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Los
Wahabis y los Sufis
un
comentario de
Shaykh Dr. Abdalqadir As-Sufi
En 1812, por órdenes del Califa de los Musulmanes, el Yedive
Muhammed Ali de Egipto, envió una fuerza expedicionaria para
expulsar a los wahabis de Medina, Meca y Yeddah. Ante esto, ‘Abdullah
Ibn Sa‘ud renovó su Bayat (juramento de fidelidad)
al Califa desde su escondrijo del desierto, aunque muy poco después,
volvía a reanudar sus incursiones. Entonces, una nueva expedición
dirigida por el hijo del Yedive, Ibrahim Pasha, cruzó las
600 millas de desierto entre las costas del Mar Rojo hasta Dhar’iyya,
la fortaleza wahabi. Después de poner orden en el Hiyaz,
puso sitio a Dhar’iyya. Era marzo de 1818. Los Sa‘udi
se rindieron en septiembre. El jefe wahabi, ‘Abdullah ibn
Sa‘ud, fue llevado prisionero a Estambul. La pena por su delito
de rebeldía contra el Califa era la de ser ejecutado, lo
cual le habría permitido hacer dos raka‘ antes de ser
ejecutado. Sin embargo, el Califa comprendió que el tema
no era simplemente político –algo que nuestros ‘ulama
contemporáneos se han negado tercamente a ver, a la luz de
los fondos que la Casa de Sa‘ud ha puesto a su disposición,
y por lo que estamos pagando todos el precio ahora-. El Califa se
lo entregó al Sheij al-Islam, pidiendo que fuera examinada
su ‘aqida y se comprobase si no había sobrepasado los
límites del Islam. Los grandes ‘ulama Hanafi, tras
examinar su doctrina, lo declararon concluyentemente Zindiq, hereje.
Consecuentemente, se le cortó la cabeza públicamente
al Amir del Nady en Topkapi.
Con el tiempo, la jefatura vino a parar a manos del conocido ‘Abdul
‘Aziz ibn Sa‘ud. Establecido de nuevo en el Nady, Ibn
Sa‘ud se dio cuenta que los imperialistas británicos
serían buenos aliados para su guerra contra el Islam. En
algunas de las incursiones que realizó, sus hombres pasaron
a utilizar el incómodo uniforme militar británico.
El halagador apoyo económico inglés fue clave para
su actuación política; una actuación que dominó
los desiertos, gracias al apoyo ideológico de los Mutawwas,
los misioneros wahabis que convencieron a los ignorantes beduinos
para que se aliaran con la Casa de Sa‘ud. Con el objeto de
asentar a los beduinos árabes, que eran vitales para sus
planes de expansión, instaló colonias llamadas “Los
Ijuán”, que serían los abuelos intelectuales
de los Ijuán al-Muslimin posteriores. También, es
interesante notar que las colonias de Ijuán, fueron el prototipo
de los posteriores kibbutz nacionalistas israelíes. Una vez
asentados, los beduinos volvieron verde el desierto y dedicaron
sus días a absorber las doctrinas monoteístas de un
dios antropomórfico sentado en un trono en el cielo, y a
absorber el odio de los Nady contra el Mensajero mismo, que Allah
le bendiga y le dé paz.
Es un momento histórico en el que se ve ya la dicotomía
esencial, que después acabaría con esta gente del
desierto. Ibn Sa‘ud mezcló las tribus en las colonias
Ijuán de modo que el factor unificador fuera la doctrina
wahabi. Al eliminar así la lealtad tribal y la poesía
genealógica, destruyó el sentido árabe de continuidad
histórica. Es decir, todas las demás tribus, desde
un punto de vista organizativo y social, quedaron desmanteladas.
Así se creó la dicotomía, por un lado, de una
tribu de asaltantes del desierto unidos por la sangre, y por el
otro, una masa ignorante de beduinos desenraizados y transformados
en campesinos. Sin riqueza. Sin voz alguna en el gobierno. Pero
con la ambición feroz de eliminar la presencia histórica
del Islam, que era lo que quedaba de la memoria tribal de su pasado
en el desierto. Los Ijuán pasaron a considerarse como una
élite en guerra con el Islam histórico, y para distinguirse
de los guardianes del wahabismo, se les concedió el poder
llevar un cinta retorcida de material blanco alrededor de su tocado,
en vez del Iqal de lana negra utilizado por los demás árabes.
