que definía a Edward
VIII como un playboy de los años 20 hechizado por una aventurera
americana, se le habían reconocido una capacidad extraordinaria
para ser un dirigente popular además de poder defender y
proteger a los más pobres. A pesar de los intentos de Churchill
por rescatarlo, la casa de los Windsor ha sido desde entonces una
entrada usada.
Dada la terrible naturaleza de la situación actual, nos vemos
obligados a jugar la baza con las malas cartas que se nos han dado.
Tal y como están las cosas, no es demasiado tarde para el
Príncipe de Gales, ahora que ya está estabilizado
en el ámbito doméstico, para que ponga en marcha por
vez primera sus capacidades, nunca probadas ni utilizadas, al servicio
de a) la supervivencia y b) la restauración de la autoridad
monárquica. La Casa Real ya ha sido definida por la administración
actual como una fuerza “títere” que está
a la espera de su despido en cuanto fallezca la Reina.
Es imposible abolir la Cámara de los Lores sin, por extensión,
abolir la monarquía. Esto fue demostrado en 1789, cuando
en plena crisis económica la aristocracia se alió
con el nuevo sistema de poder económico y dejó indefensa
a la monarquía. Es difícil creer que el Príncipe
Carlos admita sin reservas la opinión que propugna que el
papel de la monarquía corresponde al estatus de una mera
celebridad. Si desea no ser eliminado, ya va siendo hora de que
el Príncipe Carlos entre en el ámbito de la política
y trabaje para conseguir la revitalización de la autoridad
del monarca como preparación para la inevitable crisis que
se avecina. En esta crisis, a la comunidad musulmana le interesa
más tener un monarca cristiano que un ateo inculto, pero
por favor, no se diga más que es el Defensor de la Fe puesto
que es un insulto al Islam, ya que por su naturaleza pone fin a
las religiones anteriores. En este momento es importante recordar
que hace algunos años, en el Sultan Bahu Centre de Birmingham,
invité en público al Príncipe Charles a que
entrara en el Din del Islam. Es lo mejor que puede hacer en este
mundo y en el que ha de venir.
El Príncipe Carlos debe ser consciente de que el Primer Ministro
actual, aparte de ser un individuo seriamente dañado desde
el punto de vista psiquiátrico, desde el político
ha sido una fuerza destructiva bastante considerable. Su régimen
ha desmantelado de forma sistemática el aparato de gobierno
que tan exitosamente había funcionado hasta finales del siglo
veinte. Ha destrozado el parlamento. Ha politizado el papel de lo
judicial colocándolo en manos de personas muy dudosas, tan
ineptas que el Padre de la Cámara caracterizaba al círculo
de Blair de cábala judía. Las instrucciones que recibió
a la muerte de la Princesa Diana produjeron un daño considerable
a lo que pudiera llamarse la psique de la nación y puede
que también fuese un daño irreparable a la monarquía.
Dejando a un lado lo que pueda ocurrirle a la monarquía en
Inglaterra, lo que sí es cierto, es que los jóvenes
musulmanes de Inglaterra representan la esperanza de este país,
y son los que impedirán que caiga en la anarquía,
una caída que no podrá impedir ninguna policía
del mundo. La anarquía la detienen aquéllos que establecen
el orden social a partir de su propio comportamiento personal. Nosotros
somos el único grupo de la sociedad que comprende el proceso
que está ocurriendo, además de ser los únicos
que sabemos donde está la cura. El diagnóstico del
estado de la sociedad presente es conocido por un puñado
de brillantes intelectuales. Pero los musulmanes son los únicos
que tienen la cura.
Este diagnóstico ha sido definido por Jean-Cristophe Rufin
de la siguiente manera:
“Las democracias liberales que se presentan como naciones
separadas, distintas e incluso rivales, forman en realidad un sistema
profundamente integrado, un espacio en el que las ideas, la información,
los productos y las personas, entran y circulan con una dependencia
mutua. Nosotros no consideramos las democracias como algo separado:
la historia de cada una de ellas carece de interés, pero
el destino de la civilización que forma su conjunto sí
que lo tiene. La supervivencia de la civilización liberal
no ha dependido de las debilidades de sus adversarios, sino que
emana de una fuerza que le es propia. De esta fuerza surge la capacidad
no sólo de conquistar a sus enemigos, sino también
de prosperar con el combate. La civilización liberal obtiene
su fuerza, podría decirse su sustancia, de la hostilidad
a la que se enfrenta. Es la primera civilización de la historia
que no solicita la aceptación voluntaria, que tolera e incluso
alienta las oposiciones más radicales. Tiene el privilegio
singular de alimentarse de todo aquello que le confronta, de convertir
en energía para su propio sostenimiento todas esas fuerzas
que parecen querer romperla. Hasta tal punto es así, que
vemos cómo crea a sus propios enemigos y los apoya para beneficiarse
de ello”.