El primer asentamiento de los Ijuán comenzó alrededor
de 1912. Pronto, se transformó en una pequeña ciudad
de 10.000 habitantes. Se llamó Artawiyya, poblada principalmente
por beduinos Harb bajo las órdenes de Sheij Sa‘ud Ibn
Mutib. La tribu de Mutair entró a formar parte del movimiento
Ijuán después de rendirse a Ibn Sa‘ud, bajo
el mandato de su Sheij, Faisal ad-Darwwish, que vino a ser gobernador
de Artawiyya. La segunda colonia Ijuán, de aproximadamente
10.000 habitantes, fue Ghutghut, bajo su jefe Sultan Ibn Biyad.
Ahora, un paréntesis, para seguir luego con el proceso histórico.
Madinah Press (www.madinahmedia.com)
acaba de publicar un libro muy importante, Sufis and Sufism: A Defence,
que ha sido escrito por dos de los principales ‘ulama de Marruecos,
con el doble propósito de defender a uno de los más
grandes y distinguidos hijos de la Ummah actual, Sheij Dr. Muhammad
‘Alawi al-Maliki y, a la vez, ofrecer una defensa de conjunto
de los Sufíes y del Sufismo. El libro ofrece, además,
las opiniones favorables de Ibn Taymiyya, Al-Jawziyya e Ibn Abdulwahhab
mismo. Mostrando así, que el wahabismo de cuño personal
del lamentable régimen Saudita supone una posición
política innovadora contra el Islam, que no se basa ni siquiera
en los reformistas históricamente conocidos.
Los autores, Sheij Abdu’l-Hayy al-‘Amrawi y Sheij Abdu’l-Karim
Murad, son dos ‘ulama muy prestigiosos con base en la gran
Mezquita Qarawwiyyin de Fez. Que nadie piense que la oposición
militante contra el Sufismo ha cesado o se ha amainado, por el contrario,
debemos ser conscientes de que el régimen Saudita –no
podemos llamarlo gobierno– continua promocionando las enseñanzas
Zindiq que, según ellos mismos consideran abiertamente. constituyen
una lucha contra el Islam y las gentes musulmanas.
Precisamente nos hemos visto obligados a mencionar este tema, a
causa de la evidencia reciente de que el régimen Zindiq continúa
arrogantemente su progresión, como si su sector militante,
hace dos años, no hubiese pasado la noche con prostitutas
y bebiendo vodka, antes de estrellar dos aviones de pasajeros contra
los famosos rascacielos. El mes de noviembre del año pasado,
el régimen Zindiq envió un representante para arengar
al respetable Consejo Judicial Musulmán de Cape Town y, filmarse,
a la vez, a sí mismo, para una cadena de televisión
saudita. Las formas obesas de Mr. Waydi al-Ghazzawi reprendieron
al Consejo con esa insolencia que, con poco fuste, hemos consentido
a los desalmados exponentes del régimen. Entre ellos, este
hombre, aparentemente Imam de la Mezquita Al-Minshaawi de Meca,
que ha aprendido su Islam dentro de Arabia y ha estudiado allí
lo que llama “Diálogo entre las diferentes Fes,”
cosa que no es sino una puerta abierta a kufr.
Mientras que el régimen que le financia y al que él
sirve, se hundía a ojos vista, él se dedicaba en Sudáfrica
a soltar las habituales denuncias wahabis oficiales contra las comunidades
musulmanas mismas que estaba visitando. Entre sus ataques, inevitablemente,
Mr. Al-Ghazzawi asestó varios golpes bajos e insultantes
contra nuestro noble Sheij Dr. Muhammad Alawi al-Maliki, al que
denunció como un “importante desviacionista”.
Añadiendo que, el Dr. Muhammad únicamente atraía
a los pobres (una incuestionable virtud del Din), y que sus enseñanzas
habían sido refutadas por “genuinos hombres de saber”.
Sin duda, cuando el joven Waydi, después de pavonearse por
Cape Town, llegó a Meca, se quedaría con la boca abierta
al ver lo que le estaba esperando allí.
Lo que esperaba al joven wahabi a su vuelta, era la guerra civil.
Las contradicciones internas de las doctrinas wahabis y la banda
tribal que controla la riqueza, finalmente, habían chocado
entre sí. Y, recordemos, ésta nos es la primera colisión
entre el wahabismo y la tribu de Sa‘ud.
Reanudemos el hilo histórico. En su apogeo, el movimiento
Ijuán, comprendía alrededor de 200 pueblos, capaces
de poner en pie de guerra 25.000 soldados si era necesario. Ibn
Sa‘ud los utilizó para apoderarse del Hiyaz, pero al
mismo tiempo los consideró como un obstáculo en el
camino de sus otras ambiciones, y los devolvió a sus pueblos.
En 1929, Faisal ad-Dawwish y Sultan Ibn Biyad comprendieron que
Ibn Sa‘ud se había entregado a su ambición personal,
y los Ijuán tenían otros objetivos distintos. Se levantaron
en armas e Ibn Sa‘ud los derrotó con grandes dificultades.
Faisal ad-Dawwish fue hecho prisionero y llevado en una litera a
la presencia de su nuevo “Rey”. Ibn Sa‘ud le perdonó,
pero él no cejó y pronto volvió a presentar
batalla, para finalmente huir a Irak. En cuanto al Sultan Ibn Biyad,
fue derrotado también y encarcelado en Riyadh, y de la ciudad
de Ghutghut no quedó piedra sobre piedra.
Los ingleses entregaron Faisal ad-Darwwish a su hombre, Ibn Sa‘ud,
de modo que fue también encarcelado en Riyadh. Con Artawiyya
abandonada y Ghutghut destruida, los Ijuán se desperdigaron.
La fuerza que había puesto a Ibn Sa‘ud en el trono
había quedado, sin duda, desestructurada, pero no había
desaparecido. Si los Ijuán desaparecían, el wahabismo
debía permanecer.
La Casa de Sa‘ud se vio entonces en posición de asumir
un papel político más alto. El romance entre el imperialismo
británico y los beduinos del Nady había comenzado
en 1914. Su simbólico punto culminante sería quizás
la famosa fotografía del “Rey” Fahd junto a la
Reina, la Reina Madre y el Príncipe Felipe, con una gran
cruz cristiana colgada del cuello. Con el lamentable servilismo
característico que los gobernantes árabes muestran
con la familia real británica, el pobre Fahd había
aceptado ser nombrado miembro de una Orden cristiana que databa
de los tiempos de las Cruzadas.
Los cínicos ingleses habían introducido sus servicios
de espionaje en las dos fuerzas de la península. El conocido
Lawrence, con Sharif Hussein, y Philby con Ibn Sa‘ud. Así
se habían asegurado que, quien fuese el vencedor, quedaría
con todo a la merced del imperialismo británico. Por la mediación
del agente británico Capitán Shakespeare, en el mes
de diciembre de 1915, Ibn Sa‘ud se reunió en el pueblo
de Qatif con Sir Percy Cox, Oficial Superior Político británico,
para firmar su pacto con el diablo. Ibn Sa‘ud quedaba al servicio
del gobierno británico con un estipendio de 5.000 libras.
Aunque ya había recibido anteriormente de ellos 1.000 rifles
y la suma de 20.000 libras. Para 1917, Ibn Sa‘ud tenía
ya la Arabia Central bajo su control. Desde el mes de noviembre
de 1917, Ibn Sa‘ud tenía a Philby a su lado para darle
consejos diarios. Poniendo al descubierto su codicia de títulos
y honores, Ibn Sa‘ud prohibió que se dirigieran a él
con el “Ya ‘Abdul-‘Aziz”, y tomó
el título de Sultán del Nady.
Los ingleses vieron que la autoridad se inclinaba hacia Ibn Sa‘ud.
Lo cual fue confirmado por una delegación de ‘ulama
modernistas de India. Retiraron entonces su apoyo al rey Hussein
de Meca. Así, los wahabis entraron en Meca y llevaron a cabo
su hoy infame destrucción del cementerio de Baqi‘.
En sus planes de sitio a Medina, se incluía el derribo de
la Cúpula de la tumba de Rasulullah, que Allah le bendiga
y el dé paz. Irónicamente, fue gracias a la mediación
de los cónsules extranjeros kaffir que la tumba fue respetada.