Rufin cita a Jean Bordin cuando éste afirmaba en el siglo
XVI:
“La mejor manera de conservar un Estado es proporcionarle
rebeliones, sediciones y guerras civiles. Consiste en tener un enemigo
que le sirva de prueba”.
Rufin continúa diciendo: “La presencia de un adversario
serio permite un poder con el que amordazar a la oposición,
contraer a la gente y a la nación y crear una sociedad disciplinada
y obediente, la réplica exacta de un ejército... En
un siglo, la civilización democrática ha sido metódicamente
construida bajo la presión continua de sus enemigos. En esta
visión paradójica, comprobaremos que todo es justo
lo contrario: cuanto más serio parece el peligro, más
grande es su contribución al desarrollo de la democracia”.
Rufin declara que cuando Robespierre invocaba al “Despotismo
de la Libertad”, tan sólo imaginaba al Terror en su
forma clásica, es decir, una forma de dictadura arcaica.
“Robespierre se habría asombrado al descubrir los medios
con los que la civilización nacida de la revolución
industrial y democrática, había conseguido instalar,
paso a paso, una dictadura de la libertad”.
El teórico político católico-romano Giorgio
Agamben habla de la enorme transformación que constituye
la fase final de la forma Estatal y que está ocurriendo ante
nuestros ojos. Dice:
“Es esta una transformación que está impulsando
a los reinos de la Tierra (repúblicas y monarquías,
tiranías y democracias, federaciones y Estados nacionales)
hacia el estado del espectáculo integrado (Guy Debord) y
hacia el “parlamentarismo capitalista” (Alain Badiou).
Del mismo modo que la gran transformación que supuso la primera
revolución industrial destruyó las estructuras políticas
y sociales, además de las categorías legales del antiguo
régimen, términos tales como soberanía, derecho,
nación, pueblo, democracia y voluntad general, se refieren
ahora a una realidad que ya no tiene nada que ver con lo que solían
significar estos conceptos –y quienes siguen utilizando estos
términos sin el menor criticismo, no saben de lo que están
hablando. El consenso y la opinión pública tienen
menos que ver con la voluntad general que la “policía
internacional” que hoy combate en las guerras tiene que ver
con la soberanía del jus publicum Europaeum. La política
contemporánea es ese experimento devastador que, a lo largo
y ancho del planeta, desarticula y vacía instituciones y
creencias, ideologías y religiones, identidades y comunidades
para luego refundir y reinstaurar su forma definitivamente anulada”.
Tenemos el diagnóstico. ¿Cuál es la cura? Es
la adoración de Allah, el Creador del Universo, y la obediencia
al Último de los Mensajeros, a quien Allah bendiga y conceda
paz. ¿Qué significa? Significa adoración con
las postraciones del cuerpo que han sido decretadas. Significa el
ayuno del cuerpo en el mes de Ramadán, y significa el impuesto
anual sobre la riqueza, un impuesto obligatorio que no es dado sino
cogido, un impuesto que abarca los frutos de la tierra y sus riquezas
minerales. Significa una peregrinación anual de toda la humanidad
a la Casa de Allah, lo cual representa el único globalismo
que es aceptable, el de la adoración Divina global.
Este zakat, que debe ser recaudado en oro y plata y no en papel
moneda, confronta a la comunidad musulmana con la necesidad de acabar
con el sistema mágico de la banca usurera, algo que todo
el mundo sabe está destruyendo el planeta y esclavizando
a las masas. El aumento de la riqueza de cada vez menos personas,
significa el aumento de la pobreza de una masa cada vez mayor. El
retorno al gobierno personal, práctica de la raza humana
desde el inicio de los tiempos, reinstaurará de nuevo la
posibilidad existencial del hombre digno de toda confianza. Ello
significará el fin de los perros políticos, lo que
a su vez garantizará la desaparición de sus amos banqueros.
No hay poder sino en Allah, el Poderoso, el Grande. Allah es ensalzado
por encima de todo lo que Le asocian, incluido ese miserable puñado
de nihilistas desesperados que quizás piensen estar haciéndolo
en nombre del Islam, sin que, extrañamente, parezcan saber
qué es el Din. Allah los juzgará, y con misericordia
sin duda, puesto que ellos también son víctimas. Y
Allah juzgará también a los que propugnan este sistema
bancario usurero, puesto que no existe la menor duda al respecto.
Allah el Excelso dice en la Surat al-Baqara:

“¡Vosotros los que creéis!
Temed a Allah y renunciad a cualquier beneficio de la usura que os
quede,
si sois creyentes.
Y si no lo hacéis, sabed que Allah y Su Mensajero os han declarado
la guerra.
Pero si os volvéis atrás, conservaréis vuestro
capital.
Y no seréis injustos ni sufriréis injusticia”.
(277-278)
Nosotros, la grande y poderosa Comunidad Islámica del mundo,
no necesitamos el terror, no necesitamos la democracia, y no necesitamos
Constituciones.
Allah es suficiente para nosotros y Él es el mejor Guardián.
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