El 8 de enero de 1926, el rebelde Naydi se nombró a sí
mismo “Rey”, estableciendo así su autoridad sobre
la base de romper su juramento de lealtad a su propio gobernante,
el Califa de Estambul. En Yeddah, el nuevo rey, en presencia de
su consejero Sheij Hafiz Wahba, un egipcio, declaró: “Nos
habéis considerado hasta ahora fanáticos bárbaros,
primitivos, atrasados, de mente estrecha. Pero nuestro país
goza hoy de seguridad, paz y orden y, de hoy en adelante, gozará
de justicia. Nosotros sabemos cómo gobernar a los beduinos,
cosa que vosotros no sabéis. Deben ser tratados muy duramente
para aprender sus lecciones. Conocemos al beduino y sabemos cómo
tiene que ser gobernado. Por ello, mi castigo es tal que no hay
que repetirlo. Sabed, que Allah el Magnífico, nos utiliza
como instrumento Suyo. No hay poder que pueda detenernos. No hay
enemigo que pueda matarnos”. Así, con esta declaración
manifiesta de shirk, fue establecido el régimen wahabi.
El mismo año, dieron comienzo una serie de acontecimientos
que llevarían a que los norteamericanos relevasen a los británicos
en el dominio de la Península Arábiga. Todo comenzó,
como no podía ser menos, con un millonario, Charles Crane,
que había hecho su fortuna vendiendo tazas de retrete, junto
con su colega, Karl Twitchell. En 1931, Twitchel fue comisionado
para comprobar las posiblidades de explotación de petróleo
a lo largo de la costa del Golfo. De su mano llegó la Standard
Oil, y en 1933, la California Arabian Standard Oil Company fue formada,
compañía que luego modificaría su nombre a
Arabian American Oil Company, es decir, Aramco. A medida que las
explotaciones petrolíferas fueron creciendo, así también
fue creciendo la riqueza fabulosa de la tribu de Sa‘ud.
Entonces, otro desarrollo comenzó, paso a paso, a representar
la nueva cara de Arabistán. Para comprender la situación
actual, hay que darse cuenta que los Sa‘udi volvieron a cometer
el mismo error que habían cometido con los wahabis. La ruta
por tierra desde el Mar Rojo hasta el Golfo Pérsico se llamó
Darb an-Nasara, el Camino de los Cristianos. Aeropuertos camuflados,
urbanizaciones precintadas y amuralladas, y finalmente ciudades
enteras fueron establecidas bajo el régimen de Apartheid
religioso. Detrás de sus muros, como en los palacios de la
familia de Sa‘ud, podía fluir el whisky y las prostitutas
podían entrar y salir libremente. Los lugares preferidos
para la importación de mano de obra esclava y de personas
prostitutas fueron las cristianas Islas Filipinas y la budista Corea
del Sur. Lo que la tribu Sa‘udi arrogantemente asumió
fue que, mientras fluyese el petróleo, los norteamericanos
portadores de riqueza y de poder continuarían siempre garantizándoles
enormes riquezas, sin preocuparse lo más mínimo por
lo que ocurriera en Arabia.
Hoy podemos ver el resultado de todo ello en su completo esplendor.
El lamentable régimen Sa‘udi no sufre sólo de
esquizofrenia psicológica, sino que se ve en medio de una
realidad política similar. Por un lado, los ‘aliados’
norteamericanos no han continuado como siempre, sino que, según
su propia evolución política, han comenzado a ser
víctimas de la misma obsesión de poder que en su día
afectó a ‘Abdul ‘Aziz Ibn Sa‘ud. Por otro
lado, los wahabis no se esfumaron en el desierto. El alarde de ‘Abdul
‘Aziz de que aplastaría a los beduinos con crueldad
no dominó a los árabes del desierto. Por el contrario,
una herida ulcerosa de carácter extremo ha supurado y finalmente
ha reventado con un veneno que no sólo ha invadido Arabia
sino todo el mundo. Despojados de un pasado histórico encuadrado
en la religión mundial del Islam tradicional, desenraizados
y transplantados, se agarraron a una historia que sólo tenía
comienzo en la fundación de los Ijuán. Esta historia
les enseñó que la doctrina zindiq del wahabismo era
una religión monoteísta, pan-árabe y verdadera,
cuyos enemigos, al otro lado de los mares, eran los kuffar, entre
los que quedaban incluidos los musulmanes no wahabis, y la malvada
Casa de Sa‘ud, que había traicionado tan cruelmente
a aquellos mismos que la habían alzado al poder.
Del mismo modo que ‘Abdul ‘Aziz ibn Sa‘ud censuró
a los beduinos Ijuán, hoy el Príncipe heredero ‘Abdullah
los censura de nuevo y promete a sus amigos kaffir que los aplastará
con la misma severidad que su antepasado. La prometida paz se ha
hecho añicos. La prometida justicia nunca ha aparecido. Arabia
Saudita, el único país que ha sido llamado con el
nombre de sus gobernantes, está sumergido ahora en una guerra
civil que sólo puede acabar con la expulsión del régimen
de Sa‘ud.
En este asunto, hay una realidad política más que
debemos tener en cuenta. El mismo régimen que continua enviando
por todo el mundo sus misioneros nombrados y pagados por el estado
–y mis Fuqara han tenido que enfrentarse con ellos en Tailandia,
México, Indonesia, Malasia, Marruecos e Inglaterra–
anuncia en la BBC, la CNN, y Sky, que “el Reino” ha
declarado la guerra al wahabismo, asumiendo arrogantemente de nuevo
que todos somos tontos sin remedio. Como si pudieran hacernos olvidar
los últimos cincuenta años, nos informan ahora que
Islam quiere decir Tolérance, democracia y derechos humanos,
y sobre todo, que quiere decir paz. Es una buena religión.
Su naturaleza verdadera no es para molestar a nadie. Es una religión
más en el grupo de las religiones toleradas, entre las que
se hallan, es de suponer, el culto indio a la viruela. Es decir
que, este desesperado régimen hará lo que sea para
mantenerse en el poder, aunque suponga una negación del Islam
más radical aún que la del ahora malvado wahabismo
que les has puesto en la picota.
Los
pobres Sa’udis no parecen darse cuenta de lo ridículos
que son, como tampoco lo hizo Luis XVI cuando se puso el gorro frigio
de los revolucionarios franceses e introdujo modificaciones técnicas
en el diseño de la guillotina, la misma que poco después
le cortaría la cabeza.
Mención aparte debe ser hecha de los nuevos portavoces del
régimen en los medios de comunicación, cuyos intentos
para apuntalar la reputación Sa‘udi ante la escalada
de la guerra civil están siendo desastrosos. Cuando aparecen
en la TV, la primera reacción es pensar que son unos ejecutivos
de la compañía de hojas de afeitar Gillette. El más
popular es el Consejero de Prensa del Príncipe Heredero,
Abdel al-Yubeir. Enfundado en un traje mal cortado, con la corbata
demasiado apretada, ofrece una trémula defensa de la situación
de lo que aún llaman “el Reino”.
Desafortunadamente, él y los otros portavoces, sólo
parecen comunicar a los televidentes un sentido de peligro inminente,
como si su antiguo amigo Bin Laden fuera a irrumpir en el estudio.
En cuanto a los dos incultos jugadores de ruleta, los respectivos
embajadores de Londres y de Nueva York, son indignos de ser despreciados.
Es un final de partida. Lo que debemos hacer ahora es seguir la
marcha de la situación con mucho cuidado. Hay que comenzar
a expeler legalmente toda influencia Sa‘udi. No sólo
de nuestras mezquitas, sino sus doctrinas de nuestras madrazas.
A la luz de lo que hemos esbozado, esto significa el rechazo de
ambas posiciones zindiq, es decir, la posición histórica
wahabi saudita, y la nueva doctrina emergente saudita de Tolérance,
paz y Music TV.
Una guía útil para el pensar y la práctica
post-sauditas será este noble texto de nuestros dos honorables
‘ulama, pertenecientes a esa verdadera sede de la enseñanza
islámica que es la magnífica Mezquita Qarawwiyyin
de Fez, que Allah proteja su Rey, su Reino, un verdadero Reino Sharifi,
y que Allah conceda a su joven Rey un sabio y franco consejo, para
evitar que sea conducido al mismo destino que, sin duda, espera
ahora a los gobernantes rebeldes del Nady. En una publicación
reciente de hadiz, los wahabis eliminaron el famoso hadiz que indica
que el shaytán saldrá del Nady.
Allah, el Altísimo ha dicho en el Surat al-‘Isra (17:81):
“Y di: Ha venido la verdad y la falsedad se ha desvanecido,
es cierto que la falsedad se desvanece”.
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